Desempolvando las “Estrategias del polvo” de Ricardo Venegas | por Verónica Volkow

Venegas es un poeta del aire, del desierto, del viento, del anhelo; su poesía es la de un viajero que atraviesa la adversidad, impulsado por la aspiración de una tierra prometida, pero cuyo rostro es permanentemente erosionado por el polvo y la arena. Levanta entonces su voz en una plegaria, no alejada del sueño de Jacob -otro habitante del desierto- pero que en este caso entona una casi blasfema rebeldía a la vez que una sanación moderna.

por Verónica Volkow*


Cuando recibí el poemario de Ricardo Venegas con el afortunado título de Estrategias del polvo (Buenos Aires, Buenos Aires Poetry, 2021), me encontraba en una opuesta dirección leyendo las Metamorfosis de Ovidio. Mi esfuerzo por desentrañar estas historias clásicas de mutaciones era una faena de desempolvamiento. En su librito con alas, sin embargo, Venegas me lanzó en una dirección contraria invitándome a investigar las regiones de lo que se cubre, lo que se borra, lo que no se precisa, lo que casi no se percibe, lo que de a tiro se deshace. Venegas me sacó de la habitación de los clásicos -su pétrea memoria de rigurosas articulaciones- hacia un nuevo lugar, aliado del polvo y sus difuminaciones, casi mezclado con éste, un lugar particularísimo de este poeta, que me llevó a hacerme algunas preguntas sobre ese amplio misterio que constituye a la poesía. En su viaje por tan diversos horizontes, la poesía, no acaba por acomodarse dentro de una sola definición.

Confieso que Ovidio se me ha estado volviendo un ideal, tanto como ancla profunda de la lengua hispánica, como poderoso modelo original de la poesía. Allí la nitidez de una memoria atávica y la precisión de un lenguaje tan riguroso pero tan alejado y complejo como el latín, se dan la mano, generando un sustrato ontológico creador de una precisa realidad asombrosa. Es una realidad, aunque verbal, minuciosa, incrustada de interminables detalles semióticos que simulan los factuales, como Salmoneo imitaba a Júpiter en pirotecnias de antorchas y estrepitosos cacharros. Sin embargo, en esta poesía, no hay otra realidad que la que la lengua latina cimenta detalladamente, como si fuera ella misma tierra ya, territorio por conquistar cuando la leemos, desciframos, en realidad; y como si la función poética aquí fuera la de instituir a través de la precisión de los términos declinados eso que se simula: construirles pisos, techos, acciones, recuerdos, amores a sus personajes

Descifrando el rompecabezas de esa lengua tan lejana que es la de Ovidio sucedía, al leer sus hexámetros -al precisar los ajustes, no sólo del sentido de las oraciones, sino de la dialela narrativa, como si un lente de cámara se fuera ciñendo más y más en su enfoque; sucedía como si se desnublase el vidrio de un telescopio para atisbar un más allá al que se puede viajar mediante las letras. La precisión del idioma trae aquí la ampliación de la realidad que éste enhebra; podríamos inclusive decir que ese viejo idioma extiende nuevos brazos para nuestra tierra, nuestra existencia.

Busco, particularmente en Ovidio, menos pujantemente épico y viril que Virgilio, más descriptivo y amante de lo hogareño, una guía para mi propio trabajo poético, que últimamente aborda el tema de la infancia. Persigo en Ovidio esa precisión con la que capta el empuje de las emociones. Al escribir mis propios poemas, siguiendo a este guía de mundos femeninos que es Ovidio, como Virgilio y Cicerón lo fueron de los masculinos, iba yo descubriendo cosas que no había yo entendido antes de mi propia vida. Al escribir los poemas, como si estuviera desentrañando un texto latino, iba desempolvando facetas inéditas de mi propio pasado al tratar de agarrarlo, amarrarlo, hacer ajustes. La poesía me resguarda desde este punto de vista ese viejo sustrato de lo real.

Estaría aquí ante ese tipo de compromiso que Ezra Pound le adjudica a la literatura: “Tiene que ver con la claridad y el vigor de todos y cada uno de los pensamientos y opiniones. Tiene que ver con mantener limpias las herramientas, con la salud de la materia misma del pensamiento”. (Pound: El arte de la poesía, p 35)

Sin embargo el libro de Venegas, cuando me golpea con su viento poético, me lanza en una dirección opuesta, que me obliga a buscar otras definiciones de lo poético, direcciones divergentes de aquellas por las que nos encaminan Ovidio y Virgilio -donde el ajuste del lenguaje y el ajuste de la realidad se daban la mano dentro de una vocación que podríamos llamar fundacional de la poesía.

Me topo en el texto de Ricardo Venegas una dirección contraria a la de este impulso fundacional, una vocación que podría llamar de diáspora y de disolución de lo nítido, una erosión de lo real. Es una dirección que no va hacia el pasado precisándolo, sino que huye tanto del pasado como del presente mediante una suerte de movimiento aspiracional. Se vive aquí dentro del impulso poético mismo, que es como un aura leve que nos roza el rostro y acaricia con su incógnita. Cito los versos que abren el poemario, y trazan un umbral hacia los indefinidos ámbitos llenos de expectación, casi propios de la mística. Hay aquí espacios no del mundo que existe, ciertamente, sino de lo que no existe pero que sujetamos intensamente mediante la fe o el deseo:

Leve es tu ausencia

Ráfaga de lira

Desde la contraseña

Hasta ser eterno

Tocado voy de mano fugitiva

Cuando solaza nuestro amor

De cierta herida

Nublado como el peregrino

Aspirante a la metáfora perdida

Callo la voz

Que me mantiene en vida

Se da en estos versos una suerte de mutación hacia la insustancialidad, una elevación que lleva al sujeto mismo a disolverse en la inanidad, en el no sé que queda balbuciendo. Es como si el sujeto se convirtiera en vapor o nube, o simplemente en sueño, pero en un sueño de aspiración. Esta poesía encierra un furor, un furor poético, por supuesto, cuyo desenlace, dentro de su propio impulso ascensional, es la diáspora imprecisa. Hay aquí una navegación del sujeto hacia el naufragio de lo que se borra. Quizás para comprender más el efecto poético tendríamos que recurrir a Gastón Bachelard, al hablar del vuelo onírico en su poética de El aire y los sueños:

Toda línea graciosa descubre así una especie de hipnotismo lineal conduce nuestro ensueño dándole la continuidad de una línea…. La imaginación dinámica sugiere a quien la contempla la línea graciosa, la más loca sustitución: tú eres, el soñador, la gracia evolutiva. Experimenta en ti mismo la fuerza graciosa. Ten conciencia de que eres un depósito de gracia, un poder de vuelo” (Bachelard: El aire y los sueños p. 31)

La de Venegas es una poesía que lleva hacia lo impreciso, por un camino de señales medio intuidas, medio vislumbradas, son gestos promisorios a la vez que disueltos en el aire. Es una poesía del aire, del viaje por territorios de deseos, carentes de tierra y de sostén, salvo el de la emoción propia o el movimiento mismo.

Son versos que cuando nos levantan y nos ponen a volar, nos hacen perder rostro, configuración, nos disuelven hacia su propio territorio impreciso; cualquier anclaje de pronto aquí sobra, aún cuando ocurre la confesión final:

Tu imperdonable amor

Gitana mía.

Rueda tu pelo en mi blasfemia

Que tira de ti en la faena

Puño encerrado en nuestra espera

Porque al mirar la dote de tu seña

Miro,

miro tu rostro en que me muestras

Lo imperdonable del amor en tierra ajena.

El desenlace del poema aprieta una síntesis dialéctica que recuerda el hermetismo paradójico y parco de los sonetos amorosos de Jorge Cuesta. La realidad del amor aquí pertenece a la dimensión del aire y sus sueños, de un deseo rebelde y sin sustento, que no podría tocar tierra, mas que bajo riesgo de destrucción, transgresión o blasfemia.

Venegas es un poeta del aire, del desierto, del viento, del anhelo; su poesía es la de un viajero que atraviesa la adversidad, impulsado por la aspiración de una tierra prometida, pero cuyo rostro es permanentemente erosionado por el polvo y la arena. Levanta entonces su voz en una plegaria, no alejada del sueño de Jacob -otro habitante del desierto- pero que en este caso entona una casi blasfema rebeldía a la vez que una sanación moderna:

Yo te perdono, Dios,

Desde la infancia,

Desde el niño llorando

Por su premonición de gota de agua,

En medio de vientos

Que dejaste para encender el fuego,

Perdono al pasajero

Que deja su oración

Para otro nómada.

Miro los páramos

Y soy la voz en el desierto:

Ábrete cielo,

Ábre la brecha a tus caídos,

Ésta es la puerta que nunca se cerró.

Finalizamos con este memorable poema donde el poeta, paradójicamente, no es el que pide perdón a lo divino por sus fallas, sino el que perdona a Dios mismo. Es toda la vida del propio autor la que se reformula en este poema, al dejar entrar no sólo el paisaje de la arena y su adversidad, sino también la gracia.


Bibliografía

Bachelard, Gaston, El aire y los sueños, México, FCE, 1989.

Pound, Ezra, El arte de la poesía, México, Joaquín Mortiz, 1970.

Venegas, Ricardo, Estrategias del polvo. Antología personal (1995-2021), Buenos Aires, Buenos Aires Poetry, 2021.


*Verónica Volkow. Escritora y académica. Actualmente  investigadora interina titular A de Tiempo Completo en el Seminario de Hermenéutica del IIFL dentro de la línea de hermenéutica del arte y la literatura. Tiene maestría en literatura comparada en Columbia University,  doctorado en literatura comparada en la UNAM,  y maestría en Historia del Arte en la UNAM. Ha sido becaria del Sistema Nacional de Creadores.  Recibió en 2004 el Premio Pellicer por obra publicada y en 2005 el premio José Revueltas de Ensayo literario por El Retrato de Jorge Cuesta, libro que publicó,  en 2009, Siglo XXI Editores. Actualmente es miembro del SIN (Sistema Nacional de Investigadores)