Robert LOWELL conoce a Jorge Luis BORGES

Algunos azarosos encuentros entre el poeta norteamericano Robert Lowell y el escritor argentino Jorges Luis Borges, relevan algo más que un simple hecho anecdótico. Más bien explicítan dos formas estéticas y experienciales de abordar y perderse en la literatura. Traducción con permiso de Tangen-Mills exclusivo para publicar BUENOS AIRES POETRY por ©Juan Arabia, 2016.

El rey de Babilonia diseña un laberinto para atrapar al rey de Arabia, pero el monarca Beduino se escapa, y jura que si alguna vez se cruzan de nuevo sus caminos, éste iba a encerrarlo en su propio laberinto: el desierto de Arabia. El destino quiso que él, el rey de Babilonia, sea capturado. Pronto se encuentra perdido en el desierto, sobre un camello, donde muere de sed. Sin saberlo, Borges en este cuento de El Aleph crea una alegoría en la que describe lo que será, para el caballero casi británico, el encuentro literario más desastroso y vergonzoso de toda su vida.

Era 1962. Lowell, de 45 años, poeta laureado -reinante hombre de letras estadounidense- que se había convertido en una figura de culto en Nueva Inglaterra. Desde la recepción extraordinariamente positiva de Life Studies, en la que afirmaba “Yo soy el infierno mismo”, había estado trabajando en nuevas traducciones de sus poetas favoritos (Rimbaud y Baudelaire, entre otros). Borges, de 63 años, ya era un fenómeno literario en Buenos Aires. Había sido uno de los editores de la revista literaria más importante en español de la época, Sur, y acababa de ser nombrado director del Departamento de Inglés de la Universidad de Buenos Aires. Así, y antes de que cualquiera de ellos llegara a la cima de la fama internacional, Lowell llegaba de visita a Buenos Aires.
¿Pero por qué? Nunca habían cruzado una carta entre ellos. Algunos especulan que la embajada de los Estados Unidos en Argentina había organizado una visita para fortalecer los lazos con escritores no comunistas, entre ellos, Borges. Aparte de sus inclinaciones políticas, la embajada sabía poco del escritor argentino.
Lowell pasó su primer día en Buenos Aires, paseando por el auto-proclamado París de América Latina, acompañado por el escritor y periodista Keith Botsford.
Después de su paseo, fue invitado a la casa de Borges en el barrio de la recoleta, donde el expatriado escritor y pintor Rafael Alberti estaba de visita.
Hasta ese momento todo iba bien. Pero una  vez que Lowell entró por la puerta de la casa de Borges, es difícil narrar con exactitud lo que verdaderamente sucedió. En una entrevista, unos años después, cuando se le preguntó a Borges si había leído los poemas del norteamericano, el escritor argentino afirmó “No, no he leído los poemas de Robert Lowell”. Borges luego aludió al encuentro de esa tarde en su casa “Escuché que Lowell gustaba de Hawthorne, y yo también soy un hombre del siglo 19. Y es posible que alguna vez lea sus poemas, si se dejara puestos sus pantalones”.
De acuerdo con Botsford, Lowell había caído en una depresión severa y que trató de resolver con “una dosis diaria de martinis y vodka doble. A menudo bebía media docena una en una sesión”. No es de extrañar que Lowell haya terminado tirado en el suelo de la casa propia del escritor. Borges, sin embargo, se quedó en su silla, reflexivo, hablando mucho de su madre y de su temprana vida en el Río de La Plata.
Lowell, completamente ebrio, habría estado haciendo avances vulgares hacia todas las mujeres de Buenos Aires; incluso a la compañera de Rafael Alberti, a la que encerró en una habitación, hasta que algunos médicos finalmente lograron sacarlo. Desde la casa de Borges fue llevado a un manicomio, y luego trasladado a un avión para ser llevado de nuevo a los Estados Unidos. “Después yo lo visitaba todos los días. Tomaba una gran dosis de Thorazine, pero durante los primeros días había que atarlo con correas de cuero”, recuerda Botsford. También decía que por “pantalones”, Borges se refería a los inapropiados avances sexuales que habían ocurrido en su propia casa.
De haber mantenido sólo correspondencia por cuestiones literarias, hubieran llegado a un mejor puerto. Compartían un montón de intereses, y ambos se preguntaban acerca de la divinidad y el destino, aunque no hace falta decir que sus interpretaciones eran muy distintas.

En los años siguientes sus reputaciones crecieron a nivel internacional. Después de la traducción de Laberintos de Alastair Read, la reputación de Borges en Estados Unidos creció de forma exponencial. Harvard invitó a Borges a una serie de conferencias que tuvieron lugar en la sala Amy Lowell, prima de Robert, fallecida en 1925. ¿Qué pensó Borges cuando vio este nombre? ¿Temía por otro viaje en el barco ebrio? No está claro si Lowell asistió a esta conferencia.

«¿Qué pensó Borges cuando vio este nombre?
¿Temía por otro viaje en el barco ebrio?»

Años después, se reunieron en Oxford, donde Borges (ahora convertido en estrella) estaba por recibir un doctorado honorario. Lowell vivía en Inglaterra. David Gallagher, tal vez sintiendo que la reunión resultaría desastrosa, invitó a los dos a cenar, y presentó a Lowell a Borges como “el gran poeta americano”. Borges respondió citando a Whitman.
Según Gallagher, sin embargo, Borges pasó la prueba. Así lo caracterizó en una nota publicada en Chile. Borges había actuado como de costumbre. Sin embargo, a su regreso a Buenos Aires, Borges informó a Bioy Casares que Lowell era “un completo idiota”. Algo que Gallagher reconoce en su reseña en el TLS.
Aunque Lowell no parecía compartir esta enemistad con Borges. Él le escribió en una carta a Iris Murdoch afirmando que “una de las cosas más emocionantes aquí ha sido la visita de Borges. Con él estuvimos hablando la noche entera de Tennyson, James y Kiping”. La admiración de Lowell por Borges continuó, citándolo incluso hasta en entrevistas. Pero el sentimiento no era mutuo.
Lowell dijo una vez que un buen poema necesita “las contradicciones del hombre”, y que era en vano mantenerlas en secreto. Irónicamente, Lowell como Borges, tenían algo en común: no podían mantener la boca cerrada. Borges, al abordar el tema de la guerra de Vietnam con un periodista chileno, dijo “Vietnam debe ser borrado de la faz de la tierra”. En la misma entrevista, cuando se le preguntó por el movimiento de los derechos civiles, respondió: “¿Los negros? En casa de mis abuelos eran los sirvientes”. Lowell protestó abiertamente a la guerra, y fue un partidario de los derechos civiles en Estados Unidos.
A diferencia de Lowell que escribió libros enteros sobre su propia vida, el verdadero Borges rara vez se reveló a sí mismo. El más cercano a una apariencia es “Borges y yo”, donde se describe con forma reservada y elocuente. Lowell, por contrario, era más loco que El Quijote y Funes el memorioso juntos. Aunque de acuerdo con su vida y con las letras, tuviera o no sus pantalones puestos, la verdad de Lowell resultó molesta.

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∇ Este texto fue escritor por ©Jesse Tangen-Mills, para THE BROOKLYN RAIL – Robert Lowell and Jorges Luis Borges: Two Kings, One Pair of Trousers, March 4th, 2010. Traducción con permiso de Tangen-Mills exclusivo para publicar BUENOS AIRES POETRY por ©Juan Arabia, 2016.