Artemis Prologizes | Robert Browning

Robert Browning nació el 7 de mayo de 1812 en Londres y murió en Viena hacia 1896. Perteneciente a una familia acomodada, tras un intento fallido en el campo del teatro inició su producción poética con Pauline: A Fragment of a Confession (1833), obra en la que se se apreciaba la influencia de Byron y Shelley. A continuación compuso Paracelsus (1935) y Sordello (1840), poemas con los que se fue apartando de las tendencias románticas gracias, sobre todo, al brillante empleo del monólogo dramático en boca de diferentes personajes. Dramatic Lyric (1842) y Dramatic Romances (1845) aplicaban el mismo procedimiento a poemas más reducidos, que mostraban un hábil manejo del ritmo.

Artemisa prologa

Soy una diosa de las cortes celestiales,
y excepto Hera, reina de la soberbia, ninguno
cuyos templos blanqueen este mundo, me supera.
Por el cielo hago rodar mi luna diáfana;
desde el infierno derramo paz sobre mi débil pueblo;
en la tierra, yo, protectora de las criaturas, cuido
a cada loba preñada y a cada zorra de pelaje lustroso,
y a los pichones de cada madre emplumada e inexperta,
y a todos los que aman la soledad y las verdes moradas.
Entre los hombres, los castos me adoran, y cuelgan
de mi imagen, aquí en Atenas,
coronas de amapolas rojas casi negras, tallos y corolas;
y este joven muerto, ante el que Asclepio se inclina,
fue a quien más amé. Él, siguiendo los pasos de mis coturnos
a través de las sendas frondosas de los bosques
para cazar al ciervo jadeante, o detener a la ágil onza
con saetas o derribar al leopardo,
olvidó tributar a otro dios:
por ello Afrodita, celosa,
sin el arrullo nocturno de las velas,
dio curso al malvado deseo cual aguijón de tábano
e hizo que el hijo de Teseo —el gran esposo ausente—
tomara a su madrastra Fedra.
Al proferir Hipólito su ira contra la reina enfurecida,
ella juzgó la vida insoportable; y herida en el corazón
porque un extranjero de amazonia estirpe la despreciara,
murió por la soga asesina: pero antes de morir,
maldijo en un pergamino rodar la fama
de aquel cuyo desvió no la desvió
y Teseo leyó al regresar, y creyó,
cegado por la ira condenó al exilio
al hombre inocente, que siempre leal,
jamás reveló a su padre la verdad.
Entonces, Teseo logró que Poseidón
le concediera tres de sus deseos,
y sin más vueltas primero lo maldijo:
¡que Hipólito jamás llegue con vida a otras tierras!
Poseidón lo escuchó, ¡ay, ay! Apenas aquel príncipe
calzó las botineras del carro
que afirmaban sus pies ante la fuerza
de los caballos henesianos, y ató las riendas
alrededor de su cuerpo, y los instó a galopar
a través de las rocas y la grava de la orilla,
¡de una abismal ola surgió el cuerpo obsceno
de un monstruo deteniendo a los corceles a su paso!
Estos, locos de miedo mientras el lobo marino se tiraba a sus pies,
revolcándose, descuidaron a aquél que los guiaba, y la lanza
del carro se quebró en la caída como una caña,
e Hipólito, cuyos pies velozmente se enredaron,
fue arrastrado hacia adelante por las riendas
que sujetaban sus manos; no frenaron el ímpetu
de la carrera los arreos, el eje de las ruedas
y las astillas del aciago carro,
cada canto rodado, tocón y puntiaguda concha,
los enormes espinazos de pescado ocultos en la arena
de esa odiada playa brillaron con sangre
y trozos de su carne: cayeron luego los corceles
de cabeza, sus frentes alunadas chocaron contra el suelo,
temblando sudorosos, con los ojos en blanco, tiesos de terror.
Su pueblo, que presenció todo desde lejos,
cargó los restos de Hipólito.
Pero cuando su padre, colmado de inhumano orgullo, se alegrara
(indómito como un hombre previamente condenado)
de que el altísimo Poseidón respondiera a su plegaria,
yo, en un desborde de gloria manifiesta,
permanecí velando a mi moribundo, y uno por uno
los hechos revelé, como en verdad acontecieron.
Así Teseo fue el más desgraciado de los hombres,
y merecidamente; pero antes de que el velo de la muerte cubriera
su rostro, el príncipe mártir perdonó con su último aliento
al impulsivo padre. Por lo que Atenea se lamenta.
Entonces yo, que nunca abandono a mis acólitos,
para que no me falten mieles en el camino,
ni se derrame la vida de los perros;
no sea que en mi templo los desconsolados sacerdotes
vistan mi imagen con unas pálidas y ajadas coronas,
de favor, o se atrevan a objetar
tal debilidad a mis fieles que desvían
el crédulo corazón y las manos llenas a otros,
mientras suben al Olimpo a dar cuenta
de Artemisa sin encontrar su trono en parte alguna,
Yo intervine: y en esta noche memorable,
mientras el pueblo se reúne alrededor de la pira funeraria
y la violenta luz sobre sus mantos negros cubre
cada cabeza que solloza, mientras cortan
sus cabellos sobre el cuerpo marchito de su príncipe,
y en su palacio, Teseo postrado
ante su frío hogar, golpea su frente
fría como una lápida, gimiendo de dolor,
cuando la pira se derrumba bajo el estrépito de los troncos,
y llena de chispas la oscuridad de la noche,
y el fuego intenso, avivado con maestría,
se yergue como una serpiente por encima de los cuencos
de vino, disolviendo los aceites y el incienso,
y los espléndidos benjuís dorados, mi fuerza
condujo al muerto hasta mi retiro
en el bosque tres veces venerable.
Y este sabio de barba blanca que ahora estruja
las bayas es el hijo afamado de Febo,
Asclepio, a quien mi brillante hermano enseñó
la ciencia de cada hierba y flor y raíz,
para que supiera de sus virtudes más secretas y transmitiera
las virtudes salvíficas de todas ellas— quien así sanó
con algas las cejas heridas y las laceradas mejillas,
compuso el cabello y le devolvió su brillo,
y restituyó los colores a la pálida piel,
y curó los jirones los desgarros de la carne
dejándola tersa otra vez, y alivió los nudos de los tendones
de cada miembro torturado— y ahora él descansa
bajo los robles y pinos que se enlazan
como si solo el sueño lo poseyera. ¡Anímate,
divino portador de la vara sanadora,
tu serpiente, de garganta ardorosa y calmo ojo,
enrosca sus espinas a tu alrededor! ¡Digo, anímate!
¡Prosigue tú con tus mejores medicinas!
Y vosotras, blanca multitud de ninfas de los bosques,
atended según el sabio ordena con los brotes y hojas
que cubren el césped alrededor de ambos! Entre tanto yo
espero el acontecimiento en armonioso silencio.

Artemis Prologizes

I am a Goddess of the ambrosial courts,
And save by Here, Queen of Pride, surpassed
By none whose temples whiten this the world.
Through Heaven I roll my lucid moon along;
I shed in Hell o’er my pale people peace;
On Earth, I, caring for the creatures, guard
Each pregnant yellow wolf and fox-bitch sleek,
And every feathered mother’s callow brood,
And all that love green haunts and loneliness.
Of men, the chaste adore me, hanging crowns
Of poppies red to blackness, bell and stem,
Upon my image at Athenai here;
And this dead Youth, Asclepios bends above,
Was dearest to me. He my buskined step
To follow thro’ the wild-wood leafy ways,
And chase the panting stag, or swift with darts
Stop the swift ounce, or lay the leopard low,
Neglected homage to another God:
Whence Aphrodite, by no midnight smoke
Of tapers lulled, in jealousy dispatched
A noisome lust that, as the gadbee stings,
Possessed his stepdamePhaidra for himself
The son of Theseus her great absent spouse.
Hippolutos exclaiming in his rage
Against the fury of the Queen, she judged
Life insupportable, and, pricked at heart
An Amazonian stranger’s race should dare
To scorn her, perished by the murderous cord:
Yet, ere she perished, blasted in a scroll
The fame of him her swerving made not swerve,
Which Theseus read, returning, and believed,
So, exiled in the blindness of his wrath,
The man without a crime, who, last as first,
Loyal, divulged not to his sire the truth.
Now Theseus from Poseidon had obtained
That of his wishes should be granted Three,
And this he imprecated straight—alive
May ne’er Hippolutos reach other lands!
Poseidon heard, ai ai!    And scarce the prince
Had stepped into the fixed boots of the car,
That gave the feet a stay against the strength
Of the Henetian horses, and around
His body flung the reins, and urged their speed
Along the rocks and shingles of the shore,
When from the gaping wave a monster flung
His obscene body in the coursers’ path!
These, mad with terror as the sea-bull sprawled
Wallowing about their feet, lost care of him
That reared them; and the master-chariot-pole
Snapping beneath their plunges like a reed,
Hippolutos, whose feet were trammeled fast,
Was yet dragged forward by the circling rein
Which either hand directed; nor was quenched
The frenzy of that flight before each trace,
Wheel-spoke and splinter of the woeful car,
Each boulder-stone, sharp stub, and spiny shell,
Huge fish-bone wrecked and wreathed amid the sands
On that detested beach, was bright with blood
And morsels of his flesh: then fell the steeds
Head-foremost, crashing in their mooned fronts,
Shivering with sweat, each white eye horror-fixed.
His people, who had witnessed all afar,
Bore back the ruins of Hippolutos.
But when his sire, too swoln with pride, rejoiced,
(Indomitable as a man foredoomed)
That vast Poseidon had fulfilled his prayer,
I, in a flood of glory visible,
Stood o’er my dying votary, and deed
By deed revealed, as all took place, the truth.
Then Theseus lay the woefullest of men,
And worthily; but ere the death-veils hid
His face, the murdered prince full pardon breathed
To his rash sire. Whereat Athenai wails.
So, I who ne’er forsake my votaries,
Lest in the cross-way none the honey-cake
Should tender, nor pour out the dog’s hot life;
Lest at my fain the priests disconsolate
Should dress my image with some faded poor
Few crowns, made favours of, nor dare object
Such slackness to my worshippers who turn
The trusting heart and loaded hand elsewhere
As they had climbed Oulumpos to report
Of Artemis and nowhere found her throne—
I interposed: and, this eventful night,
While round the funeral pyre the populace
Stood with fierce light on their black robes that blind
Each sobbing head, while yet their hair they clipped
O’er the dead body of their withered prince,
And, in his palace, Theseus prostrated
On the cold hearth, his brow cold as the slab
’Twas bruised on, groaned away the heavy grief—
As the pyre fell, and down the cross logs crashed,
Sending a crowd of sparkles thro’ the night,
And the gay fire, elate with mastery,
Towered like a serpent o’er the clotted jars
Of wine, dissolving oils and frankincense,
And splendid gums, like gold,—my potency
Conveyed the perished man to my retreat
In the thrice venerable forest here.
And this white-bearded Sage who squeezes now
The berried plant, is Phoibos’ son of fame,
Asclepios, whom my radiant brother taught
The doctrine of each herb and flower and root,
To know their secret’st virtue and express
The saving soul of all—who so has soothed
With lavers the torn brow and murdered cheeks,
Composed the hair and brought its gloss again,
And called the red bloom to the pale skin back,
And laid the strips and jagged ends of flesh
Even once more, and slacked the sinew’s knot
Of every tortured limb—that now he lies
As if mere sleep possessed him underneath
These interwoven oaks and pines. Oh, cheer,
Divine presenter of the healing rod
Thy snake, with ardent throat and lulling eye,
Twines his lithe spires around! I say, much cheer!
Proceed thou with thy wisest pharmacies!
And ye, white crowd of woodland sister-nymphs,
Ply, as the Sage directs, these buds and leaves
That strew the turf around the Twain! While I
Await, in fitting silence, the event.

Extraído de Dramatic Lyrics, 1842 En Robert Browning, Selected Poems, Penguin Illustrated Classics, London, 1938. Versión © Silvia Camerotto.