Dos poemas de Rubén Darío CARRERO –

Rubén Darío Carrero (Maracay, Venezuela,1986). Abogado, egresado de la Universidad de Carabobo. Profesor de la Universidad Central de Venezuela y dirigente político. Merecedor de una mención especial en el Premio Nacional Universitario de Literatura, año 2009 (mención poesía). Sus poemas y artículos han aparecido en el suplemento literario “Contenido”, del diario El Periodiquito de Aragua; “Letra Inversa”, del periódico Notitarde; en la revista Viceversa (New York); Otro Páramo (Colombia); en Poesía (Heidelberg); y en la antología Tiempos grotescos. Poesía venezolana reciente (publicada por la revista Ritmo de la UNAM, 2016). Escribe un blog que actualiza con fotografías y textos, titulado El hallazgo de los espejos (www.rubencarrero.blogspot.com), y otro, de corte político, La indiferencia y los días (www.laindiferenciaylosdias.tumblr.com).


ROBERT

En el funeral de un amigo tuve una visión:
Los días pasan cruzando el ayer hermoso
y se detienen en el recuerdo; es, son
los pisos lavados con cloro jabonoso.
El asesino es el bedel del centro comercial,
delgado, pómulos y dientes ilesos,
la frente pequeña y la mirada parcial
con el miedo articulado en los huesos.
¿Miedo? ¿Miedo de qué? —pregunto al llanto vivo de la madre—.
Miedo a los hombres jóvenes y al ocio —respondo—.
Miedo a ese rincón pensativo .

El silencio de la funeraria es una confesión.
Algo pasa en la calle, dice, hambre, calor, sífilis.
¿Qué pasa?, pregunta una rosa a la otra rosa.
El ataúd es muy pequeño y Robert siempre fue el más alto
y las gentes ríen porque imaginan el cadáver doblado,
mutilado, sin zapatos.
Esa tarde el asesino despierta de una fiesta
y vomita la bilis desnuda con todo el corazón.

No es una visión. Escucho, imagino
estos sonidos antiguos.
¿O estoy vivo por mis pensamientos?

Mejor es recordar, creer y hablar contigo,
Robert, con tus ojos cerrados
esperando el milagro y te levantes.

¿Recuerdas la clase de anatomía en el liceo Agustín Codazzi?
El sapo, la cucaracha, la lombriz
y tú sentado a mi lado
haciendo la tarea de inglés
y el espacio de los verbos en blanco.
Aficionados y distraídos
nadie sabía cuándo terminaba el día
o era el fin, el futuro, las risas, los lunes.
Todos somos culpables de tu muerte, Robert.
Copiamos el peso atómico del cristal y el níquel
en la mano del abogado y el asesino.
Corruptos
nos llamó el profesor de química
y todavía reímos recordando aquellos días
bebiendo cerveza después del entierro
y la mirada fija en las caderas de Diana
y su falda cortica en la funeraria.
Demasiado jueves era el día.
La bala y la espera todavía te persiguen,
de madrugada,
a pie, del cine hasta tu casa.
La bala persigue al reloj de oro falso, cruel, impreciso,
burlón.
“Give me your hand”, dijo la bala al cráneo.
Robert, ¿El lenguaje existe en la muerte? ¿Ya hablas latín?
Postius eran vivus moriens tu a mor ero, decía Lutero
en el centro comercial, a esa hora,
cuando las piscinas de pelotas
están vivas como el hierro
y en la vitrina apagada de la perfumería
los rostros lentamente desaparecen
y allá viene la última escena de la película:
Un hombre juega con la nieve
dulce,
ilusionada
(¿Y si fuera culpa de la nieve?)
nublada, pesada,
roja de sudor mortal
en la memoria sin manos
frente al pizarrón y al sapo caliente.
Todos los días, sapos, cucarachas, lombrices
todos los días en las funerarias
en el cadáver que seremos
y untas de mantequilla el pan
en la cocina
siete pisos más arriba de la morgue o el hospital.

Al día siguiente, los bolsillos del pantalón de Robert florecen.
Su madre guarda el ticket de la entrada al cine
para siempre.
Es la vida sin el peso atómico del cristal y el níquel.


EL CADÁVER

El cadáver, pan sobrio, ácido
es un amasijo
caliente o frio, no importa,
todos los días el cuerpo pesa lo mismo.

El cadáver tiene el rostro del portugués de la esquina
o es la maestra, el recién nacido, el cínico,
el indiferente
o son carreras de caballo, 23 procesiones,
árboles del siglo diecinueve.

El cadáver es un campo de concentración al aire libre,
una juguetería abierta.
El cadáver es un pesebre sin luces, sin pastores, sin caminos.
El cadáver, rebaño y carnaval,
chistes sobre mujeres desnudas
en cuatro patas
húmedas a hospital y acaloradas
por el niño enredado en los pliegues de la madre
y el cadáver sonríe
en la funeraria
llorando y riendo
mareado por la luz y las sillas de plástico.

Cuerpo mío,
cemento vivo,
cemento porque el cementerio es todos los días.

Lanzan el niño al techo… “Si vuela es murciélago”.
Así termina el chiste.