Dispersión, de Juan Rapacioli – Por Mario Ortiz

PRÓLOGO de Dispersión. Pippa Passes, 2015.

D I S P E R S A R / C ON G R E G A R
por Mario Ortiz

Adelantemos la conclusión de este prólogo: el libro de Juan Rapacioli constituye un acontecimiento necesario, una intervención en el presente que deja resonancias hacia el futuro como las ondas de una piedra arrojada a un espejo de agua. Ahora tratemos de fundamentar estas aserciones.
El volumen está dividido en dos partes bien definidas. La primera es una serie de poemas entre los que se encuentrael que da título al libro; el final cierra con un epílogo que de movida parece heterogéneo al conjunto: un breve ensayo sobre la literatura oral. Entonces, es necesario profundizar esta articulación para ver hasta dónde conduce.

Aunque parezca un ejercicio muy escolar, siempre resulta productivo tener en cuenta las definiciones y etimologías de determinadas palabras clave. Dispersar proviene del latín “dispergêre” que significa esparcir, desparramar. Remite en varios sentidos a la idea de revolear semillas al aire para la siembra. Las definiciones del diccionario de la Real academia confirman estas nociones: 1- Separar y diseminar lo que estaba o solía estar reunido. 2- Dividir el esfuerzo, la atención o la actividad, aplicándolos desordenadamente en múltiples direcciones.
Sin embargo, el título del libro no es el verbo sino su forma sustantivada “dispersión”. Observemos queaquí no hay un sujeto de la acción, sino más bien la idea de la separación, incluso más que una idea: un estado de la materia, una condición existencial de la que participan las cosas, los fenómenos naturales y las personas. Las nubes son pequeñísimas partículas de agua en suspensión y movimiento continuo que pueden tender a la disgregación tanto como a la condensación y descarga de energía. En el poema que da título al libro, esa nube se abre en multiplicidad de
temporalidades y espacialidades: “hay cada vez más / caminos para andar / geografías para visitar”. El vuelo de un pájaro, su carácter aparentemente aleatoria, dispara la reflexión de la voz poética quien ve que ese batir de alas “hace imposible la convivencia / de tantas fuerzas / en un orden universal”. Por su parte, el río que desde Heráclito es la metáfora del tiempo, lo lleva a Rapacioli a “dibujar el fluir de los acontecimientos / en la relación de seres y materias”.
Ese desordenar en múltiples direcciones que mencionábamos antes se verifica también en las personas. Un niño se separa de su madre en medio de un expreso entre París y Lyon; una pareja se encuentra pero “fue más rápido de lo esperado / vi la fuga de tus ojos / y me di cuenta / que no te volvería a ver”. Incluso, esa dispersión afecta al mismo sujeto: “Pensar en uno mismo es dividirse”, dice en un poema que multiplica la pregunta: “¿Quién voy a ser ahora?”.
El breve ensayo del final reflexiona acerca de un fenómeno estético bien contemporáneo: la literatura oral que se manifiesta en el slam, el sarau, el stand-up o el rap. Si los modos de circulación de la literatura en la Modernidad se relacionan con la separación y el aislamiento de la praxis social concreta tal como ya lo había señalado Benjamin (el escritor encerrado en su gabinete de escritura y el lector a solas y en silencio con su libro), la literatura oral restituye la sociabilidad, el encuentro con el otro. Algo así como una comunidad posible se constituye en torno a la palabra oral y funda un espacio mágico que tiene que ver con una situación convivial, para decirlo en términos de Jorge Dubatti.
Más aún: en razón de este mismo espacio en común, el hombre se encuentra en medio de una experiencia cercana a lo sagrado. Afirma Rapacioli: “la literatura oral le devuelve al hombre, con su actitud religiosa frente al abismo del universo, una conciencia que lo hermana con todos los hombres”. Entonces ahora podemos arriesgar la hipótesis central: la problemática de la dispersión que plantean los poemas encuentra una respuesta posible en la literatura oral. En ella encontramos una religión no en el sentido teológico sino etimológico de re-ligar, volver a unir; y al mismo tiempo (o por eso mismo) una comunidad aunque sea transitoria, la comuna de iguales con la que soñaba (y sueña) la utopía anarquista.