25 Aniversario de Menos que cero, de Bret Easton Ellis

(reeditado por Anagrama 2009, Mondadori 2010)


“Miro a la gente que anda por el primer piso de la Galería, justo debajo de nosotros, y me pregunto lo que pasaría si les dejara caer la Coca-cola encima”. Este pasaje, incluido en Menos que cero, puede sintetizar el propósito mismo de la novela.

Bret Easton Ellis, consagrado con este libro a la edad de los veinte años, deja caer su corta experiencia en las hojas de un libro. Y las deja caer, sabiendo que el impacto producirá algún que otro alarido.

Primer rasgo de valentía, o sostén de lo contingente. Pero se atreve, y eso es lo importante. Se atreve decir lo que ve en su corrompida cultura contemporánea, y lo hace desde la frialdad de su corazón.

Este último gesto podría invalidar algunos pasajes (por su repetición, que irradia la bruma de lo tedioso), pero aquello que enfría es en última instancia su latido: poco a poco, y pese a que Clair -el personaje de esta novela- permanezca sólo como un rastro. Un rastro o vestigio, ya que es un personaje muerto, al que encontramos sólo recién en las últimas páginas.

La historia, pese a su simpleza, no deja sin embargo de ocultar permanentemente algo mísero y tenebroso. Clair regresa a su hogar de Los Ángeles luego de su primer año de estudios en New Hampshire. Serán sólo cuatro semanas, y en ellas se desarrollará toda la historia.

No sabemos si el personaje retomará sus estudios o cambiará el rumbo de su vida. Lo que encontramos, de lado a lado de la novela, son fiestas, drogas, alcohol, videos musicales, y silencio. Silencio por parte del personaje, que parece vivir todo eso sin sentirlo o apreciarlo. De la misma manera, la relación que tendrá con sus padres y sus hermanas envestirá lo indiferente.

Este primer rastro caracteriza a un personaje que se encuentra perdido y desolado. Su ausencia mantiene la construcción narrativa, que pronto será remediada por un recurso literario: Breat Easton Ellis se valdrá de intermediarias analepsis. En éstas, el personaje no rememora, sino que vive en el mismo tiempo presente un pasado no muy lejano. Allí, en la asimetría que proporciona, el cambio o el derrumbe devienen por contraste.

Y el derrumbe, que ya es un tópico en la literatura norteamericana (desde Twain, pasando por Wolfe, Fitzgerald, Fante, la «generación beat» o Salinger), no es otro sino que el inevitable crecimiento.

Se trata de una perdida que se produce sin límites, y que el autor dejará caer como una gaseosa desde un  primer piso: “No quiero que me importe nada (…) es menos doloroso si no te importa nada”.

Una gaseosa seguramente de McDonald´s, fuerza última y primera, irónica y dialéctica como la sonrisa que misma enviste.

Puede entretanto el lector acercarse a la obra, en la que encontrará pasajes tan hermosos como el siguiente:

“La semana antes de irme, uno de los gatos de mi hermana desaparece. Es un gatito pardo y mi hermana dice que la noche anterior ha oído chillidos y un gruñido (…) Algunas noches, cuando hay luna llena y el cielo está claro, miro afuera y veo sombras moverse por las calles (…) Algunas noches, muy tarde, al conducir por Mulholland he debido apartarme bruscamente o frenarme y a la luz de los faros he visto coyotes corriendo lentamente entre la niebla con trapos rojos en la boca y sólo cuando vuelvo a casa comprendo que los trapos rojos son gatos. Es algo a lo que debe uno acostumbrarse si se vive en las colinas.”

Juan Arabia