Carta de George Bernard Shaw acerca de los artículos firmados y anónimos

[Hopkins, que preparaba un artículo llamado “Anonymity?” para la New Review (noviembre 1889 y marzo 1890), le había pedido a Shaw una opinión acerca de si firmar o no artículos. Shaw conocía a dos Runciman, y es evidente a cuál se refiere en la carta. John F. Runciman (1866—1916), secretario de la Faboan Society’s Southern Group, fue luego crítico musical en el Saturday Review. James Runciman (1852—91), su tío, era un entusiasta amateur del boxeo y amigo de W.E. Henley y Robert Louis Stevenson, había recientemente escrito a Shaw pidiendo una dramatización de Cashel Byron’s Profession.

Andrew Lang (1844—1912) era el reconocido poeta y hombre de letras escocés. Thomas Babington Macaulay (1800—59), escritor y estadista, era un contribuidor frecuente en Edimburgh Review y autor de la History of England (1848—61). Herbert Spencer (1820—1903), fue el creador del System of Synthetic Philosophy. Charles Stewart Parnell (1846—91) era el líder nacionalista irlandés y Arthur James Balfour (1848—1930), estadista inglés, era en ese momento Chief Secretary de Irlanda; después sería primer ministro. Andrea Ferrara era un fabricante de espadas y armero de Belluno en el siglo XV. Edward Linley Sambourne (1844—1910), ilustrador y caricaturista, estaba en el equipo editorial de Punch.]

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29 Fitzroy Square W

31 de agosto, 1889

Querido Hopkins,

En vano estas protestas amigables. Cashel Byron1no era más que un sermón después de todo. ¿Para qué sermonear otra vez? No, señor: deberías tener algo mejor en estos días; pero no va a ser en forma de novela. Hace algún tiempo traté de novelar otra vez, y escribí un capítulo y medio2; pero no pude soportar la forma: es muy torpe y falsa. A veces en mis momentos libres escribo diálogos; y estos se van perfilando hacia cierto fin (un sermón, obvio), mi imaginación usando los trucos de siempre mientras creo visiones de personas. Cuando tengo algunos cientos de estos diálogos armados y entreverados, ahí el resultado es una obra—moral, instructiva, sugestiva comedia de la sociedad moderna, garantizada correcta en detalles filosóficos y económicos, e inaceptablemente independiente de consideraciones teatrales. Mientras tanto, vivo. Nómbrame una persona “brillante” que pueda decir lo mismo. Repudio la “brillante” promesa, la ficción y la economía política como fines. Mi tarea es encarnar el Zeitgeist, por lo cual experimento su impulso y universalidad, y él experimenta el éxtasis personal de la música.

Percibo que al final no le erré por mucho al carácter de Runciman. Hum!

No he pensado profundamente en el asunto de los artículos firmados; pero me pongo, apenas y prácticamente, en favor de las firmas, porque, aunque soy el más concienzudo de los hombres, escribo más cuidadosamente, y con un sentido más agudo de responsabilidad personal y directa, por la solidez de mis declaraciones, cuando lo que escribo aparece sobre mi firma. Además, escribo con mayor libertad cuando toda la responsabilidad recae en mí. De nuevo, me gusta recibir el crédito por mi propio genio, porque esto me asegura personalmente la “rentabilidad” completa de mi habilidad, mientras que, cuando escribo anónimamente, es absorbida por el dueño del diario. Esto, no obstante, no tiene nada que ver con el público, que no se supone deba preocuparse por enriquecerme a expensas del propietario del diario, ni a él a expensas mías, siempre y cuando tenga que encontrar el dinero igual en ambos casos. Solo explica por qué yo, como cualquier escritor particularmente deslumbrante, estoy interesado en extender el sistema de firmas tan lejos como llegue mi mejor trabajo. Otra razón por la que los “deslumbrantes” lo prefieren, es que los protege de ser desacreditados por el trabajo de sus imitadores. Hay un pseudo-Lang en el Daily News cuyos artículos deben hacer que la carne del querido Andrew original se arrastre; no sea que el público acrítico confunda la copia con el modelo. Luego están las vendettas mortales que surgen de las reseñas. Cuando solía reseñar para el Pall Mall, el entretenimiento bárbaro de desollar vivos a poetas menores estaba de moda; y una vez al mes, más o menos, se celebraba un auto da fe, con varios de ellos, siendo el verdugo a veces Oscar Wilde, a veces William Archer, a veces yo mismo. Como solo se pusieron en juego nuestros vicios elementales; y como las manifestaciones literarias de estos son bastante parecidas en todos los hombres a un par de libras por columna, no se decía, a falta de firmas, cuál fue el verdadero torturador en estas ocasiones; y hasta el día de hoy hay hombres que me odian por las inhumanidades perpetradas por Archer o Wilde. Sin duda los errores se compensaron entre sí en la masa; pero esto no sucedió en su incidencia sobre nosotros individualmente, ya que la tendencia de los hombres a atribuir lesiones a personas que los conocen llevó a que cada uno de nosotros fuera acreditado, en su propio círculo de conocidos, con las revisiones de los tres. En reseñas más serias he visto varios casos en que el crítico se sintió obligado a escribirle al autor confesando su nombre y dirección, aunque esto naturalmente solo sucedió cuando la reseña fue motivada por un abrumador sentido del deber, en cuyo caso el texto fue siempre desmesuradamente antipático. Todas estas consideraciones privadas sesgan las opiniones de los periodistas profesionales sobre el tema.

Del punto de vista de la moralidad abstracta, hay que recordar que muchos artículos periodísticos son productos sociales y no individuales. El periodístico “nosotros” de los ensayos de Macaulay es una ficción porque las opiniones expresadas no son las del equipo del Edimburg Review ni de la clase de la cual aquel equipo pretendía ser portavoz: son de Mac y de nadie más. Pero el periodista corriente, que simplemente ofrece sus servicios como buscador y organizador de palabras para cualquier opinión que pueda requerirlas y pueda pagarlas, presumiría, al cantar su artículo, de una distinción que el público no hace en la literatura. Nadie supone que los carpinteros y albañiles que construyeron un Club Conservador sean ellos mismos conservadores, ni ningún corrector bautista rechazará un trabajo en un libro de Herbert Spencer. Pero se supone que un escritor aprueba el significado de lo que escribe; y el radical que escribe artículos conservadores se considera un prostituto. En la práctica, obviamente, los hombres modifican constantemente su trabajo para adaptarse a los periódicos que los emplean. Toda la cuestión de hasta qué punto debería llegar esa modificación es parte de la cuestión de hasta dónde debería llegar el boicot y hasta dónde debería llegar la tolerancia. Si yo fuera relojero me consideraría obligado a hacer un reloj para cualquier conciudadano que lo encargara, sin entrar en sus opiniones políticas o sociales. Pero si alguien me encargara una máquina infernal, me sentiría igual de obligado a saber para qué se quiere antes de aceptar fabricarlo. Del mismo modo, aunque Yates no se niega a emplearme como crítico de arte porque soy socialista, ciertamente se negaría a contratarme como escritor de artículos políticos. Y yo no me niego a escribir crítica de arte para él, aunque ciertamente me negaría a escribir artículos unionistas si me lo pidiera. Pero no digo que un Home Ruler3, siendo periodista, no pueda volcar sus opiniones tan enteramente como editor o reportero, y escribir, en principio, lo que le pagaron por escribir, ya sea un “parnelista” o “balfourista” en su inclinación. No podría escribir en primera persona del singular honestamente, ni siquiera en primera persona realmente; y aunque pueda firmar su nombre y argumentar que su firma en la hechura de un artículo unionista no lo hace unionista como la marca en la hoja de la espada de Andrea Ferrara no demostró que era un duelista y asesino, y sin embargo, ¿quién haría semejante distinción en la elemental condición actual de la opinión pública en tales asuntos? Para evitar estos casos debería haber una doble firma. Así, cuando el editor manda el artículo pero no lo escribe, y un periodista profesional lo escribe pero no lo dice en serio, podría firmarse Buckle inv.: Brown (o Robinson) scrip. Y si yo escribiera un artículo en favor del socialismo, podría firmarlo a la manera de Linley Sambourne, Bernard Shaw inv. et script.

Mi conclusión práctica es que ya que un hombre que escribe sin convicción en tercera persona es generalmente pésimo y aburrido, y rara vez consigue un trabajo realmente importante, su firma es innecesaria y su área es la de puras noticias. Todos los artículos que expresen opiniones individuales deberían estar firmados. Sin excepción. Los diarios que ocultan la identidad de sus contribuidores generalmente están avergonzados de ellos.

¿Esto te sirve?

Tuyo,

GBS

1 Novela de Shaw publicada de forma serializada en una revista socialista en 1886, después del rechazo de los editores para publicarla.

2 An unfinished Novel, publicada en 1958.

3 Que apoya la política iralndesa de “home-rule”.

Extraído de Collected Letters 1874—1897, Londres: Max Reinhardt Ltd, 1965 | Traducción de Ignacio Oliden | Buenos Aires Poetry, 2021.