«Eternidad»

La Eternidad —desde la Escritura— es un atributo de Dios, con el que se opone al hombre que se sitúa y vive en el tiempo. De ahí que al darnos su nombre «Yo Soy», en seguida nos dice que «Yo Soy» es su nombre «para siempre» (Ex. 3, 14-15). Se aplica igualmente a lo que reposa sobre su voluntad absoluta: su Hijo, su Reino, etcétera…
Fue William Blake el que rompió con estos conceptos tradicionales, al advertir que «La Eternidad existe y todas las cosas son Eternidad. Cada cosa existe y ningún sollozo, ninguna sonrisa o lágrima, ni un pelo ni una partícula de polvo pasarán». Sin embargo Urizen, el Dios del mundo terrenal, nos privó de ella bajo una forma de espacio y tiempo determinado: «Times on times he divided, and measur’d. / Space by space in his ninefold».
Arthur Rimbaud —siguiendo la insignia cristiana— desmitifica la imagen del orietur (o mesías), y anuncia que la Eternidad se fue:

No hay esperanza,
Ningún orietur.
Ciencia con paciencia,
El suplicio es seguro.

La encontraron.
¿Qué? — La Eternidad.
Es la mar que se fue
Con el sol.

Diversos autores, como Lewis Mumford o Michel Foucault, posteriormente justificaron su esqueleto teórico a partir de la irrupción de un espacio-tiempo creador (y molde) de un modelo específico de explotación y desarrollo —infra y super— estructural.
Tanto en la obra de Milton, como Blake, Rimbaud o Hart Crane, se presentan las grandes guerras libradas en la eternidad, en el furor de la inspiración poética:

Como un fantasma de alta crin toda esa larga noche memorada
Entre el chillido de la lluvia —¡hasta la Eternidad!