F. R. Leavis: The Great Tradition (V)

Capitulo V

Tiempos Difíciles (Una nota analítica)
en F. R. Leavis: The Great Tradition, Penguin, Harmondsworth, (1948) 1972.

Tiempos Difíciles no es una obra complicada; su intención y naturaleza son bastante obvias. Entonces, si es la obra maestra que yo considero que es, ¿por qué no ha tenido reconocimiento general? A juzgar por la historia crítica, no ha tenido ninguno. Si existe en alguna parte una apreciación, o tan siquiera una referencia celebratoria, no he acertado a verlas. En los libros y ensayos sobre Dickens, hasta donde yo los conozco, se la pasa por alto como a un objeto muy inferior; demasiado pequeña e insignificante como para desviarnos por más de una o dos oraciones de las obras que merecen atención crítica. Sin embargo, si estoy en lo cierto, de todas las obras de Dickens es la que tiene toda la fuerza de su genio, junto con una fuerza que ninguna de las demás puede mostrar: la de una obra de arte completamente seria.

Me parece que la respuesta al interrogante planteado atañe al enfoque tradicional de la “novela inglesa”. A pesar de la tendencia más sofisticada de la crítica de las dos últimas décadas, ese enfoque aún prevalece, en todo caso en la apreciación de los novelistas victorianos. La tarea del novelista, se deduce, es “crear un mundo”, y la marca del maestro es la abundancia externa; él nos da mucha “vida”. La prueba de la vida de sus personajes (debe sobre todo crear personajes “vivientes”) es que ellos continúan viviendo fuera del libro. Expectativas tan poco exigentes como estas, cuando encuentran significado, no lo agradecen, y cuando este se presenta de esa forma insistente donde nada es tan atractivo como “la vida”, a menos que su importancia sea completamente entendida, lo pierden por entero. Este es el único modo en que puedo explicar el descuido padecido por Los Europeos de Henry James, que puede clasificarse junto a Tiempos Difíciles como una fábula moral, aunque se podría haber supuesto que James disfrutaría la ventaja de que se le aproximaran con expectativas de sutileza y una relevancia atentamente calculada. Sin embargo, la moda no ha recomendado su primera obra, y esta (cualquiera sea la apreciación de que pueda gozar Los Embajadores) aún padece la expectativa predominante de “vida” redundante e impertinente.

A modo de definición de la fábula moral sólo necesito decir que en ella la intención es particularmente insistente, de modo que la significación representativa de todos los elementos en la fábula -personajes, episodios y así sucesivamente- es inmediatamente obvia a medida que leemos. La intención podría parecer lo suficientemente insistente en el comienzo de Tiempos Difíciles, en esa escena en la escuela del Sr. Gradgrind. Sin embargo, la intención es con frecuencia muy insistente en Dickens, sin que esté integrada en ninguna significación inclusiva que informe y organice un todo coherente; y, por falta de cualquier expectativa de un todo organizado, indudablemente se ha supuesto que en Tiempos Difíciles la ironía satírica de los dos primeros capítulos se agrupa simplemente, según el vasto y genial estilo de Dickens, con el melodrama, el pathos y el humor, y que estos ingredientes se nos dan más abundante y exuberantemente en otra parte. En realidad, la vitalidad dickensiana está allí, en sus diversas formas características, que tienen más fuerza porque están libres de redundancia: la exuberancia creativa está controlada por una profunda inspiración.

La inspiración es lo que se nos da en la severa concisión del título, Tiempos Difíciles. Por lo general las críticas de Dickens sobre el mundo en que vive son casuales e incidentales, una cuestión de incluir entre los ingredientes de un libro algún tratamiento indignado de un abuso particular. Pero en Tiempos Difíciles está por una vez poseído por una visión abarcadora, una visión en la que las inhumanidades de la civilización victoriana se ven como fomentadas y autorizadas por una filosofía rígida, la formulación agresiva de un espíritu inhumano. La filosofía es representada por Tomás Gradgrind, Caballero, Miembro del Parlamento de Coketown, que ha educado a sus hijos conforme al experimento que John Stuart Mill documentó como realizado en sí mismo. Lo que Gradgrind representa es, aunque repelente, con todo respetable; su Utilitarismo es una teoría sinceramente sostenida y hay desinterés intelectual en su aplicación. pero Gradgrind casa a su hija mayor con Josías Bounderby, “banquero, comerciante, fabricante”, en torno a quien no hay ningún desinterés sea el que fuere, ni nada para respetar. Bounderby es el “tosco individualismo” victoriano en su forma más crasa e intransigente. Preocupado sólo por la autoafirmación y el poder, y el éxito material, no tiene ningún interés en los ideales o las ideas -excepto la idea de ser el hombre que se ha levantado completamente por sus propios esfuerzos (ya que, a pesar de toda su jactancia, en realidad no es ese tipo de hombre). Dickens aquí hace una observación justa acerca de las afinidades y la tendencia práctica del Utilitarismo, del mismo modo en que, en su presentación del hogar de los Gradgrind y de la escuela elemental de los Gradgrind, la hace acerca del espíritu utilitarista en la educación victoriana. Todo esto es lo suficientemente obvio. Pero el arte de Dickens, en tanto sigue siendo el del gran animador popular, posee en Tiempos Difíciles, a medida que da su detallada visión crítica, una resistencia, una flexibilidad combinada con consistencia, y una profundidad por las que él parece haber tenido poco crédito. Considérese la escena inicial en el aula:

Niña número veinte”, dijo el Sr. Gradgrind, apuntando rígidamente con su rígido índice. “No conozco a esa niña. ¿Quién es esa niña?” Ceci Jupe, señor”, explicó la niña número veinte, ruborizándose, poniéndose de  pie, y haciendo una reverencia.  Ceci no es ningún nombre”, exclamó el Sr. Gradgrind. “No digas a nadie que te llamas Ceci. Dí que te llamas Cecilia.” Es mi padre quien me llama Ceci, señor”, replicó la joven con voz temblorosa, y con otra reverencia. No tiene porqué llamarte así”, dijo el Sr. Gradgrind.” Dile que no debe llamarte así. Cecilia Jupe. Déjame ver. ¿Qué es tu padre?” Se dedica a la equitación, con su permiso, señor.” El Sr. Gradgrind frunció el ceño e hizo ademán de rechazar con la mano aquella  censurable profesión. No queremos saber nada de eso aquí. No debes hablarnos de eso aquí. Tu padre doma caballos, ¿no es eso?” Si me permite, señor, cuando consiguen alguno para domar, sí doman caballos en la arena, señor.” No debes hablarnos de la arena aquí. Muy bien, entonces. Describe a tu padre  como un domador de caballos. Cura caballos enfermos, me atrevo a decir.” ¡Oh, sí señor!” Muy bien, entonces. Es un médico veterinario, un herrero y un domador de caballos. Dame tu definición de un caballo.” (Ceci Jupe arrojada al mayor estado de alarma ante esta exigencia.) ¡La niña número veinte incapaz de definir un caballo!” dijo el Sr. Gradgrind, para beneficio general de todos los pequeños recipientes. “¡La niña número veinte desprovista de hechos con referencia a uno de los animales más comunes! Algún niño que defina un caballo. Bitzer, tú.” … Cuadrúpedo. Graminívoro. Cuarenta dientes, a saber, veinticuatro molares, cuatro  caninos, y doce incisivos. Cambia el pelo en la primavera; en tierras pantanosas, cambia los cascos también. Cascos duros, pero que necesitan ser herrados con tal. Edad conocida mediante las marcas en la boca.” Eso (y mucho más) Bitzer.

El mismo Lawrence, al protestar contra las tendencias nocivas en educación, nunca demostró la cuestión más eficazmente. Ceci ha sido educada entre caballos, y entre personas cuya subsistencia depende de su conocimiento de los caballos pero “no queremos saber nada de eso aquí”. Un conocimiento así no es un conocimiento real. Bitzer, el alumno modelo, al oprimirse el botón, con prontitud vomita la definición genuina, “Cuadrúpedo. Graminívoro”,etc., y “Ahora, niña número veinte, sabes lo que es un caballo”. La ironía, lo bastante mordaz localmente, está ricamente desarrollada en la acción subsiguiente. La idoneidad de Bitzer tiene su propio comentario evaluativo en su carrera. Por el contrario, la incapacidad de Ceci para adquirir este tipo de “hechos” o fórmulas, su falta de aptitud para la educación, se nos manifiestan como parte inseparable de su suprema e irrevocable humanidad: es la virtud que hace imposible que ella comprenda, o se conforme con, un ethos para el cual ella es “la niña número veinte”, o que piensa en cualquier otro ser humano como en una unidad aritmética.

Este tipo de método irónico parecería someter al autor a clases muy limitadas de efecto. Sin embargo, es tal la flexibilidad del arte de Dickens en Tiempos Difíciles, que dicho método se asocia bastante congruentemente con otros muy diferentes; y presta su cooperación a un todo verdaderamente dramático y profundamente poético. Ceci Jupe, a quien se podría tomar aquí por una “persona” meramente convencional, en realidad ha sido ya consagrada a un papel poderosamente simbólico: es parte de la acción poéticamente creadora del genio de Dickens en Tiempos Difíciles. Aquí hay un pasaje que omití del extracto citado:

El dedo rígido, moviéndose aquí y allí, se posó repentinamente sobre Bitzer, quizás porque por azar estaba sentado en el mismo rayo de sol que, precipitándose por una de las desnudas ventanas de la habitación intensamente blanqueada, iluminaba a Ceci. Porque los niños y las niñas se sentaban frente a un plano inclinado en dos cuerpos compactos, divididos en el centro por un angosto intervalo; y a Ceci, que estaba en la esquina de una hilera en el lado soleado, le tocó el comienzo de un rayo,del cual Bitzer, que estaba en la esquina de una hilera en el otro lado, unas pocas filas más adelante, atrapó el final. Pero, en tanto que la niña tenía ojos y cabellos tan oscuros que parecía recibir un color más profundo y lustroso del sol cuando brillaba sobre ella, el niño tenía ojos y cabellos tan claros que los mismos rayos parecían extraer de él el poco color que poseyera alguna vez. Sus fríos ojos apenas hubieran sido ojos, a no ser por las cortas puntas de las pestañas que, al ponerlos en contraste inmediato con  algo más pálido que ellos mismos, manifestaban su forma. Su cabello cortado al ras podría haber sido una simple continuación de las pecas color arena de su frente  y rostro. Su piel era tan enfermizamente escasa de matiz natural, que parecía como si, en caso de lastimarse, fuera a sangrar blanco”.

No hay necesidad de insistir en la fuerza -representativa del arte de Dickens en general en Tiempos Difíciles– con que las diferencias morales y espirituales se expresan aquí en términos de sensaciones, de modo que la intención simbólica emerge de la metáfora y la evocación vívida de lo concreto. Quizás lo que pueda enfatizarse es que ceci representa tanto la vitalidad como la bondad. De hecho, ambas se ven como una sola cosa; ella es la vida generosa e impulsiva, que encuentra la realización de sí misma en el olvido de sí misma, todo lo que es la antítesis del egoísmo calculador. Hay una sugerencia esencialmente lawrenciana acerca del modo en que la niña “de ojos y cabellos oscuros”, en contraste con Bitzer, parecía recibir “un color más profundo y lustroso del sol”, oponiendo así la vida que se vive al aire libre y ricamente desde las profundas fuentes instintivas y emocionales al producto débil y cuasi-mecánico de una trituradora.1

La significación simbólica de Ceci se vincula con la doma de caballos de Sleary, donde la bondad humana se asocia muy insistentemente con la vitalidad.

El modo en que la equitación asume su significación ilustra bellamente la naturaleza poético-dramática del arte de Dickens. Desde el aula utilitarista, el Sr. Gradgrind camina hacia su residencia utilitarista, Stone Lodge (casa de piedra) que, por el modo en que Dickens la evoca, ilustra concretamente el régimen modelo que para los pequeños Gradgrind (entre quienes figuran Malthus y Adam Smith) es una prisión ineludible. pero antes de llegar allí, pasa por la parte posterior de una carpa de circo, y se detiene ante dos evidentes transgresores. Al mirar más atentamente, “¡qué vio sino a su propia metalúrgica Luisa espiando a través de un orificio en un tablón, y a su propio matemático Tomás humillado sobre la tierra para alcanzar a ver apenas un casco del gracioso acto ecuestre de la Flor Tirolesa!”. El capítulo se llama “La abertura” (The Loophole), y Tomás “se rindió para ser llevado a casa como una máquina”.

Al representar la espontaneidad humana, los atletas del circo representan al mismo tiempo habilidades y destrezas sumamente desarrolladas del tipo de las que proporcionan serenidad, orgullo, y tranquilidad confiada -se muestran siempre animados y semejantes a bailarines de ballet en los ensayos:

Había dos o tres lindas jóvenes entre ellos, con dos o tres maridos, y sus dos o tres madres, y sus ocho o nueve niños, que representaban a las hadas cuando hacía falta. El padre de una de las familias tenía por costumbre balancear al padre de otra de las familias en la punta de un gran poste; el padre de la tercera familia a menudo hacía una pirámide con estos dos padres, con el Maestro Kidderminster como vértice, y él mismo como base; todos los padres podían bailar sobre toneles rodantes, pararse  sobre botellas, atrapar puñales y pelotas, hacer girar palanganas, montar sobre cualquier cosa y no detenerse ante nada. Todas las madres podían (y lo hacían) bailar sobre la cuerda floja, y ejecutar actos veloces sobre caballos sin silla; ninguna de ellas tenía ningún escrúpulo en mostrar sus piernas; y una de ellas, sola en un carro griego, entraba a cada ciudad a la que llegaban conduciendo a seis caballos con una mano. Todos asumían ser sumamente elegantes y diestros, no eran muy prolijos en sus vestimentas personales, no eran para nada ordenados en sus asuntos domésticos, y la literatura combinada de toda la compañía apenas habría producido una carta sobre cualquier tema. Sin embargo, había una dulzura y una puerilidad notables en estas personas, una  incapacidad para todo tipo de maniobra astuta, y una disposición incansable para ayu-darse y compadecerse mutuamente, que a menudo merecían tanto respeto, y siempre tanto aprecio generoso, como las virtudes normales de cualquier clase social en el mundo.”

Sus habilidades no tienen ningún valor para el cálculo utilitarista, pero expresan el impulso humano vital, y atienden a las necesidades humanas vitales. La equitación, desaprobada por Gradgrind por frívola e inútil y malignamente despreciada por Bounderby, proporciona a los brazos máquinas de Coketown (cuya fealdad que ahoga el espíritu es obsesivamente evocada) aquello de lo que están hambrientos. Les proporciona no simplemente entretenimiento sino arte, y el espectáculo de una actividad triunfante que, en tanto que parece contener su fin en sí misma está, en su fácil dominio, gozosamente justificada. Al investir a un circo ambulante de este tipo de valor simbólico Dickens expresa una reacción más profunda hacia el industrialismo de lo que podría haberse esperado de él. No es sólo placer y distracción lo que necesitan los habitantes de Coketown; él siente la terrible relajación de la vida que persistiría aún si se les hubiera de dar una semana de trabajo de cuarenta y cuatro horas, comodidad, seguridad y diversión. Recordamos un pasaje característico de D. H. Lawrence.

El automóvil trepó la colina abriéndose paso a través del largo y escuálido rodeo de Tevershall, con las viviendas de ladrillos ennegrecidos, los techos de pizarra negra que hacían brillar sus bordes agudos, el lodo negro con polvo de hulla, y las calles húmedas y negras. Era como si la lobreguez lo hubiera empapado todo. La negación total de la belleza natural, la negación total de la alegría de vivir, la ausencia total del instinto por la belleza bien formada que toda ave y bestia poseen, la muerte total de la facultad humana intuitiva eran aterradores. Las pilas de jabón en los almacenes, el ruibarbo y los limones en las verdulerías, los horribles sombreros en  las sombrererías, todo pasaba feo, feo, feo, seguido por el horror de yeso y oropel  del cine con sus húmedos anuncios de una película, ‘El amor de una mujer’, y la nueva gran capilla primitiva, lo bastante primitiva con sus ladrillos rígidos y sus grandes cristales verdosos y frambuesa en las ventanas. La wesleyana, más arriba, era de ladrillo ennegrecido y se levantaba detrás de barandas de acero y arbustos ennegrecidos. La capilla congregacionalista, que se consideraba superior, estaba construida en arenisca rústica y tenía una torre, pero no muy alta. Precisamente detrás estaban las construcciones de la nueva escuela, de costoso ladrillo rosado, y un patio empedrado encerrado por barandas de acero, todo muy imponente, de modo que  combinaba la sugerencia de una capilla y una prisión. Las niñas del quinto curso tenían una lección de canto, y precisamente estaban terminando los ejercicios la-mi-do-la y comenzando una “canción para niños dulces”. Algo más diferente a una canción, a una canción espontánea, sería imposible de imaginar: un extraño alarido chillón siguió a los esbozos de una melodía. No era como los animales: los animales quieren decir algo cuando gritan. No se parecía a nada en absoluto. Y se llamaba canto. Connie se sentó y escuchó con el alma en un hilo, mientras Field cargaba gasolina. ¿En qué podrían convertirse estas personas, personas en quienes la facultad intuitiva viviente estaba muerta, y en quienes sólo quedaban extraños alaridos mecánicos y una misteriosa fuerza de voluntad?.”

Dickens no podía haberlo puesto en esos mismos términos, pero el modo en que su visión de los jinetes insiste sobre su graciosa vitalidad implica esa reacción.

Aquí puede anticiparse una objeción, como un modo de plantear una cuestión. Coketown, como Gradgrind y Bounderby, es lo bastante real; pero no puede discutirse que la equitación es real en el mismo sentido. Hubiera habido cierta habilidad atlética y quizás cierta gracia física entre los miembros de un circo victoriano ambulante, pero ¿seguro que tanta sordidez, tosquedad, y vulgaridad como para encontrar el simbolismo de Dickens sentimentalmente falso? Y “había una dulzura y un infantilismo notables en estas personas, una incapacidad especial para todo tipo de maniobra astuta”, eso, ciertamente, ¿acaso eso es ser ridículamente sentimental?.

Si Dickens, empeñado en un efecto emocional, o embriagado de entusiasmo moral se hubiera estado engañando a sí mismo (no hubiera podido ser inocentemente) acerca de la naturaleza de la realidad, entonces hubiera sido acertada. Pero la equitación no presenta un caso así. Las virtudes y cualidades que Dickens aprecia realmente existen, y es necesario para su crítica del utilitarismo y el industrialismo, y para (lo que es igual) su propósito creativo, que las evoque vívidamente. A mi juicio, no puede acusarse honradamente al libro de dar una representación engañosa de la naturaleza humana. Y evidentemente no sería una crítica inteligente sugerir que Tiempos Difíciles podría engañar a alguien acerca de la naturaleza de los circos. La pregunta crítica es simplemente una de tacto: ¿estuvo acertado Dickens al tratar de hacer eso -que de algún modo tenía que hacerse- con un circo ambulante?

O, más bien, la pregunta es: ¿a través de qué medios ha tenido éxito?. Porque el éxito es completo. Está condicionado en parte por el hecho de que, desde los capítulos iniciales hemos sido sintonizados para la recepción de un arte sumamente convencional, aunque es una sintonización que no tiene ningún efecto mezquinamente restrictivo. Describir por completo los medios a través de los cuales se establece esta correspondencia conduciría una gran parte del análisis mediante “crítica práctica” -análisis que revelaría una extraordinaria flexibilidad en el arte de Tiempos Difíciles. Esto puede verse muy obviamente en el diálogo. Algunos pasajes podrían provenir de una novela común. Otros poseen la agudeza irónica de la escena del aula en forma tan insistente que podríamos estar leyendo una obra tan estilizada como la comedia jonsoniana: el cambio de palabras final de Gradgrind con Bitzer (citado más adelante) es un ejemplo supremo. Otros son hasta “literarios”, como la conversación entre Gradgrind y Luisa luego de la huida de ella al hogar en busca de amparo a causa de las atenciones del Sr. James Harthouse.

A la pregunta de cómo se logra la reconciliación -hay mucha más diversidad en Tiempos Difíciles que lo que sugieren estas referencias al diálogo- la respuesta puede darse señalando la asombrosa e irresistible riqueza de vida que caracteriza al libro en todas partes. Se nos presenta en todas partes, sin esfuerzo y natural, en la prosa. De una prosa semejante puede surgir armónicamente una gran variedad de representaciones con la misma vivacidad. Allí están, incuestionablemente “reales”. Esto se remonta a una extraordinaria energía de percepción y registro en Dickens. “Cuando la gente dice que Dickens exagera”, sostiene Santayana, “me parece que no pueden tener ni ojos ni oídos. Probablemente sólo tienen nociones de lo que son las cosas y la gente; las aceptan convencionalmente, por su valor diplomático.” Decididos a medida que leemos a un implícito reconocimiento de esta verdad, no aplicamos fácil y confiadamente ningún criterio que supongamos poseer para distinguir las diferencias de relación entre lo que Dickens nos da y una “realidad” normal. Su flexibilidad es la de un arte de la palabra ricamente poético. Él no escribe “prosa poética”; escribe con una fuerza de evocación poética, registrando con la receptividad de un genio de la expresión verbal lo que tan agudamente ve y siente. En realidad, por la textura, el estilo imaginativo, el método simbólico, y la concentración resultante, Tiempos Difíciles nos impresiona como una obra de las formalmente poéticas.

Sin embargo, hay más que decir acerca del éxito que acompaña la intención simbólica de Dickens en su tratamiento de la equitación; hay una cualidad esencial de su genio que debe destacase. No hay ningún Hamlet en él, y es bastante diferente del Sr. Eliot.

Los basureros de ojos rojos se arrastran

Desde Kentish Town y Golders Green

No hay nada de eso en la reacción de Dickens hacia la vida. Observa con placer la humanidad del género humano según se exhibe en la escena urbana (y suburbana). Cuando ve, como ve con tanta prontitud, las manifestaciones comunes de la bondad humana, y las virtudes esenciales que se imponen en medio de la fealdad, la suciedad y la vulgaridad, su respuesta cálidamente simpática no tiene que superar ningún disgusto. Por ejemplo, no hay ninguna insinuación de retraerse (o de que se intenta mantener distancia) con respecto al endeble Sr. Sleary, siempre propenso al juego y empapado en brandy, a quien con todo éxito se lo hace representar para nosotros a un positivo y humanitario anti-utilitarista. Esto no es sentimentalismo en Dickens, sino genio, y un genio que debería encontrarse particularmente digno de atención en una época en la que, como dice D.H.Lawrence (según recuerdo, con Wyndham Lewis inmediatamente en vista), la reacción insuperable y final tiende a ser “¡Mi Dios, apestan!”.

Dickens, como todos saben, es muy capaz de sentimentalismo. Lo tenemos en Tiempos Difíciles (aunque no con un efecto seriamente perjudicial) en Esteban Blackpool, el bondadoso y sacrificado trabajador, de quien se espera que encontremos una perfecta paciencia ante el castigo extremadamente edificante e irresistiblemente conmovedor a medida que se acumulan las agonías para su martirio. Pero Ceci Jupe es otro asunto. Una descripción general de su parte en la fábula podría sugerir lo peor, pero en realidad no tiene nada en común con la Pequeña Nell: ella participa de la fuerza de la equitación. Es completamente convincente en la función que Dickens le asigna. La obra de su influencia en el hogar utilitarista es descripta con delicado tacto, y realmente sentimos a Ceci como una fuerza creciente, Dickens puede incluso, con éxito total, darle la escena para un victorioso tête-a-tête con el bien educado y lánguido elegante, el Sr. James Harthouse, cuando ella le dice que su deber es marcharse de Coketown y dejar de molestar a Luisa con sus atenciones:

Ella no le temía, ni estaba en modo alguno desconcertada; parecía tener su mente  enteramente preocupada por el motivo de su visita, y ello le impedía pensar en sí  misma.”

La tranquila victoria de la bondad desinteresada es completamente convincente.

Al comienzo del libro Ceci establece la diferencia esencial entre Gradgrind y Bounderby. Gradgrind, al llevarla a su casa, por muy rudamente que lo haga, se muestra capaz de sentimientos humanitarios, no importa cuán ocultos estén. Se nos hacen presentes, en la escena previa en al aula, las afinidades jonsonianas del arte de Dickens, y Bounderby resulta ser coherentemente un personaje jonsoniano en el sentido de que es incapaz de cambio. Persiste en su personalidad de jactancioso egoísta y bravucón hasta el colapso de su matrimonio.

En contestación a eso, quiero daros a entender que existe indiscutiblemente una incompatibilidad de primera magnitud -que se puede resumir en esto: en que vuestra hija no conoce debidamente los méritos de su esposo, y en que no se halla poseída, como debiera, del honor que para ella supone un matrimonio como este. Eso es hablar claro, espero.”

Permanece coherente a la manera jonsoniana en su último testamento, y muerto. Pero Gradgrind, en la naturaleza de la fábula, tiene que experimentar la refutación de su filosofía, y ser capaz del cambio que implica admitir que la vida le ha demostrado que estaba equivocado. (El arte de Dickens en Tiempos Difíciles difiere del de Ben Jonson no por ser inconsistente, sino por ser mucho más flexible e inclusivo -un aspecto que parece digno de probarse porque la relación entre Dickens y Jonson ha sido destacada recientemente, y he sabido que se han sacado conclusiones injustas de la comparación, notablemente con respecto a Tiempos Difíciles).

La refutación del utilitarismo por la vida es conducida con gran sutileza. Que las condiciones para ella están allí en el Sr. Gradgrind, él lo descubre mediante su bondad inicial hacia Ceci, lo bastante reacia, pero adecuadamente censurada por Bounderby. “El Sr. Gradgrind,” se nos informa, “aunque bastante inflexible, no era de ningún modo un hombre tan duro como el Sr. Bounderby. Su temperamento no era hiriente, considerando los hechos, en realidad, podría haber sido bondadoso si solamente hubiera cometido algún error en la aritmética que lo equilibrara años atrás.” La inadecuación del cálculo está brillantemente expuesta cuando se refiere al problema del matrimonio en la consumada escena con su hija mayor:

Él esperaba, como si le hubiese agradado que ella dijese algo. Pero ella no dijo una palabra. Luisa, querida mía, me ha sido hecha, con relación a tu persona, una proposición de casamiento.’ Nuevamente esperó, y nuevamente ella no respondió ni una palabra. Esto lo  sorprendió tanto, que lo indujo a repetir gentilmente, ‘una proposición de casamiento, mi querida.’ A lo que ella contestó sin ninguna emoción visible: Te escucho, padre. Estoy atendiendo, te aseguro.’ ¡Bien!, dijo el Sr. Gradgrind, iniciando una sonrisa, después de estar perplejo por un  momento, ‘eres aún menos vehemente de lo que esperaba, Luisa. ¿O quizás no estás desprevenida para el anuncio que estoy encargado de hacerte?’ No puedo decirlo, padre, hasta que lo escuche. Prevenida o no, quisiera oírlo todo de tí. Deseo que tú mismo me lo plantees, padre.’ Aunque parezca extraño, el Sr. Gradgrind no estaba tan sereno como su hija en ese momento. Tomó un cortapapeles en su mano, lo dio vuelta, lo colocó otra vez sobre  a mesa, lo agarró de nuevo, e incluso entonces tuvo que mirar la hoja del mango a  la punta, pensando en la manera de seguir adelante. Lo que dices, mi querida Luisa, es perfectamente razonable. Me he comprometido,  entonces, a hacerte saber que -en una palabra, que el Sr. Bounderby…’”

Su perplejidad -según su propia confesión- es causada por la racionalidad perfecta con que ella recibe su proposición. Él se desorienta aún más cuando, con una naturalidad completamente desapasionada que hace justicia a su régimen, ella le da la oportunidad de manifestar en términos concisos precisamente lo que el matrimonio debería significar para el joven Houyhnhnm:

Silencio entre ellos. El reloj mortalmente estadístico sonaba muy a hueco. El humo  distante era muy negro y denso. Padre’, dijo Luisa, ‘¿crees que yo amo al Sr. Bounderby?’ Mi querida Luisa, no. No pido nada.’ Padre’, continuó ella, ‘¿me pide el Sr. Bounderby que lo ame?’ En realidad, mi querida’, dijo el Sr. Gradgrind, ‘es muy difícil contestar a tu pregunta-’ ¿Difícil contestarla con un sí o un no, padre?’ Ciertamente, querida. Porque’ -aquí se le presentaba una ocasión de demostrar  algo, y el Sr. Gradgrind se afirmó otra vez- ‘porque la respuesta  depende esencialmente, Luisa, del sentido en que empleemos esa palabra. Ahora,  el Sr. Bounderby no te hace la injusticia, ni se la hace a sí mismo, de aspirar a algo  caprichoso, fantástico, ni (empleo términos que son todos sinónimos) sentimental. Si  el Sr. Bounderby se dirigiese a tí en ese terreno, si fuese capaz de olvidarse de lo que debe a tu buen sentido, por no decir de lo que debe al suyo, de poco le habría servido haberte visto crecer ante sus ojos. Por lo tanto, quizás, la palabra misma  -simplemente te lo sugiero, mi querida- puede estar un poco fuera de lugar.’ ¿Qué me aconsejaría que utilizara en su lugar, padre?’ ‘Bien, mi querida Luisa,’ dijo el Sr. Gradgrind, completamente repuesto para entonces,  te aconsejaría (ya que me lo preguntas) que consideres la cuestión, como se te ha  acostumbrado a considerarlas a todas, simplemente como un Hecho tangible. Los ignorantes y los frívolos pueden complicar asuntos como este con fantasías irrelevantes, y otros absurdos que, si se miran bien, no tienen existencia -realmente ninguna existencia- pero no es ningún cumplido decirte que tú sabes que no es así. Ahora, ¿cuáles son los Hechos en este caso? Tienes, lo diremos en números  redondos, veinte años de edad; el señor Bounderby tiene, lo diremos en números  redondos, cincuenta. Existe cierta disparidad entre vuestras respectivas  edades, pero…’ 

-Y en este punto el Sr. Gradgrind aprovecha la oportunidad para una feliz incursión  en las estadísticas. Pero Luisa lo trae firmemente de vuelta:

¿Qué termino me recomendarías, padre,’ preguntó Luisa, con su reservada serenidad no afectada en lo más mínimo por estos gratificantes resultados, ‘que emplease en lugar de la palabra que usé antes para sustituir a la expresión fuera de lugar?’ Luisa,’ replicó su padre, ‘me parece que nada puede ser más claro. Si te atienes estrictamente a los Hechos, la cuestión de Hecho que te planteas es: ¿Me pide el Sr. Bounderby que me case con él? Sí, así es. La única pregunta restante entonces es: ¿debo casarme con él? Creo que nada puede ser más claro que eso.’ ¿Debo casarme con él? repitió Luisa con gran deliberación. Precisamente.’

Es un triunfo del arte irónico. Ningún análisis lógico podría deshacerse de la filosofía de los hechos y el cálculo con una determinación tan nítida. A medida que los temas de discusión son reducidos a una formulación algebraica, son manifiestamente despojados de todo significado real. La racionalidad libre de instintos del insensible Houyhnhnm es un vacío. Luisa procede a tratar de hacerle comprender que ella es una criatura viviente y por lo tanto no es ningún Houyhnhnm, pero es en vano (“para verlo, él hubiera debido sortear de un salto las barreras artificiales que durante muchos años había estado levantando entre él y todas aquellas sutiles esencias de humanidad que se burlarán siempre de todas las astucias del álgebra, hasta que suene la trompeta final dé al traste definitivamente hasta con la misma álgebra.”).

Apartando sus ojos de él, ella permaneció sentada mirando silenciosamente hacia la ciudad durante tanto tiempo, que finalmente él dijo: ‘¿Estás consultando las chimeneas de las fábricas de Coketown, Luisa?’  No parece haber allí nada sino el humo lánguido y monótono. Sin embargo, cuando cae la noche, ¡estalla el Fuego, padre!’ respondió ella, volviéndose rápidamente. Por supuesto que lo sé, Luisa, pero no veo a qué viene tal observación.’ Para hacerle justicia, hay que decir que en efecto no la veía. Ella hizo a un lado el tema con un ligero movimiento de su mano, y concentró  su atención nuevamente en él, para decirle: ‘Padre, a menudo he pensado que la vida es muy corta.’ Este era tan claramente uno de los temas favoritos del Sr. Gradgrind que se apresuró a decir: Es corta, sin duda, mi querida. Sin embargo, se ha demostrado que el término medio de la vida humana ha subido en los últimos años. Este hecho ha quedado establecido por los cálculos de diversas compañías de seguros de vida y de rentas vitalicias, además de otras cifras que no pueden estar equivocadas.’ Hablo de mi propia vida, padre.’ ¡Oh, por cierto!. Sin embargo, dijo el Sr. Gradgrind, ‘no puedo menos que hacerte observar, Luisa, que ella está gobernada por las mismas leyes que gobiernan en conjunto todas las vidas.’ Mientras dure, quisiera hacer lo poco que pueda, y lo poco para lo que sirvo. ¿Qué importa?’ El Sr. Gradgrind se quedó sin saber qué pensar de estas últimas palabras, y replicó: ¿Cómo, que qué importa? ¿A qué te refieres, querida?’ El Sr. Bounderby’, continuó ella de modo firme y directo, sin tener esto en cuenta,  me pide que me case con él. La pregunta que tengo que hacerme es, ¿debo  casarme con él? es así, padre, ¿no es cierto? Ciertísimo, mi querida.’Dejemos que así sea.’

La psicología del desarrollo de Luisa y de su hermano Tom es sólida. Al no tener salida para su vida emocional excepto en su amor por su hermano, ella vive para él, y se casa con Bounderby -bajo la presión de Tom- por el bien de Tom. (“¿Qué importa?”) Por lo tanto, a causa de las constricciones y privaciones del régimen de Gradgrind, el afecto natural y la capacidad para la devoción desinteresada se desvirtúan. En cuanto a Tom, el

régimen lo ha convertido en un mequetrefe aburrido y huraño, y “se estaba convirtiendo en el triunfo del cálculo, un triunfo, no sin precedentes, que suele concretarse en el número uno”, eso es lo que la filosofía utilitarista ha hecho por él. Declara que cuando vaya a vivir con Bounderby y tenga un puesto en el banco, “tendrá su desquite”. “Quiero decir que me divertiré un poco, saldré, veré cosas y oiré algo. Me recompensaré por la forma en que he sido educado.” Su caída en las deudas y el robo del banco es natural. Y es natural que Luisa, habiéndose sacrificado por este ingrato objeto de su cariño, se descubra no completamente indiferente cuando el Sr. James Harthouse, habiendo juzgado la situación, persiga su oportunidad con un tacto educado y calculador. Su apología del cinismo gentil es una astuta acometida a la filosofía de Gradgrind.

La única diferencia entre nosotros y los que profesan la virtud o la benevolencia, o la filantropía -no importa el nombre- es, que nosotros sabemos que nada tiene sentido, y lo decimos; en tanto ellos lo saben igualmente, y nunca lo dirán.’ ¿Por qué habría ella de escandalizarse o prevenirse ante esta reiteración? No era tan diferente de los principios de su padre, y de su educación anterior, como para alarmarla.”

Cuando, huyendo de la tentación, regresa a la casa de su padre, le cuenta su situación, y se derrumba, luego de exclamar “‘Todo lo que sé es que tu filosofía y tus enseñanzas no me salvarán’”, él ve al “orgullo de su corazón y el triunfo de su sistema yaciendo como un bulto insensible a sus pies”. Se puede ver que la falacia ahora calamitosamente demostrada se centra en ese “orgullo”, que reúne en una unidad ilusoria el orgullo por su sistema y el amor por su hija. Ahora Gradgrind sabe lo que es ese amor, y sabe que le importa mucho más que el sistema, que es así refutado (siendo el fracaso educacional como tal un asunto menor). No hay nada sentimental aquí; la demostración es eficaz, porque estamos convencidos del amor, y porque se ha dispuesto que Gradgrind exista para nosotros como un hombre que “se ha propuesto hacer lo correcto”:

Él lo dijo seriamente, y, para hacerle justicia, lo habría hecho. Al medir abismos  insondables con su pequeña y mezquina vara de impuestos, y al tambalear sobre el mundo con sus mohosos compases de agujas rígidas, se había propuesto hacer grandes cosas. Dentro de los límites de los escasos recursos había trastornado todo, aniquilado las flores de la existencia con mayor unidad de propósito que muchos de los vocingleros personajes cuya compañía frecuentaba.”

La demostración que falta, cuyo centro es el otro “triunfo de su sistema, Tom”, es una comedia sardónica, imaginada con gran intensidad y realizada con el toque seguro del genio. Está la fecunda escena en la que el Sr. Gradgrind, en la desierta arena de un circo ambulante de tercera clase, tiene que reconocer a su hijo bajo el disfraz de un cómico sirviente negro; y tiene que reconocer que su hijo debe su fuga de la justicia a una gratitud particularmente desinteresada: a la oportunidad de asumir dicho disfraz que le ha dado el anti-utilitarista Sr. Sleary, agradecido por causa de Ceci.

Con un saco ridículo, como el de un bedel, con puños y faldones exagerados hasta un extremo indecible; con un inmenso chaleco y calzones cortos, zapatos con hebilla, y un absurdo sombrero de tres picos; sin nada que le sentara bien, y todo de material ordinario, roído por las polillas, y lleno de agujeros; con cicatrices en su rostro oscuro, donde el miedo y el calor habían comenzado a atravesar el compuesto grasiento untado sobre él; de ninguna otra manera el Sr. Gradgrind hubiera podido creer en algo tan horrible, detestable y ridículamente vergonzoso como el mequetrefe en su cómico uniforme, por más que fuera una realidad capaz de ser pesada y medida. ¡Y uno de sus hijos modelo había llegado a esto! Al principio el mequetrefe se mostraba renuente a acercarse y persistía en permanecer allí arriba solo. Cediendo al fin, si una concesión hecha con tanto mal humor puede considerarse una concesión, a las súplicas de ceci -porque a Luisa la desconoció por  completo- bajó, escaño por escaño, hasta que se detuvo sobre el aserrín, al borde del  círculo, lo más lejos posible, dentro de sus límites, de donde su padre se sentaba. ¿Cómo ocurrió esto?’ preguntó el padre. ¿Cómo ocurrió qué?’ respondió el hijo de mala gana. Este robo’, dijo el padre, elevando la voz al pronunciar la palabra. Forcé la caja fuerte yo mismo durante la noche, y la dejé entreabierta antes de marcharme. Mucho antes había hecho hacer la llave que encontraron. La dejé esa mañana, para que se pudiera suponer que la habían usado. No tomé todo el dinero de una vez. Fingí guardar mi saldo todas las noches, pero no lo hice. Ahora lo saben todo.’ ‘Si me hubiera caído un rayo encima,’ dijo el padre, ‘me hubiera sacudido menos que esto.’ No veo por qué,’ refunfuñó el hijo. ‘Emplean a tanta gente en situaciones de confianza; mucha gente, entre ella, es deshonesta. Te he escuchado decir, cien veces, que es una ley. ¿Cómo puedo yo dejar de cumplir las leyes?Tú has consolado a otros con cosas así, padre. ¡Consuélate a tí mismo!’ El padre hundió el rostro entre sus manos, y el hijo permaneció en su oprobiosa tosquedad, mordisqueando paja: sus manos, con el color negro parcialmente gastado en el interior, se parecían a las de un mono. La noche se cerraba rápidamente; y de  vez en cuando dirigía el blanco de sus ojos hacia su padre con desasosiego e impaciencia. Era la única parte de su rostro que mostraba algo de vida o expresión, ya que el pigmento sobre el resto era demasiado espeso.”

En este pasaje puede verse algo de la rica complejidad del arte de Dickens. Ninguna fórmula simple puede dar razón de los diversos elementos en el efecto total, un efecto trágico-sardónico donde la sátira se asocia con el pathos. El pasaje en sí mismo sugiere la justificación de la afirmación de que Tiempos Difíciles es una obra poética. Sugiere que el genio del escritor puede describirse honradamente como el de un dramaturgo poético, y que, en nuestros preconceptos sobre “la novela”, podemos pasar por alto, dentro del campo de la prosa de ficción, posibilidades de concentración y flexibilidad en la interpretación de la vida tales como las que relacionamos con el drama de Shakespeare.

Según hemos visto anteriormente es la réplica mordaz de Tom, la nota de derrota irónico-satírica del filósofo utilitarista ante el rebote de sus fórmulas sobre sí mismo es desarrollada en la siguiente escena con Bitzer, el alumno realmente exitoso, verdadero triunfo del sistema. Él llega para interceptar la huida de Tom:

Bitzer, agarrando aún al paralizado culpable por el cuello, estaba en la Pista, parpadeando ante su antiguo patrón a través de la oscuridad del crepúsculo. Bitzer,’ dijo el Sr. Gradgrind, descorazonado y miserablemente sumiso ante él, ¿tienes corazón?’ La circulación, señor,’ replicó Bitzer, sonriendo ante la singularidad de la pregunta, no podría efectuarse sin él. Ningún hombre, señor, familiarizado con los hechos establecidos por Harvey con respecto a la circulación de la sangre, puede dudar de que tengo corazón.’ ¿Es accesible,’ exclamó el Sr. Gradgrind, ‘a alguna influencia compasiva?’ Es accesible a la Razón, señor,’ respondió el excelente joven. ‘Y a nada más.’ Se estuvieron mirando el uno al otro; y el rostro del Sr. Gradgrind estaba tan blanco como el del perseguidor. ¿Qué motivo -qué motivo razonable- puedes tener para impedir la huida de este desdichado joven,’ dijo el Sr. Gradgrind, ‘y destrozar a su desgraciado padre? Mira a su hermana. ¡Compadécete de nosotros!’ Señor,’ replicó Bitzer de un modo muy práctico y lógico, ‘ya que me preguntáis qué motivo razonable tengo para llevar al joven señor Tom de vuelta a Coketown, no es más que razonable que os haga saber que… voy a llevar al joven señor Tom de vuelta a Coketown para entregarlo al Sr. Bounderby. Señor, no tengo ninguna duda de que el Sr. Bounderby me ascenderá entonces al puesto del joven Tom. Y deseo  tener su puesto, señor, porque será un adelanto, y me beneficiará.’ Si esto es solamente una cuestión de interés personal para tí-’ comenzó el  Sr. Gradgrind. Me disculpo por interrumpiros, señor,’ replicó Bitzer, ‘pero estoy seguro de que sabéis que todo el sistema social es una cuestión de interés personal. A lo que uno debe siempre apelar es al interés personal de un individuo. Es la única influencia. Estamos hechos así. Yo fui educado según ese catecismo cuando era muy joven,  señor, como sabéis.’ ¿Qué suma de dinero,’ dijo el Sr. Gradgrind, accederías a recibir a cambio de tu esperado ascenso?’ Gracias, señor,’ replicó Bitzer, ‘por sugerir la propuesta; pero no aceptaré ninguna suma en su lugar. Sabiendo que vuestra inteligencia propondría esa alternativa, he examinado los cálculos en mi mente; y encuentro que abstenerme de hacer procesar a vuestro hijo por un motivo particular, aún en términos muy elevados por cierto, no sería tan seguro y conveniente para mí como mejorar mis perspectivas en el Banco.’ Bitzer,’ dijo el Sr. Gradgrind, extendiendo sus manos como si hubiera dicho, ¡Mira cuán desgraciado soy!. ‘Bitzer, sólo me queda una oportunidad para conmoverte.Tú estuviste muchos años en mi escuela. Si, en recuerdo de las penas que sufriste allí, puedes persuadirte hasta cierto punto de desatender tu interés actual y liberar a mi hijo, te solicito y ruego que le concedas el beneficio de ese recuerdo’. Realmente me asombra, señor,’ replicó el viejo alumno en un estilo demostrativo,el veros asumir una posición tan insostenible. Mi educación fue pagada; fue un convenio; y cuando egresé, el convenio terminó.’ Era un principio fundamental de la filosofía de Gradgrind, que debía pagarse por todo. Nadie debía nunca por ninguna razón darle nada a nadie, ni ayudar a alguien sin beneficio. La gratitud debía abolirse, y las virtudes que emanaban de ella no debían existir. Cada pulgada de la existencia de la humanidad, desde el nacimiento hasta la muerte, debía ser una transacción comercial sobre el mostrador. Y si de ese modo no llegábamos al Paraíso, no era un lugar socio-económico, y no teníamos nada que hacer allí.’ No niego,’ agregó Bitzer, ‘que mi educación fue barata. Pero eso está bien, señor.  Me hicieron en el mercado más barato, y tengo que venderme en el más caro.’”

La huida de Tom es urdida exitosamente en todo sentido, mediante recursos propios de la comedia dickensiana eminentemente fantástica. Y a continuación sigue la solemne moraleja de toda la fábula, expresada con la propiedad del genio, a través de la asmática voz del Sr. Sleary. Él, agente del maravilloso tacto del artista, la expone en su estilo característico:

“‘Caballero, no ez nezezario dezirle que el perro ez un animal maravillozo.’ Su instinto,’ dijo el Sr. Gradgrind, ‘es sorprendente.’ Como quiera llamarlo -y bendito zea zi zé cómo llamarlo’- dijo Sleary, ‘ez azombrozo. El modo en que un perro lo encuentra a uno… ¡la diztanzia que recorre!’ Su olfato,’ dijo el Sr. Gradgrind, ‘es tan agudo.’ Bendito zea zi zé cómo llamarlo,’ repitió Sleary, sacudiendo la cabeza, ‘pero ha habido un perro que ha logrado encontrarme, Caballero… ‘“

Y el Sr. Sleary procede a explicar que el desaparecido padre de Ceci indudablemente ha muerto porque su perro amaestrado, que nunca lo hubiera abandonado mientras viviera, ha regresado a la doma de caballos:

“‘eztaba rengo, y baztante ziego. Ze dirigió hazta nueztroz hijoz, uno traz otro, como zi eztuviera buzcando un niño que conozía; y dezpuéz vino a mí, y zaltó por detráz, y ze paró en zuz pataz delanteraz, débil como eztaba, y despuéz movió la cola, y murió. Caballero, eze perro era Patas Alegres.’”

Todo el pasaje debe leerse según figura en el texto (Libro 3, Cap. viii). Al leerlo allí tenemos que apartarnos y reflexionar a distancia para reconocer las potencialidades que en otra parte podrían haberse entendido como sentimentalismo dickensiano. No hay nada sentimental en el efecto real. La intención profundamente seria está bajo control, el toque es seguro, y la estructura que garantiza el equilibrio, naturalmente compleja. Aquí está la moraleja formal:

Azí que, zi zu padre la abandonó vilmente; o zi zu padre murió de pena solo, antes que arrastrarla con él; nunca ze zabrá ahora, Caballero, hazta que ¡hazta que sepamos cómo nos encontró el perro!:  Ella conserva la botella que él la mandó buscar, hasta hoy, y creerá en su  afecto hasta el último momento de su vida,’ dijo el Sr. Gradgrind. Ezto pareze dezirle doz cozaz a una perzona, ¿verdad, Caballero?’ dijo el Sr.Sleary, meditando a medida que miraba en las profundidades de su brandy con agua; ‘una, que hay una claze de amor en el mundo, la otra, que tiene una manera propia de calcular o de no calcular, a la que de uno u otro modo ez al menos tan difícil darle un nombre, como a la conducta del perro.’ El Sr. Gradgrind miró por la ventana, y no respondió. El Sr. Sleary vació su vaso y llamó a las damas.’”

Se verá que el efecto (repito, debe leerse todo el pasaje), aparentemente tan fácil y sobradamente genuino, depende de una sutil acción recíproca de diversos elementos, una multiplicidad unísona de timbre y tono. Sabemos que Dickens era un animador popular, pero Flaubert nunca escribió nada que se acercara a esto en su sutileza de arte acabado. Dickens, por supuesto, tiene una vitalidad que no buscamos en Flaubert.

Shakespeare era un animador popular, reflexionamos -no con demasiada extravagancia podemos decirnos seguramente, mientras examinamos pasajes con esta cualidad característica en su relación, sólidamente organizada, con la totalidad poética.

Por supuesto, la crítica tiene sus objetivos que demostrar contra Tiempos Difíciles. Puede decirse que Esteban Blackpool, no sólo que es demasiado bueno y está calificado demasiado consistentemente para el halo de mártir, sino también que incita a una adaptación de la objeción hecha, desde el punto de vista de un negro, contra el Tío Tom, que era la de que él era el negro bueno de un hombre blanco. Y ciertamente no se necesita un prejuicio propio de la clase trabajadora para hacer el comentario de que cuando Dickens llega a los sindicatos su comprensión del mundo que se ofrece a tratar revela una notable limitación. Había indudablemente agitadores profesionales, y la solidaridad sindical con frecuencia se mantenía a expensas de los derechos del individuo, pero es un punto en contra de una obra tan insistentemente típica en intención que le da el papel representativo al agitador, Slackbridge, y convierte al sindicalismo en nada menos que el perdonable error de los descarriados y los oprimidos, y, como tal, en un agente en el martirio del buen trabajador. (Pero para ser justos debemos recordar la conversación entre Bitzer y la Sra. Sparsit:

“‘Debe lamentarse mucho,’ dijo la Sra. Sparsit, haciendo que su nariz se viera más romana y sus cejas más coriolanas en la fuerza de su severidad,’ que los patrones unidos permitan tales combinaciones de clases’ Sí, señora,’ dijo Bitzer. Por estar unidos ellos mismos, todos sin excepción deberían estar resueltos  a oponerse a emplear a cualquier hombre que se una con otro hombre,’dijo la Sra. Sparsit. Eso han hecho, señora,’ replicó Bitzer, ‘pero más bien fracasó, señora.’ Yo no pretendo comprender estas cosas,’ dijo la Sra. Sparsit con dignidad. ‘…Sólo sé que esas personas deben ser vencidas, y ya es hora de hacerlo, de una vez por  todas.’”)

Del mismo modo en que Dickens no vislumbra la parte que ha de desempeñar el sindicalismo en el mejoramiento de las condiciones que él tanto deplora, tampoco, aunque ve que hay muchos lugares de culto en Coketown, con diversas clases de fealdad, tiene noción del papel desempeñado por la religión en la vida de la Inglaterra industrial del siglo XIX. El tipo de digna entereza y escrupulosa moderación que él representa en Esteban, realmente existía en gran escala entre las clases trabajadoras, y este es un hecho histórico importante. Pero no hubiera habido ningún hecho semejante si esas capillas descriptas por Dickens no hubieran tenido más relación con la vida de Coketown que la que él muestra que tienen.2

Por otra parte, su actitud hacia el sindicalismo no es la única expresión de una falta de comprensión política. El parlamento para él es simplemente el “basurero nacional”, donde los “barrenderos nacionales” se entretienen mutuamente “con muchas peleas ruidosas entre ellos”, y designan comisiones que llenan libros de informes con datos monótonos y estadísticas inútiles, del tipo de las que ayudan a Gradgrind a “demostrar que el Buen Samaritano era un mal economista”.

Sin embargo, la compresión de Dickens de la civilización victoriana es la adecuada para su propósito; la justicia y la penetración de su crítica no se ven afectadas. Y su percepción moral trabaja en sociedad con un claro conocimiento de la estructura social inglesa. El Sr. James Harthouse es necesario para el argumento; pero también tiene su función representativa. Ha venido a Coketown como un presunto candidato parlamentario, porque “el partido de Gradgrind necesitaba ayuda para cortar las gargantas de las Gracias”, y a ellos “les gustaban los caballeros distinguidos; fingían que no, pero les gustaban”. Y por lo tanto, la alianza entre la antigua clase dirigente y los hombres “duros” figura debidamente en la fábula. Esta economía es típica. Allí está la Sra. Sparsit, por ejemplo, que podría parecer figurar en la obra solamente por el argumento. Pero su esposo “era un Powler”, un hecho al que ella vuelve con tanta frecuencia como Bounderby a su mítico nacimiento en una cuneta; y cuando se agrega el Sr. James Harthouse, que en la lánguida seguridad de su superioridad de clase no necesita jactarse, los dos contrarios complementarios forman con él un trío que evoca todo el sistema del esnobismo británico.

Pero la apretada riqueza de Tiempos Difíciles es casi increíblemente variada, y ni todas las citas que me he prometido mencionar logran exponerla adecuadamente. El acento final puede caer sobre el dominio que Dickens posee de la palabra, la frase, el ritmo, y la imagen: en naturalidad y alcance seguramente no hay mayor maestro en inglés excepto Shakespeare. Esto es volver a decir que Dickens es un gran poeta: sus ilimitados recursos de una expresión felizmente diversa reflejan una extraordinaria sensibilidad ante la vida. Sus sentidos están cargados de energía emocional, y su inteligencia juega y brilla con la percepción más aguda y veloz. es decir, su dominio del “estilo” es del único tipo que importa, lo que no significa que no tenga un escrupuloso interés en lo que puede hacerse con las palabras, muchas de sus oportunas ocurrencias evidentemente no hubieran aparecido si no hubiera habido, en el trasfondo, un hábito de tal interés. Considérese el siguiente ejemplo:

Él había llegado al terreno neutral en las afueras de la ciudad, que no era ni ciudad ni campo, sino ambos corruptos…”

Pero no es más estilista que Shakespeare; y su dominio de la expresión se sugiere más cabalmente poniendo de relieve, no sus evocaciones descriptivas (hay algunas magníficas en Tiempos Difíciles -el variado decorado de la acción se hace vívidamente presente, uno puede sentir el polvo aterciopelado que la Sra. Sparsit pisa cautelosamente, y sentir la tormenta inminente-), sino sus ocurrencias estrictamente dramáticas. Sin embargo, quizás “estrictamente” no es una observación del todo buena, ya que Dickens es un maestro del arte que ha elegido, y su dominio se evidencia en el modo en que alterna entre formas menos directas de lo dramático y la expresión directa de la palabra. Aquí está la Sra. Gradgrind al morir (en realidad, ella es una nulidad en el sistema Gradgrind, ya que la pobre criatura nunca ha estado viva).

Había rehusado absolutamente irse a la cama, argumentando que si lo hacía, nunca escucharía el final. Su débil voz sonaba tan lejana en su envoltorio de mantas, y el sonido de otra voz  que se dirigía a ella parecía tomar tanto tiempo en llegara sus oídos, que podría haber estado yaciendo en el fondo de un pozo. La pobre señora estaba más cerca de la verdad que nunca, lo que tenía mucho que ver con eso. Cuando le dijeron que la Sra. Bounderby estaba allí, replicó, involuntariamente confundida, que nunca lo había llamado por ese nombre desde que él se había casado con Luisa; y que, puesto que su elección dependía de un nombre objetable, lo había llamado J; y que actualmente no podía apartarse de esa regla al carecer aún de un sustituto permanente. Luisa se había sentado junto a ella durante algunos minutos, y le había hablado con frecuencia, antes de que llegara a entender  con claridad quién era. Entonces pareció comprenderlo inmediatamente. Bien, mi querida,’ dijo la Sra. Gradgrind,’ y espero que sigas satisfecha de tí misma. Fue todo obra de tu padre. Puso su corazón en ello. Y él debería saber.’ Quiero saber de tí, madre, no de mí.’ ¿Quieres saber de mí, querida? es algo novedoso, estoy segura, que alguien quiera saber de mí. No estoy para nada bien, Luisa. estoy muy débil y aturdida.’ ¿Tienes algún dolor, querida madre?’ Creo que hay un dolor en alguna parte de la habitación,’ dijo la Sra. Gradgrind, ‘pero no podría asegurar que yo lo tengo.’ Después de esta extraña alocución, permaneció silenciosa por un momento… Pero hay algo -no una Ología en absoluto- que tu padre ha pasado por alto u olvidado, Luisa. No sé qué es. A menudo me he sentado con Ceci junto a mí, y he pensado en  ello. Nunca sabré su nombre ahora. Pero tu padre puede saberlo. Me inquieta. Quiero escribirle para descubrir, por amor de Dios, qué es. Dame una lapicera.’ Incluso la fuerza de la inquietud había desaparecido, excepto de la pobre cabeza, que apenas podía moverse de un lado a otro. Sin embargo, ella se imaginaba que su pedido había sido satisfecho, y que la lapicera que no podría haber sostenido estaba en su mano. Poco importa qué figuras de una maravillosa ausencia de significado comenzara a trazar sobre sus frazadas. La mano de pronto se detuvo en medio de ellas; la luz que había sido siempre débil y oscura detrás de la tenue pantalla, se apagó; e incluso la Sra. Gradgrind emergió de  las sombras en que el hombre camina y se afana en vano, yasumió la venerable solemnidad de los sabios y los patriarcas.”

Con este tipo de ejemplo ante nosotros, no podemos hablar de estilo sino de creación dramática y genio imaginativo.

Notas

1 N. de la T: En el original inglés, Gradgrindery. Juego de palabras entre el apellido del personaje, Gradgrind, la alusión a su escuela o filosofía (Gradgrindery) y el significado del vocablo grind (triturar, moler).

2 Este es un aspecto esencial para la comparación con Silas Marner.

TRADUCCIÓN: ZULEMA DE LA SERNA