A Robert Duncan, 4 de marzo de 1988 | Denise Levertov

Es triste, pero Robert Duncan y yo nunca nos reconciliamos de manera apropiada mientras vivió. Le escribí cuando supe de su enfermedad (estuvo en diálisis durante varios años antes de su muerte por fallo renal en 1988), pero él había abandonado, yo lo sabía, toda correspondencia, y no esperaba respuesta de su parte… ni la tuve. Sin embargo, exactamente un mes después de su muerte tuve un sueño extraordinariamente vívido sobre él que me produjo una fuerte sensación de que habíamos, de hecho, vuelto a conectar de verdad. Le envié “A R.D., 4 de marzo de 1988” a Jess, que me aseguró que el afecto de Robert hacia mí había permanecido intacto. Suscribo a esa antigua tradición que sostiene que a veces las almas de los recién fallecidos rondan alrededor de los vivos durante un breve espacio de tiempo para ocuparse, de algún modo, de los asuntos inacabados.

A R.D., 4 de marzo de 1988

Eras mi mentor. Sin saberlo,
superé mi necesidad de un mentor.
Sin saberlo, eso te ofendió,
y me atacaste. A mí me ofendió amargamente
el ataque, y sin saberlo
me libré para avanzar
sin un mentor. El amor y la larga amistad
se oxidaron, se encogieron y se perdieron de vista
bajo algún sustrato del ser.
Los años llegaron y pasaron, llegaron y pasaron,
y la noticia de tu muerte tras años de enfermedad
fue un hecho sin resonancia para mí,
te había perdido mucho antes, y llorado,
y apartado como una prenda doblada
que se guarda en el armario. Pero hoy me desperté
cuando aún era de noche a causa de un sueño
que te devolvió vivo a mi vida:
yo estaba en una iglesia, cerca de la capilla de Nuestra Señora
frente a la “nave oeste”. A oír un paso
me volví: tú estabas a punto de entrar
en la fila detrás de mí, pero nuestros ojos se encontraron
y me sonreíste, tus ojos desenfocados
enfocados en esa sonrisa para renovar
toda la realidad que nuestro tonto orgullo extinguió.
Entonces pasaste junto a mí, y mientras te sentabas
a mi lado yo puse una mano de bienvenida
sobre las tuyas, y tus manos estaban cálidas.
No tuve ninguna necesidad
de un mentor, ni tú de serlo;
pero yo era una vez más
tu hermana escogida, y tú
mi hermano escogido.
Escuchamos altas armonías alzándose y llenando
la piedra arqueada,
sonidos que se habían alzado allí durante siglos.

Extraído de Denise Levertov, Pausa versal (Ensayos escogidos). Traducción de José Luis Piquero, Vaso Roto Ediciones, pp. 217-218 | Buenos Aires Poetry, 2020.