Charleville & otros poemas | Patrick McGuinness

Patrick McGuinness nació en Túnez en 1968, y creció en Irán, Venezuela e Inglaterra. Su primer libro de poesía, The Canals of Mars (2004), fue finalista del premio Roland Mathias. Jilted City (2010), el segundo, fue destacado como Poetry Book Society Recommendation. Traductor del francés, principalmente de Mallarmé y Hélène Dorion, publicó la novella The Last Hundred Days (2012). Su memoir Other People’s Countries, ganó el premio Pol Roger Duff Cooper y el Wales Book of the Year Award, de 2015. Su libro más reciente es Poetry and Radical Politics in fin de siècle France (2015). Profesor de Francés y de Literatura Comparativa en Oxford, vive en Caernarfon, Gales.

Secret Wars

We know the sick:
our doubles, ourselves glimpsed
as on another track.

We see their backs; staying,
they pass by. Even
here they are going,

they are already gone. We see our-
selves in them; they only
see themselves in our

unseeing eyes; they watch us
watching as the shadow
that they throw invades them.

Guerras secretas

Conocemos a los enfermos:
nuestros dobles, nosotros mismos atisbados
como en otro rastro.

Vemos sus espaldas; quedándose,
pasan. Incluso
aquí están yendo,

ya se han ido. Nos vemos
en ellos; ellos sólo
se ven en nuestros

ojos ciegos; nos observan
observar mientras la sombra
que ellos arrojan los invade.

Lull

Tropical and slow, the suburbs
loosen in the tilting sun:
everything is possible, has stopped,
is finished and about to happen.

Tranquilidad

Tropicales y lentos, los suburbios
se aflojan en el sol que declina:
todo es posible, ha cesado,
se termina y está por pasar.


The White Place

One afternoon we watched a programme on near-death
experiences: a woman tunnelled back through life

to what came after, and was reluctant
to return, since her life paled beside the white place

she’d been pulled back from. Now she lived between the two,
nostalgic for the afterwards she’d died into.

The next day, dozing on a stationary train
you woke and asked the question that had woken

in your mind as if it were on mine: ‘The white place’
you asked, ‘will anybody else be there?’

I didn’t know. I hadn’t though to ask – no one
had – if in the white place we’d be alone

or with other people. You asked about
your friends, if the best of here translates

to there, or if we leave, as we come in, alone.
I still don’t know. I think that we are not alone.

I think it less for your sake now than for my own.

El lugar blanco

Una tarde mirábamos un programa sobre experiencias
cercanas a la muerte: una mujer que desandaba la vida por un túnel

a lo que venía después, y era reacia
a volver, ya que su vida era lívida comparada al lugar blanco

del que había sido devuelta. Ahora vivía entre los dos,
nostálgica por el después al que para entrar había muerto.

Al día siguiente, en la modorra de un tren detenido
te despertaste e hiciste la pregunta que se había despertado

en tu mente como si fuese en la mía: “¿En el lugar blanco
–preguntaste–, habrá… alguien más?”

No supe. No me pregunté –nadie lo había
hecho– si en el lugar blanco estaríamos solos

o con otra gente. Preguntaste por tus
amigos, si lo mejor de acá se traslada

allá, o si nos vamos, como llegamos, solos.
Sigo sin saberlo. Creo que no estamos solos.

Lo creo menos por tí que por mí mismo.

Belgitude

I spent autumn learning about autumn,
that its unmistakeable confusion about what it was
was what made it what it was. So with Belgium.
It was the first post-national state; wars
came here to be fought, got tired and moved on.
Surveys showed that most Belgians questioned

would have preferred to be from somewhere else:
truly this was home, I thought, all the more
so as home had been a drain on my awareness,
took a little more of me away from me each year.
I came to it side-on, as one climbs into a moving bus;
discovered the world was a small town, or

at any rate vice versa. Soon I learned
to keep my mouth shut in two languages;
I called home on lobster telephones
in a hail of bowler hats. Trains ran on time,
travelling micro-distances in decades.
After a while I fitted in, by looking out of place,

swept into a street-long tidal wave of curtain lace.

Belgitud*

Me pasé el otoño aprendiendo sobre el otoño,
que su inequívoca confusión sobre lo que era
era lo que hacía que existiera. Lo mismo que Bélgica.
Fue el primer estado post-nacional; las guerras
tenían lugar aquí para ser peleadas, cansarse y seguir viaje.
Las encuestas mostraron que la mayoría de los belgas

habría preferido ser de alguna otra parte:
en realidad esto era el hogar, pensé, aún con mayor razón
porque el hogar había sido el desagüe de mi conciencia,
me había quitado un poco más de mí cada año.
Llegué a eso de manera lateral, así como se sube a un bus en movimiento;
Descubrí que el mundo era un pueblo, o

en todo caso viceversa. Pronto aprendí
a mantener la boca cerrada en dos lenguas;
llamaba a casa desde teléfonos langosta
bajo una lluvia de bombines. Los trenes circulaban puntuales,
viajando microdistancias en décadas.
Al cabo de un rato yo encajaba, viéndome fuera de lugar,

barrido por una marea de encaje de cortinado larga como una calle.

* N. del T: El concepto de “belgitu” se utiliza para expresar la dificultad de los belgas par definirse como tales en razón de su pertenencia al grupo flamenco o walón.

The Shape of Nothing Happening

Dust knows the places we have forgotten, or we never see,
marking out the margins of our world: the window ledge’s
cracked paint, the bevelled edges of a door frame,
the dado rails, the skirting boards, stifling the emphatic

corners of our lives. It fills the gulf behind the sofa,
that small domestic void that stands for losing and forgetting,
or for finding once again. It stands for things
that outlive their necessity; for us busily outliving

ours – particles slow dancing in a shaft of light
shedding the excess that each day we renew.
Its tininess is a feat of scale, but it cannot disappear.
It is the shape of nothing, the shape of nothing happening,

and of nothing’s impossibility; matter worrying away
at trying not to be, and being all the while; reminding us
there are no absolutes, that all is graded on the scale,
that all is incremental, deciduous, and undecided.

La forma de que nada pasa

El polvo conoce los lugares que hemos olvidado, o que nunca vemos,
delimitando los márgenes de nuestro mundo: la pintura cuarteada
del alféizar de la ventana, el borde trabajado del marco de una puerta,
las molduras de friso, los zócalos, sofocando los enfáticos

rincones de nuestras vidas. Llena espacio detrás del sofá,
ese pequeño vacío interno que significa perder y olvidar,
o volver a encontrar. Es sinónimo de cosas
que sobreviven a su necesidad; para nosotros sobrevivir afanosamente

a la nuestra – partículas que bailan lentas en un haz de luz
derramando el exceso que cada día renovamos.
Su pequeñez es una proeza de la escala, pero no puede desaparecer.
Es la forma de la nada, la forma de que nada pasa,

y de la imposibilidad de la nada; materia que no se preocupa
por intentar no ser, y sin embargo es; recordándonos
que no hay absolutos, que todo se clasifica en la escala,
que todo es gradual, perecedero e indeciso.

L’Air du Temps

Tracing her perfume, link by link of vapour,
through the crowd to where she’s not, to where
her scent expends itself in air
I pass through as if the ghost was me, not her.

L’Air du Temps

Seguir su perfume, partícula a partícula de vapor,
a través de la multitud donde no está, hacia donde
su aroma se desvanece en el aire
por el que paso como si el fantasma fuera yo, no ella.

Charleville

It’s not why Rimbaud left that mystifies, though this New Year
the Place Ducale sports ice rink, carousel, and a waffel-stand
from nearby Belgium. It’s why he kept returning. On ne part pas:
he answered himself, You never leave. After Harar,

he thought his hometown was a desert by other means,
and everywhere he walked he walked on sand – sinking
and finding his footing were the same. The sober bateauxmouches
grazed on absinthe-coloured algae while barges

slid through bilgewater with rooftile cargoes
of Ardennes ardoise: slates bound into sheaves,
books with blackboard pages and all the boats
were floating libraries and all the letters spelled azure

or, after rain, erasure, which soon became its synonym.
Now his name is on every shopfront, from the obvious –
Le Rimbaud bookshop or café-tabac – to the genuinely
promising: the Rimbaud shoeshop, specialist in ripped soles

and the Opticien Rimbaud who tests your eyes with mirages
and rights near-sightedness with prescription telescopes.
Follow in his footsteps, the brochure offers, each one a wingbeat on
the air,
the muscle of glass under water: heel-flash, frayed hem,

butt-ends and sand in the turn-ups, and for a moment the fashion
boutique dummies model louse-ridden jackets and half-mast trousers
with pockets flipped out like limp dicks. Le Look Rimbaud!
violet rays of neon stage-whisper to the forgetful night.

Charleville

Lo que desconcierta no es por qué Rimbaud se fue, a pesar de este Año Nuevo
la pista de hielo de la Place Ducale, el carrusel y un puesto de wafles
de la cercana Bélgica. Es por qué siguió volviendo. On ne part pas:
se respondió a sí mismo. Nunca te fuiste. Después de Harar,

pensó que su ciudad natal era un desierto por otros medios,
y dondequiera que caminaba caminaba sobre arena – hundirse
y hallar su asidero era lo mismo. Los sobrios bateauxmouches
pastaban sobre algas color ajenjo mientras las barcazas

se deslizaban por aguas cloacales con cargamentos de tejas
de arcilla de las Ardenas: pizarras atadas en manojos,
libros con páginas de pizarrón y todos los botes
eran bibliotecas flotantes y todas las letras deletreaban el cielo

o, después de llover, la borradura, que pronto se volvía su sinónimo.
Ahora su nombre está en todo frente de negocio desde lo obvio –
librería o café Le Rimbaud– a lo genuinamente
risueño: zapatería Rimbaud, especializada en suelas rotas

y Óptica Rimbaud que le examina los ojos con espejismos
y corrige la miopía con telescopios recetados.
Siga sus pasos, señala el folleto, cada uno un aleteo en el aire,
el músculo de cristal bajo el agua: destello de taco, dobladillo raído,

colillas y arena en los puños, y por un instante los maniquíes
de la boutique modelan chaquetas canallas y pantalones a medio subir
con bolsillos dados vuelta como vergas flácidas. Le Look Rimbaud!
rayos violeta de susurros de neón para la desmemoriada noche.

Bouillon

No train has stopped here since the 50s, but it remains
in all the ways that count my stop. It still says Gare
above the arch, the guichet’s glass has stayed unbroken,

the tracks are gone but there’s a kind of stitching
in the ground, parallel scars where grass shrinks
back from growing. Then, kerbside vertigo:

that two-foot drop from platform-edge into
the next arrival, its endlessly suspended service,
and a few (never so aptly named as here, now)

railway sleepers, hold all I’ve ever known, in miniature,
of the world’s speed and its solidity, a delirium of lost
footing followed by the knowledge that there was nowhere

further I could fall. This is still the quartier de la gare,
where the rain comes down like credits on an old film,
a roll-call of lost professions: slate-cutter, gamekeeper,

sommelier, market-gardener, butcher’s boy, seamstress,
blacksmith, breeder of rabbits and dole queue flâneur…
the last being my grandfather, tempering each day to a fine point

on the soft anvil of his idleness. Artisan du temps libre
he called himself, artisan of the empty hours:
filling his days of worklessness in the Café de la Gare,

then hollowing out his nights in the Hôtel de la Gare;
he never made his mark on anything and yet I see him everywhere.

Bouillon

Ningún tren paró aquí desde los 50, pero sigue siendo
de todos los modos que importan mi parada. Aún dice Gare
sobre el arco, el vidrio de la boletería ha quedado intacto,

las vías desaparecieron pero hay una especie de costura
en el suelo, cicatrices paralelas donde el pasto se encoge
y no crece. Luego, vértigo del borde:

ese descenso desde los dos pies de la plataforma
al próximo que llega, su servicio continuamente suspendido,
y unos pocos (nunca tan adecuadamente denominados como acá, ahora)

durmientes, mantienen todo lo que siempre conocí, en miniatura,
de la velocidad del mundo y su solidez, un delirio de perdidos
tropiezos seguido por el conocimiento de que no hay ningún lugar

más donde pudiera caer. Éste sigue siendo el quartier de la gare,
donde la lluvia va apareciendo como los créditos en una antigua película,
una lista de profesiones perdidas: cortador de pizarras, guardabosque,

sommelier, horticultor, aprendiz de carnicero, costurera,
herrero, criador de conejos y flâneur de cola de subsidio…
correspondiente esta última a mi abuelo, templando cada día hasta un buen momento

sobre el suave yunque de su pereza. Artisan du temps libre
decía que era, artesano de horas vacías:
llenando sus días de falta de empleo en el Café de la Gare,

vaciando luego sus noches en el Hôtel de la Gare;
nunca dejó su marca en nada y sin embargo lo veo en todas partes.

Black Box

Every crashed marriage has its black box, the blow-
by-blow account of what went wrong and how,
the crescendo of mistakes that peaks, is for an instant
quiet on its crest of trauma, then drowns itself and us

in a cascade of static. The black box is what survives;
anthracite gleaming in the wreckage where, preserved in anger,
the voices that it holds replay their lifetime of last moments
and speak of how, until the very end, it might all have been

so different; and how, right from the start, they knew it never would.

Caja negra

Cada matrimonio estrellado tiene su caja negra, la cuenta
detallada de lo que salió mal y de cómo,
el crescendo de errores que aumenta, queda por un instante
quieto en su cresta de trauma, y luego se hunde con nosotros

en una cascada de estática. Lo que sobrevive es la caja negra;
un destello de antracita entre los restos donde, preservadas con ira,
las voces que contiene repiten sus últimos momentos de vida
y hablan de cómo, hasta el final mismo, podrían haber sido

tan diferentes; y de cómo, desde el principio, sabían que nunca habrían podido.

Traducción de Jorge Fondebrider, Buenos Aires Poetry, 2018.