El Ruiseñor de S. T. Coleridge

 

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por Juan Arabia

Of large extent, hard by a castle huge,
Which the great lord inhabits not

The Nightingale.

 

Se escribió mucho sobre el «ruiseñor» de Keats, y poco sobre el de Coleridge. O bien Coleridge cosechó otros símbolos: el «viejo marinero», el simple« opio», la «flor».

Pero cada símbolo no es mero artificio de la voluntad de un escritor: al él se le opone todo un sistema, de carácter específico, que a partir de mediaciones ―toda verdad es mediata, derivada de alguna otra verdad (Coleridge, 1817)― formaron, alteraron y modificaron el complejo de símbolos y significaciones. La poesía misma es la hija bastarda de un bostezo ajeno.

Uno de los primeros en invalidar las diferentes interpretaciones sobre el Ruiseñor de Keats fue Jorge Luis Borges, que llegó a demostrar como el mismo F. R. Leavis o Amy Lowell no daban con una interpretación que para el autor resultaba evidente[1].

Borges mismo ejecuta con destreza la misma tarea en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, como en muchos de sus trabajos. La conjunción fortuita no es más que una relación dialógica, luz hacia adelante y atrás; algo que tempranamente concibió Batjín, y que de alguna manera permitió reconstruir a Robert Darnton una literatura velada y convertida en una nueva especie (The Great Cat Massacre, The Kiss of Lamourette).

En Memorias de los poetas de los lagos, De Quincey anota que la adicción de su amigo Coleridge al opio responde en la necesidad del autor de regresar a su espíritu infantil, bárbaro o natural[2].

Raymond Williams, discípulo de Leavis, retoma el mismo tema también abordado por Norbert Elías en tanto al proceso civilizatorio: en Keywords, para reconstruir la etimología de «civilización», introduce ciertos comentarios de Coleridge extraídos de On the Constitution of Church and State:

«La distinción permanente y el contraste ocasional entre cultivo y civilización (…). La permanencia de la nación (…) y su carácter progresista y su libertad personal (…) dependen de una civilización continua y progresista. Pero la civilización no es en sí misma más que un bien a medias, si no mucho más una influencia corruptora, el rubor hético de la enfermedad y no la lozanía de la salud, y es más apropiado llamar a una nación así distinguida un pueblo con barniz y no pulido, cuando esa civilización no se funda en el cultivo, el armonioso desarrollo de las cualidades y facultades que caracterizan a nuestra humanidad»[3].

El castillo imaginado o soñado por Coleridge, donde habitan los ruiseñores en solitarios bosques y arbolados, parece alejarse de la influencia corruptora. Al espíritu bárbaro y salvaje que señala De Quincey, se le opone el cultivo, la producción y la dirección de una cultura gardener (de jardín); un símbolo que utiliza Bauman para diferenciar el proceso civilizatorio de una cultura silvestre o natural[4]. El contraste en Coleridge se presenta en la distinción ocasional entre cultivo y civilización.

Sobre la mente inglesa, considerada por él mismo como Aristotélica[5], Coleridge imagina un ruiseñor concreto, individual; imagina ruiseñores concretos. No se trata de un ruiseñor abstracto, o atemporal (como el de Keats), separado del proceso que unifica a naciones.

A mediados del siglo XVIII, en Inglaterra y en otros países europeos, las preparaciones iniciales de la técnica y la civilización habían llegado a su término.

Coleridge escribe El ruiseñor en 1798. Las mayores conquistas del barniz no pulido, esto es, la medida del tiempo y la exploración del espacio, aún no tapaban toda la tierra:

Of large extent, hard by a castle huge,
Which the great lord inhabits not; and so
This grove is wild with tangling underwood,
And the trim walks are broken up, and grass,
Thin grass and king-cups grow within the paths.
But never elsewhere in one place I knew
So many nightingales; and far and near,
In wood and thicket, over the wide grove,
They answer and provoke each other’s song,
With skirmish and capricious passagings,
And murmurs musical and swift jug jug,
And one low piping sound more sweet than all
Stirring the air with such a harmony,
That should you close your eyes, you might almost
Forget it was not day! On moonlight bushes,
Whose dewy leaflets are but half-disclosed,
You may perchance behold them on the twigs,
Their bright, bright eyes, their eyes both bright and full,
Glistening, while many a glow-worm in the shade
Lights up her love-torch.


[1] Jorge Luis BORGES, «El ruiseñor de Keats», Otras Inquisiciones, Emecé, p. 92.

[2] Thomas DE QUINCEY, «Coleridge», Memoria de los poetas de los lagos, pp. 56-58.

[3] Raymond WILLIAMS, «Civilización», Palabras Claves, Nueva Visión, p. 87.

[4] Zygmunt BAUMAN, Legisladores e intérpretes: Sobre la modernidad, la postmodernidad y los intelectuales, Buenos Aires, UNQ, 1997.

[5] «Observa Coleridge que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Los últimos siente que las clases, los órdenes y los géneros son realidades; los primeros, que son generalizaciones; para éstos, el lenguaje no es otra cosa que un aproximativo juego de símbolos; para aquéllos es el mapa del universo». (Jorge Luis BORGES, «El ruiseñor de Keats», Otras Inquisiciones, Emecé, p. 93).

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