Dylan Thomas: ‘Rimbaud de Cwmdonkin Drive’, por Juan Arabia

En el poema “Since 1939”, Robert Lowell bromeaba acerca de la podredumbre del capitalismo, diseccionada en el pretérito: “Pasábamos las hojas, en los poemas de Auden, de los revolucionarios años treinta, hasta que nos dormíamos mecidos por aquel confortable trote arrítmico de lo obsoleto…”.
Auden, Spender, MacNeice, Day Lewis (“Los Thirties”): autores que hicieron propaganda de una poesía al servicio del socialismo [¡La burguesía tiene que esperar un poco de dolor, una penitencia!].
A. T. Tolley, en THE POETRY OF THE THIRTIES, sencillamente decía hacia 1975: “Un cambio que está asociado en los nuevos poetas de los años treinta: la aparición de una preocupación por temas políticos”¹.
Sin embargo, el mismo Tolley le dedicó un capítulo exclusivo en el mismo volumen a MARX & FREUD: la formación, como sabemos que en aquel entonces subyacía en la poesía política de la generación del treinta.
Estos poetas, entre sus nobles propósitos, buscaban inspirar a un público masivo, y de esa forma resolver la contradicción entre los nuevos tiempos (el choque de la Primera Guerra Mundial, la irrupción de una cultura masiva producida industrialmente…), los conflictos económicos y sociales, y por tanto las formas poéticas de representación.
Frente a este antídoto, otra opción fue la ejecutada por Leavis en 1932 cuando fundó la revista Scrutiny. El órgano leavisiano, en ese sentido, apuntó hacia una solución idealista: le repugna considerar una solución política. El estudio de los grandes literatos ingleses se presentó como la única manera de purificar las almas de una sociedad contaminada por sus productos fabricados en serie.
Una tercera opción, muy alejada por cierto a la propuesta de los Thirties y a la escuela leavisiana, fue la de DYLAN THOMAS: el ‘Rimbaud de Cwmdonkin Drive’, como el poeta mismo se autoproclamó.
No sólo la poesía de Dylan, sino su prosa (su infancia y adolescencia narrada en los hermosos cuentos de Portrait of the artist as a young doc) adhiere a la experiencia misma, sin mediaciones o consideraciones previas, y recurre a símbolos (creativamente) eternos y universales: vida [la ciruela que mi madre arrancara], muerte [el gusano que corroe lo vivo]… Porque la dinámica experiencial en Dylan, la individualidad que restituye en el escenario histórico con sus versos (su daemon, a mi juicio, era su libertaria juventud), es la de una constante pérdida, sólo posible de recuperar —con el paso del tiempo, y al igual que la opiómana juventud de Coleridge— a partir de la pérdida de todos los sentidos.

Pero las luminosas baladas y alabanzas de Dylan, como él mismo llegó a escribir en su nota a la edición de Noviembre de 1952, están escritas “por amor al hombre y en alabanza a Dios, y yo sería un condenado tonto si ello no fuera así”. Agregar palabras o restar importancia a ésta humilde advertencia, sería algo parecido a dejar caer la lágrima del tiempo. ¿O qué otra cosa se puede decir sobre un poeta que creía en Dios y en la naturaleza?

¹ En A. T. Tolley, THE POETRY OF THE THIRTIES. LONDON VICTOR GOLLANCZ, LTD, 1975.