13 Poetas Chilenos Contemporáneos | por Rodrigo Arriagada Zubieta 〈Parte #2〉

13 Poetas Chilenos Contemporáneos | por Rodrigo Arriagada Zubieta

PARTE 2: SARA JORDÁN PALET / FLORENCIA SMITHS / TAMARA ORELLANA VALDIVIESO / DANIELA CATRILEO

La presente muestra de poesía chilena reciente tiene por fin presentar a trece escritores nacidos entre 1976 y 1994. La holgura generacional responde a la complicación circulatoria que asoma con los nuevos medios de publicación digital, pues la aparición de blogs, revistas de literatura online y la pervivencia de los formatos tradicionales, provoca una mayor facilidad de publicar, pero asimismo, complica la labor crítica y del mismo lector a quien le cuesta diferenciar los verdaderos productos artísticos de aquellos que han caído en una no siempre evidente obsolescencia. Si en el trabajo Poesía Chilena de la última década (1977-1987), de Iván Carrasco, el autor enfatizaba el problema de una circulación restringida y limitante de los textos, además de la desincentivación del público por el arte serio, aquí cabe señalar que contrario sensu, los poetas aquí antologados gozan de una mayor presencia, fruto de las garantías que otorga la democracia y los nuevos medios. De modo que mi interés y objetivo al publicar a este conjunto de poetas es –principalmente- evitar la autorreferencia clásica del “circuito poético chileno”, llamando la atención sobre el despropósito que implica subsumir esta poesía chilena vigente a una posible canonización primeriza, deporte nacional en la poesía chilena. Pues es sabido que el afán canonizante se apresura en clasificar y realizar apuestas cuando aún no es posible saber con certeza cuántos de estos poetas constituirán algo así como una obra. Lo que sí debe llamar la atención sobre estos escritores es que todos ellos mantienen una experiencia propia del mundo que da cuenta de que la poesía chilena no se detiene, ni se deja amedrentar por la presencia de figuras mayores o menores que amagan con copar todo el escenario. Desde el punto de vista de las influencias, cabe destacar que ninguno de los poetas de este grupo mantiene una dependencia ciega con los grandes clásicos de la literatura chilena (Mistral, Neruda, Huidobro, Parra, Rojas), pero sí se puede invocar ciertas tendencias; a saber: que a pesar de la fama creciente de Raúl Zurita a nivel internacional, estos poetas si es que llegan a seguir tendencias de la neovanguardia chilena prefieren a Juan Luis Martínez, a Rodrigo Lira, a Carmen Berenguer y a Maquieira, pero sobre todo, asoma Enrique Lihn como una referencia obligada que opaca la misma herencia parriana. El impulso metapoético y la falta de lirismo son dos de las características esenciales de estos poetas, pero lo más importante y novedoso, parece ser la tentación por el silencio, sin importar desde la orilla que se escriba, incluso cuando se sostengan posiciones feministas, que podrían privilegiar lo declamatorio y discursivo. Además, es necesario agregar que todos ellos participan de lecturas comunes, todos han publicado en algún formato posible; algunos, participan de talleres de escritura y todos escriben obras a modo de libros y no como poemas sueltos. Esa particularidad sigue dando cuenta de que en Chile la poesía es algo esencial en la vida privada y pública y que incluso cuando ninguno de los poetas exhiba un desenfrenado malditismo o lirismo, todos quieren concebir un proyecto poético, capaz de discurrir al lado de las problemáticas personales y sociales de un país que se dice en vías de desarrollo, pero que aún es objeto de una precariedad que asoma, más que en lo material, desde el punto de vista de la calidad de las relaciones humanas, perfectamente caídas en la desgracia de la lógica transaccional. Desde ese punto de vista el silencio al que he aludido como la gran novedad de esta poesía, lo identifico como síntoma de la soledad, de una temprana manera de despedirse del mundo de la que Rimbaud hizo gala tempranamente en la modernidad. Pero aquí el silencio es el límite con el que retoza la palabra. Todos estos poetas tienen plena conciencia de que el lenguaje y no la experiencia es la materia misma de la poesía, y así el gran logro de esta camada es mostrar el avance del poema hacia la verdad objetiva de su arte, un tipo de poesía que no es simbólica, ni literal y es, por sobretodo, lo que dice el mismo Rimbaud: poesía “literalmente y en todos los sentidos”.

***

No caeré en la excusa permanente de otros críticos de señalar que ésta es sólo una muestra arbitraria y que existen otros rumbos poéticos que aquí no se exhiben pero que son igualmente posibles. Si bien esto último es cierto siempre, lo es solamente desde un punto de vista abstracto, hasta que la identificación de esos rumbos tiene lugar efectivo en la mente de un crítico. La tarea del crítico es, siguiendo a Steiner, el discernimiento concreto entre la alta literatura y productos culturales de menor calidad, por cuanto en el acto selectivo siempre es válido un solo camino. Señalar que otros rumbos han sido posibles es disecar la falsedad del camino libremente escogido. En este sentido no daré excusa alguna sobre la validez de la muestra, sobre su inmanente parcialidad o sobre el hecho de que autores con mayor circulación que los aquí referidos, no aparezcan en ella. De hecho esto último me parece un justiciero mérito. En este sentido, pongo a disposición del lector el conocimiento personal acerca de la trama interna de las influencias y estilos del más alto producto artístico nacional –la poesía– con la intención de hacer justicia didáctica que facilite la comprensión de aquellos escritores que mejor la representan del tramo epocal convenido en soledad bajo la misión atenta de –como dice Iván Carrasco– observar el aporte de elementos renovadores con respecto a la poesía vigente, en otras palabras, aquella que no es mera repetición o prolongación de la escritura anterior, sino que dice algo no dicho por ella. Bajo este prisma, los trece poetas seleccionados han sido preferidos entre 43 nombres que fueron revisados de manera rigurosa y sin reparos, única condición adjetiva que puede hacer de la crítica una disciplina auxiliarmente honorable a la poesía. Desde el punto de vista de las preferencias acá se ha optado, en primer término, por poetas que llevan más de diez años realizando publicaciones de libros y críticas de otros poetas (Sara Jordán, Florencia Smith, Andrés Urzúa de la Sotta y Ernesto González Barnert). Un segundo grupo está constituido por voces emergentes- algunas de ellas surgidas de talleres de escrituras- que, en cualquier caso, llaman la atención por la capacidad de autorreflexión de sus trabajos escriturales. En este segundo grupo ubico a Samuel Espíndola, Tamara Valdivieso, Mariana Camelio y Tatiana Orellana. Por último, un tercer grupo está constituido por poetas que han desarrollado una obra con características absolutamente personales, un tanto alejados de los círculos tradicionales, el caso de Daniela Catrileo, Gustavo Parada, Catalina Espinoza, Juan Santander y Gastón Carrasco Aguilar. Desde el punto de vista de representatividad geográfica –aspecto que no ha sido de primordial interés– la muestra coincide en extensión, al agrupar poetas de Santiago, Viña del Mar, Punta Arenas, Temuco y Copiapó.

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II. Ensayar lo femenino hasta el principio de los principios.

En Antología de la nueva poesía chilena femenina, de 1985, el crítico Juan Villegas llama la atención sobre el ínfimo número de mujeres en las antologías o historias de la poesía nacional. En relación a la marginalidad del discurso específico, el autor se pregunta por la posible justificación de dicha ausencia, considerando las opciones de la falta de valor estético o al prejuicio histórico de críticos masculinos.
Desde ese mismo año, contradiciendo la tendencia, aparece una prolífica poesía femenina que en la mayoría de los casos se caracteriza por exponer un mensaje a un lector potencial, una relación del hablante con un (hombre-amante) a modo de destinatario concreto. En todos los casos, el hablante femenino es un espacio traspasado formando por experiencias que se expresan como crónica de sensaciones, o diarios de vida.
Pero las poetas de esta selección que aquí expongo dicen algo del todo nuevo, porque ese destinatario específico es reemplazado por la memoria personal y la interpelación se lleva a cabo hacia la codificación del tipo de “relación” y hacia la sociedad que la ha institucionalizado y no hacia el hombre.

Sara Jordán es la exponente más clara de este tipo de orientación. Desde el título de su poemario “Estado Civil”, la poeta acusa una fisura, la rotura de una situación que podría verse como catastrófica, pero que es la propicia para encontrar un nuevo tipo de relación con el mundo. La prestigiada frase de Simone de Beauvoir “on ne na naît pas femme, on la deviene”, se reactualiza en la poesía de Sara Jordán en concordancia con los conceptos de Deleuze, para quien el hombre es una construcción clausura, mientras el devenir mujer implica ir más allá para convertirse en otro. Todo devenir es impreciso, es un devaneo, en el que acontecen transformaciones sucesivas. Eso es lo que está expresado en “Estado Civil”, un poemario en 3 etapas que comienza con un proceso de búsqueda, de un caminar que- paradójicamente- no va más allá del cuarto propio; Sara nos dice: Cada paso marca el cese de un camino/Posible es el cambio/para todo/ dicen/Yo no camino/jadeo delante de Dios/ a tropezones con las piedras/zigzagueando los lindes de las vías/para chocar con los que vienen de regreso. Estamos lejos de la descarga de una neurosis personal o de la diatriba hacia el amante perdido; la poesía de Sara Jordán es la búsqueda constate de una religión personal, en el sentido etimológico del vocablo (re-ligare). Se trata de volver a unirse con el pensamiento, la imaginación y con el mundo femenino. Se trata de reencontrar una belleza, lo que ella llama el principio de los principios que se ha quedado atascado como un collar de pájaros (el mundo femenino) ceñido al cuello de otro y ahora reñido con la soledad. Porque eso es lo que se ha perdido -la imaginación de los pájaros- y el único reencuentro posible es el silencio. Pero ya no es el silencio del acallamiento perpetrado por el hombre, sino el ejercicio de la poesía que va dibujando lo que se debe llegar a ser, al modo de los Ensayos de Montaigne, un tipo de escritura donde el yo no es una entidad fija, sino el ejercicio de una manierismo que se mira mirar, mientras se construye a modo de ficción, a modo de fragmentos de sí misma que señalan la individualidad de cada mujer como un relato nuevo con fin ignoto.
En similar línea de ensayarse a sí misma, se encuentra la poeta Florencia Smiths, probablemente la que suma mayor cantidad de reseñas y referencias entre los poetas aquí escogidos. Eso sí, a diferencia de Sara Jordán, la escritura de Smiths se nos hace mucho más críptica. Desde El Margen del Cuerpo (2008), la poeta presenta un rasgo que la imbrica de lleno en la poesía chilena experimental ¿quién enuncia en estos poemas? Porque el margen señala acá lo que está dentro, pero al mismo tiempo fuera por su excentricidad. A eso le sumamos el cuerpo, una entidad imprecisa a la que la cultura le ha ido sumando rasgos más allá de lo meramente orgánico. En materia de discursos de género, Freud y Lacan definen a la mujer como un elemento pasivo, cuyo lenguaje se presenta como prohibitivo respecto de un discurso que aún no gozaría de forma, un yo entrecortado por el orden simbólico. Pero lo que hace grande a Florencia Smiths, es el hacer del cuerpo un enigma que existe fuera de la representación, si es que llega a ser- al igual que en Jordán- la mujer adviene en el acto de escritura y el poema mismo vuelve a ser el manierismo que muestra y reproduce como cajas chinas la complejidad del mismo advenimiento. Por ello, en Florencia regresa el acto tan poéticamente propio de este conjunto de poetas de enfrentarse a solas a un mundo que es papel sombríamente en blanco: Me arranco las palabras una a una/ o tal vez los dientes les arranco /a las palabras uno a uno/ o tal vez no me arranco/ las palabras me arranco los dientes /diciendo las palabras/ que no quiero arrancarme. La poeta parece asediada acá no sólo por la reflexión metapóetica, como en el caso de la escritura masculina de Urzúa de la Sotta y de Parada, sino por su problemática instauración como sujeto en cuanto mujer, pues es en la conciencia de género donde se paraliza el fluir de la palabra. Pero ¿qué es lo que teme este decir, si es que algo teme? Habría que pensar la respuesta desde la mera valentía de la interrogación y poner a Florencia Smiths a la altura de escritoras latinoamericanas como Sylvia Molloy y Alejandra Pizarnik, donde el acto de señalarse a sí misma, de construirse, es amenazado por un terreno, por una ciudad, por un afuera escrito por otros. Lo interesante de esta escritura es que no hay nada prefijado y que pone en jaque un texto tan célebre de George Lukács “sobre la esencia y forma del ensayo”. Ahí el escritor húngaro contrapone el ensayo a la poesía, al señalar que esta última- como género- es un destino que se hace forma. Por el contrario, la poética de Smiths, escenifica el sinuoso devaneo que conduce a la construcción de sí misma y donde no hay ninguna garantía de llegar a ser lo que me gustaría llamar la forma de esa forma, una carencia de rostro más propia de la poesía que del ensayo. Es la poética de una hablante desdoblada cuyo centro es esa niña-personaje de El Margen del Cuerpo, que vuelve a aparecer en su poética una y otra vez, como el fantasma de la niñez en La Pieza Oscura de Lihn y que se encuentra siempre en la encrucijada de nombrar lo doloroso: Aprendo a morir/ a decir no escribiré, nos dice Florencia que, al igual que Catalina Espinoza, habla por personas que viven escindidas en el ser de su no ser. Pero ahí está la belleza de la poesía para remecer y provocar el acto revisionista que se traspasa de la poeta a quien la lee, un logro estéticamente superior, en medio de la amenaza del silencio instalado entre el pensamiento y la boca: los dientes de las palabras a veces hacen /sangrar con sus mordiscos a los papeles/a veces los labios desde donde se posan/ hasta saltar al extremo del otro cuerpo se rompen en el intento por sostener/ tan fieras vocales.

En el ya citado trabajo de Iván Carrasco, éste cita a su vez a Villegas, quien señala sobre el estado de la poesía femenina chilena de 1987: “el cuanto al discurso poético femenino, pienso que todavía es un proyecto ya que la poesía femenina aún no ha logrado especificarse como sistema autónomo. Lo que parecen echar de menos ambos críticos es algo así como una “voz” específica. Tamara Orellana, la tercera poeta de este apartado, escenifica una voz femenina en el sentido pleno si entendemos el concepto de voz como debe entenderse; esto es, como lo entiende Barthes, como un excedente de sentido que nunca puede aprehenderse. La voz, quiero destacar, no es ni cuerpo ni lenguaje, sino una intersección entre ambos. En la poesía de Tamara, la voz es señal de individualidad y de invocación a lo otro, sin ser íntegramente nada de esto. Sus poemas implican querer escucharla y no solo leerla, se sostienen en el límite de los ojos; son escritos de amor despojado, en que dibuja los márgenes de un mundo afectivo a modo de sombra: Mientras yazgo yo aquí/en este estado febril/una promesa roja enciende mis labios/Después de todo lo que nos hemos hecho/¿cómo pueden seguir siendo blancas estas sábanas? Es una poesía de un erotismo a ratos sutil, a ratos crudo, pero que logra encarnar una voz de la diferencia, un espacio inclasificable que no es la puesta en reflejo de una dimensión de ideas previas. En ello coinciden los trece poetas aquí antologados. La poesía de Tamara Orellana es un punto de partida: el ritmo, la entonación, las pausas deben exceder el poema escrito y en eso se abre una nueva perspectiva-pienso- para la poesía chilena femenina: la necesidad de que sea escuchada, además de leída, pues un aspecto absolutamente propio de la poesía chilena femenina es la presencia suprasemántica de un silencio pronunciado, suspirado, un sentido en que se expresa la toma de conciencia del cuerpo como vehículo de conocimiento del sujeto. El poema Promesa Roja advierte la posible transformación femenina a través de otro amoroso, mediante el cuerpo propio y ajeno como elementos a explorar y a disociar, un goce que es más bien estético y no puramente sexual: Mi cuerpo está empapado en sudor/ y es el tuyo y no el mío/ palpitan entre las sábanas sus palabras/ que no son las tuyas/ Pero qué más da/ es sólo un problema de pronombre personal. La poesía de Tamara Orellana debe entenderse a partir de un hablante que existe como cuerpo que organiza los textos con el afán intencionado de erotizar, pero no siempre a modo de sexualidad, sino como una ciencia de lo textual que redescubre su resistencia a la normativa cultural: en su poesía se unen la escritura, la voz y el sexo a través de gestos, acomodos y posturas que dan cuenta de ese discurso propio femenino que según Carrasco parecía faltar y que no es sino una elección léxica sin condicionantes: he aquí, en Tamara, la representación de lo femenino: Guardo un instante de silencio/por cada vez que dejé de ser virgen/cuando un hombre penetró en mí/y quedé sangrando/después del frenesí.
Dejo para el final a Danielo Catrileo, porque si bien en Smiths, Jordán y Orellana se da luz a lo que podríamos denominar una real poesía femenina de cuya existencia la crítica de los años ochenta del siglo anterior negaba su existencia, hemos visto cómo el camino hacia esa construcción no es fácil. Si la invisibilización ha sido la tónica, más lo es cuando se trata de la poesía escrita por mujeres mapuches. La poesía de Daniela Catrileo es la voz no sólo individualizante de la poeta, sino la de toda una comunidad que se expone al despojo. Su gran logro poético es eliminar- como dije al comienzo de esta antología- cualquier forma de escritura discursivo-panfletaria, para adentrase en el terreno netamente poético. El libro Río Herido indica una ruta, pero asimismo un posible asentamiento de una comunidad entera. Pero, ¿por qué el río en su fluir es lo que señala la posibilidad del habitar que más que afluente debiera relacionarse con lo inmóvil? Porque en la poesía de Daniela Catrileo el origen no es un sitio único usurpado, sino que es la imagen de Wallmapu, a modo de exigencia de un viaje de regreso permanente. Río Herido es el encuentro con la memoria, en donde se juntan los sueños y la exigencia de un nostos particular. Porque a diferencia de Ulises que sabe siempre dónde debe llegar, acá es la poesía la que debe colonizar, lavar las heridas de un fragor anterior a la letra donde Daniela nos dice: ¿cómo escribir un nombre/que nació herido/antes de ser escrito/antes del origen de la letra? Porque el río es lo que no se estanca ni tiene una forma definitiva y, por lo mismo, el mayor peligro es perderse en su caudal que se va reforzando por una voz pluralizada donde se exhorta a su comunidad a no desviarse del camino, del paisaje natural; he ahí el mayor peligro: no sólo la acechanza del enemigo expropiador, sino el de olvidarse de las señales de ruta de regreso: Incurable/lo que arrastran las piedras/sosteniendo el olvido/ No hay alivio/ en la niebla del río. Al igual que la idea de lo femenino y la sororidad, la poesía de Daniela Catrileo, en su actual visibilidad, es una invitación a que la misma comunidad mapuche se comience a reconocer, sobre todo, aquellos que habitan la ciudad. La obra de Daniela no es sólo el decir de lo mapuche, sino también una escritura de la champurriada; esto es, de la mixtura cultural latinoamericana, que debe reorganizarse para superar el orden colonial. Esta obra se hace del todo exportable, en la medida en que deje de existir sobre las comunidades originarias una mirada simplemente etnográfica sobre un colectivo que pareciera no tener voz a la luz de los estudios culturales; en esa sentido la Guerra florida de Daniela Catrileo es la escritura sobre ese nosotros, la asumpción por todos de la multiplicación de su pueblo y de otros por medio del carácter colectivo de su habla, una poesía que no sólo habla de la pérdida de lo construido, sino del camino hacia el empoderamiento, desde una perspectiva feminista abierta que habla su lenguaje/hasta rugir.

 

RODRIGO ARRIAGADA ZUBIETA, 20 DE MARZO DE 2018, BARCELONA. 

Sara Jordán Palet
Santiago, 1982

Es Licenciada en Humanidades, mención Literatura, por la Universidad Adolfo Ibáñez y Magíster en Literatura por la Universidad de Chile. Residió en Londres en 1990 y 2001. Obtuvo el segundo lugar del Concurso de Cuento y Poesía Joven de la Universidad de Viña del Mar en 1997, en la categoría de cuento. En 2007 publicó el poemario Media estación y en 2013 una antología de poesía política de Armando Uribe, Entre escombros. Los poemas escogidos pertenecen a Estado Civil de 2017.

Soledades

Acunada en mi cama,
saco tu libro de versos,
me adentro al subsuelo. Dos
túneles de silencio
interceptados por el traqueteo del tren. Ruido
ensordecedor, molesto.

Y un silencio gélido de amor
y un abrazo sin brazos
y un beso sin labios
y una vida sin mí,
……..sin nadie.

Retrato

Con los brazos caídos en tu espalda,
con la belleza de lirio que recuerdo,
me veo:
me veo a mí misma desde afuera
cuando aún era un lirio aunque fraudulento.

Ésa es la belleza que busco
para regresar al principio de los principios
de un relato nuevo de fin ignoto.

Pero en ese retrato estamos juntos
y yo a la luz, besándote
y tú me circundas con tus manos de ramajes
y yo dejo mi collar de pájaros
ceñido a tu cuello.
Mi collar de pájaros está ceñido a tu cuello.

La ventana

Al levantarme, otra vejez se adentra por la ventana,
por el intersticio de las cortinas hiede tabaco,
mis ojos se vuelven hacia el mundo. Una cortina de niebla.
La luz de la mañana no obnubila mis pupilas.

Entonces contemplo este desierto
crece en mí el deseo del vaho
jadeando hacia otro cielo
que no sea el cielo raso de mi pieza.

He rehecho mi cuerpo,
está entero inmaculado
como una iglesia recién inaugurada,
como hojas secas dispuestas a arder.

Ready-Made

Después de todos estos años,
ir al baño tapado de heces
tirar la cadena por si el tiraje afloja
no basta para parar
el reflujo del W.C. que nos devuelve
toda la mierda que hicimos juntos.

Dónde están las huellas

Cada paso marca el cese de un camino. Posible
es el cambio, para todo, dicen.

Yo no camino, jadeo delante de Dios
a tropezones con las piedras, zigzagueando
los lindes de las vías
para no chocar con los que vienen de regreso.

La verdad es que sea donde sea que esté
andaré como un ebrio por las calles
con mi crueldad a cuestas
con mi franqueza concisa,
pisando palito por palito los espinos.

Y te llamaré y te llamaré y no sabrás
quién soy ni quién eres. Para mí
sólo la ponzoña que merezco
cobijará mi sed.

Florencia Smiths
San Antonio, 1976

Profesora de Castellano y Lic. en Educación UPLA, Valparaíso. Ha publicado El margen del cuerpo (2008), La ciudad No (2009), La velocidad de la caída (2015), Estética del tajo (2017), además de antologías y revistas.
Además, ha participado en encuentros y lecturas públicas, tales como: Poquita Fe (2004), Chile-Poesía (2003 y 2008), Descentralización Poética (2009), Conrimel (2010), Encuentro Latinoamericano de Editoriales independientes (2012), A cielo abierto -Festival de poesía Valparaíso (2016), Feria Internacional del libro de El Tabo FILT 2018, entre otros. Además de Lecturas en Alemania y Paraguay (2013).

POEMAS:

1.

Me arranco las palabras una a una
o tal vez los dientes les arranco
a las palabras uno a uno
o tal vez no me arranco
las palabras me arranco los dientes
diciendo las palabras
que no quiero arrancarme

de adentro me las arranco como si estuviesen
plantadas en la tierra de mi carne
como si mi carne fuera el suelo
de las palabras que no quiero leerme ni
decirme ni aprenderme pero me salen
de adentro como plantas carnívoras que son
las palabras a las que arranco los dientes filosos
y que a veces me comen a mí
que soy una carnívora de palabras arrancadas
a destajo desde las vísceras

quién no siente compasión por arrancar
palabras al otro
de esas que no quiere oír ni extirpar
mientras espera ciegamente
que le crezcan
muchas otras para dedicarlas
como si fuesen canciones
libros o ramos de voces
que brotan sin agua
como la flor del aire

y aunque me deje devorar
como animal en pánico a causa de
la violencia de tal fascinación
prefiero irme a dormir para que las palabras
no se abran solas adentro como trampas
y me muerdan

los dientes
de las palabras a veces hacen
sangrar con sus mordiscos a los papeles
a veces
los labios desde donde se posan
hasta saltar al extremo del otro cuerpo
se rompen en el intento por sostener
tan fieras vocales

(el tallo de mi cuerpo se dobla
por el peso de las frases que se ocultan)

con las uñas y los dedos yo me saco los dientes
para que no corten mis vocales predilectas
y no fragmenten las frases que me riego
mutiladas al sembrarlas

lo hambriento de este deseo se rebana
la lengua suicida
soy una planta carnívora de boca
dislocada por el hambre
cuerpo roto que se abre para sacarse
los verbos del centro
para recordar cuánto duele la devoración
del otro en sí misma
o cuánto arde el espacio
de las encías sin su pieza

2.

Discrepo de la certidumbre
en su misión de hábito
nos cercan ahora las más asombrosas mentiras
acerca del fracaso
nos vienen con el estado más cómodo
del silencio
nos incluyen a diario en saldos y listas
de nuestros propios muertos

la desesperanza no se aprende
y el descenso hacia la parte más baja del pozo
siempre se ha hecho caminando

(Poemas 1 y 2 de Estudios sobre la distancia –inédito-, a publicarse en abril en Chile, por Libros del Pez Espiral).

3.

Se sienta a escribir y le parece un acto biológico, funcional, calamitoso a veces. Ha vivido leyendo cuerpos curvos, engarzados, amotinados como el abecedario de su idioma, y los ha visto así, encorvados, enclaustrados, desgarbados, desde antes del corte. Piensa que puede ver mejor a través de los trazos hechos a mano que entre encuadres digitados, porque a una línea la recorre y puede traspasarla como a un fino cristal. Se aferra a la grafía como a un hilo vital que se va estirando mientras se la descifra, filo que va cercenando mientras germina.

4.

Querría preferir el caos, la catarsis de la soga, el rasgueo de un lápiz hasta la envergadura de una auténtica destrucción, sin embargo no se atreve, no lee de memoria, comprende la ficción de lo dicho, saca el habla, no sabe quién suena desde dentro, camina por el terreno limpio y cuadriculado hasta la convulsión, reconoce en el cuerpo del muerto aquello padecible, transable para el recuerdo, pero no soporta no saber registrar, tal como fue, el paso desde una aparente resignación (por no saber, por no ser capaz) a una inseguridad de escoger (por tener que elegir, por designar).

Poemas 3 y 4 de: El margen del cuerpo, 2008.

5.

Yo quiero de vuelta mi antiguo
y concreto perfume
yo quiero combatirme
ningún placer de oler de este modo
de la forma en que tú me haces heder
de la manera morbosa
y torpe que me lo haces

Poema 5 de: La velocidad de la caída, 2015.

Tamara Orellana Valdivieso
Santiago de Chile, 1989

Es Licenciada en Antropología Social por la Universidad de Chile y Diplomada en Estudios Griegos por la misma casa de estudios. Premio Juegos Florales Gabriela Mistral 2005. Ha publicados los libros de poesía Elegías (2013) y Lacrimal (2014).

Prometo, propongo

Ofrendo la mía a tu belleza,
doy mi sangre por hacerte inmortal,
te cubro, si quieres, de indecencia
con mi lengua.
Propongo algo del todo arrogante,
crear palabras impronunciables
para nombrar de otra forma al amor,
revelarnos hermosos e insolentes,
excomulgar de lo bueno,
consagrarnos sólo a lo verdadero.
Pero no me pidas el corazón.

Prometo hacerte infeliz,
porque sólo en la infelicidad
puede amarse correctamente.

Guante

Duele. Duele.
Rozo tu mejilla como si marcara la línea
por donde te fuera a cortar,
y de inmediato cae una lágrima.
Entre tu piel y yo
la tela infinita de mi guante.
La lluvia canta un eco blanco y catedral
reverberando adiós.
Tanto impúdico recato en el dolor.
Y yo me doy vuelta
y camino. Me voy de ti.

Himen

Guardo un instante de silencio
por cada vez que dejé de ser virgen,
cuando un hombre penetró en mí
y quedé sangrando
después del frenesí.

Promesa Roja

Mientras yazgo yo aquí
en este estado febril,
una promesa roja enciende mis labios.
Después de todo lo que nos hemos hecho,
¿cómo pueden seguir siendo blancas
estas sábanas?
¡ah, si mancharan los susurros,
la turbidez de los murmullos!
… y en mi muslo aún me hiere
la presión de tu pulgar.
Mi cuerpo está empapado en sudor,
y es el tuyo y no el mío,
palpitan entre las sábanas sus palabras,
que no son las tuyas.
Pero qué más da,
es sólo un problema de
pronombre personal.

Daniela Catrileo
Santiago de Chile, 1987

Licenciada en educación y profesora de filosofía. Es integrante del Colectivo Mapuche Feminista [Rangiñtulewfü]. Durante el 2011 fue becaria de la fundación Neruda en la Chascona. El 2012 y 2016 obtuvo la beca de creación Literaria que otorga el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Ha publicado los libros de poesía Río Herido (Los libros del perro negro, 2013 y Edicola Ediciones, 2016), Invertebrada (Luma Foundation, Zurich 2017) y el libro colectivo Niñas con palillos (Balmaceda Arte joven ediciones). Y las plaquettes Cada Vigilia (2007) y El territorio del viaje (Archipiélago Ediciones, 2017). Actualmente prepara su próximo libro Guerra Florida (Del Aire Ediciones).

-de Guerra Florida

Me pensaban zemí & rewe
en este revoltijo que es
la llaga misma
del continente

Un barrio que cuelga
como trozo de carne
……….en el matadero

Una saturación de imágenes
…………..que no conmueven

a menos que i n-h u m a n a s
hablemos del lenguaje
hasta rugir

Un aleteo de buitres espera que caigamos

………………………….¿Cuántas hemos caído
……………………………………………………..ya?
Miro hacia las colinas:
nubes negras y platanales

No tenemos banda de guerra
una vez llovieron peces
me pregunto qué hubiese pasado
si ellos
no
hubiesen llegado

………………………….¿Quiénes?
………………………….¿Quién?

Cuál
palabra
nombrar

Cuál
tierra
allegar

No sé si somos
catástrofe
o el sueño del pájaro
ausente

*

Simplemente no quiero hablar. Guardar silencio por tres meses, hasta que algo se desdibuje entre los espacios. Luego vienen preguntando por el mutismo, por la vuelta que encierra cuando no hay lenguas y se devoran los últimos dientes en su jaula.

Y pienso bajo una mesa, en el pliegue del mantel. Recorro sus cuerpos con el meñique de mi ojo, hablo hacia adentro como quien dispara al pájaro del silabario, revolcado entre mis pulmones y sus ramas.
Invento un misterio, alguna enfermedad que no me haga repetir que desde aquí no es necesaria la onomatopeya, ni la canción de sus hombros. Y todos se callan, mi madre quiere llorar. Nadie entiende mis palabras que no se escuchan.

Estoy gritando hacia mi costado, lamiendo sílabas que rebotan a las encías. Me gustaría empujar un acordeón por la boca y que al menos así salga una canción, una nota con rabia desde el estómago. Hablar desde el estómago como los ventrílocuos, uno que habla desde el otro, y así no tener que dar explicaciones. Porque nada es interesante ahora, ni las palabras que eran mi vida. Todo se fatigó con el último nombre que dijo adiós.

-de Río herido

Incurable
lo que arrastran
las piedras,
sosteniendo el olvido.

No hay alivio
en la niebla del río.

Mis muertos
no son la historia.

Caminan sin lengua
aúllan
como réplicas del signo.

¿De qué sirve
escribirte, si desapareces
en la hoja
en el cauce?