Después de su muerte – de Ignacio Di Tullio

Ignacio Di Tullio nació en Buenos Aires en 1982. Publicó el libro de ensayos breves La música sin nombre (Uruguay, Trópico Sur Ediciones, 2013) y Famiglia (Ediciones del Dock, 2016). Junto con Inés Garland, tradujo la antología La materia de este mundo (Gog&Magog, 2016) de la poeta norteamericana Sharon Olds. Creó y coordinó durante dos años el ciclo de lecturas “Poesía a la Parrilla” y “La poesía era un bello país” (junto con la poeta Mercedes Álvarez). Conduce semanalmente “Blues Café”, programa de radio sobre música y literatura. Es profesor universitario y dicta talleres de escritura creativa.

de la serie “Altrui” (Famiglia, Ediciones del Dock, 2016)

Después de su muerte

Después de su muerte, durante semanas
nadie se atrevió a entrar a la casa
y los remedios pasaron largas horas
apilados sobre la mesa.

Alguien tenía que volver
abrir puertas y ventanas
mi padre no pudo enfrentarlo
y cuando con mi hermano volvimos
para limpiar la heladera y donar su ropa
vimos la cama deshecha
como si recién hubiese bajado
a preparar el desayuno.

Solo el olor del café negro nos despabilaba
cuando nos quedábamos en las camas
de la planta alta.

Hicimos un simulacro de aquella rutina
y al bajar nos encontramos
con el espectro de una gran boya
sentada en la cabecera de la mesa
esperándonos con una sonrisa
en el recuerdo de sus ojos.

Antes de que mis hermanos y mi padre
pintaran los pisos, cambiaran los muebles
y transformaran su casa en una oficina
desarmé la pila de los que habían sido
sus remedios

leí el nombre de una droga que no pude pronunciar
y de una caja limpié el polvo que se acumula
cuando las personas faltan a las cosas.

de la serie “Babbo” (Famiglia, Ediciones del Dock, 2016)

El becerro

A una obra en construcción
del primer cordón del conurbano
invitados por el rufián del barrio
llegamos una noche para perder la virginidad.

Tendríamos doce años
éramos nueve
estábamos sucios
habíamos ahorrado durante meses.

Esquivamos pozos y tirantes
hasta llegar a la habitación sin revoque
donde hicimos fila detrás de la hembra
que nos soportaría a todos.

En una cama improvisada en la tierra
iluminada por la luna
nos esperaba desnuda
con una palangana
de agua y jabón
entre las piernas.

Ante la mirada del resto fuimos pasando
de a uno.

Cuando se hubo lavado del cuerpo
los últimos sudores
quedamos frente al silencio de una estafa.
Los adoradores del falso ídolo de la carne
habíamos ido a vaciarnos

todavía no sabemos de qué.