Teresa Wilms Montt: Perfecta en su muerte

Teresa Wilms Montt: Perfecta en su muerte
Rodrigo Arriagada- Zubieta

Teresa Wilms Montt (Viña del Mar, 1893- París, 1921), representa la perfecta caricatura de la femme fatal, la mistificación de la mujer hermosa que también escribe. Recientemente descubierta en España por la publicación de 2017, Preciosa Sangre- Diarios íntimos, o tardíamente resucitada en Chile, en 2009, gracias a Teresa, la película que rodó Tatiana Gaviola sobre su vida. Porque su poesía y sus diarios permanecen intactos para ser interpretados y hasta ahora ha prevalecido una visión sexista y superficial que omite casi por completo su voz extraña. Encarna, de ese modo, el caso de la escritora cuya vida perdura sobre su obra, algo que ya ocurrió con Anne Sexton y Sylvia Plath, de quien favorablemente hoy se conoce mucho más su obra.
Wilms Montt nació en una familia de élite y descendía de la estirpe de cuatro presidentes de la República chilena. Natural que su vida fuera todo un desajuste entre su espíritu y su época. A Teresa le habría bastado con pasearse por la calle o hacerse fotografiar entre sus amigos, era de esas mujeres subyugantes de las que -en términos proustianos- se suele decir: “además escribe”. Enrique Gómez Carrillo, célebre maestro del confite periodístico en los días de la bella época, dejó la siguiente descripción en las páginas del diario español “El Liberal”: “Los que la ven pasar, esbelta y rítmica, con sus pelos cortados y su bastoncillo insolente, se preguntan si es una bailarina de los bailes rusos, o una parisiense fantástica, o una norteamericana tan millonaria que hasta para sus ojos ha comprado las dos esmeraldas más grandes y más puras que hay en el mundo”. Pero del mismo modo que capaces de admirar la belleza, los hombres se suelen enamorar de un modo enfermizo de estas mujeres a las que suelen esclavizar, por no poder poseerlas completamente. Así, fue acusada de adulterio, por Gustavo Balmaceda Valdés, funcionario de Impuestos con el que se casó sin consentimiento paterno, a los 17 años. Un hombre celoso, violento y entregado casi por completo a la bebida. Fiel a sus pasiones, Teresa se enamoró del primo de su marido –Vicho–, a quien están dirigidas casi todas sus palabras de sus diarios. Esto le valió el confinamiento al convento Preciosa Sangre, y la fatal separación de sus hijas que detonó su suicidio temprano, por medio de un cóctel de pastillas en París. ¿Cuál fue su delito? No podar sus deseos. Anarquista, trilingüe y lectora temprana, desarrolló un pensamiento genuinamente feminista. Antes de ello, en 1916, con ayuda de Vicente Huidobro, huyó del convento en dirección a Argentina, donde conoció a la intelectualidad bonaerense- particularmente a Borges y Victoria Ocampo. Ahí presenció el suicidio de uno de sus enamorados, quien no soportó su rechazo y a quien dedicó su poemario Anuarí.
Para describir su obra, me quedo con las palabras de Gómez de la Serna, quien la conoció en Nueva York: “de qué mundo remoto nos llega esta voz extraña”. En 1917 publicó sus dos primeros poemarios, Inquietudes sentimentales, ópera prima, profundamente surrealista, que tuvo un éxito arrollador en los círculos intelectuales argentinos, lo mismo que ocurrió con Tres cantos, obra mucho más erótica. En sus poemas encontramos -principalmente- la ansiedad de un corazón joven y la compulsión de un espíritu rebelde a través del que se desliza desde temprano la idea de la muerte: “Así desearía yo morir, como la luz de la lámpara sobre las cosas/ esparcida en sombras suaves y temblorosas. Es la angustia que se resuelve en la muerte de una mujer amante que solicita la fusión con el ser amado con toda el alma y la carne y que no está dispuesta a ceder un centímetro de sí misma. Su estilo es rompiente y de inigualable calidad estética al mismo tiempo. Sus palabras parecen describir círculos mágicos en un aire nocturno. Es la poesía la que la obliga a vivir un tiempo más y que convierte las Páginas de mi Diario en una defensa precaria ante el mundo: soy yo desconcertantemente desnuda/ rebelde contra todo lo establecido /grande entre lo pequeño/ pequeña ante lo infinito. Es la pasión la que la empuja a arder un poco más, antes de ser la muerte a la que llega gélida por todos los caminos. Si se pudiera resumir en un verso lo que es Teresa Wilms, habría que parafrasear a De Rokha (yo soy como el fracaso del mundo) y decir sobre ella: yo soy como el esplendor y la desgracia del mundo, al que rechaza honestamente.
Mucho se dirá sobre ella, pero es necesario leerla. Huidobro la definió como “la mujer más grande que ha producido la América. Perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia, perfecta de inteligencia, perfecta de fuerza espiritual, perfecta de gracia”. A lo anterior agrego, a título personal, perfecta en su muerte. En las últimas páginas de su diario, escribió: “Morir, después de haber sentido todo y no ser nada”.

Autodefinición

Soy Teresa Wilms Montt
y aunque nací cien años antes que tú,
mi vida no fue tan distinta a la tuya.
Yo también tuve el privilegio de ser mujer.
Es difícil ser mujer en este mundo.
Tú lo sabes mejor que nadie.
Viví intensamente cada respiro y cada instante de mi vida.
Destilé mujer.
Trataron de reprimirme, pero no pudieron conmigo.
Cuando me dieron la espalda, yo di la cara.
Cuando me dejaron sola, di compañía.
Cuando quisieron matarme, di vida.
Cuando quisieron encerrarme, busqué libertad.
Cuando me amaban sin amor, yo di más amor.
Cuando trataron de callarme, grité.
Cuando me golpearon, contesté.
Fui crucificada, muerta y sepultada,
por mi familia y la sociedad.
Nací cien años antes que tú
sin embargo te veo igual a mí.
Soy Teresa Wilms Montt,
y no soy apta para señoritas.

***

¡Anuarí! ¡Anuarí!
Espíritu profundo, vuelve del caos.
Torna en misteriosa envoltura, huésped de mis noches glaciales.
Que tus dedos de sueño posen sobre mis párpados desvelados.
Ciérralos, Anuarí.
Veneno sublime, da muerte a mi cerebro aterrado.
Quédate sobre mi fosa sonriendo enigmático.
Sonrisas de ultratumba, sombra y luz, sonrisa tremenda que me ha aniquilado.
¡Espíritu profundo, vuelve del caos!
Se han muerto todas mis flores, sólo queda para tu hambre la sangrienta herida de mi corazón partido.
Anuarí, Anuarí. ¡Sucumbo en el torbellino de los astros locos que se precipitan!
¡Vuelve del caos!

Este es mi diario

En sus páginas se esponja la ancha flor de
la muerte diluyéndose en savia ultraterrena y
abre el loto del amor, con la magia de una
extraña pupila clara frente a los horizontes.
Es mi diario. soy yo desconcertantemente
desnuda, rebelde contra todo lo establecido,
grande entre lo pequeño, pequeña ante el infinito..
soy yo …

Londres, Septiembre 191…

A un costado de mi cama, en la pared, hay tres manchas de tinta.
La primera repartida en puntitos parece una estrella doble, la segunda se abre más abajo; en minúscula mano de ébano, la última perfectamente recortada tomó la forma de un as de piqué.
Resbalo sobre ellas mis dedos, con sensibilidad de nervio visual, y siente que esas tres manchas están de relieve dentro de mi cerebro como obstáculo para el fácil rodar de las ideas.
Hay tres, digo, tratando de sí atraerse; tres, digo mirando al techo: el amor, el dolor y la muerte.
Sin saber por qué paréceme que he pronunciado algo grave, algo que recogió en su bolsa sin fondo la fatalidad.
Aunque borre las manchas de la pared, esos tres puntos negros quedarán estampados dentro de mi cerebro.
En la efervescencia de la sangre que bulle, cuando la sorba la Absurda, harán remolino vertiginosamente las tres, en la copa pulida del cráneo.
Un temblor nervioso tira hacia abajo la comisura de mis labios.
Cada vez más espesa la pintura de la noche embadurna los cuadros de la ventana.

Liverpool, Hotel Adelphi, Octubre 16, 1919, 3 y 1/2 madrugada.

No he podido dormir. A la una de la madrugada cuando iba a entregarme al sueño , me dí cuenta que estaba rodeada de espejos.
Encendí la lámpara y los conté. Son nueve.
Recogida, haciéndome pequeña contra el lado de la pared, traté de desaparecer en la enorme cama.
Llueve afuera y por la chimenea caen gruesas gotas, negras de tizne. ¿Es que se deshace la noche?
No tengo miedo, hace mucho tiempo que no experimento esa sensación.
Me impone el viento que hace piruetas silbando, colgado de las ventanas.
No podría explicarlo, pero aquí, en este momento, hay alguien que no veo y que respira en mi propio pecho.
¿Qué es eso?
Bajo, muy bajo, me digo aquello que hiela pero que no debo estampar en estas páginas.
La sombra tiene un oído con un tubo largo, que lleva mensajes a través de la eternidad y ese oído me ausculta ahí, tras del noveno espejo.

 

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