1922: Ulises y La tierra baldía | Víctor Manuel Mendiola

Joyce y Eliot concibieron en el exilio —en un anhelo por escapar del origen y de pensarlo— su visión y el desarrollo de su singularidad. Y para decir lo último, pero no lo menos importante, el novelista irlandés y el poeta de origen norteamericano trabajaron impulsados bajo el ojo crítico de Ezra Pound y ambos, con el apoyo de éste, publicaron adelantos de sus libros en revistas y sufrieron, uno muchísimo y el otro un poco, los efectos de la incomprensión y de la mojigatería puritana.

Víctor Manuel Mendiola



El azar, pero también la implacable necesidad, crearon de forma simultánea la inmensa novela de un día y el poema del instante múltiple. Tanto Ulises de James Joyce como La tierra baldía de T. S. Eliot son obras de una magnitud enorme y única. Sin embargo, en ambas composiciones hay muchas cosas en común. Más de las que uno puede apreciar a primera vista. En los dos libros, la desgracia acecha al hombre común; en los dos libros, la sexualidad es el escenario de una comedia; en ambos, lo efímero —las horas de la vigilia o unos cuantos minutos vertiginosos—, tiene un rango inmortal; y en los dos, el retrato de dos ciudades, Dublín y Londres, es el retrato de la ciudad moderna. Pero las semejanzas son aún más grandes. En uno y otro texto, las mitologías paganas y el cristianismo crean el denso tejido del nuevo mundo secular y, en uno y otro, el simbolismo oculta las observaciones finas de una dura mirada realista —inopinada, infinitesimal y llena de ecuaciones psicológicas. Todavía más: en estas escrituras paradigmáticas, la obscenidad y la prostitución son un ingrediente decisivo y ocurren en los espacios sórdidos de un burdel Dublinés o en las orillas arriesgadas del Támesis. Asimismo, estas composiciones nos ofrecen, cada una a su modo, referencias eruditas a la épica medieval y a una o varias interpretaciones sobre Shakespeare. La presencia del cisne de Avon, como lo llamó originalmente Jonson, es una verdadera fuente brotante en el argumento de estas dos construcciones poéticas. En las dos, los arquetipos griegos dirigen la trama. En una, el astuto Odiseo; en la otra, el proteico Tiresias. No deja de sorprender que tanto en Ulises como en La tierra baldía aparezca la escena del ahogado. Un accidente de paso en la primera y todo un evento en la segunda. Además, para definir y completar el círculo de las coincidencias o las afinidades, Joyce y Eliot concibieron en el exilio —en un anhelo por escapar del origen y de pensarlo— su visión y el desarrollo de su singularidad. Y para decir lo último, pero no lo menos importante, el novelista irlandés y el poeta de origen norteamericano trabajaron impulsados bajo el ojo crítico de Ezra Pound y ambos, con el apoyo de éste, publicaron adelantos de sus libros en revistas y sufrieron, uno muchísimo y el otro un poco, los efectos de la incomprensión y de la mojigatería puritana. En otro plano —el del lector—, estas obras siempre representan una dificultad y un reto. La lectura de Ulises no es sólo ardua por su dimensión cuantitativa. También lo es por la transformación de la narrativa realista en una progresión digresiva, fragmentaria, que detiene el tiempo efectivo de la lectura y recompone los valores de la escritura. Así, el texto muestra, de modo deliberado, el carácter oscuro y poliédrico del lenguaje y, en consonancia con él, de la realidad. De la misma forma, la lectura de La tierra baldía exige una atención ducha e informada y puede ser fatigosa porque demanda un alto grado de concentración. Los saltos en la sintaxis de la composición producen una síntesis compleja y provocadora. De esta forma, nos podemos preguntar: Ulises y La tierra baldía, ¿son dos galaxias en fusión o una que se parte?



Buenos Aires Poetry 2022 | Imagen: The Daily Beast Company LLC