Preguntas a J. Hillis Miller [Geneva School | Yale School] de Buenos Aires Poetry

J. Hillis Miller (1928 – Newport News, Virginia) es un crítico literario estadounidense que se asoció inicialmente con el grupo de críticos de Geneva (Geneva School) y, más tarde, con la Escuela de Yale y la desconstrucción (Yale School of deconstruction), junto a su colega Jaques Derrida.
Graduado de Orbelin College (1948) y la Universidad de Harvard (1949-1952), es Catedrático Distinguido UCI de Literatura Inglesa y Comparada de la Universidad de California. Pubicó obras como The Interpreted Design as a Structural Principle in American Prose y William Faulkner: His Life and Work.
El diálogo inicial entre Juan Arabia y J. Hillis Miller comenzó a mediados del 2017 a partir de la publicación de Poesía Reunida de William Carlos Williams (Lumen, 2017) [Diario Perfil (Argentina) “Al núcleo de la matriz americana“].

J.A:  Quisiera que nos cuente acerca de sus primeros años en las Universidades de Oberlin y Harvard… Y también acerca de su formación en poesía y crítica fuera del mundo académico.

J. Hillis Miller: Oberlin es una pequeña universidad mixta (2500 estudiantes en mi época [1944-48]) en un pequeño pueblo en Ohio. Muy selectiva. Con buen nivel y una buena biblioteca. Asistir a Oberlin luego de haber ido a una muy común, pero aun así bastante buena (escuela secundaria en Delmar, Nueva York), fue una revelación para mí. Nunca había tenido tan buenos profesores, ni había conocido a tantos estudiantes con nivel más avanzado. Comencé estudiando la carrera en física porque era bueno en matemática y ciencia en la secundaria; y porque todos mis amigos iban a estudiar lo mismo. Decidí cambiar mi área de estudio por Literatura Inglesa a mitad de mi segundo año, luego de serias conversaciones con mi padre y Dorothy (mi mujer desde hace 68 años). Tanto Dorothy como mi padre (un exitoso educador y administrativo académico) me incentivaron a que estudiase lo que más me interesara. Eso era, como me había dado cuenta, literatura y humanidades en general. Mi interés principal estaba enfocado en cómo la poesía podía hacer un uso del lenguaje (ostentosas figuras retóricas, por ejemplo) tan diferente al uso que se le daba en la ciencia. Y luego de este cambio, nunca dudé mi decisión y aún hoy encuentro fascinante la pregunta acerca de las particularidades del lenguaje según los distintos ámbitos de uso. Sin embargo, aún tengo interés por la ciencia y la astrofísica en particular. 

He sido un lector literario ávido y constante desde que me enseñé a mí mismo a leer a los cinco o seis años, para poder leer Alicia en el país de las maravillas para mí mismo en vez de pedirle a mi madre que me lo leyera. Ella me alentaba mucho a leer. Sin embargo, no sabía nada de teoría literaria hasta Oberlin, donde un tuve gran maestro, Andrew Bongiorno. Él daba cursos de historia de teoría literaria y fue tan amable de ser mi tutor particular en Poética y Retórica de Aristóteles.

Harvard no fue para mí la gran revelación que fue Oberlin, a pesar de su gran distinción, su gran biblioteca, y sus estudiantes brillantes; y a pesar también de la amabilidad y del apoyo que recibí de los profesores de Harvard. Comencé de manera algo furtiva a leer teoría y crítica literaria por mi cuenta. Digo de manera furtiva porque casi ninguno de mis profesores en Harvard apreciaba la teoría literaria. Leí a los Nuevos Críticos (Brooks, Warren, etc.); a Keneth Burke (a quien escuché dar una ponencia en Harvard), I. A. Richards, William Empson, y a muchos otros. Admiraba especialmente, y aún lo hago, a Burke y a Empson. En Harvard escribí una extensa tesis doctoral sobre “El imaginario simbólico de Charles Dickens”. Estaba profundamente influenciado por Burke. Nunca se publicó. Mi primer libro fue sobre Dickens, pero resultó muy diferente a mi tesis. Mi director de tesis en Harvard, Douglas Bush, no apreciaba a Burke porque, según él, Burke usaba el poco elegante “nosotros inclusivo” (“Ahora veremos…”). La verdadera razón, creo yo, era que Burke era un teórico literario en vez de un historiador temático literario, de lo cual Bush era un claro ejemplo.

De todos modos, Bush aprobó generosamente mi tesis y me recomendó en mi entrevista en la Universidad John Hopkins. En esa maravillosa institución comenzó mi verdadero aprendizaje en cómo hacer crítica y teoría literaria. Gracias a colegas como Georges Poulet, Leo Spitzer, Earl R. Wasserman, Paul de Man y Jacques Derrida. Pero esa es otra historia.

J. A.: Desde su propia experiencia de vida y proyectos, ¿ha encontrado obstáculos para convertirse en crítico literario?

J. Hillis Miller: En verdad, no. Los Estados Unidos son aún un lugar donde libertad académica significa enseñar y escribir más o menos lo que uno quiera y como uno quiera, dentro de las limitaciones de tu cargo, una vez que te hayan asignado un puesto en algún instituto terciario o universitario. En Hopkins, por ejemplo, me asignaron inicialmente el puesto de profesor de literatura inglesa (desde 1830 al presente); pero eso no me privó de incluir una gran cantidad de contenido de teoría literaria en mis clases; en temas como “La novela Victoriana”; ni de publicar ensayos y libros que tenían mucho contenido teorético. De todos modos, siempre pensé que el uso de la teoría literaria es el de facilitar buenas lecturas y lecciones de auténticas obras literarias. Más adelante, junto con ciertos colegas en Yale (Peter Brooks, Harold Bloom, Geoffrey Hartman, Barbara Johnson, Shoshana Felman, Peter Demetz, Paul de Man, Jacques Derrida y Andrzej Warminski) pudimos institucionalizar notablemente la teoría literaria tanto en carreras terciarias y de grado. Nuestro logro fue tomado con algo de envidia natural, pero nuestros colegas menos teoréticos nunca intentaron privarnos de enseñar teoría tanto y como quisiéramos.

J. A:. ¿Quiénes fueron los críticos literarios que lo formaron?

J. Hillis Miller: En mi respuesta a la pregunta #1 los nombré y describí brevemente. A comienzos de mi carrera hice un esfuerzo consciente para entender cómo Empson, Burke, de Man -y otros críticos cuyos procedimientos yo admiraba- lo hacían, es decir, cómo escribían sus ensayos. Descubrí luego que todos lo hacían de manera diferente y que eran inimitables. Uno tiene que crear su propio estilo para hacer crítica literaria.

J. A.: En el primer número de Buenos Aires Poetry, John Ashbery respondió acerca de las “tres clases de poesía” propuestas por Ezra Pound. Él nos dijo que, aunque nunca había sido un gran lector de Pound, consideraba “las clases” relevantes en el contexto y surgimiento de la poesía contemporánea. En este sentido, me gustaría saber su opinión respecto a estas “tres clases” en el ámbito de la crítica literaria contemporánea.

J. Hillis Miller: Melopoeia, phanopoeia y logopoeia son términos descriptivos definitivamente útiles, y son definitivamente una parte importante de la teoría poética de Pound. Son también un ejemplo de la predilección de Pound por la terminología ostentosa, para ,en parte al menos, aparentar que lo que dice lo aprendió de forma portentosa. Sin embargo, no veo que muchos críticos literarios, en América y Europa al menos, utilicen estos términos en el presente. Yo no los utilizo. La mayoría de los poemas que admiro y de los que escribí recientemente; “Tears, Idle Tears” de Alfred Tennyson, “The Cold Heaven”, de W. B. Yeats, “The Motive for Metaphor” de Wallace Stevens; utilizan las tres “clases” en diferentes combinaciones. No creo que identificar dicha combinación en un poema dado sea de gran utilidad para el crítico. Uno debe simplemente comprender qué dice el poema en cuestión y cómo lo dice; y uno necesita encontrar un lenguaje para nombrar esas características con precisión y definición. Con este propósito, términos tan generales como melopoeia no son muy útiles.

J. Hillis Miller, in full Joseph Hillis Miller, (born March 5, 1928, Newport News, Va., U.S.), American literary critic who was initially associated with the Geneva group of critics and, later, with the Yale school and deconstruction. Miller was important in connecting North American criticism with Continental philosophical thought.

Miller graduated from Oberlin College in 1948 and received an M.A. and Ph.D. from Harvard University in 1949 and 1952, respectively. After teaching English at Williams College for one year, he held positions at Johns Hopkins University (1953–72), Yale University (1972–86), and the University of California, Irvine (from 1986). Miller was president of the Modern Language Association of America in 1986 and contributed significantly to professional academic institutions and organizations throughout his career.¹

J. A.: I would like you to tell us about your early years at Oberlin College and Harvard… And also about your extra-academic formation, in relation to poetry and criticism.

J. Hillis Miller: Oberlin is a small (2500 students in my day [1944-48]) coeducational college in a small town in Ohio. Very selective. Good teaching and a good library. Going there from an ordinary but still quite good small town high school in Delmar, New York, was a revelation to me. I had never had such good teachers nor met so many other students who were way ahead of me. I started as a physics major because I was good at math and science in high school and because my friends there all intended to study math and science in college. I changed to become a major in English literature the middle of my sophomore year, after earnest discussions with my father and with my then girlfriend and wife to be, Dorothy. (I have now been married to her for 68 years.) Both Dorothy and my father (a highly successful educator and academic administrator) encouraged me to study what most interested me. That, I had come to realize, was literature and the humanities generally. My initial interest when I shifted to literary study was focused on the question of how poetry could get away with using language (ostentatious figures of speech, for example) in ways so different from language practices used in science. I have never turned back since that shift and still find that question of different language decorums fascinating. Nevertheless, I still maintain my interest in science, especially astrophysics. I think occasionally of the researcher in black holes and supernovae I might have become.

I had been a constant and avaricious reader of literature since I taught myself to read at the age of five or six so I could read Alice in Wonderland for myself instead of having my mother read it to me. My mother greatly encouraged my reading. I knew nothing, however, about literary theory until Oberlin, where I had one great teacher, Andrew Bongiorno. He gave courses on the history of literary theory and was kind enough to tutor me privately in Aristotle’s Poetics and his Rhetoric.

Harvard was something of a comedown after Oberlin, in spite of its great distinction, its great library, the many brilliant graduate students I knew there, and in spite of the kind encouragement I got from my teachers at Harvard. I began somewhat furtively at Harvard to read literary theory and literary criticism on my own. I say “furtively” because almost all my Harvard teachers disliked literary theory. I read the New Critics (Brooks, Warren, etc.), Kenneth Burke (whom I heard lecture once at Harvard), I. A. Richards, William Empson, and others. I especially admired, and still do, Burke and Empson. I wrote at Harvard a long PhD dissertation on “The Symbolic Imagery of Charles Dickens.” It was deeply influenced by Burke. Never published. My first book was on Dickens, but is very different from my dissertation. My dissertation director at Harvard, Douglas Bush, disliked Burke because, said Bush, he uses the inelegant editorial “we” (“Now we shall show . . . .”). The real reason, I suspect, was because Burke is a literary theorist as opposed to a thematic literary historian, of which Bush is a distinguished example.

In any case, Bush generously accepted my dissertation and recommended me for my appointment at Johns Hopkins University. That wonderful institution is where my real advanced education in how to do literary criticism and literary theory started, by way of such colleagues as Georges Poulet, Leo Spitzer, Earl R. Wasserman, Paul de Man, and Jacques Derrida. But that is another story.

J. A.: From your own life experiences and projects, have you encountered obstacles to become a literary critic?

J. Hillis Miller: Not really. The United States is still a place where academic freedom means teaching and writing more or less whatever you like or however you like, within the constraints of your appointment, once you are appointed to a position at some college or university. At Hopkins, for example, I was initially appointed to teach English literature between 1830 and the present, but that did not keep me from putting a lot of literary theory in one way or another into my courses on topics like “The Victorian Novel,” nor from publishing essays and books that had a lot of theoretical content. In any case, I have always thought that the use of literary theory is to facilitate good readings and teachings of actual literary works. Later on, when I and certain colleagues at Yale (Peter Brooks, Harold Bloom, Geoffrey Hartman, Barbara Johnson, Shoshana Felman, Peter Demetz, Paul de Man, Jacques Derrida, Andrzej Warminski) were conspicuously successful at institutionalizing literary theory in both graduate and undergraduate courses, we encountered some natural jealousy of our success, but our less theoretical colleagues never tried to keep us from teaching theory however we liked and as much as we liked.

J. A.: What are the literary critics who have formed you?

J. Hillis Miller: See my answer to your question #1 above, where these are listed and briefly discussed. At an early point in my career I made a conscientious effort to figure out how Empson, Burke, de Man, and other critics whose procedures I admired did it, that is, how they put an essay together. I discovered that they all do this differently and that they are inimitable. You have to develop your own style of doing literary criticism.

J. A.: John Ashbery, in the first number of Buenos Aires Poetry, answered about the “Three kinds of poetry” of Ezra Pound. He told us that he has never been a great reader of Pound, but however considered “the kinds” relevant in the context and emergence of contemporary poetry. In that sense, I would like to know your opinion about these “three kinds” in the field of contemporary literary criticism…

J. Hillis Miller: Melopoeia, phanopoeia and logopoeia are certainly useful descriptive terms, and they are certainly an important part of Pound’s theory of poetry. They are also examples of Pound’s penchant for using fancy terminology, in order, in part at least, to make what he is saying sound portentously learned. I don’t, however, see many literary critics, in America and Europe at least, using these terms all that much these days. I don’t use them myself. Most of the poems I admire and have written about recently, Alfred Tennyson’s “Tears, Idle Tears,” W. B. Yeats’s “The Cold Heaven,” Wallace Stevens’s “The Motive for Metaphor,” use all three of these “kinds,” in different mixtures. I don’t see, however, that identifying the particular mixture in a given poem gets the critic very far. You need to figure out just what the poem in question says and how it says it, and you need to find language to name those features accurately and precisely. For this effort, general terms like melopoeia are not all that useful.

¹ Encyclopædia Britannica, inc.

Entrevista Completa en Buenos Aires Poetry n°7. Preguntas a J. Hillis Miller por Juan Arabia, 2018. Traducción de Florencia Evia, 2018.