Sobre el Club de los Suicidas, de R. L. Steven-son

club - copia

De todas las aventuras de Stevenson, la más memorable es sin duda la del Club de los Suicidas.
Ahí el autor imagina a un personaje, una especie de cínico podríamos decir, que piensa que puede aprovecharse de un modo industrial del suicidio.
Se trata de un hombre que sabe que hay muchas personas deseosas de quitarse la vida, o todavía mejor: que desean quitarse su vida, pero no se atreven.
Entonces funda el club.
En ese club se juega semanalmente o quincenalmente (verdaderamente esto poco importa) a un juego de naipes.
El príncipe, personaje de muchas de las historias de Stevenson, entra en ese club por un simple espíritu de aventura, y él tiene que jurar no revelar los secretos.
En esta historia hay un personaje muy importante. Se llama Señor Malthus, paralítico. A ese hombre ya no le queda nada en la vida, pero ha descubierto que de todas las sensaciones, de todas las pasiones, de todas ellas… podríamos decir, la más fuerte es el miedo. Y entonces él juega con el miedo. Y él le dice al príncipe, que es un hombre muy valiente “Envídieme señor, yo soy un cobarde”. Juega con el miedo perteneciendo al Club de los Suicidas.
Todo esto, que parece tan extraño, ocurre en una quinta de los alrededores de Londres. Los jugadores toman champagne, se ríen con una risa falsa.
El juego se juega de esta manera: hay una mesa tapizada de verde, el presidente da las cartas, y del presidente se dice que es una persona a quien no le interesa el suicidio. Los miembros del club deben pagar una cuota bastante alta. El presidente tiene que tener plena confianza en ellos. Se tiene mucho cuidado de que no intervenga ningún espía. Si los socios tienen fortuna, dejan como heredero al presidente del club, que vive de esta industria macabra. Y luego se van dando las cartas.
Cada uno de los jugadores al recibir su carta la mira. Y hay en la baraja dos ases negros, y aquel a quien le toca uno de los ases negros es el encargado de que se cumpla la sentencia, es el verdugo, tiene que matar al que recibió el otro as. Tiene que matarlo de modo que el hecho parezca un accidente.
En la primera sesión muere el Señor Malthus. Al Señor Malthus lo han llevado a la mesa. Está paralítico, no puede moverse.
Pero de pronto se oye un sonido que casi no es humano, el paralítico se pone de pie y luego recae en su sillón. Luego se retira. Ya no se verán hasta la otra reunión.
Al día siguiente se lee que el señor Malthus, un caballero muy estimado por sus relaciones, ha caído en el muelle de Londres. Y luego sigue la aventura, que concluye con el duelo en el cual el príncipe Floriziel, que ha jurado no delatar a nadie, mata de una estocada al presidente del club:

¿Por dónde había entrado? Lo ignoro; no obstante su presencia no me causó ningún espanto. Tenía una nariz curvada como el pico de un pájaro, unos ojos verdes rodeados de tres círculos oscuros que enjugaba frecuentemente con un inmenso pañuelo, una gran corbata blanca almidonada en cuyo nudo había atravesada una tarjeta de visita donde se leían estas palabras: Daucus-Carota, de la Vasija de oro (…).
El extraño personaje estalló de sollozos, y enjuagándose los ojos con fuerza me dijo con la vos más quejumbrosa del mundo:
¡Hoy es el día en que hay que morirse de risa!
Y unas lágrimas del grueso guisante rodaban sobre las alas de su nariz.
De risa… de risa… “.