John Fante -Entre la niebla y el polvo-, de Juan Arabia

(Editorial El fin de la noche, 2011)

Prólogo

Cuando leí el libro, la biografía famosa,

Y esto es entonces (dije yo) lo que el escritor llama la vida de un hombre,

¿Y así piensa escribir alguno de mí cuando yo esté muerto?

(Como si alguien pudiera saber algo sobre mi vida;

Yo mismo suelo pensar que sé poco o nada sobre mi vida real.

Sólo unas cuantas señas, unas cuantas borrosas claves e indicaciones

Intento, para mi propia información, resolver aquí).

When I Read the Book, Walt Whitman[1]

Como enseñó Walt Whitman, nadie, ni siquiera uno mismo, puede escribir algo sobre su vida.

¿No era justamente Borges quien entreveía el problema del otro Whitman, aquella desproporción que se producía entre su obra y las posteriores biografías que se escribieron sobre él? «Pasar del orbe paradisíaco de sus versos a la insípida crónica de sus días es una transición melancólica»[2].

Con semejante idea, nos queda mucho más que claro que todo intento resultará en vano. Toda biografía será, de alguna manera, imposible.

Sin embargo, el camino que nos compromete es totalmente diferente. Esto no quiere decir que lo anteriormente esbozado no intervenga en la labor o en el personaje con el que trabajaremos en las próximas páginas. Resulta distinto porque la vida misma de John Fante ha sido el alimento de toda su obra. Si bien toda novela o forma de literatura recorre aspectos necesariamente autobiográficos, la obra de Fante nace directamente del encuentro íntimo entre sus sentimientos y la realidad con la que lidió desde su infancia hasta sus últimos días. El escritor escribe sobre lo que sabe, sobre lo que vive. Escribe desde su experiencia.

¿Qué otra cosa puede ser más real que Arturo Bandini o Henry Molise, los álter ego de sus ficciones? ¿Quién mejor que ellos podrá contarnos algo acerca de John Fante?

En La isla del tesoro, Chesterton proponía encontrar el corazón mismo de Stevenson: donde se halla el tesoro se halla el corazón[3]. Aquí también trataremos de descubrir –por medio de la obra de John Fante– al menos un vestigio de su verdadera sombra.

Para eso habrá que atravesar caminos, preguntas y sueños. Habrá que atravesar vidas llenas de pasión, viñedos de hermandad; como también tragar algo del polvo y de la niebla que cubren sus páginas.

Si en algún momento nos acercamos a él, ya sea por azar o por misma ignorancia, este trabajo habrá tenido un sentido. Porque habremos aportado algo nuevo en el mundo, algo que hasta el día de ayer no existía y que era necesario recuperar. Necesario porque la historia –en este caso, la historia de la literatura estadounidense– debe ser constantemente renovada, convertida, formulada como aquellas palabras que, negándose a transformarse en fósiles, proclaman la sangre que las constituye.

Sabemos que a la corrupción del hombre le sigue la corrupción de las formas de vida y su lenguaje. Y que el precio de llevar una forma de vida distinta, una vida que amenace los valores divulgados y haga temblar el paralítico idioma, pueden valerle a un hombre el reconocimiento que merece.

John Fante no conoció el éxito en toda su vida. Dedicó gran parte de ella a la literatura, pero terminó escribiendo guiones de cine, un arte en el que las palabras se encuentran disciplinadas por las imágenes.

Escribió para cambiar al mundo, para cambiar a las personas, para preservar su identidad y su experiencia. Si nada ha cambiado todavía, existe para nosotros esa posibilidad en su literatura, llena de amor, honestidad y valentía; testigo último pero suficiente, capaz de poner de punta los pelos del culo de un lobo, como a él mismo le gustaba decir.

Los próximos capítulos intentan seguir un orden cronológico. Si bien son más interpretativos que informativos, esta búsqueda supone una sucesión, tanto de su obra como de su vida.

J.A.


[1] Citado por Jorge Luis BORGES en El otro Whitman, en Obras Completas I, Barcelona, 1989, p. 207.

[2] Jorge Luis BORGES, Nota sobre Walt Whitman, ibídem, p. 250.

[3] Gilbert Keith CHESTERTON, Robert Louis Stevenson, Obras Completas IV. Traducción de P. Romeva, Barcelona, Janés, 1952, p. 1057.