Les poètes maudits: Le banni, de Marceline Desbordes-Valmore

¿Qué llevó a Paul Verlaine a elegir a Marceline Desbordes-Valmore para la segunda edición ampliada de Les Poètes maudits de 1888? “En cuanto a nosotros, tan curiosos sin embargo de versos buenos o bellos, la ignorábamos, contentándonos de la palabra de los maestros, cuando precisamente Arthur Rimbaud nos conoció y nos forzó a leer todo lo que pensábamos era un fárrago con bellezas adentro”, confesó el autor de Chanson d’automne en su presentación de la poetisa. Así, Desbordes-Valmore se sumó junto a Auguste de Villiers de L’Isle-Adam y el propio Verlaine (bajo el seudónimo Pauvre Lelian -Pobre Lelian-, un anagrama de su nombre) a los “malditos” iniciales: Rimbaud, Stéphane Mallarmé y Tristan Corbière.
Actriz, cantante, poeta, con todos los prejuicios que ello implicaba a principios del siglo XIX, Desbordes-Valmore (1786-1859) fue una mujer independiente y valiente para su época. Desde joven no dudó en seguir sus pasiones desde su Douai natal a Rouen, París, Bruselas, Lyon y París nuevamente, donde falleció. Su descomunal vida estuvo repleta de dramas, como la muerte prematura de cuatro de sus cinco hijos.
Su obra está compuesta por varios poemarios, cuentos para niños y una novela autobiográfica. Le banni, cuya traducción presentamos aquí, apareció en un volumen de poemas inéditos publicado en Ginebra justo después de su muerte.

El desterrado

El atardecer doraba los techos,
Niños dichosos en el polvo jugaban,
Y en una iglesia donde tañía el rezo,
La brisa, a lo lejos, el canto final llevaba.

En el camino para todos espléndido y libre,
un hombre solo erraba lívido y triste:
este hombre extraño sufría para partir,
y sufría para vivir… y quizás para morir.
Su ojo maldito lanzaba una feroz lava,
ardientes suspiros abrían su boca sin calma.
“¿Qué le ocurre?”, hubiese gritado alguien, osando.
Pero él temía a la caridad de tantos.
De tantos… ¡Oh! No, pocos miraban esta alma
pasar arrastrando su tormentosa llama,
como queriendo entre la tierra y el cielo
parecida al relámpago deslizarse en secreto.
La tierra es extensa para toda alma desterrada,
que de valle en valle a su nombre escapa.

Todo en su cuerpo con jirones se sostiene,
Si va a sentarse, a las tumbas él viene.
¿Qué ha hecho entonces? ¿Qué sabemos?… ¡Qué importa!
Su severo país que la puerta le entorna,
¿lo sabe mejor? Hoy lo más seguro es
rezar por su juez y por él.
Dios los espera y los dos son hermanos,
Dios tiene la llave de terribles arcanos.
Su ley no es el eterno rigor:
Dios hizo el amor, el hombre ha cometido el error.

Habiendo atravesado el cruce de caminos que grita,
una humilde voz dice, o más bien suplica:
“Dé una limosna por mi destino malogrado,
y en sus males será consolado.
Verá la hora en su dulce claridad:
¡Con toda dicha, por desgracia! ¡Es la inicial!
¡Vea, vea! ¡Y que Dios en sus pasos
siembre los bienes que no vislumbramos!”

Y el hombre extraño se estremeció en la sombra,
y el agua divina humedeció su ojo sin forma.
Esta agua del corazón que lava la culpa
ha alzado su cuerpo como una lluvia.
¡Ha dado! Ese pobre ha ofrecido una limosna,
y el otro pobre ha bendecido a quien lo honra.
Y viéndolo, al sonido de esta voz,
ha creído recuperar su libertad anterior.
Recorrido entero por esta voz bendita
juraría que su pena está extinta.
¡Por una lágrima, por desgracia! ¡Por un grano de oro,
Dios permite que lo saluden todos!

“La voz”, dice, “como mi madre habla”.
“Por mí ella ha vencido la muerte amarga.
Y conmovido como un pequeño niño
al viejo desterrado en el asfixiante exilio.
¡Gracias, madre!”. Y se duerme el expulsado
bajo el nombre puro que sana sus labios.

¡Oh, anciana madre! ¡Dádiva del amor!
¡Aquí está tu hijo, dulce, como al primer albor!

Le banni

Les toits étaient dorés par le couchant ;
D’heureux enfants jouaient dans la poussière,
Et d’une église où tintait la prière,
La brise, au loin, portait le dernier chant.

Sur le chemin à tous libre et splendide,
Un homme seul errait triste et livide :
Cet homme étrange avait peine à courir,
Et peine à vivre…. et peut-être à mourir.
Son œil voilé jetait un feu farouche ;
D’ardents soupirs par force ouvraient sa bouche ;
Quelqu’un, l’osant, eût crié : « Qu’avez-vous ? »
Mais il craignait la charité de tous.
De tous…. oh ! non, peu regardaient cette âme
Passer traînant son orageuse flamme,
Comme voulant entre le sol et l’air
Glisser furtive et pareille à l’éclair.
La terre est longue à toute âme exilée,
Fuyant son nom de vallée en vallée.

Rien sur son corps ne tient que par lambeaux
S’il va s’asseoir c’est auprès des tombeaux.
Qu’a-t-il donc fait ? Qu’en a-t-on su ?… Qu’importe !…
Son dur pays qui lui ferme la porte
Le sait-il mieux ? Le plus sûr aujourd’hui,
C’est de prier pour son juge et pour lui.
Dieu les attend et tous les deux sont frères,
Dieu tient la clé de terribles mystères.
Sa loi n’est pas l’éternelle rigueur :
Dieu fit l’amour, l’homme en a fait l’erreur.

Ayant franchi le carrefour qui crie,
Une humble voix a dit : « Je vous en prie !
« Faites l’aumône à mon destin voilé,
« Et dans vos maux vous serez consolé.
« Vous verrez l’heure à sa douce lumière :
« De toute joie, hélas ! c’est la première !
« Voyez ! voyez ! et que Dieu sur vos pas
« Sème les biens que nous ne voyons pas ! »

Et l’homme étrange a tressailli dans l’ombre ;
Et l’eau divine a mouillé son œil sombre,
Cette eau du cœur qui lave le remords
Comme une pluie a relevé son corps.
Il a donné ! Ce pauvre a fait l’aumône ;
Et l’autre pauvre a béni qui lui donne ;
Et le voyant, au son de cette voix,
A cru rentrer dans son libre autrefois.
Tout parcouru par cette voix bénie
Il jurerait que sa peine est finie.
Pour une larme, hélas ! pour un grain d’or,
Dieu permet donc qu’on le salue encor !

« La voix, dit-il, parle comme ma mère !
Elle a rompu pour moi la mort amère.
Et remué comme un petit enfant
Le vieux banni dans l’exil étouffant.
Merci ma mère ! » Et le banni se couche
Sous le nom pur qui rassainit sa bouche.

Ô vieille mère ! aumône de l’amour !
Voilà ton fils doux comme au premier jour !

Poésies inédites de Madame Desbordes-Valmore, publiées par M. Gustave Revilliod, Imprimerie de Jules Fick, 1860, Ginebra.
Paul Verlaine, Les Poètes maudits, Léon Vanier Éditeur, 1888, París.
Traducción ©Mariano Rolando Andrade para Buenos Aires Poetry, 2017.