Ezra Pound: Una entrevista con Homero | Beatriz Guido

«No era ése el Pound de París ni el de Venecia ni el de Londres, el Gran Duque de los Estetas. Era ya el derrotado, el escarnecido, el pobre Pound lanzado a un miserable infierno de segunda mano, el león derrotado y reumático de Lugones. ¿Entraría yo en su jaula, en la jaula de Homero; me pondría al alcance de sus zarpas inútiles, de su mirada perdida, de su vieja boca de león desdentada?».B. G.

Yo nunca había oído sonar la trompeta de Jericó, ni había visto al lobizón, a pesar de las promesas de mi madre. Pero ahora podía ver a Ezra Pound y tal vez pueda charlar un rato con él, habla español e italiano, y recibe a sus amigos en el sanatorio (se lo han permitido siempre), la invitará con “pizza” y vino italiano y si está de buen humor tal vez converse un rato con usted (a veces está dicharachero y habla sin parar, a veces se encierra en un mutismo desesperante). Le hablará de Guido Cavalcanti y de Oderisi de Gubbio. Si usted tiene memoria y le interesan esas cosas, pasará un momento divertido. No es lo mejor que puedo ofrecerle, sobre todo si está de mal humor, pero si usted se empeña…
Yo pensaba en aquel extraño personaje ambulante por París, en las tertulias en algún café, o mejor en casa de alguno de ellos; podía distinguir sentados displicentemente con sus tazas de café sobre las rodillas, a Eliot, a Joyce, a Yeats, a Lawrence, y ¿por qué no? Al mismísimo Tagore; pensaba en el Príncipe de los Exiliados, mitad mago, mita cow-boy, cuya Penélope era Faubert, en Hugh Selwyn Maurberley. Pound en Venecia, Pound en Londres, Pound en París, Pound con Gertrude Stein, delgado, barbudo, pelirrojo, con las manos en los bolsillos y su ronca voz de matarife.
Pound en la Riviera italiana, Pound encerrado después de la Liberación en una jaula, con los reflectores girando toda la noche sobre su celda improvisada, tejiendo sus “Cantos” como Homero ciego, sobre un pobre banco de madera, como un loco cuenta sus cabellos o simplemente hormigas. Pound zaherido, humillado, el Príncipe de los Exiliados arrastrado a un asilo de alienados, mordiéndose tal vez los puños y llorando o escribiendo en las paredes o simplemente tratando de recordar. ¿Iría a verlo ahora, a ese asilo precisamente, a contemplar con mi aire distraído de turista un cadáver más, una sombra más? ¿No estaba harta de reflejos? ¿Quién era yo para turbar la soledad del viejo león, para hacer existir su humillación con mi presencia?
La invitará una “pizza” y vino italiano y si está de buen humor tal vez converse con usted de Cavalcanti y Oderesi, de Gubbio. Sólo recordaba ahora unos versos suyos, leídos al azar; tal vez no los mejores, no precisamente los mejores:

Tarde, muy tarde, te conocí, Tristeza,
He sido duro como la juventud estos sesenta años…

No era ése el Pound de París ni el de Venecia ni el de Londres, el Gran Duque de los Estetas. Era ya el derrotado, el escarnecido, el pobre Pound lanzado a un miserable infierno de segunda mano, el león derrotado y reumático de Lugones. ¿Entraría yo en su jaula, en la jaula de Homero; me pondría al alcance de sus zarpas inútiles, de su mirada perdida, de su vieja boca de león desdentada?
Era demasiado horrible, demasiado ridículo, demasiado irrespetuoso. Ya había tomado el té con un número suficiente de fantasmas. El padre de Hamlet me obsedía.
¿Quieren saber de qué hablamos?
De litteris et de armis, praestantibusque, ingennis, de tiempos antiguos y modernos, de libros, de armas y de hombres de genio, de tiempos antiguos y modernos; en una palabra, de temas corrientes de conversación entre dos personas que están tratando de reconstruir un cuerpo antes de entrar en el Paraíso o en el Infierno.

Extraído de Clarín, Buenos Aires, 30 de septiembre de 1956 | Buenos Aires Poetry, 2020.