Vidrio de Juan Rapacioli | Jorge Consiglio

“Los poemas de Vidrio son artefactos sutiles, casi vaporosos, pero de altísima vehemencia. Están compuestos como bombas: cada tensor es un detalle de enorme precisión, una polea verbal que, sin abandonar nunca un tono lacónico, sosegado y casi austero, se encrespa, se enmaraña hasta alcanzar la mayor tensión dramática posible y genera una intensidad mayúscula. Rapacioli consigue que en sus poemas se cifre una condensación extrema.”

En Vidrio, Juan Rapacioli elige un poderoso verso de Ungaretti como epígrafe para abrir el libro. Se lee: “La tierra tiembla/ de placer /bajo un sol/ de violencias/ gentiles”. Me detengo en los últimos versos (“de violencias/ gentiles”). Me parece que en ellos se cifra una tensión que termina por definir (por supuesto, sin cerrar, sin cancelar sentido) algo —una esencia— medular de este texto de Rapacioli. En los dos versos de Ungaretti se articula un oxímoron; es decir, se conjugan polos que resultan opuestos, casi contradictorios o, mejor, francamente contradictorios (por una parte, la violencia y, por otro, la gentileza) y algo de esto (de la discusión de dos conceptos en acto) está presente en los poemas de Vidrio. Cada estrofa, cada verso de este libro de Juan es tan extremo, tan disruptivo como armónico y consonante. Los poemas de Vidrio son artefactos sutiles, casi vaporosos, pero de altísima vehemencia. Están compuestos como bombas: cada tensor es un detalle de enorme precisión, una polea verbal que, sin abandonar nunca un tono lacónico, sosegado y casi austero, se encrespa, se enmaraña hasta alcanzar la mayor tensión dramática posible y genera una intensidad mayúscula. Rapacioli consigue que en sus poemas se cifre una condensación extrema. Por una parte, hay una voz límite, puro confín, remate, tope que templa la sintaxis lírica hasta ponerla en crisis; por otra, la lengua se torna melódica, plácida, tutelar. En cada poema (son todos íntimos como crisálidas) hay un tiempo (entendiendo este término como la inclusión del que enuncia en una cronología determinada) muy particular, un tiempo que discute y asimila lo cotidiano. Rapacioli, en sus dos libros de poemas publicados, pero muy en particular en Vidrio organiza los versos como si fueran relicarios musicales, cada poema es una pequeña sonata.

Pero vuelto al tema de los tiempos que se manejan en los poemas de Vidrio. Me parece que es una cuestión clave para pensar esta producción de Juan. Hace poco estuve leyendo un libro hermoso de Tununa Mercado que se llama En estado de memoria y, en uno de los relatos, encontré una comparación entre la escritura y el acto de tejer que, creo, se relaciona con esto que digo. Leo un fragmento: “Hay un grado de abstracción tal en la labor textil que durante el tiempo de tejer, podría decirse, la persona desaparece del transcurso natural del ser en el tiempo; lo que se capta en esos momentos de corte o de distanciamiento es una vibración muy lejana del mundo”, pero que sin embargo, alcanza para volverlo inteligible en su totalidad; es decir, el mundo con sus reglas, con su arbitrariedad y con su injusticia, sigue siendo una presencia concreta. Algo de esto pasa en los poemas de Vidrio. Desde hace algunos años, Juan está trabajando en un relato, ya casi una nouvelle por la extensión, que se llama “Muncho”. Quizás como un resabio de esta experiencia escritural, se nota en este libro un pie narrativo muy notable, es decir, un anclaje en una escena cronológica determinada, con su retórica, con sus personajes y con su inmediatez; pero este universo, este cosmos, no se clausura con un nombre determinado ni se aísla en su tiempo histórico sino que, por cierta dinámica abstracta y por el ejercicio constante del merodeo (que a mi juicio es el núcleo de la palabra poética), permanece abierto, indeterminado y poroso. En Vidrio se lee: “los encontraron atados/ eran tres en la sombra/ las caras contra el suelo/ el hielo en los ojos” y en un poema que se llama “El testigo”: “Lo vi trabar la puerta/ levantar las piedras/ juntar los cadáveres/ en la nieve desierta/ cortar los leños/ en la nieve desierta/ hacer el fuego/ en la nieve desierta/ y arrojar los cuerpos/ a las llamas azules”. Estos versos son un claro ejemplo del imaginario que se va construyendo a lo largo del libro. Este imaginario remite, por un parte, al presente (y con este término me refiero no solo al tiempo que nos toca vivir sino también a los años de dictadura), pero también dialoga de una manera fluida con la ficción de London. El héroe que aparece en Vidrio reúne ciertas características que son propias del protagonista de las novelas de aventuras: se mueve en la intemperie, sube montañas, hace fuego, caza ciervos, sueña con perros; en otras palabras, sobrevive en un mundo que es tan implacable como agreste. Y toda esta interacción parece cifrarse en dos pilares: la violencia como estrategia y una certeza inquebrantable en su propia vulnerabilidad. Para decirlo de una vez: los protagonistas del libro de Rapacioli están constantemente al borde de sí mismos. Y este rasgo los vuelve únicos, dueños de un espesor que los humaniza al extremo. Porque no son personajes simples de una sola cara sino, más bien, todo lo contrario: en un momento determinado, se escinden y asumen sin transición sus responsabilidades urbanas. En una estrofa se lee: “hablo por teléfono/ pago las cuentas/ evito las noches/ trabajo horas extras/ me voy de vacaciones/ con mi familia/ a visitar la montaña”. El texto da cuenta de esta bisagra: el personaje maneja su ambigüedad, articula rieles vitales que, en apariencia, se contradicen. Por eso, justamente, los planos de la escena nunca son concluyentes ni estables, resultan una puesta en acto de la incertidumbre. En este sentido, La zona, que aparece mencionada en el texto —referida directa o indirectamente al film de Tarkovsky— cobra sentido, se resignifica. Y tal como escribe Mario Arteca en el prólogo de esta edición favorece la “disociación de climas internos, es a la vez desviarse y nadar a contrapelo”. Entonces, de alguna manera, podría pensarse que Juan Rapacioli con Vidrio da una vuelta de tuerca a la poesía de los 90. La estética de Rapacioli, que además es una ética, se asienta en una lírica comandada por verbos que desactiva los cerrojos del escepticismo y la apatía. Su novedad, la novedad de sus textos, se apoya en la condensación, en la relevancia del volumen simbólico y en una dialéctica con lo real mediada por un posicionamiento político.

En el libro de Juan Rapacioli el vidrio estalla, lastima, pone en crisis, pero también tiene un peso material, da identidad, refracta. Es translúcido, a través del vidrio se puede ver, se observa lo que pasa del otro lado, lo que acontece en el universo, se distingue la textura del mundo. Y, en este sentido, Vidrio plantea una pequeña teoría sobre el compromiso de la mirada: el observador es responsable, el juicio de sus ojos cuenta. Y esta moral, también, es la que la belleza y vigor al texto. En el poema “La caída”, que habla sobre el fin de un día, se puede leer: “el día que cae/ no sabe que cae/ desconoce su sacrificio/ ante la cadencia nocturna/ no le importa caer/ no le importa morir/ no cae un día/ sólo quien lo mira”.

Jorge Consiglio