Del Banquete al Sueño: el platonismo de sor Juana Inés de la Cruz | Miguel Ángel Martínez Barradas

Del Banquete al Sueño: el platonismo de sor Juana Inés de la Cruz

Miguel Ángel Martínez Barradas

Le rêve est un second vie.

Gérard de Nerval

La tarea del filósofo se reduce sencillamente a contemplar. El sofista es aquel que ha preparado su intelecto para aprehender el mundo, segmentarlo, sistematizarlo, analizarlo en cada una de sus partes y, finalmente, armarlo nuevamente resignificado en provecho de sí mismo y de los demás. El quehacer filosófico es cada día menos frecuente dentro las academias, pues éstas se han doblegado a los poderes del dinero y satisfecho en los vanos puestos burocráticos; pero esto no es novedad, así ha sucedido desde siempre, y quizás sea esa falta de pensamiento crítico la que nos ha alejado del bien, de la belleza, de la verdad y de sus provechosos efectos (si es que alguna vez estuvimos cerca de estas virtudes). Respecto a la falta de rigor del filósofo, Apolodoro menciona lo siguiente: «Antes daba vueltas de un sitio a otro al azar y, pese a creer que hacía algo importante, era más desgraciado que cualquier otro, no menos que tú ahora (Glaucón), que piensas que es necesario hacer todo menos filosofar» (Platón 186)

Apolodoro es un filósofo indisciplinado que, como él dice, da vueltas azarosamente de un lugar a otro. Apolodoro no se detiene nunca, él no ha comprendido que el filósofo debe de permanecer inmóvil para poder contemplar el mundo. Apolodoro no es como su maestro, Sócrates, que cuando es asaltado por la duda filosófica comienza a disminuir su marcha hasta que, rezagado, fija la mirada en una utopía e inicia el ejercicio de la interiorización; tal y como lo refiere Aristodemo de la siguiente manera: Entonces Sócrates, concentrando de alguna manera el pensamiento en sí mismo se quedó rezagado durante el camino (Platón 190). Carlos García Gual menciona que, según algunos testimonios, las meditaciones extáticas de Sócrates podían durar días y que esta actividad de recogimiento era habitual en el filósofo (Platón 190). Un ejemplo más de la contemplación socrática del mundo resulta pertinente en este momento; Alcibiades menciona: Sócrates está de pie desde el amanecer meditando algo. […] unos jonios le observaban por ver si también durante la noche seguía estando de pie. Y estuvo de pie hasta que llegó la aurora y salió el sol. Luego, tras hacer su plegaria al sol dejó el lugar y se fue (Platón 280). Sobre este último recogimiento socrático se menciona que Sócrates rendía culto a los cuerpos celestes como el sol, la luna y las estrellas (281), práctica de antecedentes pitagóricos que nuevamente dejan ver la importancia de la contemplación para el ejercicio filosófico.

La palabra española contemplar tiene su antecedente en el latín contemplari, vocablo compuesto por la preposición “cum”, que significa “con”, y templum, cuya semántica está relacionada con sesgo o corte, pues los antiguos augures segmentaban o cortaban imaginariamente el cielo para conocer la fortuna. Entonces, contemplar fue para los antiguos un ejercicio de observación del cielo y de interpretación de la naturaleza a fin de obtener un conocimiento que deviniera en beneficio propio, de sus gobernantes y de sus ciudades. Explicado lo anterior, queda más clara la actitud de Sócrates frente a los astros, los cuales consideraba manifestaciones sagradas, como bien nos menciona García Gual (Platón 281) cuando refiere el culto a los cuerpos celestes como una novedad religiosa en Platón.

Momentos antes de que inicie el famoso simposio en el que se discutirá el origen y cualidades de Eros, un esclavo de Agatón hace notar que Sócrates continúa extasiado: El Sócrates que decís se ha alejado y se ha quedado plantado en el portal de los vecinos. Aunque le estoy llamando, no quiere entrar (Platón 191). ¿Qué es lo que Sócrates vislumbra en esos momentos de arrobamiento?, posiblemente sea su discurso sobre la belleza que más adelante dará a conocer en el banquete de Agatón. Sirva para contextualizar que Agatón resultó vencedor en un certamen de tragedias y por esa razón se realiza un festín en su casa al cual fueron invitados Sócrates, Erixímaco, Pausanias, Aristófanes y Fedro, éste último es quien propone los encomios al dios Eros, quien con justa razón los merece según vemos, pues es el eje de la belleza.

Las intervenciones de cada uno de los comensales nos dejan advertir las diferentes apreciaciones en torno a Eros. El primero en hablar es Fedro, quien destaca que la cualidad mayor de Eros es su nacimiento y, citando a Hesíodo, lo ubica en los orígenes del cosmos; asimismo, añade que los orígenes de la valentía muchas veces son a causa de Eros. El siguiente en tomar la palabra es Pausanias, quien destaca la doble naturaleza de Eros: por un lado está aquella que se relaciona con Afrodita Urania (el amor sublime); por otro tenemos al Eros de la Afrodita Pandemo (los amores bajos y carnales). Erixímaco toma la palabra en el tercer puesto y habla de Eros desde su profesión como médico. Su discurso resulta interesante porque ubica a Eros en una dimensión que va más allá de la humana, pues para él todo lo que tiene existencia es por influjo de Eros mismo. Las meditaciones de Erixímaco permiten entrever que la contemplación a la que está sujeta Sócrates es por obra de Eros. En cuarto lugar, Aristófanes, recrea el mito del andrógino original que fue partido por Zeus debido a su insolencia hacia los dioses; sin embargo, cuando Zeus vio que sus hijos sufrían les volteó sus genitales para que pudieran unirse hasta que el tiempo los alcanzara y la muerte los terminara. De este episodio es importante el siguiente fragmento: lo masculino era originariamente descendiente del sol, lo femenino, de la fierra y lo que participaba de ambos, de la luna (Platón 223). La tesis del amor platónico aparece más adelante cuando Aristófanes dice: Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y persecución de esta integridad (228). Llega el turno del anfitrión del simposio, Agatón, para encomiar a Eros y si con Fedro este dios únicamente residía en la sentimentalidad de los hombres, aquí ahora se trastoca en un amor concerniente al alma: ya que ha establecido su morada en los caracteres y almas de los dioses y de los hombres (233). Como se puede notar, Eros va transformándose en cada uno de los encomios de los invitados al banquete, teniendo primero su campo de acción en la realidad tangible y culminando, en este cuarto discurso, en la dimensión superior de lo sagrado: el ánima.

Sócrates, al ser quien llegó al último al simposio, toma la palabra al final, siendo su discurso, como es habitual en él, magistral, pues no sólo recupera todas las ideas de quienes lo antecedieron en el uso de la palabra, sino que, además, resignifica los orígenes y los dotes de Eros a partir de una historia que le contó una mujer llamada Diotima que poseía dotes adivinatorios y que estaba iniciada en los misterios sacerdotales. Cuando Sócrates acude a Diotima es inferior a ella en sabiduría, y es por esta mujer de Mantinea como se explica la teoría de las formas o la escala de la contemplación, fundamento del pensamiento platónico. Octavio Paz sintetiza esta teoría de la siguiente manera:

¿Y por qué no ir más allá de las formas y amar aquello que las hace hermosas: la idea? Diotima ve al amor como una escala: abajo, ·el amor a un cuerpo hermoso; en seguida, a la hermosura de muchos cuerpos; después a la hermosura misma; más tarde, al alma virtuosa; al fin, a la belleza incorpórea. Si el amor a la belleza es inseparable del deseo de inmortalidad, ¿cómo no participar en ella por la contemplación de las formas eternas? La belleza, la verdad y el bien son tres y son uno; son caras o aspectos de la misma realidad, la única realidad realmente real. (Paz 44)

Y ahora la pregunta obligada: ¿Qué tiene que ver lo anterior con Primero sueño de sor Juana Inés de la Cruz? Aparentemente nada, pero filosóficamente todo. No es este el lugar para explicar a detalle las características del poema, sencillamente se dirá que Primero sueño es un poema filosófico que describe cuatro circunstancias: la llegada de la noche, el adormecimiento del cuerpo, el viaje del alma, y la llegada del día con el evidente despertar del cuerpo. Entre la noche y el día el alma se libera de las ataduras del cuerpo y emprende un viaje en ascenso que la llevará, como decíamos en un inicio, a la contemplación socrática de la Creación y a la fracasada comprensión de la misma. El alma tiene un ardor incontrolable por saber, sin embargo, su hybris es la causante de su desasosiego, y al comprender que le es imposible aprehender a la sabiduría desde lo general, realiza un viaje a lo particular de cada objeto, de cada ser, a fin de asimilarlo. Cuando el alma del cuerpo durmiente del poema sube y baja por los diferentes planos del universo (que no es más que la teoría de las formas de Platón, la escala de la contemplación) recuerda a la analogía que hace Sócrates respecto a la transmisión del conocimiento como dos copas que intercambian su contenido: Estaría bien, Agatón que la sabiduría fuera una cosa de tal naturaleza que, al ponernos en contacto unos con otros, fluyera de lo más lleno a lo más vacío de nosotros, como fluye el agua en las copas, a través de un hilo de lana, de la más llena a la más vacía (Platón 193). Escuchemos unos versos que nos hablan de estos niveles platónicos:

Estos, pues, grados discurrir quería

unas veces; pero otras, disentía,

excesivo juzgando atrevimiento

el discurrirlo todo,

quien aun la más pequeña,

aun la más fácil parte no entendía

de los más manüales

efectos naturales;

[…]

quien de la breve flor aun no sabía

por qué ebúrnea figura

circunscribe su frágil hermosura:

mixtos, por qué, colores

–confundiendo la grana en los albores–

fragante le son gala

[…]

Pues si a un objeto solo, –repetía

tímido el Pensamiento–,

huye el conocimiento

y cobarde el discurso se desvía;

[…]

¿cómo en tan espantosa

máquina inmensa discurrir pudiera,

cuyo terrible incomportable peso

–si ya en su centro mismo no estribara–

de Atlante a las espaldas agobiara,

de Alcides a las fuerzas excediera;

y el que fue de la Esfera

bastante contrapeso,

pesada menos, menos ponderosa

su máquina juzgara, que la empresa

de investigar a la Naturaleza? (639–642)

¿Acaso cuando el alma realiza los diferentes viajes entre la materia para conocer su ciencia arcana no nos muestra que estamos ante el juego de lo macrocósmico y lo microcósmico? Es decir, el alma es incapaz de conocer la Creación porque antes no se ha conocido a sí misma. En este sentido, el discurso que Diotima le refiere a Sócrates es absolutamente vigente:

Diotima concluye: «aquel que ha seguido el camino de la iniciación amorosa en el orden correcto, al llegar al fin percibirá súbitamente una hermosura maravillosa, causa final de todos nuestros esfuerzos… Una hermosura eterna, no engendrada, incorruptible y que no crece ni decrece». Una belleza entera, una, idéntica a sí misma, que no está hecha de partes como el cuerpo ni de razonamientos como el discurso. El amor es el camino, el ascenso, hacia esa hermosura: va del amor a un cuerpo solo al de dos o más; después, al de todas las formas hermosas y de ellas a las acciones virtuosas; de las acciones a las ideas y de las ideas a la absoluta hermosura. La vida del amante de esta clase de hermosura es la más alta que puede vivirse pues en ella «los ojos del entendimiento comulgan con la hermosura y el hombre procrea no imágenes ni simulacros de belleza sino realidades hermosas». Y éste es el camino de la inmortalidad. (Paz 44-45)

Lo que el alma del poema de sor Juana quiere conocer es la idea, sin embargo, Diotima fue clara en que el camino de la iniciación amorosa tiene un orden estricto, el cual el alma desobedece y esto repercute en su incapacidad para entender a pesar de haberlo visto todo al mismo tiempo. Una duda prevalece al final del poema y es la que tiene que ver con los últimos versos:

Consiguió, al fin, la vista del Ocaso

el fugitivo paso,

y –en su mismo despeño recobrada

esforzando el aliento en la rüina–,

en la mitad del globo que ha dejado

el Sol desamparada,

segunda vez rebelde determina

mirarse coronada,

mientras nuestro Hemisferio la dorada

ilustraba del Sol madeja hermosa,

que con luz judiciosa

de orden distributivo, repartiendo

a las cosas visibles sus colores

iba, y restituyendo

entera a los sentidos exteriores

su operación, quedando a luz más cierta

el mundo iluminado y yo despierta (650)

¿Cuando la voz lírica del poema dice “el mundo iluminado y yo despierta” a qué se refiere? Por una parte, si nos apegamos a la narración de los hechos se entiende que con la llegada del día el cuerpo recupera sus funciones y la voz lírica despierta del sueño en el que estaba sumida; pero también es posible postular otra interpretación en la que no es la voz lírica, sino el alma la que ha despertado al haber sido testigo del funcionamiento de la Creación. En este sentido, el mundo sí está iluminado porque el sol ha vencido a la noche, pero, también, porque la sabiduría, que devino de la contemplación del cosmos, ha entrado como una saeta en el corazón del ánima anhelante.

Finalmente, estas líneas iniciaron con un epígrafe del poeta francés Gérard de Nerval que dicen: el sueño es una segunda vida. ¿Y qué es el sueño sino la manifestación de nuestros deseos, la manifestación de Eros? El mundo onírico que visita el alma del poema de sor Juana, y el que nosotros penetramos cuando nos entregamos al letargo de la noche, no se distingue del que habitamos en este mismo instante. Todo cuanto podemos observar, como apuntó Sócrates, pertenece a Eros, y es por nuestra capacidad filosófica y contemplativa como vamos a subir o a descender en la escala platónica del conocimiento de uno mismo y de las esencias.

Bibliografía

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