Oración de las moscas y otros poemas | Liuvan Herrera Carpio

Liuvan Herrera Carpio (Fomento, Cuba, 1981) es poeta, investigador literario y editor. Licenciado en Letras y Máster en Cultura Latinoamericana, trabaja como docente en la Universidad Nacional de Chimborazo en Ecuador. Libros de poesía: Entre dos cristos (2005), Animales difuntos (2006), Discurso del hambre mientras se marchitan dos ciudades (2009, Premio América Bobia), Muertos breves (2011, Premio Eliseo Diego) y Flashes (2011). Libros de ensayo: La sencilla palabra: Franciscanismo poético en la obra de Dulce María Loynaz (2012, Premio Pinos Nuevos), Diez punzadas: Ensayos y recensiones (Ecuador, 2015) y Poesía cubana: El margen como centro (Ecuador, 2017). Su poesía ha sido seleccionada y traducida al inglés por Katherine M. Hedeen y Víctor Rodríguez Núñez para En el secadero de almas: Poesía cubana de la generación cero/ In the drying shed of souls: Poetry from Cuba´s generation zero (Nueva York: The Operating System, 2019). Sus ensayos y recensiones han aparecido en revistas de Cuba, Estados Unidos, México y Venezuela.

Oración de las moscas*

Atraídas por el nervio de la electricidad
deciden afincar el sueño
sobre la luz que viaja por el alambre.
Debiéramos aprender de su pasmada osadía.
La vida es eso:
huir del miedo a tal punto de descansar
en vela sobre su espalda,
volvernos oscuros en la medida del astro
reflejando una lumbre que no le pertenece.
Imposible escuchar su conversación.
Han ocupado el día en separar el almíbar
en los desechos de los hombres
y ahora, con el peso de no ser resucitadas
alcanzan una eternidad en el lienzo
de la foto, como si guardaran en sus vientres
una lágrima del Cristo.
Enjambre humano que ignoras la oración
de las moscas:
aguza tu oído
y parte lejos de toda luz artificial.
Para ellas fue reservado este reino;
sin embargo, su cotidiana majestad
les impide nombrarnos de otra manera:
“mi cercano amigo, mi hermano”.

*A partir de fotografías de Yuri Alberto Limonte Hera.

Bestia en reposo

Aunque el aire traspase su osamenta
y de lejos simule un arpa rodante,
no se apodera de su mecanismo
música alguna;
como si un dios privara del silbo
a esta bicicleta que sostiene sin saberlo
la tristeza de todos los viajeros.
La lluvia deja entrever en la imagen
un bautizo: si bien el sol
trazó surcos de hiel sobre su frente,
el agua desplomada le impide avanzar
a la bestia con sed,
detenida solo el tiempo reservado
a los eclipses.
Cuando el padre gasta el mediodía
buscando la nuez del almuerzo
sobre las ancas de bicicleta,
tal parece que es Dios mismo
con el ocaso colgado del manubrio.
No respira nunca, mas el aliento
de Adán infla su paso infinito y circular.
De seguro, al morir,
una melodía desconocida se desprende
del yerro frío que va siendo.

La fuga

Una vez que el anzuelo horade la carne
del animal vivo, no podrá volver sobre
su andadura, buscando recogerse en
carretel de atado áspid,
sin perder la memoria del cuerpo penetrado,
palabra que pronuncia la herida
donde la luz no atreve a asentar su índice.
La juventud de este muchacho lo convierte
en mal pescador. Mientras su hermano
sostiene un papalote en mitad de la tarde,
él deberá sustraer del agua al pez
como una moneda.
Parece sencillo: tomar la cuerda,
—anzuelo mediante—
e izar hacia el fondo la carnada,
pálido cometa de sangre,
aún dichosa de latir en el vacío;
pero esta fotografía lo muestra de espaldas,
casi difuso, ensimismado en una sombra
que le es ajena,
ignorante de la fuga de su único bocado.
Cuando vuelva el rostro,
consciente de no imantar fortuna,
cómo ocultarle el placer,
hartado ya de juego,
de confiscar al pozo del aire un pez,
que mañana volverá a su libertad.

La Complaciente

Pudieran ser menos tristes
nuestras carnicerías
si colgáramos cien aves de corral,
invertidas,
con el cuello separado de la cabeza
que vio en el maíz sucesiva moneda.
Sus ridículas poses
ya sin vísceras donde guardar el odio,
lograrían en el hierático rostro mañanero
una sonrisa de vinagre.
Quizás también menos silenciosas
si el acordeón de una res
—dichoso en su mitad—
armonizara jubiloso
la canción más delirante.
Hemos perdido el oficio
como el matarife que no acierta
su puñalada en la fruta del corazón.
Sobre la barra vacía,
he visto esta mañana al carnicero,
pensante —oh Rodin—
mientras del vientre de la radio
un bolero acuchillaba:
“Eres mi bien, lo que me tiene
Extasiado”.

Bajo calibre

Si alguna complicidad
tuvimos mi padre y yo
fue en el instante donde
ajustaba en mi hombro
la escopeta de bajo calibre.
En la explanada del potrero
me hacía apuntar al manojo de codornices.
Ínfimo pájaro,
al ser alcanzado por el proyectil
su escasa carne,
vuelta granada tras el contacto
se desparrama y pierde.
Cada tarde mi destreza iba en aumento.
En cierta ocasión
perseguí un pájaro carpintero
hasta darle mate.
Cuando ya estaba quieto,
abrí su pico y rocé
la espina de su lengua.
Con ella levantan su casa,
sentenció mi padre,
haciendo una herida
en el tronco
de la cual el árbol jamás se recupera.
Ahora,
mientras observo en su vientre revelado
por rayos X
un tumor del tamaño de una codorniz,
digo a mi padre que no me escucha:
ojalá pudiera ajustar en mi hombro
la escopeta
de bajo calibre.

Cruce de La Trocha

Para Maylan y Karel

De los 68 torreones
erigidos hacia 1870
solo uno resiste todavía
el peso de la luz.
Los poetas de Matanzas,
hastiados de la vida
que va hacia el mar
que es el morir—;
decidieron acompañarnos
a la milla restaurada
para que el francés o el húngaro
degusten su gaseosa frente
a la mercancía de la historia.
Donde una vez Máximo Gómez
zanjó el vientre de su caballo
en la alambrada española,
ahora podemos notar
la lengua del marabú
fijando su gobierno.
Al subir por la roída escalera
fingimos ya dentro observar
la batalla, soportando
el hedor de un excremento
humano, que a tres metros
de altura hacía más creíble
la escena.
Si la punzada del miedo
mojó las bragas de
algún español centurias atrás,
en el acto de vaciar el cuerpo
sobre su último cuartel
trazamos la respuesta
del orgullo nacional.
La veladora nos cuenta
más tarde: varios campesinos
de la zona han convertido
los fortines en corrales para cerdos.
Al marcharnos,
no quisieron volver el rostro los poetas
de una ciudad nombrada Matanzas.

Playa Pilar

Las playas ocurren en la medida
que son imaginadas todo un año
por el cuerpo de tierra adentro.
Gracias a la intensidad del deseo
adquieren un halo paradisíaco,
que se rompe
cuando el látigo solar
estremece por fin
el ojo de los bañistas,
afirmándoles que el paisaje
solo les pertenece un par de horas.
Torcimos en la madrugada
el cuello de dos aves
que bautizaron el arroz antídoto,
para que al zambullirnos
el hambre no nos rindiera.
Después de surcar la provincia
en un vagón de judíos,
cuando la arena pugnaba
por enmascararnos,
el azul fue real ante nosotros
como una profecía que llega
a su consumación.
Atravesamos las dunas
con nuestra carga,
y reposamos bajo una sombrilla
de Palma Real.
Un cubano se acerca y me dice:
—Debes pagar la sombra.
Un cubano de visera y goma de mascar
corta de raíz el hilo
que nos sujetaba aún
a la imagen del hermoso verano.
Comprendemos que la sombra de Palma Real
debe exigir un precio,
y nos retiramos como quien
se aflige de su torpeza,
pues ni siquiera traíamos
un sombrero callado
que nos escudara del resplandor y la sal.
Irremediablemente,
la barranca ya no es de todos.

Virgen atascada

Aunque atamos una vara a su cuello
para que no atraviese la alambrada,
por alcanzar un fruto del otro lado
se atascó una res.
Las púas caminaron piel adentro,
y tras apuñalar el cordón de la sangre,
simulan una corona de espinas
sobre el penitente costillar.
Pasarán a la Virgen en brazos
y no hay quien destrabe
el amasijo de cuernos
y no hay quien desvíe
el cosmos de la mirada
sobre el fruto intocado y feliz.
El animal nos hace entrever su fe.
Lanzar flores mutiladas a la Virgen
para que la procesión haga de ellas
un chamuscado destino,
nos aleja del corte que prueba
los límites quebrantados,
donde es preciso soportar la punzada
al descifrar la verdad de la semilla.

Poema para la mujer ascensorista del hospital docente

Homenaje a Lina de Feria

Sería difícil escoger
entre el sol parpadeante del bombillo
y la noche perenne del ascensor
a la cual entras, hija descarriada,
como a un vientre que tú misma
zanjas y suturas
tras el golpe del índice
en la penosa electricidad.
Es oficio o castigo
el guiar a los condenados
por los círculos del éter,
en una barca de gastado níquel,
repitiendo hastiada
el sorbo de un café ilegítimo,
para mantener abierto
el faro de tu ojo
y así evitar que encallen
la silla de rueda
y el bastón columna.
Afuera el día y tú,
acomodas los cuerpos
en el ataúd común
mientras en la radio de bolsillo
un salsero declara que conoce la felicidad.
El poeta pudiera hacerte comulgar
con la mujer de creyón desviado
que soporta una sombrilla de huecos
extendida en su podredumbre.
Para qué mentir,
ni siquiera te acercas
a su extraña majestad,
preocupada por los comunes abismos
del pozo y la sartén.
—Por favor, a la sala de cirugía,
digo, sabiendo que el cáliz
de mi costilla será vaciado
y que extrañaré acompañarte
en tu silencio por la gruta vertical.
Aún ignoras.
Es posible que la plaga de la
restauración, instale muy pronto
cajas automáticas,
guiadas por un simple roce
de la mano.

Reguero de tibias (a partir de “Tierra” de Fayad Jamís)

le puse entre las manos unas llavecitas por eso “de las llaves de la noche” para que pudiera pasar a la luz, loco y simbólico, lo sé
Margarita García Alonso

Si se vierte una rosa al centro del óleo sobre tela
puede que las tibias se separen.
El calcio diluido por el salmo tropical
-recitado a navajazos durante veintiséis noviembres-
ha alcanzado en el cuadro una categoría de signo,
premonición de la hueca donde sería enterrado Jamís
en la Andrómeda de Colón.
Ni siquiera porque entre sus nudillos una llave Caronte
lo trasladaría a la luz…
para juntar la osamenta hizo falta la mano detective.
Tarea de Judas: distinguir la morfología del poeta entre tanto hueso ilustre
para que Guayos alcanzara una efímera celebridad.
La forma del guayo en contra de su natura: metal que no resiste materia
Ojocaliente
trampa
fosa común.
La forma del guayo recordándonos que la patria es filo y cadencia.
Solo un puente elevado como evasión del semblante:
por debajo los trenes que van hacia el negro.
Ni las violentas nucas de los puercos jíbaros
ni las bicicletas suicidas
ni la aureola de tiñosas sobre el caballo muerto
pueden detener ahora el peso de la habitación de Fayad
en su desplome.
El portal donde escribió Brújula en 1949
cubre ahora a una multitud que busca su norte en las vísceras de un cerdo.
Carnicería y placa de falso rubí: autofagia/sarcasmo.
Sin pedirlo en vida este viaje al semillero,
al cajón 27, vertical.
El arribo de las tibias supuso un parteaguas.
Si pasas por Guayos cuídate de sus gacelas cuando camines entre los escombros
y de los niños golem atados a las venas de sus papalotes.
Ya lo predijo la luz, hija de la anulación del color.
No queda más que dejarse morder por el perro del hambre
en tu Tierra, de 200 x 165 cm.

Poesía Cuba | Colaboración enviada por Víctor Rodríguez Núñez para Buenos Aires Poetry, 2020.