Les vies encloses (Las vidas recluidas) – de Georges RODENBACH

Perdido en los laberintos del espíritu fin du siécle, Georges Rodenbach (1855-1898) se resiste a ser olvidado. El poeta y novelista belga asoma con una rosa en la mano en el monumento funerario de su tumba del cementerio parisino de Père-Lachaise, una poderosa imagen de esa voluntad.
Rodenbach es conocido sobre todo por su novela Bruges-la-Morte (Brujas la muerta), que tiene como personaje principal a la ciudad flamenca y le dio una fama inmediata en el momento de su publicación en 1892. Esta obra maestra del simbolismo se enmarca en una fecunda producción comprimida en poco más de una década y que incluye ocho poemarios. Comienza en 1877 con Le Foyer et les Champs (El hogar y los campos) y se cierra en vida del autor en 1898 con Le Miroir du ciel natal (El espejo del cielo natal), al que siguen algunas ediciones póstumas de inéditos.
Les vies encloses (Las vidas recluidas), dividido en ocho poemas y publicado en 1896, está inspirado en el ocultismo, el romanticismo alemán y las obras de Baudelaire y Mallarmé. Les lignes de la main (Las líneas de la mano), del que se presentan las dos primeras secciones, es el tercer poema del libro. Epilogue, el cierre.

Las vidas recluidas

Las líneas de la mano

I

La mano se enorgullece de su desnuda calma
y de ser rosada y lisa; de por los aires jugar
como un ave burlándose de la espuma del mar;
y de estremecerse con la docilidad de la palma.

La mano exulta; es orgullosa como una rosa
-¡sin pensar que el reverso es una red de marcas!
y al sol hace relucir sus pulidas uñas largas,
incrustando en la carne un poco de coral rosa.

La mano reina, con aire imperial, porque todo
se realiza a través de ella, por ella todo gira.
Para el nido del placer es una golondrina;
y es la uva de agosto para el vino del gozo.

La mano ríe de ser blanca y rosa, y de alumbrar
como un faro, y de tener olor a aseada.
Es como si siempre se endomingara
por los anillos de oro que visten al anular.

Pero mientras así se enorgullece la mano
de ser bella, y de convencerse que perfuma,
misteriosos surcos en la palma se incrustan
y comenzarán a ser un laberinto helado.

Vano orgullo, coqueto juego de la mano pava
que ríe de sus joyas, las finas uñas, los esmaltes,
en tanto que debajo, con sus hebras al aire,
la Muerte va tejiendo ya su telaraña.

II

Las líneas de la mano, ¡geografía innata!
Son oscuros caminos del infinito venidos,
hebras enredadas de un telar dormido.
¡Ah! ¡El extraño arabesco donde yace el mañana!

¿Qué hechicera va a leer el conjuro
tan confuso? -¡diríamos tan remoto!-
En la desnuda arena, riachuelos rotos:
nombres en vano en un espejo desmemoriado.

Signos definitivos, ¡aunque no descifrados!
Pálida maraña, caprichosas escrituras
cuyo sentido se evade y huye bajo tachaduras,
y que no ha leído nadie familiar con el arcano.

Secreto perdido del lenguaje de las líneas bellas,
gracias al cual los pastores resolvieron el misterio
de los astros de Caldea en un cielo azul de incienso,
tras haber visto en sus manos líneas paralelas.

Epílogo

Aquí toda una vida invisible está recluida:
solo ha dejado ver de ella y de un mudo tormento
aquello que permite ver el agua dormida
en la que la luna se posa con melancolía.

El agua fantasea, brilla y parecería un cielo,
tanto se adorna de silenciosas estrellas.
¡Oh, señuelo de ese espejo artificial!
¡Apariencia! ¡Embustero sosiego!

Bajo la blanca superficie inmóvil, esta agua
sufre; antiguas penas la hielan y oscurecen.
Imaginen, bajo la hierba, una vieja tumba
cuyo recuerdo la muerte, poco muerta, guarda.

Oh memoria, por la cual hasta los instantes claros
son dolorosos y como ennegrecidos por un fango.
El agua se dora con el cielo, el coro de juncos cotillea;
pero la falta de dicha demasiado tiempo ha durado.

Y esta agua que es mi alma, en vano pacificada,
tiembla de un dolor que se diría un secreto,
voz suprema de una raza que desaparece,
y lamento, en el fondo del agua, de campana ahogada.

Les vies closes

Les lignes de la main

I

La main s’enorgueillit de sa nudité calme
Et d’être rose et lisse, et de jouer dans l’air
Comme un oiseau narguant l’écume de la mer,
Et de frémir avec des souplesses de palme.

La main exulte ; elle est fière comme une rose
— Sans songer que l’envers est un réseau de plis ! –
Et fait luire au soleil ses longs ongles polis
Enchâssant dans la chair un peu de corail rose.

La main règne, d’un air impérieux, car tout
Ne s’accomplit que par elle, tout dépend d’elle ;
Pour le nid du bonheur, elle est une hirondelle ;
Et, pour le vin de joie, elle est le raisin d’août.

La main rit d’être blanche et rose, et qu’elle éclaire
Comme un phare, et qu’elle ait une odeur de sachet ;
C’est comme si toujours elle s’endimanchait
À voir les bagues d’or dont se vêt l’annulaire.

Or pendant que la main s’enorgueillit ainsi
D’être belle, et de se convaincre qu’elle embaume,
Les plis mystérieux s’aggravent dans la paume
Et vont commencer d’être un écheveau transi.

Vain orgueil, jeu coquet de la main pavanée
Qui rit de ses bijoux, des ongles fins, des fards ;
Cependant qu’en dessous, avec des fils épars,
La Mort tisse déjà sa toile d’araignée.

II

Les lignes de la main, géographie innée !
Ce sont d’obscurs chemins venus de l’infini ;
Ce sont les fils brouillés d’un rouet endormi ;
Ah ! l’arabesque étrange où gît la Destinée !

Quelle magicienne en lira le grimoire
Si confus – on dirait d’il y a si longtemps !
Parmi le sable nu, ruisseaux intermittents ;
Noms balafrant en vain un miroir sans mémoire.

Signes définitifs, encore qu’irrésolus !
Pâle embrouillamini, fantasques écritures
Dont le sens se dérobe et fuit sous des ratures,
Et que nul familier du mystère n’a lus.

Secret perdu du langage des lignes belles
Grâce à qui des bergers avaient trouvé le sens
Des astres de Chaldée en un ciel bleu d’encens,
Ayant vu dans leurs mains des lignes parallèles.

Epilogue

Ici toute une vie invisible est enclose
Qui n’a laissé voir d’elle et d’un muet tourment
Que ce que laisse voir une eau d’aspect dormant
Où la lune mélancoliquement se pose.

L’eau songe ; elle miroite ; et l’on dirait un ciel,
Tant elle s’orne d’étoiles silencieuses.
Ô leurre de ce miroir artificiel !
Apparence ! Sérénités fallacieuses !

Sous la blanche surface immobile, cette eau
Souffre ; d’anciens chagrins la font glacée et noire ;
Qu’on imagine, sous de l’herbe, un vieux tombeau
De qui le mort, mal mort, garderait la mémoire.

Ô mémoire, par qui même les clairs instants
Sont douloureux et comme assombris d’une vase ;
L’eau se dore de ciel ; le chœur des roseaux jase ;
Mais le manque de joie a duré trop longtemps.

Et cette eau qu’est mon âme, en vain pacifiée,
Frémit d’une douleur qu’on dirait un secret,
Voix suprême d’une race qui disparaît,
Et plainte, au fond de l’eau, d’une cloche noyée !

Georges Rodenbach, Les vies encloses, Eugène Fasquelle Éditeur, 1896, París.
Traducción Mariano Rolando.