Albeiro Guiral nació en Santa Rosa de Cabal, Colombia. Es magíster en Escrituras Creativas, profundización en Poesía, de la Universidad Nacional de Colombia, con el poemario Una vida en una noche (Buenos Aires Poetry, 2018). Además, es autor de los libros Celebraciones (Casa de Asterión Ediciones, 2017) y de Poemas últimos (Editorial Ataraxia, 2022).
Fue uno de los poetas compilados en la Antología de la poesía colombiana del siglo XXI (Anthologie de la Poésie Colombienne du XXIème siècle) cuya edición bilingüe fue publicada en París por la Editorial L’Oreille du Loup dentro del Año Colombia-Francia (2017). Es el fundador y editor de la revista Literariedad.
[Cumpleaños]
Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
César Vallejo
Tu voz al teléfono cada 15 de abril
para decir “feliz cumpleaños;
venga a visitarme, mijo,
a la soledad,
venga a comer de mis palabras”.
Hoy soy yo quien levanta la bocina
y marca tu número.
Imagino el sonido del teléfono
en la casa tan vacía
como quedó después de tu muerte.
Cuando escucho tu voz,
como venida de más allá de la noche
y me saluda y me pregunta por las gatas
que si me estoy cuidando de la ansiedad y del suicidio,
te pregunto:
¿supiste que Dios murió en París, de hambre?
I
Este poema quiere entrar al tiempo y roerlo desde sus vísceras. Oruga intangible ―no microscópica― con sed de árbol como agua que emerge del vacío y al vacío vuelve acelerada. ¿Te imaginas caminando sobre el puente que lo cruza?
Este poema nunca hará metamorfosis. Nunca le verás irrumpir de una crisálida. En su eterna ―qué exigua la eternidad― condición de oruga te mirará a los ojos con mirada de pájaro. ¿Qué ser deshabitado se ve en el cielo de los pájaros? ¿Vive algo en vos, acaso, que lees?
Este poema no es, sucede. Te encuentra. Reventará su huevo al interior de vos y empezará a comer la carne amarga de tu cuerpo muerto.
II
Le llamas poesía a la unión de estas palabras porque no has contemplado el suceder de la hojarasca.
Hojas y hojas que son el tiempo cada instante renacido, acumulándose en el dorso del monte que nunca duerme, aunque su apariencia sea la de la totalidad indiferente.
Como vos, lo que la gente llama dios, su dios, nunca ha asistido a la naturaleza. Alguna vez, los tiranos, le vistieron de humano y lo hicieron pasar por lo único sagrado y en cuyo nombre asesinaron la inteligencia.
Le llamas poesía a todo lo incomprensible. Desprecias la vida que te excede.
Es este un libro de poemas de alguien que bien pudiera llamarse árbol, dices.
Te acercas a alimentarte de mis hojas caídas, hambrienta lectora.
No sabes lo que comes, animal de ciudad, de mísero corpúsculo, habitante de las briznas, para quien no escribo.
Te invito a cerrar este libro y caminar en hermandad de raíces que se despliegan por el Universo.
IV
El secreto reside en
olvidar los sueños
Enrique Lihn
No recordás los sueños porque muy bien sabe la vida asomarse en ellos.
La vida, verduga siniestra e hipócrita, adjetivante desbocada, se hace pesadilla al menor atisbo de plenitud.
Lo que te fue dado y disfrutaste, lo que sustancia fue de tus imágenes amadas, el torso acariciado, el ápice del deseo, los dedos en la pulpa que se dilata como un ojo frugal, tiene ahora el nombre del olvido.
No eres vos culpable, ni el infinito negro ni el hijo de puto dios de España. La culpa de toda derrota es de la vida.
Sólo la cercanía con la muerte nos purifica.
V
¿A dónde iremos a parar
con nuestra sangre sucia?
José Sbarra
He tenido un hijo muerto.
Y no hablo del poema que escribí en la peor de las noches, cuando me supe un ser aborrecible cuyo desarraigo lo había construido con sus propias manos.
Y no hablo del poema que escribí con mierda bajo los puentes peatonales de Bogotá, la peor ciudad del mundo, vergüenza de la Historia.
Estoy hablando del hijo que tuve muerto, del bastardo que usó mi carne para existir y convertirse en este yo prosaico.
¿Cuál es la materia del dolor?
VII
[Metafísica]
En la niñez jugábamos a atar un hilo de una de las patas de un escarabajo.
Minúsculo rinoceronte alado, esclavo de la inocencia, frotaba su cuerno arrastrador y tomaba impulso para volar. Como Julieta con el pequeño pájaro que simulaba ser el corazón de Romeo, dejábamos que volara y tuviera la sensación de escapar y lo volvíamos a traer, enrollando el hilo.
En sus ojos podía verse un brillo perdido, diminuto en las manos de un niño que no crecería y que, sin embargo, le negaba su libertad, infame Gregor Samsa tropical.
Dios era aquel insignificante cucarrón mierdero, en nuestras manos.
Extraído de Albeiro Guiral, Poemas de su libro inédito Morfina, 2026 | Buenos Aires Poetry 2026

