Charles Bukowski se encuentra con Neal Cassady

Charles Bukowski escribió sus columnas “Escritos de un viejo indecente” en el periódico underground Open City publicado en Los Ángeles por John Bryan entre mayo de 1967 y abril de 1969. Tras el cierre de este medio, continuó haciéndolo en otro diario subterráneo, Los Angeles Free Press. El propio Bukowski cuenta en el libro que recopila esos escritos como surgió la idea: “‘¿Qué te parece si nos haces una columna semanal?’ preguntó despreocupadamente, rascándose la barba pelirroja. En fin, la verdad, pensando en otras columnas y otros columnistas, me parecía un latazo imponente. Pero empecé, no con una columna sino con una crítica de Papá Hemingway, de A. E. Hotchner. Luego, un día, después de las carreras, me senté y escribí el título, ESCRITOS DE UN VIEJO INDECENTE, abrí una cerveza, y el texto se hizo solo”.

En uno de esas columnas, el autor de Cartero relata su encuentro con el mítico Neal Cassady, amigo de Jack Kerouac y Allen Ginsberg y fuerza motriz para En el camino. Bukowski, que nunca sintió mucha afinidad con los Beats aunque muchos insisten en asociarlo a ese grupo, admiraba a Cassady, como queda demostrado aquí.

La reunión, organizada por el fundador y editor en jefe de Open City, John Bryan, tuvo lugar en Los Ángeles después de la Navidad de 1967, es decir poco antes de la muerte de Cassady en México en febrero del año siguiente.


 

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conocí al chico de Kerouac Neal C poco antes de que bajase a echarse junto a aquellas vías de tren mexicanas para morir. sus ojos se clavaban en vos como viejos escarbadientes y tenía la cabeza en el parlante, sacudiéndose, saltando, comiéndote con los ojos. llevaba una camiseta blanca y parecía estar cantando como un chiflado al compás de la música, precediendo el ritmo justo un poco como si fuese él quien dirigiera la procesión. me senté con mi cerveza y lo miré. había tomado un pack o dos de seis. Bryan se estaba ocupando de dar instrucciones y algunos rollos de película a dos chicos que iban a cubrir aquel show que seguían prohibiendo. lo que pasase con aquel show del poeta de Frisco, no me acuerdo su nombre. de cualquier modo, nadie se fijaba en Neal C y a Neal C no le importaba, o eso pretendía. cuando terminó la canción, los 2 chicos se fueron y Bryan me presentó al fabuloso Neal C.

   “¿una cerveza?”, le pregunté.

Neal agarró una botella, la tiró al aire, la atrapó, sacó la tapa y vació el medio cuarto en dos largos tragos.

   “tomá otra”.

   “claro”.

   ”pensé que era bueno con la cerveza”.

   “Soy el chico duro de la cárcel. Leí cosas tuyas”.

   “Leí cosas tuyas también. Aquella parte sobre que salías por la ventana del baño y te escondías desnudo en los matorrales. Buen material”.

   “Ah sí”.

seguía tomando cerveza, nunca se sentaba. se mantenía en movimiento. estaba un poco mareado por la acción, la luz eterna, pero no había odio alguno en él. te caía bien incluso aunque no quisieras porque Kerouac lo había preparado para el golpe a traición y Neal había picado, seguía picando. pero sabías que Neal era un buen tipo, y otro modo de mirar las cosas es que Jack sólo había escrito el libro, no era la madre de Neal. solo su destructor, deliberado o no.

Neal bailaba por la habituación en el Eterno Subidón. su rostro parecía viejo, dolorido, todo eso, pero su cuerpo era el cuerpo de un chico de dieciocho.

   “¿querés intentar con él, Bukowski?, preguntó Bryan.

   “see, ¿querés tratar, nene?”, me preguntó.

   sin odio, otra vez. Solo siguiendo el juego.

   “no, gracias. cumpliré cuarenta y ocho en agosto. ya tuve mi última paliza”.

   no hubiera podido ocuparme de él.

   “¿cuándo fue la última vez que viste a Kerouac?, pregunté.

   creo que dijo 1962, 1963. en todo caso, mucho tiempo atrás.

me quedé con Neal tomando cerveza y tuve que salir y conseguir más. el trabajo en la oficina estaba casi terminado y Neal se estaba quedando en lo de Bryan y B. me invitó a cenar. dije “dale” y como estaba un poco colocado no me di cuenta de lo que iba a pasar.

cuando salimos empezaba a caer una fina llovizna. del tipo que realmente jode las calles. todavía no lo sabía. pensaba que iba a manejar Bryan. pero Neal subió y agarró el volante. me senté en la parte de atrás. B. subió adelante con Neal. y empezó el viaje. derecho por aquellas calles resbalosas, y cuando parecía que estábamos pasando la esquina, entonces Neal decidía doblar a la derecha o a la izquierda. pasábamos autos estacionados, la línea divisoria a un pelo. solo puede ser descrito como un pelo. un poco del otro lado y estábamos todo muertos.

cuando salíamos del paso yo siempre decía algo ridículo como “bueno, ¡chupame la pija!” y Bryan reía y Neal solo seguía manejando, nunca serio ni feliz ni sarcástico. solo ahí, haciendo los movimientos. comprendí. era necesario. era su plaza de toros, su pista de carreras. era santo y necesario.

la mejor fue justo después de Sunset, para el norte hacia Carlton. la llovizna era fuerte ahora, arruinando tanto la visibilidad como las calles. saliendo de Sunset, Neal eligió su siguiente movimiento, ajedrez a toda velocidad, tenía que ser calculado en una décima de segundo. girar a la izquierda en Carlton nos llevaba a lo de Bryan. estábamos a una manzana. había un auto adelante y dos acercándose. podría haber bajado la velocidad y seguido el tráfico pero habría perdido su movimiento. no Neal. pasó al auto delante nuestro y pensé, es todo, no importa, realmente no importa para nada. esa es la forma por la que pasa por tu cabeza, esa fue la forma por la que pasó por mi cabeza. los dos coches pegados uno a otro, de frente, el otro tan cerca que sus luces delanteras inundaron mi asiento trasero. creo que en el último segundo el otro conductor tocó el freno. eso nos dio un pelo. Neal debió haberlo calculado. aquel movimiento. pero no había terminado. ahora íbamos a toda velocidad y el otro auto, acercándose lentamente por el Hollywood Boulevard, estaba a punto de bloquear el giro a la izquierda en Carlton. Siempre recordaré el color de aquel auto. tan cerca estuvimos. un tipo gris-azul, un auto viejo, cupé, encorvado y duro como un ladrillo de acero rodante. Neal dobló a la izquierda. para mí era como si estuviésemos yendo a embestir directo al centro del auto. era obvio. pero de algún modo, el movimiento hacia adelante del otro auto y nuestro movimiento a la izquierda coincidieron de manera perfecta. el pelo estuvo allí. de nuevo. Neal estacionó el auto y entramos. Joan sirvió la cena.

Neal comió todo lo de su plato y la mayor parte de lo del mío. tomamos un poco de vino. Joan  tenía de niñero a un joven homosexual muy inteligente, que creo ahora que se fue con alguna banda de rock o se mató o algo así. le pellizcaba los cachetes del cuando pasaba cerca. le encantaba.

creo que me quedé más tiempo del pensado, tomando y charlando con Neal. el niñero estuvo hablando sobre Hemingway, comparándome de algún modo con Hemingway, hasta que le dije que se callase y subió a ver cómo estaba Jason. fue unos días después que Bryan me llamó por teléfono:

   “Neal está muerto. Neal murió”.

   “mierda, no”.

   Bryan me contó entonces algo acerca del tema. colgó.

   eso fue todo.

todos aquellos viajes, todas aquellas páginas de Kerouac, toda la cárcel, para morir solo bajo la helada luna mexicana, ¿entendés? ¿no podés ver los miserables flacos cactus? México no es un mal lugar simplemente porque está oprimido; México es simplemente un mal lugar. ¿no ves a los animales del desierto mirando? las ranas, cornudas y simples, las serpientes como tajos de las mentes de los hombres reptando, deteniéndose, esperando, mudas bajo la muda luna mexicana. reptiles, rápido movimiento de cosas, mirando a este tipo en la arena con su camiseta blanca.

Neal, había encontrado su movimiento. no hirió a nadie. el chico duro de la cárcel yacía acostado junto a unas vías de tren mexicanas.

la única noche que estuve con él le dije: “Kerouac escribió todos tus otros capítulos. yo ya he escrito tu último”.

   “adelante”, dijo. “escribilo”.

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I met Kerouac’s boy Neal C. shortly before he went to lay down along those Mexican railroad tracks to die. his eyes were sticking out on ye olde toothpicks and he had his head in the speaker, jogging, bouncing, ogling, he was in a white t-shirt and seemed to be singing like a cuckoo bird along with the music, preceding the beat just a shade as if he were leading the parade. I sat down with my beer and watched him. I’d brought in a six pack or two. Bryan was handling out an assignment and some film to two young guys who were going to cover that show that kept getting busted. whatever happened to that show by the Frisco poet, I forget his name. anyhow, nobody was noticing Neal C and Neal C didn’t care, or he pretended not to. when the song stopped, the 2 young guys left and Bryan introduce me to the fab Neal C.

   “have a beer?” I asked him.

 Neal plucked a bottle out, tossed it in the air, caught it, ripped the cap off and emptied the half-quart in two long swallows.

   “have another.”

   “sure.”

   “I thought I was good on the beer.”

   “I’m the tough young jail kid. I’ve read your stuff.”

   “read your stuff too. that bit about climbing out the bathroom window and hiding in the bushes naked. good stuff.”

“oh yeah.” he worked at the beer, he never sat down. he kept moving around the floor. he was a little punchy with the action, the eternal light, but there wasn’t any hatred in him. you like him even though you didn’t want to because Kerouac had set him up for the sucker punch and Neal had bit, kept biting. but you know Neal was o.k. and another way of looking at it, Jack had only written the book, he wasn’t Neal’s mother. just his destructor, deliberate or otherwise.

Neal was dancing around the room on the Eternal High. his face looked old, pained, all that, but his body was the body of a boy of eighteen.

   “you want to try him, Bukowski?” asked Bryan.

   “yeah, ya wanta go, baby?” he asked me.

   again, no hatred. just going with the game.

   “no, thanks. I’ll be forty-eight in August. I’ve taken my last beating.”

I couldn’t have handled him.

   “when was the last time you saw Kerouac?” I asked.

I think he said 1962,1963. anyhow, a long time back.

I just about stayed with Neal on the beer and had to go out and get some more. the work at the office was about done and Neal was staying at Bryan’s and B. invited me over for dinner. I said, “all right” and being a bit high I didn’t realize what was going to happen.

When we got outside a very light rain was just beginning to fall. the kind that really fucks up the streets. I still didn’t know. I thought Bryan was going to drive. but Neal got in and took the wheel. I had the back seat anyhow. B. got up in front with Neal. and the ride began. straight along those slippery streets and it would seem we were past the corner and then Neal would decide to take a right or a left. past parked cars, the dividing line just a hair away. it can only be described as hairline. a tick the other way and we were all finished.

After we cleared I would always say something ridiculous like, “well, such my dick!” and Bryan would laugh and Neal would just go on driving, neither grim or happy or sardonic, just there — doing the movements. I understood. it was necessary. it was his bull ring, his racetrack. it was holy and necessary.

The best one was just off Sunset, going north toward Carlton. the drizzle was good now, ruining both the vision and the streets. turning off to Sunset, Neal picked up his next move, full-speed chess, it had to be calculated in an instant’s glance. a left on Carlton would bring us to Bryan’s. we were a block off. there was one car ahead of us and two approaching. now, he could have slowed down and followed the traffic in but he would have lost his movement. not Neal. he swung out around the car ahead of us and I thought, this is it, it doesn’t matter, really it doesn’t matter at all. that’s the way it goes through your brain, that’s the way it went through my brain. the two cars plunged at each other, head-on, the other so close that the headlights flooded my back seat. I do think that at the last second the other driver touched his brake. that gave us the hairline. it must have been figured in by Neal. that movement. but it wasn’t over. we were going very high speed now and the other car, approaching slowly from Hollywood Blvd. was just about blocking a left on Carlton. I’ll always remember the color of that car. we got that close. a kind of gray-blue, an old car, coupe, humped and hard like a rolling steel brick thing. Neal cut left. to me it looked as if we were going to ram right through the center of the car. it was obvious. but somehow, the motion of the other car’s forward and our movement left coincided perfectly. the hairline was there. once again. Neal parked the thing and we went on in. Joan brought the dinner in.

Neal ate all of his plate and most of mine too. we had a bit of wine. John had a highly intelligent young homosexual baby-sitter, who I now think has gone on with some rock band or killed himself or something. anyhow, I pinched his buttocks as he walked by. he loved it.

I think I stayed long past my time, drinking and talking with Neal. the baby-sitter kept talking about Hemingway, somehow equating me with Hemingway until I told him to shove it and he went upstairs to check Jason. it was a few days later that Bryan phoned me:

   “Neal’s dead. Neal died.”

   “oh shit, no.”

   then Bryan told me something about it. hung up.

   that was it.

All those rides, all those pages of Kerouac, all the jail, to die alone under a frozen Mexican moon, alone, you understand? can’t you see the miserable puny cacti? Mexico is not a bad place because it is simply oppressed; Mexico is simply a bad place. can’t you see the desert animals, watching? the frogs, horned and simple, the snakes like slits of men’s minds crawling, stopping, waiting, dumb under a dumb Mexican moon. reptiles, flicks of things, looking across this guy in the sand in a white t-shirt.

Neal, he’d found his movement. hurt nobody. the tough young jail kid laying it down alongside a Mexican railroad track.

   the only night I ever met him I said, “Kerouac has written all your other chapters. I’ve already written your last one.”

   “go ahead,” he said, “write it.”

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Extraído de Charles Bukowski, Notes  of a Dirty Old Man, City Lights Books, San Francisco, 1969.
Traducción y presentación Mariano Rolando Andrade