(Una tumba en el aire) Paul Celan & Otros Poemas – de José Ramón Ripoll

Del libro inédito La lengua de los otros, Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2016, de próxima aparición en Visor

José Ramón Ripoll (Cádiz, España, 1952), escritor, musicólogo y periodista, es director, desde su fundación en 1991, de RevistAtlántica de poesía. Ha desempeñado una larga tarea de difusión cultural y musical a través de Radio Nacional de España y de otros medios de comunicación y educativos. Es autor de varios libros de poemas, entre los que destacan, El humo de los barcos (Visor, Madrid, 1984), Las sílabas ocultas (Renacimiento, Sevilla, 1991), Hoy es niebla (Visor, Madrid, 2002) y Piedra rota (Tusquets, Barcelona, 2013). Asimismo es autor de varias monografías y ensayos literarios y musicales. Recibió la Beca Fulbright para ampliar conocimientos en Estados Unidos, como miembro del International Writing Program de la Universidad de Iowa. Ha recibido, entre otros reconocimientos, los premios de poesía Rey Juan Carlos I, Guernica, Tiflos y el recientemente el Fundación Loewe.

(Una tumba en el aire)
Paul Celan

Una tumba en el aire para todos los nombres
que mueren al mentarlos,
al salir de la lengua ya sin vida:
nombres agonizantes que se arrastran
por la memoria como un cuerpo herido;
nombres que se resisten en su fuga de muerte
a la norma de una terca sintaxis,
al puñal de los significados
y al castigo de ser santo y señal
de un pensamiento ajeno.

Una tumba en el aire sin inscripción alguna:
todos los nombres juntos
bajo el silencio anónimo
de la fosa común.

Una tumba que encierra bajo el papel en blanco,
trazos de una escritura sin palabras ni forma,
residuos de una tinta equivocada,
el sordo eco de un habla tal vez inexistente
en el empeño vano de la perduración.

Allí, todos los nombres que sirvieron
para llamar al otro,
para evocar el espejismo
de la condescendencia y de la comprensión.

Allí, todos los verbos conjugables
que afluyen a la vida,
mutilados de su propia raíz,
cavando ya su oscuridad
en la noche más hueca.

Allí, la lengua maternal
ahogada en leche agria
se esparce por los signos yacentes
al son de un violín roto.

Bailamos en la tumba del aire
hasta desfallecer también con ellos.
Cavamos una tumba en el aire
con tu forma y la mía.

(Plegaria)

Guárdame de mentar esta palabra,
la que me aprehende,
la que vuela,
aquella que sostiene cuanto nombro
y al nombrarla se esfuma,
arde
y quiebra por dentro.

Revela oh santo que yo no,
evócala en tus labios solo ya,
dila sin miedo tú que creas,
antes de que yo nazca en este día,
antes de que la nada.

Hosanna en la materia
y en el hueco sombrío
donde me falta
esta palabra tuya
-hosanna, hosanna-,
esta palabra que era mía
antes de ser y de no ser,
esta palabra que has robado
y que te eleva, santo,
que te eleva
por encima del miedo,
más allá de la noche
y del insomnio.

(Luz sin mis ojos)

Luz sin mis ojos, dime cómo eres,
materia alada, incandescente pluma,
llama antes de la hoguera,
raíz del fuego,
escritura en el aire
que finges rotular esta mirada ciega
con el oro de un nombre
entre todos los nombres.

Luz sin mis ojos, ven,
ilumina la forma
que ha de tener mi cuerpo
más allá de la oscura
cavidad de la muerte,
más acá del principio de la vida;
alumbra ahora sin mí
la nebulosa senda de la equivocación
que habré de recorrer
en el vano deseo de retenerte,
de amasar el destello de tu propia conciencia,
de amalgamarme en tu naturaleza.

Luz sin mis ojos, dame
la posibilidad de semejanza
con tu lengua de fuego,
la cálida caricia de tu brillo
en esta extraña plenitud de la nada
desde la que te anhelo antes de todo.

(La palabra mohosa)

Muerdo la palabra mohosa,
la que hacia atrás me dice
y me consuela,
me reafirma en la nada,
y como un grano de sal en el desierto
funde el sol con el verbo
de no ser.

Llave guardada en el silencio
que abre el libro transcrito
de aquel gélido instante
en el que no,
todavía,
antes de ahora,
libro donde aprender solo mi nombre,
el que sostiene,
el que sustenta
el que refleja ayer quien he sido mañana.
Lamo su herrumbre e intuyo su secreto,
el que me siembra,
el que me vuela,
el que borra ese nombre hoy aprendido
para no ser jamás.
Siento su óxido en la sangre,
polvo de una escritura
diseminada por el tiempo,
una arcaica grafía que se cincela
en el friso del corazón.

Muerdo la palabra mohosa,
la que tal vez,
quizás,
puede que sea,
mañana por juzgar,
verdín,
vestigio ya de un por vivir,
la que esparce cenizas en mi lengua
como un bosque incendiado.

(La fuente)

Canta una fuente oculta entre los sueños
y su rumor me lleva hacia un tiempo sin límites,
sin pasado ni hoy,
sin noción del mañana.
Canta y entre su ritmo repetido
surge la infinitud
como un pájaro negro
sin alas ni conciencia,
atrapado en la jaula
de la imaginación.
En su insistencia el cántico
se hace lengua perpetua
de un cuerpo tembloroso
que se obstina en callar
y en no mentar las sílabas
que el agua configura en su fluir.
Cierro los ojos por miedo a descubrirla,
brotando de esa fuente
que me arrastra hacia una luz ignota,
que me convierte en líquido
sin ser en la materia,
que me hace ser murmullo
de su siempre,
fracción de su sonar.
Canta la fuente y canto en esta noche
precipitada y única,
forjada en el silencio,
en la feroz batalla del sueño y la vigilia,
en el dulce trenzado de la polifonía.

(La lengua de los otros)

Quiera la noche que este idioma
de herrumbres y murmullos cárdenos,
que en duermevela me musita
la canción de la noche,
no me abandone nunca,
ni me ofrezca desnudo a la otra lengua
bajo el pretexto de la vida.

Quiera el oscuro mar que guarde
en el acuoso intento de mi respiración
el arcaico compás de la tormenta
donde aún naufragan las palabras
que nunca se dirán.

Quiera el errante viento no otorgarles
la forma de otro cuerpo,
ni otra voz que me enuncie,
ni que me represente
más allá de la sombra de esta gruta
donde habito sin nombre,
sin causa y sin materia

Quiera el verbo del mundo ser el eco
de un perpetuo silencio que amalgame
el azar y el destino,
la reverberación de un filamento
que vibra en el olvido igual que en la memoria,
punzada monocorde
de un laúd que acompaña la canción de la noche
con la que me resisto a la otra lengua:
la lengua de los otros.
¿Bajo que estrella pudo
brotar esta palabra de la tierra encharcada?

¿Qué voluntad ajena participó en su empeño
de salir hacia afuera
y buscar luz?

¿Qué noche la envolvió bajo su oscuro hábito
cuando creyó ser libre
para significar,
para ser dicha,
para mentar el mundo?

¿Qué sordo diapasón templó sus sueños
de ser música pura
y volar siempre
hacia confines ignorados
y darles nombre?