Scardanelli en la torre, por M. G. Burello

 

In Namen Hölderlins!

 

Mugre en las uñas. Soledad.
Cadáveres de héroes griegos en el ropero y bajo la cama, quizás.
Scardanelli va de la silla al sillón, del sillón a la mesa, de la mesa a la silla:
prisionero de sí mismo bajo falsa identidad,
viajero del tiempo en una cápsula despojada.
Por la ventana discurre el serpeante Neckar, ese río romántico,
y más allá hay paisajes con bosques, ríos, montañas,
y gente en un plano general, a la distancia.
Sus ojos, que lo han visto todo (catástrofes y espejismos,
viñedos y cementerios, amantes y traidores,
montes teutones y llanos galos),
ya no distinguen nada en particular,
cual si en cansadas pupilas sólo hubieran de albergarse
imágenes sin fondo, alegorías cuya clave interpretativa
se hundió con el dios o el sacerdote que la supo forjar.
La tentación del líquido abismo ahí abajo no lo empalaga, tampoco;
se ha resignado a la senilidad, esa especie de muerte en vida.
De tarde en tarde garabatea versos ocasionales
con caligrafía sospechosamente esmerada,
y cuando puede azota el piano o sopla la flauta,
como un músico que sólo quiere ejercitarse
en busca de mejor digitación o ventilación.
Pues procede sin plan ni partitura, procede
sin procedimiento alguno; la mecánica vital no ostenta cifra.
Dicen que los ángeles dejaron de dictarle, y los demonios
muy esporádicamente invaden sus sueños,
susurrándole al oído profecías en glosolalia.
¡Hasta Dionisio detuvo su marcha y lo contempló desde el umbral,
consternado, reteniendo el llanto,
sin atreverse a pisar la guarida de un presunto apóstata!
Cuando hoy un visitante le pide un poema,
él finge evocar enseguida temas sublimes,
que por esencia no puede abarcar;
condesciende entonces a ponderaciones, acaso irónicas,
y cuadros estacionales que no condicen con el momento del año.
Y así se van los días y las décadas, arroyos y raudales
de una moneda devaluada o fuera de circulación: el tiempo,
un tenaz alargamiento de una equívoca leyenda
en casa de un sensible ebanista suabo.
Otoño, verano, invierno, primavera…
en la serena grafía del tormento acendrado
ya no hay peros y sobreabunda el cuando,
y el sujeto que enuncia se ha esfumado en cenizas,
apaleado por Apolo, por paisanos y por compatriotas,
resentido y loco,
resiliente y sabio.

Nadie lo imaginaba, pero en esa habitación de alto
el logos, por única vez, estaba capitulando.