Cinco poetas surrealistas de Tenerife, España (1931-1940) | I: Agustín ESPINOSA

Agustín Espinosa nace el 23 de marzo de 1897, en el Puerto de la Cruz (Tenerife, España). Allí transcurre su infancia. Entre 1911 y 1917 realiza los estudios de Enseñanza Media en el Instituto Provincial de La Laguna. Sus primeros poemas los publica en la revista modernista de Tenerife Castalia, dirigida por Luis Rodríguez Figueroa. Tenía veinte años. En 1918 inicia sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, que, luego, concluye en Madrid. Y, en 1924, finaliza su tesis doctoral titulada Don José Clavijo y Fajardo.

En Granada y en Madrid conoce a escritores y artistas como Lorca, Buñuel, etc. De esta manera toma contacto con la vanguardia española, algo que provoca en él la necesidad de investigar por los fértiles caminos de la experimentación literaria que se abrían a su paso.

En 1924 toma posesión del cargo de ayudante de la Cátedra de Lengua y Literatura de la Universidad de La Laguna. En estos años, y siguiendo la tendencia neopopular de los escritores españoles de su generación, investiga la literatura oral de Canarias, recopilando romances de las islas y publicándolos en la prensa local. En 1927 funda, junto a Juan Manuel Trujillo y Ernesto Pestana Nóbrega, la primera revista de la vanguardia canaria: La Rosa de los Vientos (1927-1928). Con ella, toma cuerpo la nueva literatura en Canarias, que se irá desarrollando especialmente en las revistas Cartones, Gaceta de Arte e Índice, a partir de 1930, inclusive, y a lo largo de esta década hasta la Guerra Civil.

En 1928 trabajó como catedrático de Lengua y Literatura Españolas en el Instituto de Mahón (Menorca), pero unos meses después ocupa la cátedra del Instituto Nacional de Segunda Enseñanza Pérez Galdós de Las Palmas. Al poco tiempo, en el curso 1928-1929, y sin perder su plaza en la capital grancanaria, tiene que ejercer como Comisario Regio en el nuevo centro de Enseñanza Media de Arrecife (Lanzarote). En esta isla escribe Lancelot, 28º-7º, y es publicada por primera vez en la editorial Alfa (Madrid, 1929). Durante estos años y la década siguiente algunos de sus textos aparecen en La Gaceta Literaria, La Prensa, El País y La Tarde.

Agustín Espinosa está unido a Lanzarote a través de dos obras: su tesis sobre Clavijo y Fajardo y Lancelot, 28º-7º. En su trabajo de investigación saca del olvido a este gran humanista del siglo XVIII que fue Clavijo. Incluso Lancelot tiene un capítulo dedicado a este escritor, tan célebre en su época, que inspiró un drama a Goethe y también a algunos otros, como Benito José Marsollier, Michel Cubières-Palmezeau y M. León Halévy.

En Lancelot 28º-7º. Guía integral de una isla atlántica, el escritor canario pinta un modelo más estético, reinventa la isla y la convierte en un poema-objeto, a través de una poética del azar y de los objetos encontrados. Si en algo se caracterizan la vanguardia literaria y artística en Canarias es en trasladar al lenguaje del paisaje insular los hallazgos de los experimentos literarios y artísticos de la modernidad europea. Agustín Espinosa impulsó esta idea ya desde la revista La Rosa de los Vientos. Pedro García Cabrera desarrolla estos planteamientos en Líquenes y, luego, en su célebre conferencia-ensayo «El hombre en función del paisaje», en La aurora sumergida y en su revista Cartones, en 1930.

Líquenes, de Pedro García Cabrera, y Lancelot 28º-7º, de Agustín Espinosa, impulsan esta tradición entre el paisaje insular y la escritura de vanguardia. Este puente constituirá un sello destacado de la nueva literatura canaria. Pero el paisaje que eligen estos poetas no es el que representa una naturaleza fértil, sino el otro, el que destaca el individualismo y el que hay que interpretar, el despojado de toda sentimentalidad. Por ello, con este libro, Agustín Espinosa elige el espacio concreto de Lanzarote y lo incorpora a la imaginería de la literatura de vanguardia.

En 1930 viaja a París y toma contacto con el surrealismo. Además, publica, con Ángel Lacalle, la Antología de Escritores Españoles. De esta época, también es «Oda a María Ana, primer premio de axilas sin depilar de 1930», editado al año siguiente, considerado como el poema que inicia el surrealismo en Canarias.

De 1932 son los Poemas a Mme. Josephine, aunque saldrán a la luz pública en 1982, gracias a Sebastián de la Nuez. En 1933 se edita el texto de la conferencia Media hora jugando a los dados, dedicado al pintor Oramas. Y de 1934 es la novela surrealista titulada Crimen, su libro más conocido, y su texto teatral incompleto titulado La casa de Tócame Roque, editado por Alfonso Pérez Ayala y José Miguel Pérez Corrales, en versión de este último. En 1935 es nombrado director del Instituto de Segunda Enseñanza de Tenerife. Ocupa el cargo de Presidente del Ateneo de Santa Cruz. Aquí lleva a cabo con el grupo de Gaceta de Arte y los surrealistas de París, la «II Exposición Internacional del Surrealismo», durante el mes de mayo de 1935, con la presencia de André Breton, Benjamin Péret, quienes darían varias conferencias y recitales, y Jacqueline Lamba. Dicha exposición contó con 77 obras de Max Ernst, Yves Tanguy, Man Ray, Marcel Duchamp, Joan Miró, Hans Bellmer, Maurice Henry, Jindřich Štyrský, Giorgio de Chirico, Salvador Dalí, Óscar Domínguez, Pablo Picasso, Alberto Giacometti, Valentine Hugo, Marcel Jean, Hans Arp, Victor Brauner, René Magritte, Dora Maar y Meret Oppenheim. En el número 5-6, correspondiente al mes de mayo, la revista Cahiers d’Art, publicó la «Déclaration», firmada por Eduardo Westerdahl, Domingo Pérez Minik, Pedro García Cabrera, Domingo López Torres y Agustín Espinosa, un artículo de Benjamin Péret sobre la II Exposición Internacional del Surrealismo en Tenerife y un texto de Breton titulado «Préface aux expositions surréalistes de Copenhague y de Tenerife». La revista Gaceta de Arte, dirigida por Eduardo Westerdahl, dedicó su número 35 íntegramente al surrealismo y a la visita, que se extendió también a una parte del número siguiente: el 36. Finalmente, se redacta un manifiesto y se publica en el n.º 2 del Boletín Internacional del Surrealismo. El documento está firmado por André Breton, Agustín Espinosa, Pedro García Cabrera, Domingo López Torres, Benjamin Péret, Domingo Pérez Minik y Eduardo Westerdahl. Saldría en octubre de 1935, en Santa Cruz de Tenerife (después del n.º 3 publicado en Bruselas), con el patrocinio de Gaceta de Arte y del Groupe surréaliste de Paris, en dos columnas, en francés y castellano, con ilustraciones de Domínguez, El cazador; de Picasso, La muerte de Marat, y un Foto-collage, de Eduardo Westerdahl, con imágenes de la exposición y de Jacqueline Lamba, André Breton, el mismo Westerdahl y Benjamin Péret. Algún tiempo después se proyecta en Tenerife la película La edad de oro, dirigida por Luis Buñuel, rodeada de una gran polémica.

Con la Guerra Civil Espinosa lleva a cabo una serie de artículos a favor de los golpistas franquistas, probablemente por miedo a que se tomaran represalias contra él o su familia. Como ha señalado José Miguel Pérez Corrales, «a Espinosa lo cesan de su cátedra el 16 de septiembre y le abren expediente de depuración, solo reponiéndolo, pese a su rápida conversión y a su activismo como escritor falangista, en abril de 1938 […] se le acusa de “ser izquierdista”, de “ser el autor de la obra titulada Crimen” y de “haber intentando representar en los cines de esta ciudad una película inmoral y sacrílega”». Es destituido, por tanto, de la cátedra de Las Palmas de Gran Canaria y es destinado en 1938 al Instituto de Santa Cruz de La Palma, cargo cuya toma de posesión la hace el 24 de octubre. Ya, algo antes, en dicho año había padecido un proceso agudo de una úlcera de duodeno, por ello solicita el mes de julio de permiso, y será concedido en septiembre. El 17 de enero marcha para Tenerife, donde es operado, pero no supera la convalecencia y fallece el 28 de enero de 1939, en la casa de la familia, en Los Realejos.

Roberto García de Mesa

Oda a María Ana,

primer premio de axilas sin depilar de 1930

Hablemos de María Ana y de sus axilas sin depilar.
Hablemos también del Destino.
Agustín Espinosa, alcantarillero de sueños adversos.
Agustín Espinosa, coleccionador de azucenas innumerables.
Enamorados de María Ana.
Jinetes de su sexo uno.
María Ana vacilante entre los dos Agustines.
¿Habría de acabar la empresa quebrando amistades, como en las canciones antiguas: «He aquí que es tuya la rosa, vencedor»?
Pero dejar 3.114 vellos resabidos, para inventar 489 + 489 vellos olvidados –para descubrirlos– era ya cosa de aventuras de ahora.
María Ana no había comprado nunca hojas Gillette.
María Ana tenía 489 vellos en el hoyo de cada una de sus axilas.
Y esto lo vieron coleccionador y alcantarillero.
Únicamente por sus vientos propios eran luego uno y otro gobernados.

*

Fue así.
Fue tras remontar el vientre sin una sola arruga de María Ana.
Antes que la gota de sudor que bebiera en su ombligo se secara del todo.

Y por huir de su pecho derecho.
Y tras saltar sobre su pecho izquierdo.
Cómo descubrí mi oasis del Oeste:
La axila derecha sin depilar de María Ana.
Cómo descubrí mi oasis del Este:
La axila izquierda sin depilar de María Ana.

Tengo aún en mi boca el cosquilleo de la radiosa axila que María Ana destapó, al levantar su brazo derecho, para celebrar el regocijo de podérseme dar en un bello erizo asustado.
Tengo aún en mis ojos el primer centelleo de la estrella negra que María Ana encendió, al levantar su brazo izquierdo, para celebrar el regocijo de podérseme dar en un bello erizo incendiado.
Con esencia de sudor de tus axilas, María Ana, se fabricará el perfume integral que arruinará a los actuales perfumistas del mundo y acabará con las futuras industrias perfumistas del submundo.
Con el hueco rosa y caoba de tus axilas sin depilar, María Ana, haré el nido blando donde mi lengua empolle sus horas más claras.
Cada vello, y aun cada fragmento de vello, de tus axilas, María Ana, sabe un vocablo nuevo que enseñar a mi sexo casi analfabeto frente a la sabiduría de 489 vellos de cinco años.
Cada centésima, y aun cada milésima de centímetro cuadrado de tus axilas tendrá un recuerdo de mis dientes de aprendiz de mordedor de axilas sin depilar.
Por tu ejemplo, solo, niña peluda, volverán a florecer rosas doradas o negras junto a los pechos blancos de las mujeres de mañana.
Por tu ejemplo, solo, venderá la casa Gillette, en 1931, diez millones de hojas de afeitar menos, y podremos dialogar sobre las axilas de las girls y de las cocotas.

*

Tus axilas únicamente, María Ana.
No esperes nada de tus pechos, demasiado próximos, para eternizar a lo eternizante y verdadero.
No esperes nada de tus muslos, que el remate de la media negra hace más deseados.
No esperes nada de tus caderas de jaca de reyes.
No esperes nada de tu vientre, que aprendió su curva en una concha bastante rosada.
Ni de tu boca.
Ni de tu cuello.
Ni de tus piernas, siempre de luto voluntario.
Ni menos aún de tu sexo, que semeja una campana recién nacida.
Solo tus axilas, María Ana, te han traído el epinicio primogénito y te traerán los epinicios futuros.

*

Al borde de tus dos fuentes negras se asomarán todos los nuevos hombres de Europa.
Beberán, únicamente, los que deban beber: los iniciados en la caricia indeclinable; los verdaderos catadores de axilas sin depilar.
Para estos, manosearás picos de estrellas y lomos de nubes, María Ana. Despedirás amigos desde extremos de muelles o ventanillas de vagones, desde cubiertas de barcos o desde bordes del andén.
Saludarás a la manera deportiva, que has aprendido en los campos de fútbol.
Cogerás nidos altos y descolgarás cuadros, estirando tu cuerpo en su estiraje más estirado.
En otros casos, te bastará con acariciarte graciosamente las rodillas.

En la revista Extremos a que ha llegado la poesía española
(Madrid, nº 1, marzo, 1931)

***

Estaba casado con una mujer lo arbitrariamente hermosa para que, a pesar de su juventud insultante, fuera superior a su juventud su hermosura.
Ella se masturbaba cotidianamente sobre él, mientras besaba el retrato de un muchacho de suave bigote oscuro.
Se orinaba y se descomía sobre él. Y escupía –y hasta se vomitaba– sobre aquel débil hombre enamorado, satisfaciendo así una necesidad inencauzable y conquistando, de paso, la disciplina de una sexualidad de la que era la sola dueña y oficiante.
Ese hombre no era otro que yo mismo.
Los que no habéis tenido nunca una mujer de la belleza y juventud de la mía, estáis desautorizados para ningún juicio feliz sobre un caso, ni tan insólito ni tan extraordinario como a primera vista parece.
Ella creía que toda su vida iba a ser ya un ininterrumpido gargajo, un termitente vómito, un cotidiano masturbarse, orinarse y descomerse sobre mí, inacabables.

Luna de miel

Me había dormido entre veinte senos, veinte bocas, veinte sexos, veinte muslos, veinte lenguas y veinte ojos de una misma mujer. Por eso fue mi despertar más angustioso y horripilante: crucificado sobre mi propia cama de matrimonio puesta en posición vertical tras un gran balcón de cristales abierto a una calle desolada. Amanecía tras aquel balcón que me servía de vitrina. Estaba completamente desnudo. Sentía frío y vergüenza de que me pudieran ver desde la calle. Unas finas manos de mujer florecían sobre mis pies como dos clavos blancos, y, probablemente, eran ellas las que me sujetaban a la madera de la cama, aunque yo me consolara creyendo que intentaban desclavarme únicamente. La vergüenza de mi desnudez me angustiaba de nuevo. Inventé, para aquel momento, una oración llena de ternura en la que había mezclados confusos recuerdos de un libro sobre las obras de misericordia que se me hizo aprender de memoria de niño y versos de Paul Claudel y fragmentos de mi Segundo epistolario.
Tras mi tierna oración, un ejército de moscas de alas verdes, de caracoles de campo, de cucarachas, de sapos y de pequeños ratones blancos, comenzaron a subirme por las piernas hasta cubrirme con sus inmundicias todo el cuerpo. He aquí el traje que se me tenía reservado. Bullía en torno a mi cabeza el hervidero hostil de las moscas. Un temblor espeluznante palpitaba sobre mi vientre y sobre mis brazos y sobre mi cara y sobre mis axilas y hasta sobre mis manos clavadas a la cama por dos anchos puñales que me producían una sangría abundante. Los ojos se me nublaban, y preveía que me iba a desmayar de un momento a otro. Mis mayores amarguras no provenían de esto sin embargo. Sino de una cabeza truncada de mujer morena, que desde un rincón del balcón me miraba con ojos suplicantes, como si dependieran solo de mí sus destinos. De aquella cabeza terriblemente pálida, colocada sobre un pequeño velador, e iluminada por la luz tenue del alba, fluía un fino hilo de sangre que había formado un gran charco en el piso del balcón. Habló, al fin, la cabeza, y la voz de María Ana amaneció de pronto sobre la noche apremiante de la alcoba.
—Ahora puedo decirte que te odio, mi pobre viejo burlado, mi gran cornudo macilento. No tocarás ya jamás mis senos, acariciados hoy por manos de ángeles. Anda mi sexo ahora por las casas de prostitución de los puertos del Mediterráneo, visitadas por jóvenes marineros audaces, y mis pies corren tras brazos desclavados y tras labios vírgenes. Para ti me queda esta cabeza truncada y estos ojos tímidos y esta perenne boca insultante. Y este gran charco de mi propia sangre, goteando sobre la acera de una calle del alba y sobre los trajecitos blancos de las primeras escolares. El reloj de tu crucifixión. Tu clepsidra sangrienta. Con la última gota de mi sangre se acabará también tu sueño…
Empezaron a sonar sobre mi cabeza unas campanadas que yo sabía distantes; un dolondeo acelerado y monótono. Venía un aroma de incienso desde la calle y un murmullo de rezos y un taconeo de procesión y un rumor de enaguas. Alguien gritó, desgarradoramente, a mi espalda, apagando con su grito todos los ruidos.
Vi cómo el velador cedía como bajo un gran peso, y la cabeza de María Ana rodaba al suelo, arrastrando en su caída cuatro blandones encendidos que yo no había visto hasta entonces. En el cielo, que empezaba a hacerse apenas rosado, flotaba una gran cruz oblonga a cuyo alrededor volaban varios cuervos silenciosos como siniestro rebaño de ataúdes alados.

La mano muerta

Yo busco una mano desesperanzadamente. Imitada sin fortuna en mármoles, ceras y bronces. Una mano lívida, fría, yerta. Que descorra las cortinas de mi alcoba, que guíe mis deslucidos pasos, que quiebre en el aire, entre sus dedos dulces, saetas enemigas, que se apoye en mis peores horas sobre mis desvelados hombros.
Una mano pálida, fina y trágica. Una mano recién mutilada. Aún anillados sus dedos y rojas aún y espejeantes sus uñas. Una mano de novia que se ha querido hace ya mucho tiempo. Una mano que ha olvidado ya la caricia del guante. La que me cierre un día los ojos que no podrá la muerte cerrarme; ni mis amigos más fieles, ni mis padres, ni mis hijos, ni mis hermanos. Sino solo tú, mano de muerta, errante; mano de mis sueños del alba, mano que espera, como una estrella de mi alma, mi cuerpo.
Yo conozco una mano, pero no es esa.
Yo conozco una tibia mano, una mano rosada y blanda. Para mis labios, para mis manos y para mi cuello. Para mis noches de amor, en torno a mi cabeza o sobre mi espalda.
Pero no es esa.
Yo busco otra mano. Ala de mis pies. Apaciguadora de mis ansias. La que se apoye sobre mi hombro solo y deshaga mis postreros quebrantos.
La que cierre mis ojos y vista mi cuerpo muerto y preceda mi entierro.
Una mano mutilada y única. Pálida, fría.
Una mano olvidada ya de que fue mano de amante. Una mano angustiosamente blanca.

Epílogo en la isla de las maldiciones

Esta isla lejana, en la que ahora vivo, es la isla de las maldiciones.
Bulle a mi alrededor un mar adverso, de un azul blanquecino, que se oscurece en un horizonte marchito, vacío de velas latinas y de chimeneas trasatlánticas. Hay bajo mis pasos una masa de tierra parda bajo puñales curvos de cactus, higueras mórbidas y aulagas doradas. Sobre unas rocas frontales se desmayan las sombras violeta de unas garzas.
Yo, el hijastro de la isla. El aislado.
Asisto a la apertura del naufragio más largo de los siglos. El anunciado tiernamente por el Apocalipsis. Aquel en que el sol se inmoviliza de pronto, o en que su paso es tan tímido, que la vista o no acierta a seguirlo o apenas si lo advierte.
Presiento que no se va a acabar nunca este ocaso, medido como por un gran reloj cuyo péndulo corriera lentamente en cada oscilación millares de kilómetros. Pendientes de él hay un nacimiento de aventura, un huevo en flor y una pistola engatillada.
«Y yo no he traído hasta aquí –escribo– ni sus muslos de nieve, ni sus manos hábiles, ni siquiera sus ojos desmesuradamente abiertos dentro de un estuche sin leyenda…».
Vaga en el aire un alto oro de ausencia, como vigilia de alma en pena, o sueño de niño agonizante, en lucha silenciosa con el paisaje y sus recuerdos.
De quebrados rincones llegan ecos de alcobas secretas sobre jardines enlunados; de balcones entreabiertos a noches profundas; de voces impotentes de náufragos; de bancos solitarios donde yacen cadáveres de niñas recién asesinadas; de hombres que corren por una calle larga en cuyo fondo hay un cuchillo ensangrentado, un joven muy pálido y muchos angustiosos gritos de hambre.
¿De dónde ha caído esa luz en que se han quemado mis manos y las cartas donde mi único secreto vivía entre estremecidos temblores agobiantes?
¿Quién es esa mujer que se ha arrojado al mar para no tener que desnudarse más ante marineros, comerciantes y soldados, tan frágil y blanca, que su cuerpo, un momento sobre el agua, se confundió con la espuma marina y con la estela de la luna y con las alas de las gaviotas?
¿De dónde ha venido ese grito que ha interrumpido de pronto la tarde y ha hecho volver a un mismo tiempo todos los ojos y todas las manos hacia un mismo punto vago y distante?
¿Y de quiénes son esos cadáveres que ha tendido la última marea sobre las playas del alba y de quiénes esas coronas de rosas y esos pasos silenciosos sobre la arena en sombra?
Yo, el hijastro de la isla. El aislado.
Asisto a la apertura del naufragio más largo de los siglos. Aquel que el golpear del pico de un cuervo lo mide sobre el corazón de una virgen, y del que hay pendientes amarguras, óleos y sueños.
Cuando me asome, una noche, al espejo, con un candelabro encendido entre las manos, veré amanecer tras el cristal mi imprevista vejez precipitada por una lívida tarde sin proa.
Me voy hundiendo, atropelladamente, en un ocaso, que se hace cada vez más hondo, precedido por la ávida cita de una estrella.
Una mañana, me despertaré huésped de mis alas maltrechas y no volveré a dormirme, con ellas, acaso.

En Crimen (Tenerife, Ediciones de Gaceta de Arte, 1934)

Cinco poetas surrealistas de Tenerife, España (1931-1940) | Nota biobibliográfica y selección de Roberto García de Mesa | Buenos Aires Poetry, 2020.