Gregory Corso: El ángel de las musas | Esteban Moore

Las ácidas opiniones de Corso sobre el medio poético, su incorrección política y su exacerbado autodidactismo, la obsesión de leerlo todo -producto de un escritor que no tuvo una educación formal- y su rotundo antiacademicismo, fueron en gran parte los motivos por los cuales los poetas profesores que administran la industria de los programas de escritura en las universidades norteamericanas, excluyeran su obra de la currícula. Esto no sólo le restaría lectores, sino que dificultó la reedición de su obra, y lo que es más importante, indujo a los antólogos a prescindir de su nombre, y a los jurados de los distintos premios literarios, a convertirlo, como sostuvo Allen Ginsberg, en el poeta “menos premiado de nuestro tiempo”.

por Esteban Moore


Gregory Corso nació el 26 de marzo de 1930 en el Hospital San Vicente, en Greenwich Village, en la ciudad de Nueva York. Fue bautizado Nunzio. Posteriormente, en su Confirmación1, adoptaría el Gregory definitivo. Antes de que cumpliera el año, su madre, Michelina Colonna, lo abandonó en un orfanato católico. Su padre, Fortunato ‘Sam’ Corso, quien no quiso hacerse cargo de él, autorizó que lo entregaran en custodia a un hogar sustituto.

Los próximos once años vivió en varios hogares distintos. En ellos, muchas veces sería severamente castigado. Al respecto recuerda “si volcaba el dulce, mis padres sustitutos me daban una paliza, y si esto coincidía con una de las ocasionales visitas de mi padre, él también me daba un paliza, cobraba doble.

Las escuelas católicas a las que asistió, donde se destacó como un excelente alumno, y la iglesia parroquial, en la que fue un atento y solícito monaguillo, dejarían marcas indelebles en su personalidad. En este período desarrollaría su afecto y admiración por santos y religiosos, a los que se referiría como: “Mis únicos héroes.”

Luego de que la aviación del imperio del sol naciente bombardeara Pearl Harbor (1941), los Estados Unidos le declaran la guerra a las fuerzas del Eje. El padre de Corso, para evitar ser reclutado, se declara único sostén de su hijo y lo lleva a vivir con él. Sin embargo, su ardid fracasa y es enviado al frente de combate. Gregory, abandonado nuevamente, no tiene dónde vivir y decide entonces hacerlo en las calles de la Pequeña Italia.

Durante el invierno dormía en las estaciones del subterráneo, y en el verano sobre las terrazas y techos de los edificios. Continuó asistiendo a la escuela parroquial, ocultando el hecho de que estaba viviendo en las calles. Su supervivencia dependió de la generosidad de los empleados de la panadería Vesubio, los que, según Corso, le permitían hurtar pan y facturas para su desayuno, y de los comerciantes y los encargados de los distintos puestos de comida del barrio, quienes le pagaban los mandados que le encomendaban con alimentos. Cierta vez que le pidieron que llevara una tostadora a un vecino, en el camino se la vendió a un transeúnte. Fue arrestado y condenado a cuatro meses de detención en The Tombs, entonces la cárcel más violenta de la ciudad. Allí recibió tantas golpizas que, desesperado, atravesó con sus manos los cristales de una ventana para que lo enviaran al hospital, donde estuvo bajo observación varios meses en el pabellón psiquiátrico.

Durante el invierno dormía en las estaciones del subterráneo, y en el verano sobre las terrazas y techos de los edificios. Continuó asistiendo a la escuela parroquial, ocultando el hecho de que estaba viviendo en las calles.

Gregory Corso: El ángel de las musas | Esteban Moore

En 1946 participó de un robo a una dependencia de una institución de crédito. Su parte del botín fue de U$S 7.000, para la época, una pequeña fortuna. Al ser denunciado por uno de sus cómplices, es arrestado, juzgado y condenado a tres años de encierro en la Prisión Estatal en Dannemora, Nueva York. Aún era menor de edad, solo tenía 16 años. En la cárcel compartiría sus días con peligrosos delincuentes, asesinos y violadores; sin embargo, su buena estrella no habría de abandonarlo, pues debido a su ascendencia italiana recibiría la protección de varios integrantes de las familias mafiosas de Nueva York que cumplían condena en ese penal, entre ellos el temible Richard ‘Richie’ Biello. Por ser Corso el preso más joven de la población carcelaria, lo adoptaron como su mascota, mandadero y bufón. Allí comenzó su educación literaria. Guiado por un preso que colaboraba en la biblioteca, leyó palabra a palabra un viejo diccionario, luego vinieron Los Hermanos Karamazov, Los miserables, los volúmenes del historiador Will Durant, Christopher Marlowe, Thomas Chatterton, y fundamentalmente la obra de los integrantes de la segunda generación de románticos ingleses, Byron, Shelley y Keats, entre quienes Shelley sería su favorito.

Habiendo cumplido su condena, se instala en Greenwich Village, trabaja para un confeccionista de vestimenta, y por las noches asiste regularmente al Pony Stable, un bar de lesbianas. Su carácter, humor y payasadas lo convierten rápidamente en el personaje del lugar. Las parroquianas, que se divertían con sus ocurrencias, lo dejaban ocupar, noche tras noche, una mesa donde escribía febrilmente sus poemas. Una noche visitó el bar Allen Ginsberg, quien al verlo allí sentado se sintió atraído por su buena presencia y el magnetismo y energía que emanaban de su cuerpo. Ginsberg quizás se acerco a él con intenciones sexuales, sin embargo, Corso, un manifiesto heterosexual, supo sacar beneficio de la situación y le hizo pagar las cervezas. Y no dejó de aprovechar la circunstancia para leerle algunos de sus poemas, que impresionaron a Ginsberg profundamente.

Posteriormente Allen Ginsberg le presentará a otros escritores que unos años más tarde constituirían el núcleo central de los Beats: Jack Kerouac y William S. Burroughs. Ellos vieron en él a un poeta educado en las calles que tenía el potencial necesario para expresar su pensamiento poético, que si bien estaba anclado en la tradición clásica, proponía una mirada diferenciada de aquella de la generación que los antecedió. El encuentro de estos escritores no sólo es un punto de inflexión en sus propias vidas, sino también en la literatura norteamericana.

La necesidad de profundizar sus conocimientos lo induce a trasladarse en 1954 a Cambridge, Massachusetts, donde los poetas Edward Marshall y John Wieners, de la llamada Escuela de Boston, estaban experimentando con las poéticas de la voz. Allí concentra sus actividades en la biblioteca de la Universidad de Harvard, donde pasa sus días leyendo; y asistiendo furtivamente a clases dedicadas a los clásicos griegos y latinos. En Harvard rápidamente hizo amigos, entre ellos, Peter Sourian, Bobby Sedwick y Paul Grand, quienes lo dejaban dormir sobre el piso en sus habitaciones y le prestaban ropa elegante para que pasara desapercibido en el comedor universitario. Todo parecía marchar sobre ruedas, hasta que los integrantes de una de las hermandades universitarias, The Porcellian Club, quizás la más elitista de todas, descubrieron su presencia y le solicitaron al rector que expulsara al intruso. Pero ante la sorpresa de los denunciantes, el rector, el poeta Archibald MacLeish, entrevistó a Corso, leyó sus poemas y decidió darle la autorización para asistir a clase como alumno oyente, otorgándole el status de poeta residente.

Ese año publicó sus primeros poemas en el Harvard Advocate, la revista literaria de la universidad, y el reconocido Teatro de los Poetas estrenó su obra This Hung-Up Age, simultáneamente con Asesinato en la catedral de T.S. Eliot. Sus amigos de Harvard al año siguiente reunieron el dinero para imprimir su primer libro: The Vestal Lady on Brattle, and Other Poems (1955).

Ginsberg y Kerouac se habían trasladado a San Francisco. Corso, que se hallaba temporariamente en Los Ángeles, decide seguir sus pasos. Llega allí el día después de la histórica lectura de poesía en la Six Gallery (7 de octubre 1955) en la que participaron Michael McClure, Gary Snyder, Philip Whalen, Philip Lamantia y Allen Ginsberg, quien leyó Aullido, produciendo conmoción en los medios poéticos de la ciudad. A partir de esta lectura, Ginsberg y Corso realizaron varias lecturas en San Francisco, y luego partieron hacia Big Sur a visitar a Henry Miller, y a Los Ángeles invitados por Anaïs Nin y Lawrence Lipton. Antes de regresar a Nueva York visitaron a Jack Kerouac en Ciudad de México.

En 1957 viaja Europa, y se instala en una pensión en París. Desde allí se trasladaría a otras ciudades donde reside durante extensos períodos, estudiando idiomas e interiorizándose de las diversas poéticas contemporáneas europeas. Allí recibiría la visita de Ginsberg y Burroughs. Cuando sus finanzas se lo permitían, regresaba a los Estados Unidos, donde publicaría Gasoline en 1958, prologado por Allen Ginsberg y dedicado a “los ángeles de la prisión quienes a mis diecisiete años me entregaron desde las celdas que rodeaban la mía, libros que me iluminaron.”

Sus estadías en París fueron provechosas. Allí terminó The Happy Birthday of Death (1960), al que siguieron Minutes to Go (1960, poesía visual en colaboración con William S. Burroughs, Sinclair Beiles y Brion Gysin), The American Express (1961, su única novela) y Long Live Man (1962).

A comienzos de los 60 ingresa en el departamento de inglés de la Universidad de Nueva York en Buffalo, de donde será despedido en 1965, pues, aunque no estaba afiliado, se niega a firmar una declaración jurada estableciendo que no era miembro del partido comunista. En los años siguientes enseñó en distintas universidades, siempre por poco tiempo, pues invariablemente entraba en conflicto con las autoridades, debido en la mayoría de los casos a las quejas elevadas por los sectores académicos de las mismas.

Junto a Allen Ginsberg y Peter Orlovsky recorrerá su país y Europa leyendo su trabajo y residirá varios años en Italia y Grecia. En una visita a su país declara que su destino es la poesía y ésta su única salvación, y da a conocer en 1970 Elegiac Feelings American al que seguirán: The Night Last Night was at its Nightest (1972), Earth Egg (1974), Herald of the Autochthonic Spirit (1981), Mind Field (1989), Mindfield: New and Selected Poems (1989). Sin embargo, ya a partir de mediados de los 70, su producción poética disminuirá debido a su alcoholismo y el abuso de heroína que en muchas oportunidades financiará con la venta de sus libretas de notas, apuntes y poemas, muchos aún inéditos, a las bibliotecas de universidades norteamericanas.

Gregory Corso fue un auténtico bohemio, sobrevivió realizando tareas diversas, (fue dependiente de una florería, vendedor de biblias), dando ocasionales cursos de escritura creativa, recitando sus poemas, por sus derechos de autor, y fundamentalmente por la generosidad de sus amigos, entre ellos Francis Ford Coppola, que le pidió que hiciera un cameo en el Padrino III. En “Llegando al poema” declara: “He vivido por la benevolencia de judíos y muchachas/ no tengo posesiones /y nada me ha de faltar…” (por judíos léase Allen Ginsberg).

En la última etapa de su vida le irritaba sobremanera aparecer en público, ya fuera en una lectura de poesía o una entrevista, que en la mayoría de los casos rechazaba. Pero más que nada le molestaba su fama como una celebridad del movimiento beat. Nunca autorizó que se escribiera sobre su vida, sólo póstumamente habría de aparecer una selección de sus cartas titulada artificiosamente Una biografía accidental.

En la última etapa de su vida le irritaba sobremanera aparecer en público, ya fuera en una lectura de poesía o una entrevista, que en la mayoría de los casos rechazaba. Pero más que nada le molestaba su fama como una celebridad del movimiento beat.

Gregory Corso: El ángel de las musas | Esteban Moore

No obstante, en los 90, a instancias de Allen Ginsberg, se reunió con el director cinematográfico Gustave Reininger con quien tuvo largas conversaciones en las que lo sometió a un extenso cuestionario que incluyó preguntas sobre el poema de Gilgamesh, Heráclito y San Clemente de Alejandría. Sólo después de que el cineasta aprobara el examen, acordaron realizar un documental sobre su vida: Corso: el último de los beats; en el que participaron, entre otros, Ethan Hawke, Bob Dylan, Patti Smith, Lawrence Ferlinghetti, William Burroughs, Deborah Harry y Allen Ginsberg. El plan consistía en realizar un viaje con el poeta por Francia, Italia y Grecia para reconstruir los inicios del movimiento beat. En Venecia, frente a la cámara, se lamentaría por no haber tenido una madre y haber vivido una infancia dolorosa.

Se propuso entonces averiguar en qué cementerio estaba enterrada Michelina Colonna, ya que su padre le había dicho que luego de abandonarlo ella había regresado a Italia. Discretamente, Reininger inició la búsqueda y sorprendentemente ella apareció viva y no en Italia, sino en Trenton, Nueva Jersey. Corso rápidamente desarrolló entonces una estrecha relación con ella, y en varias ocasiones pasaron tiempo juntos en Atlantic City jugando al blackjack en los casinos de esta ciudad, donde él regularmente perdía, hecho que lo obligaba a aceptar que su madre siempre compartiera con él sus ganancias.

El reencuentro, sostuvo Corso, cicatrizó viejas heridas espirituales y le devolvió la energía para retomar la escritura, convenciéndolo además de que su vida había dado un giro completo. Pero, como él dijo en distintas oportunidades, la musa como “la vida nos brinda sorpresas inesperadas”. Intensos dolores lo obligan a ir a un hospital, donde se le diagnostica un cáncer de próstata que debido a su descuido ya se había ramificado. Fallece el 17 de enero de 2001 en la casa de una de sus hijas, Sheri, en la ciudad de Robbinsdale, Minnesota. Además de Sheri, Gregory Corso, en sus tres matrimonios, fue padre de otras dos hijas y dos hijos, quienes le dieron siete nietos y un bisnieto.

Un grupo de sus amigos en los Estados Unidos, entre ellos Robert Richards y su abogado Roger Yarra, decidieron cumplir con su último deseo: “Ser enterrado en Roma en el mismo lugar donde fueron sepultados mis amados Percy Shelley y John Keats.”

La tarea no sería fácil, pues las autoridades romanas sólo en ocasiones fuera de lo ordinario otorgaban la autorización necesaria para realizar entierros en el cementerio para no católicos, “Cimitero Acattolico”, conocido también como el de “los ingleses”, patrimonio histórico de la ciudad, donde descansaban los restos de sus admirados poetas. No obstante, Hannelore Messner, quien residía en Roma, luego de varias negociaciones y agotadores trámites obtuvo el permiso pertinente. Entonces su hija Sheri, acompañada por una docena de amigos de su padre, trasladó desde los Estados Unidos las cenizas de Corso a Roma.

Unas doscientas personas se reunieron el domingo 5 de mayo de 2001 en el “Cimetero Acattolico” para brindarle la despedida final, entre ellos, Massimo De Feo y Corine Young. La urna conteniendo sus cenizas fue colocada en un foso frente a la tumba de Shelley, y no muy lejos de la de Keats. Roger Yarra y Penny Arcade leyeron algunos de sus poemas con música de fondo de Mozart. Luego los asistentes lanzaron sobre la urna una lluvia de pétalos de rosa, flor que el poeta amaba. Cuando llegó el momento de cubrirla con tierra, un clarinete rompió el silencio tocando viejas canciones revolucionarias españolas.

Post Mortem

El tardío estreno oficial de Corso: el último de los beats, en 2009, obtuvo para su director distinciones y premios en los festivales internacionales en los que compitió, no solamente por ser un significativo ejemplo del cinema verité, sino en buena medida por el sujeto de la narración. A pesar de su relativo éxito de público, tuvo un interesante impacto en ciertos medios especializados, los que despertaron un nuevo interés por la obra de Corso. Sin embargo, de mayor relevancia que aquello que se denominó el ‘redescubrimiento’ o ‘nueva puesta en escena’ del poeta, son las preguntas que a partir de este documental quedan flotando en el aire.

Si a Gregory Corso se lo consideraba ‘un poeta para poetas’ (Ginsberg, Kerouac, Burroughs), ‘que poseía una voz propia’ (Creeley), ‘uno que en términos lingüísticos transfiere toda la potencia de la sintaxis y la retórica a su verso sosteniendo una actitud antiacadémica’(Carruth), cuyos poemas despiertan nuevas posibilidades para la palabra escrita (Bob Dylan); y, que además, a partir de Gasolina (1958) tuvo en los 60 y 70 una amplia audiencia que lo valoraba como uno de los renovadores de la poesía norteamericana contemporánea, ¿cuáles serían entonces los motivos que relegan, al poseedor de una de las voces centrales del movimiento beat, a un segundo plano?

Los poetas y lectores que no rechazaron su trabajo, aquellos fieles que lo acompañaron a través de su marcha por el desierto, no tienen ninguna duda al respecto: su marginación se debió en gran parte a su personalidad. Corso era un bromista irreverente, no tenía pelos en la lengua y nunca se privó de burlarse de las instituciones. En no pocas ocasiones, la universidad, los académicos y los poetas inclinados hacia procedimientos formales, habrían de sufrir, muchas veces en carne propia, sus desplantes y, en alguna medida, su desprecio. La respuesta de aquellos que controlaban entonces el panorama poético norteamericano varió entre el silencio, la negación o el repudio de su obra, encarnado, entre otros críticos, por Diana Trilling, Norman Podhoretz y John Hollander.

En 1960, Robert Lowell, entonces integrante de la tribu del metro y la rima, dividió la poesía norteamericana en ‘cocida y cruda’ (cooked & raw). Las nuevas tendencias, entre ellas las divergentes poéticas de los Beats que tanta influencia tuvieron en la transformación de la poesía norteamericana en el siglo XX, pertenecían según él, a la segunda categoría. Años más tarde, cuando parecía que el fenómeno del movimiento Beat se apagaba, Lowell, en una carta a Elisabeth Bishop, escribió convencido: ‘una vez que los Beats desaparezcan será el tiempo de los profesionales’. Lo que definitivamente no comprendió es que la rebeldía poética de los Beats no estaba dirigida hacia él o hacia aquellos que él denominaba ‘los profesionales’, sino hacia la medida. Enfrentamiento definido por Annie Finch2 como: “la provechosa disputa con el metro, especialmente el pentámetro yámbico”. Anteriormente, T.S. Eliot se había referido a este procedimiento en la poesía moderna perceptible ya en las primeras décadas del siglo, considerándolo un “ataque contra el pentámetro yámbico3. Los Beats lo entendieron tempranamente, eran conscientes de que para expresarse, el vehículo de dicha operación -el verso, en sus palabras, ‘the line’- , debía consolidar formas abiertas, y que para ello debían revisarse las convenciones prosódicas.

Las ácidas opiniones de Corso sobre el medio poético, su incorrección política y su exacerbado autodidactismo, la obsesión de leerlo todo -producto de un escritor que no tuvo una educación formal- y su rotundo antiacademicismo, fueron en gran parte los motivos por los cuales los poetas profesores que administran la industria de los programas de escritura en las universidades norteamericanas, excluyeran su obra de la currícula. Esto no sólo le restaría lectores, sino que dificultó la reedición de su obra, y lo que es más importante, indujo a los antólogos a prescindir de su nombre, y a los jurados de los distintos premios literarios, a convertirlo, como sostuvo Allen Ginsberg, en el poeta “menos premiado de nuestro tiempo”.

Las ácidas opiniones de Corso sobre el medio poético, su incorrección política y su exacerbado autodidactismo (…) fueron en gran parte los motivos por los cuales los poetas profesores que administran la industria de los programas de escritura en las universidades norteamericanas, excluyeran su obra de la currícula.

Gregory Corso: El ángel de las musas | Esteban Moore

No obstante, esto no pareció incomodarlo. Su consuelo, pasar largas temporadas en Europa, aguardando la visita de las hijas de Zeus, particularmente las de Erato y Calíope, a las que se refería, dependiendo de la ocasión, invariablemente en singular —su constante alusión a la Musa también perturbó a ciertos poetas profesores, quienes sostuvieron que Corso la utilizaba como un escudo pues era un poeta sin mayor relevancia que sólo había tenido en su escritura escasos y contados momentos de lucidez— y releyendo vorazmente a su amigo Henri Michaux, los mitos griegos y egipcios, el Libro de los muertos y a distintos poetas, entre ellos, Mayakovsky, Artaud, Lorca, Shelley, Rimbaud, Crane y O’Hara.

A pesar de la oposición a su trabajo, a partir de 1989 varios autores se interesan por su obra y comienzan un lento proceso de reivindicación de su nombre entre los autores que protagonizaron la renovación de la poesía en habla inglesa: Gregory Stephenson publica Exiled Angel, al que le seguirán entre otros trabajos sobre su obra y persona: A Clown in the Grave, Michael Skau (1999); Gregory Corso: Doubting Thomist , Kirby Olson (2002); Against Oblivion, Ian Hamilton (2002); Accidental Biography, (2003, prólogado por Patti Smith); Beat Poetry, Larry Beckett (2012); Three Radical Poets: Allen Ginsberg, Gregory Corso, Adrienne Rich, Eliot Katz (2013). La noción, muy difundida en el medio literario, de que Corso era un poeta desprolijo (sloppy), que no contaba con los instrumentos para definir su propia poética, comienza a diluirse.

En la primavera de 1994, Allen Ginsberg lo invita a participar en un seminario en la Universidad de Nueva York y lo incluye entre los autores de lectura obligatoria 4, relanzándolo para la posteridad como un poeta esencial entre las voces que transformaron la literatura norteamericana contemporánea. Le dedica una jornada, una clase dedicada exclusivamente a Corso donde evaluó su poética destacando su complejidad, una que en sus palabras traslada las abstracciones al lenguaje del hombre de la calle, transformándolas en lengua viviente. Un poeta que recurre a su conocimiento de la calle, la sabiduría popular, balanceada cuidadosamente con su lectura de los clásicos. Corso posee, sostiene, una habilidad extrema para destilar la esencia de conceptos arquetípicos, reciclándolos con humor, renovándolos. Asimismo, examina, contrasta y transmuta con agudeza e ingenio distintos aspectos de la cultura popular y es un crítico severo de las convenciones sociales.

Gregory Corso solía repetir: “Nunca moriré, porque cuando esté muerto no lo sabré.” 5 Aunque no lo sepa no ha muerto, pues nos ha dejado su obra, cuya lectura nos lo devuelve tan vivo como siempre.

En la actualidad ya nadie pone en duda que ha sido una de las figuras más influyentes del movimiento Beat en el imaginario poético de su país, y que su voz, como dijo William Burroughs: “resuena a través de un futuro precario.”


1 Sacramento que junto al bautismo y la eucaristía constituye la iniciación cristiana.

2 Annie Ridley Crane Finch, The Ghost of Meter, Michigan Press, 1993.

3 T. S. Eliot, Reflections on Free Verse, The New Statesman, Vol. VIII, March 3, London, 1917.

4 Allen Ginsberg, The Craft of Poetry (a semester with A.G.), Elissa Schappell, N.Y.U., Spring, 1994.Beat Writers at Work, The Paris Review, Modern Library, Random House, N.Y.,1999.

5 Allen Ginsberg, MINDFIELD, Gregory Corso, New & Selected, Thunder Mouth Press, New York, 1989.




Esteban Moore (Buenos Aires en 1952). Poeta, ensayista, traductor y cronista urbano.. En poesía ha publicado: La noche en llamas (Buenos Aires,1982); Providencia terrenal (Buenos Aires,1983); Con Bogey en Casablanca (Buenos Aires, 1987); Poemas 1982-1987 (Buenos Aires,1988); Tiempos que van (Buenos Aires,1994); Instantáneas de fin de siglo (Montevideo, Uruguay, 1999, mención Honorífica Premio Municipal de Buenos Aires); Partes Mínimas (Mar del Plata, 1999); Partes Mínimas y otros poemas (Buenos Aires, 2003, premio Fondo Nacional de las Artes); Antología poética (Buenos Aires, 2004, Colección poetas argentinos contemporáneos, Fondo Nacional de las Artes), Partes Mínimas -uno/dos- (Córdoba, 2006); El avión negro y otros poemas (Buenos Aires, 2007, auspicio, Fondo Metropolitano de las Artes y las Ciencias), Veinte años no son nada (Córdoba, 2010), Pruebas al canto (Córdoba, 2012), Poemas -1982-2007- (Córdoba, 2015) y Selección Poética (Buenos Aires, 2019), La promesa de los días (Córdoba, 2019). Este texto forma parte de su reciente libro «Reunión de extraños: Borges, Buenos Aires, El café, Jack Kerouac y otras cuestiones.