“Escritu-ras del yo y campo intelec-tual” (Fragmen-to), de Ricardo Terriles

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En el caso de Althusser, pareciera que el importante despliegue narrativo estuviera supeditado a una cuestión argumentativa, tal como puede verse al inicio de su trabajo:

Es probable que consideren sorprendente que no me resigne al silencio después de la acción que cometí y, también, del no ha lugar que la sancionó y del que, como se suele decir, me he beneficiado.
Sin embargo, de no haber tenido tal beneficio, hubiera debido comparecer; y si hubiera comparecido habría tenido que responder.
Este libro es la respuesta a la que, en otras circunstancias, habría estado obligado. Y cuanto pido, es que se me conceda; que se me conceda ahora lo que entonces habría sido una obligación.
Naturalmente, tengo consciencia de que la respuesta que intento aquí no sigue ni las reglas de una comparecencia, que no tuvo lugar, ni la forma en que se habría desarrollado. No obstante, me pregunto si la ausencia de dicha comparecencia, pasada y para siempre, de sus reglas y su forma, no muestra, en definitiva, más aún lo que yo había intentado decir para la evaluación pública y su libertad. En cualquier caso, así lo deseo. Es mi destino no pensar en calmar una inquietud más que exponiéndome indefinidamente a otras.¹

Como puede advertirse, esta introducción subordina el relato de vida que la sigue a un propósito, el de subsanar una falta. Althusser, quien por el recurso jurídico al “no ha lugar” se vio eximido de ser juzgado por el asesinato de su esposa, elabora entonces, como reparación, un relato de vida que funcionaría como sustitución de la comparecencia judicial a la que no tuvo acceso. En ese sentido, la argumentación se funda en la narración, vale decir, para justificar, para dar cuenta de las condiciones que determinaron el crimen, se hace preciso narrar la propia historia, como vía para la explicación y comprensión.
En esa línea, la narración –que no progresa linealmente todo el tiempo– está acompañada por una especie de interpretación que remite básicamente al horizonte psicoanalítico, como puede verse en lo que sigue:

Cuando vine al mundo me bautizaron con el nombre de Louis. Lo sé demasiado bien. Louis: un nombre que, durante mucho tiempo, me ha provocado literalmente horror. Me parecía demasiado corto, con una sola vocal y la última, la i, acababa en un agudo que me hería (cf. más adelante el fantasma de la estaca). Sin duda decía también demasiado en mi lugar: oui, y me sublevaba contra aquel «sí» que era el «sí» al deseo de mi madre, no al mío. Y en especial significaba: lui, este pronombre de tercera persona, que, sonando como la llamada de un tercero anónimo, me despojaba de toda la personalidad propia, y aludía a aquel hombre tras de mí: Lui, era Louis, mi tío, a quien mi madre amaba, no a mí.
Aquel nombre había sido escogido por mi padre, en recuerdo de su hermano Louis muerto en el cielo de Verdún, pero en especial por mi madre, en recuerdo de aquel Louis a quien ella había amado y no dejó, durante toda su vida, de amar.²

Este fragmento, particularmente cargado de interpretación, resulta ejemplar para el análisis. Lo que se relata (subsumido en términos de acciones encadenadas) podría reconstruirse así: los padres de Althusser deciden llamarlo Louis en honor al hermano paterno; la madre (desde la perspectiva de Althusser) nunca dejó de amar al primer Louis –con quien ella estaba prometida–; en algún momento de su vida, su nombre de pila inspiraba horror a Althusser. Este mínimo núcleo narrativo se expande en términos discursivos recurriendo a lo que llamo interpretación: se advertirá que todas las alusiones en torno a los significantes remiten al psicoanálisis lacaniano.

Δ Terriles, Ricardo: “Escrituras del yo y campo intelectual” (Fragmento), en Buenos Aires Poetry N• 1, Buenos Aires, 2013.

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¹,² Althusser, Louis (1993) El porvenir es largo. Traducción de Marta Pessarrodona y Carlos Urritz. Buenos Aires: Destino.