Deseducación del poeta – La Escuela de Cristo, de Charles WRIGHT

La Escuela de Cristo

Dirty Dancing es una historia sobre cómo una joven pierde la inocencia, una película “rito de paso” que trata sobre unas pocas semanas del verano de 1963 en un resort en las montañas de Catskill. La joven, interpretada por Jennifer Grey, acaba de graduarse de la secundaria y va a ingresar a la Universidad Mount Holyoke cuando termine el verano. Se enamora, por supuesto, del instructor de baile del resort. Todo el mundo decepciona a todo el mundo de pequeñas maneras, pero al final –como esperamos de una película de este tipo– todo es enmendado. De una forma periférica pero importante, la película también trata sobre el baile. Justo antes del número de cierre, Jack Weston, quien interpreta al propietario del resort, mira al director de su banda y le dice: “Se acabó. Ya no volverán a pasar cosas como estas…” ¿Pero qué, en el verano de 1963, se había “acabado”? ¿Qué no iba a volver a pasar?

Es sobre esto que quiero hablarles. Precisamente, lo que no iba a volver a pasar es eso en lo que entré, diez años antes, en mayo de 1953, al dejar la capilla de la Escuela de Cristo, en Arden, Carolina del Norte. Terminada la graduación y con el sol derramándose, vistiendo mi traje gris y mi Cleveland completo (corbata blanca, cinturón blanco, zapatos blancos), bajé las escaleras de la capilla y llegué a No Sweat1, un enorme país que existió en el paréntesis temporal de diez años entre el final de la Guerra de Corea y la muerte de John F. Kennedy. Jennifer Grey hablaba de los Cuerpos de Paz; nosotros hablábamos de Playa Myrtle. Ella vivía y bailaba las fantasías que nosotros teníamos que conformarnos con albergar. No Sweat era un país donde las cosas se encargaban de sí mismas, a través de la selección natural y el progreso natural. Mi progreso, según recuerdo, estuvo marcado por la gravedad, ruta que escogieron muchos de los pertenecientes a mi generación –a la cual pronto se le llamaría “La Generación Silenciosa”. Gravedad quiso decir para mí un verano trabajando en el periódico de mi pueblo natal, Kingsport, Tennessee, cuatro años en la Universidad Davidson (un período que en otra parte he descrito como una “época de amnesia”), otros cuatro años en el ejército y luego dos años más en un posgrado. En el momento exacto en que Jack Weston continuó sus dos frases con una tercera –“Las familiar ya no vendrán a lugares como este; todos los chicos quieren ir a Europa”– yo estaba, de hecho, empezando una temporada de dos años en Italia, como un estudiante Fulbright. Jack Weston tuvo razón en sus tres frases. Ciertamente, el período entre 1953 y 1963 fue otro país.

Antes de continuar, necesito retroceder mi película un par de años, al otoño de 1951. ¿Pero quién puede recordar cómo era tener dieciséis años cuando ya tiene cincuenta y cinco? Incidentes, sí; detalles, a veces; gente, ocasionalmente (o, al menos, la gente que creías que eran). Pero cómo era, la forma en que se vivía es algo que armamos, algo que reconstruimos y reinventamos para que sirva a nuestros propósitos. Lo cual, me parece, está bien. Ciertamente le va mejor al ego, un órgano que aguanta una buena golpiza en los tiempos entre los dieciséis y diecisiete años.

En 1951, la Escuela de Cristo fue una especie de liberación para mí. Había pasado el año anterior, mi quinceavo, en un lugar llamado Escuela Sky Valley, con un cuerpo estudiantil de ocho almas, siete chicos y una chica. Dos mil acres alrededor del Monte Pinnacle, a las afueras de Hendersonville, Carolina del Norte. Ocho niños bajo el pulgar evangélico de la hija del Obispo Episcopal de Carolina del Sur. La edad de quince años está en el perímetro exterior del aprecio por lugares como esos, así que cuando vi una escuela con más de un edificio y otros 143 estudiantes, sentí que había sido puesto en libertad.

Se ha dicho que cada uno de nosotros conserva de su pasado, de sus recuerdos, de frases a través de las cuales vive, solamente unas pocas palabras rescatadas de una vida en pleno desvanecerse. Si esto es cierto, entonces las tres palabras que recordaré son campus, tarea y migajas, C, D y M, tres letras notorias que aumentaban las tres R de mis días en la Escuela de Cristo. Concentraban el castigo máximo que había en aquellos tiempos, salvo la expulsión: restricción al campus, trabajar en una tarea hasta que esté terminada y servir mesas (limpiar migajas) durante el período de castigo.

Incidentes, detalles, gente. Seguramente el mayor incidente –y, ahora creo, fortuito– fue el descubrimiento de un paquete de salvavidas en la gaveta de mi cómoda por parte de un prefecto metiche luego de mi primera tarde de lunes en el pueblo (teníamos los lunes libres e íbamos a clase los sábados, sin duda para evitar tantas “confrontaciones en el pueblo” como fuera posible, como podría suceder un sábado en la tarde). De inmediato se me ordenó talar un roble (la tarea), una mesa que servir y la completa prohibición de visitar el pueblo hasta que dicho árbol estuviera en el suelo. Aprendí con prisa sobre la escuela y resulta que también la escuela aprendió sobre mí con prisa. Era la vieja teoría de “lánzalos a ver si pueden nadar”. Para el momento en que cayó el árbol, con voluntarios de las cabañas cuatro, cinco y seis (instalaciones donde vivían los chicos mayores, ocho por cabaña) halando de sogas atadas a lo alto del árbol y empujando el tronco, ya me había vuelto miembro de la escuela de una manera que poco más hubiera hecho posible, salvo tener un pase como el de John Elway. La prueba de la agonía es más espesa que el agua. Mi única transgresión adicional, durante esta iniciación de varias semanas, fue el haber tomado el hacha de Mr. Dave una mañana, luego del desayuno, mientras iba hacia mi tarea para darle algunos golpes antes de clase. Estaba apoyada contra el marco de la puerta del comedor. Mr. Dave (acerca del cual hablaré luego) era David Page Harris, Director, Maestro y Deidad Suprema de la Escuela de Cristo por muchos años: un hombre realmente singular, cuyas dedicación y cuyas prácticas influyeron sobre los cientos de chicos que pasaron bajo sus manos. En todo caso, cuando mi compañero de cuarto (que había estado en la escuela por mucho más tiempo que yo) preguntó dónde había conseguido una herramienta de cortar tan buena y escuchó mi respuesta, palideció visiblemente y dijo: “Esa es el hacha del Hombre”. No necesité más explicaciones, la puse donde la encontré antes de que Su Señoría hubiera terminado el café del desayuno.

¿Acaso no es maravilloso cuán llena está la memoria de amor propio? Dos témpanos más se desprenden de la zona congelada de aquel primer año; uno de ellos, otro incidente, el otro un detalle.

Una de las cosas realmente buenas de un lugar como la Escuela de Cristo era que podías jugar pelota incluso si no eras bueno, como era mi caso: como dice el dicho, no podía ver bien, pero era lento. Estuve en los equipos de béisbol y básquetbol de la escuela los dos años que pasé allí. Durante mi primer año en béisbol, acerté un solo batazo en toda la temporada. Durante mi último año, el equipo de básquetbol estuvo 0-1952/52. Una estadística asombrosa, sobre la cual no hay más que decir. Es cierto que no teníamos cancha de básquetbol ese año y que nos veíamos forzados a jugar todos nuestros partidos en el camino –el viejo gimnasio estaba siendo derrumbado. No tenía una excusa parecida para mi media de bateo el año anterior; Fressor debe haber enloquecido con mi promedio cercano a cero. Fressor era Richard Fayssoux, Director de Atletismo y entrenador de los equipos de fútbol, básquetbol y béisbol durante más de cincuenta años. Mi sobrenombre era Goose (por Goose Egg)2 e hice honor al título hasta el último juego de la temporada, contra Hendersonville, una escuela secundaria enorme, con unos mil estudiantes. Nos superaban completamente, excepto por Bill Samford y Tudor Hall, dos pitchers maravillosos. De alguna manera, hacia el final del partido –reñido por el humo que botaban nuestros chicos– tocó mi turno al bate y pegué mi primer hit de la temporada, terminé en segunda base y eventualmente anoté la carrera que empató el juego o lo ganó, ya no recuerdo cuál de las dos. ¿Dónde, salvo en la Escuela de Cristo, podía pasar algo así? Incluso la chica con la que estaba saliendo –de Santa Genoveva de los Pinos– estaba ahí. Carreras se forman a partir de cosas como esta. El año siguiente bateé unos .300; sólo necesitaba ese primer hit.

El detalle –algo más luminoso que el incidente, algo que es parte de la verdadera textura de las cosas– tiene que ver con el viejo gimnasio, la vieja estructura de madera, vacilante y desgastada, que ha sido reemplazada dos veces desde que estudié allí. Tras ella, a la vista desde el campo de fútbol, estaba el lugar donde se nos permitía fumar, si teníamos dieciséis y permiso. Solamente pipas. Ya estaba bien entrado el otoño o era invierno cuando obtuve mi permiso. Recuerdo ir ahí luego de la cena, en la oscuridad, el cuello de la chaqueta levantado contra el viendo frío, para unirme a algo que, de algún modo, sabía que era más grande de lo que yo jamás podría llegar a ser, a pesar de que finalmente era parte de ello. Supongo que me unía a Crecer, aunque en el momento me parecía apoteósico. Las tres letras me habían puesto en el camino, pero el permiso para fumar y la pipa después de la cena (aunque me mareaba un poco) eran el evento que finalmente me hacía parte genuina de la escuela. No puedo expresar cuán importante era para mí, incluso hoy en día. La aceptación, como sabemos, lo es todo a los dieciséis años. No sé cómo se efectuó esa magia en los momentos ventosos, robados tras el viejo gimnasio, pero sé que sucedió. Recuerden, era 1951, una época “macho” en Estados Unidos y en la Escuela de Cristo: peinados con pollina, pantalones de bota estrecha, con costuras visibles y pliegues dobles. Nudos doble Windsor, cuellos Mr. B. Pulmones llenos de humo. Sólo intentábamos descubrir quiénes éramos –algo que nadie puede decirte, ni siquiera tu memoria. Especialmente tu memoria, esa ficción interesada de alguien que ya no reconoces y que ni siquiera deberías escuchar.

Cuando pienso en la gente de la Escuela de Cristo, primero pienso, siempre, en Mr. Dave, quien hizo tan intensos nuestros salones de clase. Recuerdo un gran error que cometí: tomé un curso de historia perteneciente a tercer grado cuando me encontraba en sexto. Por supuesto, fue facilísimo –hasta que lo dictó Mr. Dave por un par de semanas, cuando el instructor regular, Mr. Hall, estuvo enfermo. Me tocó interrogatorio cada día. Por fortuna, tenía tiempo de visitar la sala de estudio antes de la clase, así que podía memorizar las lecciones con antelación. Todos los días me aprendía las lecturas, pues tendría que recitarlas palabra por palabra. Sería un eufemismo decir que Mr. Dave captó nuestra atención. También era mi instructor de trigonometría, un curso que debía pasar para graduarme. También sería un eufemismo decir que entendía la materia. Necesitaba una nota de 66 y dos tercios en mi examen final para pasar. Sucede que esa fue mi calificación precisa y solamente años después me percaté del regalo que me había dado Mr. Dave.

Mr. Dave, un nombre para evocar e invocar. Nunca sabías dónde aparecería. Yo estaba convencido de que poseía una especie de visión nocturna, como un gato. Aparecía de entre la oscuridad, el carbón encendido de su cigarrillo como un breve ojo rojo en busca de la iniquidad. Y luego desaparecía. Durante el día, siempre estaba bizqueando, especialmente con su ojo derecho, intentando evadir el humo del cigarrillo permanente adosado a la esquina derecha de su boca (quizás no “permanentemente”, quizás creo esto por nuestra fascinación por el acto de fumar, especialmente cigarrillos, los cuales eran totalmente tabú). Con una barba de dos días sobre el rostro y el ceño fruncido por la concentración mientras intentaba encontrar a Sid, el de mantenimiento, o descargar el carbón que acababa de llegar, o llegar a clase, o conseguir que se arreglara lo que se había dañado, o enderezar lo que se había torcido –el suicidio de un profesor, el embarazo de la novia de un estudiante, una borrachera y un escándalo en la cabaña cuatro– Mr. Dave invariablemente parecía hallarse en movimiento. Todo se inclinaba un poco cuando él pasaba.

El Hombre estaba por todas partes, imperturbable si tenía que serlo, de otro modo si tenía que serlo. La escuela parecía emanar y operar a partir de su cuerpo. Nada sucedía sin él –cada comida, cada reunión, cada servicio religioso y, si no tenías cuidado, cada cosa ilícita que estabas a punto de hacer o apenas estabas empezando a hacer. Ahí estaba el Hombre. Desde entonces, nunca he sentido una presencia así, tan abarcante y poderosa, excepto quizás en la Capilla Sixtina, en la Roma de 1959. Mr. Dave, como solían decir, era algo aparte, y atesoro su recuerdo. No importa qué sucediera, siempre buscaba un término medio. En mi caso, por supuesto, llegó hasta un término de dos tercios. Lo cual me lleva a donde empecé.

¿Qué llevaba conmigo mientras bajaba esos escalones empapados de sol, aquella mañana de 1953, aparte de una impresionante insensibilidad con respecto al estilo o la moda, un diploma y una adicción al tabaco? La respuesta usual es una Palabra Grande, un Valor Fundamental: Verdad, Honestidad, Integridad, Determinación, Etcétera. Por ejemplo, ¿estaba determinado a convertirme en un escritor cuando me fui? Probablemente no (pero, de haberlo estado, hubiera sido gracias a mi madre, no a la escuela). Según recuerdo, sobre todo estaba determinado a pasar una semana en Playa Myrtle. Aún así, ni Mr. McCullough ni Mr. Hale, mis dos profesores de inglés, hicieron algo para entorpecer mis posibilidades de escribir. ¿Mi afinidad por el lado espiritual de las cosas provenía de mis días en la Escuela de Cristo? Probablemente no, pero ciertamente tampoco fue entorpecida allí. Nuevamente, mi crianza es probablemente más importante. ¿Mi amor por la música country es producto de mis días en la Escuela de Cristo? De hecho, sí, gracias a dos amigos: Bill Covin y Clem Webb. Así que Merle Travis y Hank Snow, además de un primer año en la universidad, donde repetimos todas mis clases del último año de secundaria, fue lo que llevé conmigo al país de No Sweat. Y algo más. Un afecto duradero, un Afecto Verdadero, digamos. Por la razón –o razones– que sea, amé mis dos años allí. Todo respecto a ellos, excepto los desayunos. ¡Cuántos bizcochos!

1 Una expresión que puede traducirse como “sin esfuerzo”. Literalmente quiere decir “sin sudor”. (N. del T.)

2 En la jerga deportiva, goose egg, “huevo de ganso” es el cero. (N. del T.)

∇ Charles Wright: Deseducación del poetacharla perteneciente al libro Notas de a cuartoIncluido en el volumen Lengua perdida. Poemas selectosCaracas, bid&co. editor, 2016. Traducción de Adalber Salas Hernández.