La tierra baldía de T.S. Eliot y la influencia en España, de Joaquín Fabrellas.

La tierra baldía supone en un primer momento la superación de la exitosa corriente finisecular de poesía francesa, los poetas que cambiaron el rumbo de la poesía europea para siempre, principalmente, las lecciones aprendidas en Baudelaire y Rimbaud, así como otros poetas “malditos” franceses que supieron ver en la poesía de la sugerencia y la musicalidad las verdaderas raíces de una poesía nueva que Eliot va a recoger en su propia producción.
Mientras que la superación lírica en el mundo hispano tuvo como manifestaciones la experiencia modernista a los dos lados del Atlántico, y la preocupación y la reflexión ética y moral por parte de los autores del 98, en el resto de Europa, se abría el camino a la experimentación que desembocaría en la vanguardia poética, pongamos por caso a Pessoa y sus acercamientos a una poesía que defendía los principios tecnológicos del momento en cierta poesía de Álvaro de Campos, o Marinetti, defensor a ultranza a principios de siglo XX de la máquina y lo nuevo.
También se podría hablar en la poesía europea, con un camino análogo en cuanto a la superación de la línea lírica anterior, de autores tan dispares como Rainer María Rilke, que supera las veleidades del simbolismo y objetiviza todo impulso subjetivo del sujeto consciente, así como la superación del poema tradicional en su poema-cosa; por otra parte, la labor poética de Antonio Machado que viene a hacer lo mismo en España y abre las puertas al mundo hispano a una nueva poesía superadora de antiguos dejes decimonónicos, trasplantando el simbolismo de raigambre francesa a las letras españolas, pero que, en realidad, supone la superación de un largo romanticismo que había agotado todos sus caminos. Una poesía de la reflexión, análoga a la poesía de la meditación anglosajona, que consigue domesticar los impulsos de la razón, para convertirlos en sosiego meditado, y, por ende, inaugurar un nuevo lugar para la poesía del silencio con espacio para la reflexión, característica propia de la poética general del siglo XX.
Eliot fue consciente de la necesidad de superación, gran crítico, conocedor de su tiempo y de los vaivenes propios de una época complicada, la de una Europa que se encaminaba desbocada desde los “roary twenties”, a una caída en picado que llevaría a Europa a una fractura total con el ejemplo de la guerra civil española y su natural consecuencia devastadora de la segunda guerra mundial. La primera obra de Eliot, Los juegos de la liebre de marzo, todavía recoge esas preocupaciones lúdicas de la poesía, un juego de palabras, la interpretación de la historia desde claves humorísticas, más propio de la irónica poesía inglesa, corriente muy trabajada en Reino Unido, que se despoja de la gravedad de ciertos asuntos que pueden ser tratados desde lo poético. Sin embargo, es ya en Cuatro cuartetos y La tierra baldía, sobre todo en esta última, donde Eliot pone en juego todas las claves que supondrán la epifanía concreta del nuevo tablero lírico del siglo XX y que iba a ser tan seguido en la poesía mundial: la influencia en poesía española es fundamental y clara, en primer lugar, por mano de Luis Cernuda, muy avisado de la producción del señor Eliot cuando vivía en Reino Unido y una correspondencia mantenida entre ambos en este período inglés del sevillano. Sería a través de Cernuda, su Desolación de la Quimera es un título del poeta del 27 que rinde pleitesía al poeta americano cuya influencia puede verse en la generación de los 50, principalmente, la influencia de Eliot  en la obra de Gil de Biedma que traslada la lección del sevillano y la implantación del correlato objetivo y que se traduce en la utilización de un falso yo histórico en ciertos poemas de Cernuda que le valen para la crítica de la realidad circundante y que introduce un camino de reflexión en la poesía; por otra parte, Gil de Biedma introduce también una máscara que juega a ser una imagen de sí misma construida desde la reinterpretación poética del recuerdo y que recuerda al propio poeta, pero que es un nuevo yo poético, que le sirve de barrera sentimental que distancia poéticamente del sentimiento propio, que se convierte en experiencia poética independiente.
Este rastro se puede ver también en ciertas manifestaciones de la poética culturalista y de los “novísimos”, que utilizan el personaje histórico como un falso yo que les sirve para construir y anclar el poema, que, de otra manera, sería demasiado narrativo, demasiado personal como le ocurría a la poesía social española con sus grandes valedores: Celaya y Otero.
El caso de Eliot es otro, superación del modernismo y simbolismo, las lecturas de Jules Laforgue le marca de tal manera, que deja a su poesía, con la ayuda de Ezra Pound, en una posición nueva, sobre todo destaca el fragmentarismo en sus versos, y el perspectivismo, La tierra baldía se acomete desde la superposición de voces que habitan el poema y surgen una tras otra en los versos, formando un prisma que deja una huella al final del mismo, destacando la importancia del lector y la participación en la experiencia poética, ya que debe ser el que maneje las claves del discurso poético y le dé sentido completo.
La introducción de voces y personajes dentro del poema le da ese aspecto de complicación formal, toda vez que la focalización sentimental va cambiando y desmontando el intocable discurso racionalista que había imperado hasta entonces en la poesía europea, y que gracias a Laforgue y a Maldoror, iniciaron el camino hacia un perspectivismo ya iniciado por corrientes artísticas como el cubismo, que marcó no solo la pintura, sino también lo poético, como se puede ver con Apollinaire y sus experimentos poéticos.
La superación de ese discurso racionalista se transforma en un relato no surrealista, sino irracional, una estética que supera las fronteras de lo real y que necesitan ser explicadas desde diferentes puntos de vista ya que el anclaje tradicional de la realidad, hasta la primera gran guerra, había sido paralelo a la realidad, o depositaba una gran parte de su peso en el realismo naturalista, con la excepción de la poesía, que a finales del XIX ya empezaba a ser algo diferente, manejando las claves que desentrañaban la realidad desde otro punto de vista, por ejemplo, desde aspectos que antes no habían sido tratados, como el sueño, lo alucinado, lo premonitorio, ya hemos hablado de Laforgue, pero, por supuesto la influencia de Los cantos de Maldoror y su capacidad de ensoñación y la fuerza creadora de sus imágenes abren un nuevo rumbo en la poesía europea hasta incluso adentrado el siglo XXI.
Ese discurso nuevo que inventa Eliot le va a servir también a los surrealistas que intuyen la necesidad perentoria de explicar el mundo desde otro prisma, y el arte tiene una responsabilidad fundamental en este cometido, en especial, en una época que ha fracasado dos veces, es decir, la experiencia de una guerra mundial y el advenimiento de otra gran guerra que devastaría el mundo de nuevo, bien se necesitaba entonces ese grito de auxilio que se vierte mediante el arte y la falta de confianza del hombre en el hombre, la deriva emocional y la falta de fe tanto en la religión tradicional, deseosa del poder y de su cohabitación con el mismo, cueste lo que cueste, así como la basculación del interés de la ciencia por lo económico, que busca unos intereses que, a la larga, no tienen que ver con los principios humanos, sino con el enriquecimiento personal.
La inclusión de personajes como Tiresias en el poema de Eliot tiene que ver con esos poderes ocultos, con la capacidad de visión de aquello que permanece en lo oculto, algo que el realismo había tratado como poco importante vuelve a tener una importancia capital, el hombre busca respuestas, se abre así el camino a lo desconocido, como el oscuro camino del hombre en el mundo, como ese tiempo que ninguna ciencia es capaz de explicar; unas claves, que, al mismo tiempo, desarrollaría André Breton y su obsesión con el sueño, lo oculto y lo secreto, de ahí la importancia y la utilización de las cartas del Arcano en la obra de los surrealistas, la necesidad de explicar el azar mediante las cartas, ese azar objetivo, la cuadratura imposible del círculo, influencia que se vería en la utilización de ciertas expresiones en la obra de Eliot, como “muerte en el agua”, o , “el ahorcado”, que tratan de explicar el mundo desde ese nuevo aspecto de raigambre irracional.
Personajes como Madame Sosostris en el poema de Eliot que recuerdan mucho a las claves esotéricas que desarrollaría la famosa Madame Blavatsky y su influencia en círculos esotéricos y culturales de toda Europa, como muestra por el interés de todo aquello que debe ser explicado desde otro punto de vista. Famosa es la anécdota del encuentro de Aleister Crowley, otro ocultista inglés con el poeta Fernando Pessoa, interesado el primero en la obra del segundo.
Eliot, por tanto, se reviste de todo ese armazón y su poder premonitorio y su poesía se convierte entonces en un discurso que explica el mudo desde lo no dicho, a la forma de los místicos, hay que recordar que uno de sus maestros en Harvard fue el hispano-americano George Santayana quien le introdujo en la poesía española, y también la mística castellana con Miguel de Molinos y san Juan de la Cruz.
Sin embargo, la importancia de La tierra baldía reside en la capacidad para explicar el sentimiento del hombre en una nueva era: la soledad, la incertidumbre, el radical abandono de todo tipo de fe tradicional, el concepto mismo del tiempo que entra en crisis y colisiona con el tiempo ontológico del hombre y que lo vive como una maldición sin solución porque se acaba, pasa a un tiempo de tradición oriental, en la que el tiempo tiene un movimiento cíclico, no buscando un fin, sino regenerándose, en una especie de eterno retorno de lo idéntico, o la eternidad como un instante que se repite. De ahí el mantra con el que acaba el poemario: “Shanti, shanti, shanti”, en un intento de convertir en cíclico el final de un libro para que vuelva ser el principio del mismo, como el tiempo que busca en las bases budistas e hinduistas, lo que la filosofía tradicional no fue capaz de encontrar en Occidente, y también la enunciación sencilla y primitiva que solucionaría muchos de los males que aquejan a Europa: Paz, paz, paz.
La ciudad como una Babel moderna, el camino ya abierto por Baudelaire en Las flores del mal, vuelve a ser un tema principal en La tierra baldía, si bien, la ciudad para Baudelaire era el lugar donde perpetrar toda la provocación del lema: Épater le bourgeois, llevado a cabo por los poetas “malditos” franceses y su historia de desencuentros y desavenencias con la conservadora sociedad parisina.
Para Eliot, la ciudad suponía el lugar del desencuentro, el lugar donde todo tenía lugar y se representaba, a la manera platónica de la caverna, el teatro de nuestras representaciones, en especial, la de la maldad humana y la incomunicación, además del carácter volátil del destino humano, en busca de certezas que no se pueden asir y que ninguna filosofía o religión puede asegurarle, de ahí la falta de comunicación, de ahí la disparidad de voces en el texto en busca de una solución pactada por una civilización fracasada.
El poema es fruto del desengaño, del fracaso, la ciudad como una Babel real, que la convierten en una ciudad irreal, imaginaria, irracional, todo puede llegar a ser o permanecer para siempre en ese instante eterno del tiempo que el mismo hombre no comprende, no entiende en su dirección mal entendida desde la filosofía materialista y las políticas económicas de estos tiempos nefandos en los que el hombre mercadea con su alma entre las desavenencias de unos gobiernos que ven en la guerra un buen negocio y el abandono por parte de los poderes económicos a las nuevas sociedades consumistas en espacios reducidos de actuación y descontento.
El hombre en el tiempo moderno, Eliot plasma el alma del hombre moderno en la sociedad moderna, nadie como él ha sabido plasmarlo, con sus limitaciones e inseguridades, con su insignificancia ante el infinito universo de posibilidades: el hombre frente a un Dios que no le comprende. Un hombre que se plantea su insignificancia ante el nuevo Leviatán de la historia. El hombre que da paso al hombre posmoderno y su desamparo en el que actualmente sigue sumido. La falta de filosofías totalizadoras que expliquen el orden del mundo y el fracaso en la fe tradicional de tiempos anteriores, un camino emprendido por la filosofía de corte irracional de Nietszche, dado que el mundo actual anula la representación del mundo como tal, y es lo que parece aparentar valer, en una especie de coro de la vanidad recuperado del Barroco europeo, corriente que demuestra la franca decadencia cultural en la que el mundo se encuentra, habiendo trastocado los antiguos valores en los que se basaba.
Eliot además recoge lo mejor de la antigüedad clásica, que le sirve para reinterpretar las bases racionalistas de una sociedad que no se comprende a sí misma, pero también encontramos la importancia fundamental de Dante, plagado está el poema de sus citas del “Infierno”, que es el correlato que usa Eliot para dar una peripatética vuelta por una ciudad que nos muestra el alma y la miseria humanas. Recoge asimismo, la mejor corriente de poesía inglesa iniciada por el Romanticismo, el satanismo de los poetas románticos, los que se cuestionan la voluntad del hombre, así como la obra de Blake, otro iluminado con una obra que sugiere un nuevo despertar para el hombre, junto a W.B. Yeats, y a otros compañeros como W. H. Auden: Another time, Stephen Spender, An elementary school classroon in a slum, Hart Crane en The bridge, o narradores de la talla de Sherwood Anderson, aparte de la decisiva amistad con Ezra Pound, el autor de los Cantos, que decidió en gran parte el aspecto último de La tierra baldía, con todo lo que tiene de poema inacabado o indeterminado, muestra clara de la maestría de Eliot en un momento de zozobra artística y sentimental cuya herencia se puede ver en toda Europa en autores tan dispares como Dylan Thomas, Vladimir Holan, o Philip Larkin, una poesía que sabe superar sus espacios que se abre al silencio y a la poética de una expresividad nueva para un mundo nuevo que no entiende sus bases, las bases que lo sustentan.
∇Joaquin Fabrellas. Jaén, 1975, España. Poeta y crítico literario. Entre sus últimos libros figuran República del aire. Ed. La isla de Siltolá. Sevilla. 2015  y No hay nada que huya. Ed. Piedra papel libros.