Gonzalo Rojas: una invención rodeada de lirios | Miguel Ángel Zapata

Gonzalo Rojas (Lebu, Chile 1916- Santiago, 2011), fue un poeta vital de pies a cabeza, no tan alto de estatura, ¡pero cuando hablaba media dos metros! Siempre lúcido, curioso, y atento con los poetas jóvenes que se le acercaban a conversar con él sobre poesía. Lo vi varias veces, la primera fue en California, en el otoño de 1985. Fue de invitado a la universidad a leer sus poemas, aquella tarde otoñal, lo presentó el profesor Gonzalo Sobejano. El primer poema que leyó fue “Por Vallejo”. Comenzó a leer los primeros versos: “Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: —Todavía. /Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor/ del énfasis.”. Paró de leer por unos segundos y volvió a leer estos mismos versos con esa voz única, grave, que tenía el poeta chileno. Comentaba y leía. Volvía a parar y seguía. Eso le daba más fuerza a su lectura, como si el deleite surgiera de la repetición de sus propios versos, los cuales chocaban en las paredes y en nuestros oídos. Luego se acercó hacia mí, y dijo…algo así…: “No?, Miguel Ángel, Vallejo del Perú”. Al final respondió preguntas de los estudiantes y de algunos profesores. Después fuimos a tomar unas cervezas en un café cercano, y ahí estaban Ricardo Gullón, Gonzalo Sobejano, y otros alumnos bebiendo una brillante jarra de cerveza con el gran Gonzalo, y hablando de poesía, claro, pero el que sabía más de poesía era sin duda Gonzalo Rojas. Esa misma tarde nació la idea de hacerle una entrevista, y aceptó la idea con afecto. (MAZ)

Miguel Ángel Zapata: Siempre he creído que la cuna del poeta, su paisaje, el aspecto geográfico, la esencia de la tierra son definitivos en la formación de esa bella manifestación que hemos llamado sensibilidad.

Gonzalo Rojas: Absolutamente. El impacto determinante de la tierra en que uno ha nacido, esa respiración telúrica o como quiera llamarse va y viene con uno, y no termina nunca. El paraje de mi niñez es el Golfo de Arauco, y ese pueblo minero carbonífero de Lebú. Maderas casi palpitantes, tablones de madera con las que se hacían esas casas, esos puentes encima de esos ríos y las grandes rocas contra el oleaje, todo eso lo veo, lo registro, lo huelo, lo mismo en Pekín que en Nueva York o en cualquier párrafo del planeta por donde uno anda. Pero no soy un telúrico telurizado, esto quiere decir, sometido al encantamiento de lo natural y a la nostalgia. No. Te estoy hablando de infancia-paraíso-remolino del Pacífico sur, minas de carbón debajo del mar. De ahí viene, creo, más que la velocidad, la vertiginosidad de mi palabra entre el murmullo y el estallido.

MAZ: ¿Cuál es entonces ese murmullo y ese estallido?

GR: Allí está el agua sonando suave, sigilosa, de la llovizna siempre visible, en ese paraje y simultánea el gran oleaje blanco frente al roquerío. Te estoy hablando de lo físico, y ahí mismo anda por dentro el otro murmullo, el de los matices, cierto aleteo en mi juego imaginario de niño, aleteo y balbuceo atado a esa tartamudez de que he hablado otras veces; y ahí está también por dentro lo tormentoso y cruel de las visiones que nacen con uno, y que en tanta medida registran esa vertiente abrupta más geológica que geográfica. Por ahí, entre esos dos tonos, se me dio la palabra.

MAZ: Eres paciente para las publicaciones, pero eres un animal creador y debes de tener muchos poemas inéditos que tal vez no los hayas querido publicar por diferentes razones, ¿no?

GR: Hay textos inéditos de mi primera juventud o de mi primera mocedad, cuyos borradores los registré en Cuadernos Secretos. No sé si alguna vez los entregue por entero. Hasta hoy sólo he rescatado textos como “Zángano” (Del Relámpago). Lo que interesa es que ya en esos plazos iniciales se me dio un lenguaje plasmado. La conjetura es cómo puede un aprendiz llegar a cierto grado de plasmación en plena adolescencia. Respondo, mi doble trato poético, con los clásicos españoles, por un lado, y con la poesía de la modernidad por la otra oreja, me dieron esta opción de algo parecido a una síntesis.

MAZ: Hay veces que Quevedo posee, ata, en tu caso pareciera que arrulla tus palabras.

GR: Todos los poetas hemos sido arrullados por ese loco, en todos nosotros desde Darío a hoy ha sonado y resonado. Pregúntale a Darío. Porque dijo lo que dijo en el prólogo de Prosas Profanas (1896). Pregúntale a Vallejo, a Neruda (Viaje al corazón de Quevedo; pregúntale a Borges que supo ver en él la trama viva de lo literario, el “homme de Lettres”, o a Paz pregúntale su relación dialéctica con el gran maestro. Lo que te quiero decir es que Quevedo funciona acaso más que ninguno, aunque sea un barroco; su laberinto, su desmesura y su rigor, su preocupación por la temporalidad y la EXISTENCIA. Naturalmente no desamamos al gran Góngora: rigor, lujo, lucidez. Sobre él pregúntale a Lezama Lima.

MAZ: Gonzalo, tú escribiste un texto curioso, como para proponer el cruce de dos especies poéticas en el plano del lenguaje, la prosa a la que llamas Prorsa, y el verso, al que llamas Versa.

GR: Sí, se trata de dos serpientes que bailan simultáneas en la imaginación del poeta, como lo dice ese texto, entre fábula y enigma. ¿Quién no sabe que la prosa y el verso se intraalimentan, se nutren con mayor o menor voracidad, la una de la otra? Leo a Rulfo y me dicen que eso es prosa, pero nadie podrá negarme que la poesía va en ese ritmo y en ese despojo, en esa dinámica y hasta en ese secreto. Se habla mucho de antipoesía, como si eso no hubiera sido pensado hace siglos. Son los eternos originalistas que no han entrado nunca en la revisión de estos dos instrumentos, la prosa y el verso. No quiero ir muy lejos pero ya Jules Laforgue fue capaz de ofrecer una poesía coloquial, fresca, en la que sin aspaviento alguno cumplió el ejercicio dual, que tanto apasionó después a T. S. Eliot o al mismo Pound.

MAZ: ¿A quiénes admiras de los poetas vivos?

GR: ¡Pero no se ha muerto ninguno! (sonrisas), de los verdaderos poetas. En cuanto a los otros, ésos no han nacido.

MAZ: El verdadero poeta es el mejor de los críticos, ya que tiene la sartén por el mango: inspiración y reflexión: la vuelta entera de la lucidez.

GR: Eso es cierto. El verdadero crítico de la poesía es el poeta. Lo dijeron Baudelaire, Eliot y se seguirá diciendo.

***

4 Poemas de Gonzalo Rojas y el poema manuscrito “Éxtasis del zapato”, el cual fue enviado como colaboración por el poeta chileno para el primer número de Códice- Revista de Poéticas, revista que fundé y codirigí en 1987.

(Selección de MAZ)

Por Vallejo

Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: —Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía,
la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas
de todos los veranos, el hombre es todavía.

Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano
y en piedra más que piedra, dio en la cumbre
del oxígeno hermoso. Las raíces
lo siguieron sangrientas cada día más lúcido. Lo fueron
secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio.

Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen
ni nos habló en la música que decimos América
porque éste únicamente sacó el ser de la piedra más oscura
cuando nos vio la suerte debajo de las olas
en el vacío de la mano.

Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso.
………………………………….No en París
donde lloré por su alma, no en la nube violenta
que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro
sobre la nieve libre, sino en esto
de respirar la espina mortal, estoy seguro
del que baja y me dice: —Todavía.

Paul Celan

Si me preguntan quién fue Celan debo decir: yo soy Celan. Tanta e s la identidad de dos que silabearon el Mundo en dos lenguas tan remotas, el alemán y el español. Judío él, cautivo en Auschwitz donde echaron al horno a sus padres, vivió en el mismísimo plazo de mi respiro. Cuando el 70 se arrojó al Sena pude haberlo hecho yo pero seguí aleteando en mi vuelo. Sólo vine a leerlo el 77, por ignorancia, y sólo entonces pude verme. ¿Zeitgeist, locura? No hay campos de concentración en las estrellas. La noche que llegué a Chile el 80 miré hacia arriba, lo vi en la fosa del amanecer.

Memoria de Joan Crawford

Me puse a ver la foto de la Crawford, esa sensuala
de mi adolescencia, a palparla
verde, a olfatearla, a vigilar
ángulo a ángulo el formato del prodigio
que volaba de ella, las dos cejas de
pájara encima de esos diamantes azules, el
aleteo de la nariz, la pintura del beso, el vicio
concupiscente de esa boca, el fulgor
de ese hueso áureo que cerraba el lujo del
mentón, y por exagerar a
mi vampira me puse a llamarla en el abismo
como en ese cine ciego a los dieciséis cuando no había nadie en la gran sala del Mundo
Sino ella y ella en la fascinación
del fósforo y yo el
despedazado en la butaca de algún domingo; me
puse a verla bailar, a fumar el humo de Possessed el 33, a enjugar
el sollozo de Letty Lynton.
…………………………Cuesta
volver a los grandes días inmóviles, habrá
otras, ninguna
de memoria tan tersa.

¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: ¿amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

Colaboración enviada por Miguel Ángel Zapata | Buenos Aires Poetry, 2020