“Literatura de Límites” | David Viñas

No hay demasiadas dudas: la oligarquía es tolerante cuando no pasa nada por más denuestos que se griten o rimen. Eso es literatura, sus hombres lo saben y su margen de condescendencia siempre fue correlativo a su índice de seguridad. Pero cuando esa literatura se radicaliza para convertirse en una “literatura de límites”, y se conjuga con una praxis real, procede sin ceremonias: su policía asalta La Protesta y el primer Martín Fierro, impide por la censura el estreno de Los invertidos de González Castillo o le aplica a Rafael Barret la Ley de Residencia.

Simétricamente a la descripción que hizo de los antepasados inmediatos de los escritores-gentleman conectando a Larreta y Estrada con Wilde, Cané y Mansilla, antes de agregar elementos a la situación de los escritores relacionados en mayor o menor medida con el anarquismo, correspondería situar a Almafuerte: si aparece como un anarquista, como un precursor de la literatura anarquista, hay que atribuirlo a que es un sobreviviente tolerado, un marginal, un pintoresco solitario que farfulla denuestos pero que jamás pasa de ese verbalismo.
En su “pasión por los pobres” se entremezclan ambiguamente los versos retumbantes y una megalomanía impenetrable. Se convertirse en objeto de culto resulta una parodia del profetismo de Victor Hugo, su caricatura del superhombre nicheano que lo va trocando en un precursor presuntamente populista del Lugones más enfático y desdichado.
En las oscilaciones de su ambigüedad llegará a decir nada menos que frente a la tumba de Falcón “…cuidar el orden público no es un oficio despreciable y odioso, sino una misión de amor, de un santo amor a sus semejantes. Un jefe de policía de la estirpe de Falcón no podía proceder de otra manera que como procedió en aquel primero de mayo histórico”. Así como en esos años hay ejemplos de policías y poetas anarquistas, no resulta incoherente que un santón anarco-radical elogie a un coronel-comisario. A la oligarquía ni el humanitarismo ni el populismo jamás le produjeron escozor; al contrario, siempre fueron dos de sus coartadas favoritas. Si Almafuerte “desciende” para dar consejos, siempre sobreactúa en su entonación, tanto cuando declara oponerse a “los poderosos” como cuando sobrevuela encima del “chusmaje”. Y si hacia el 1900 lo creyeron “único” a este precursor de exterminadores, habría que atribuirlo a que sus devotos creían que ese gritón era lo mismo que ser sincero, y que la misoginia resultaba idéntica a la castidad. Su sobrescritura era tomada por “genio”, cuando en realidad Almafuerte era una especie de último Sarmiento patético que se brindaba al espectáculo confundiendo al Káiser Guillermo II con Juan Manuel de Rosas, y a La Plata con Argirópolis. Y si su populismo supuestamente original condicionó el recetario didáctico e higienista declamado en sus Siete sonetos medicinales, abundó a la vez en sus signos de admiración así como en la adopción de cinco niños al parecerle exigua la individualidad monitora representada por Dominguito.
Gerchunoff, por su lado, se integrará por partida doble con los postulados canónicos: para sobrevivir en La Nación y para ser tolerado exalta “el crisol de razas” de la oligarquía en el mismo momento en que las bandas blancas balean judíos y obreros en Plaza Lavalle. Sus Gauchos judíos -si nos atenemos a los dos miembros del título- pretenden corroborar una coexistencia que si pareciera postilarse en la enunciación de “civilización y barbarie“, como se sabe, se fue descentrando en los hechos concretos de civilización o barbarie. Pero algo, siguiendo ese curso cada vez más dependiente y limitado, Gerchunoff se burlará del representante de las clases medias en el gobierno a través de su Hombre importante, repudiará el “gran derrumbe de 1916” a la vez que entonará la elegía por el bon vieux régime. “Gerch nada tenía de peligroso, pues su revolucionarismo era puramente verbal”, dice Gálvez con razón.
No hay demasiadas dudas: la oligarquía es tolerante cuando no pasa nada por más denuestos que se griten o rimen. Eso es literatura, sus hombres lo saben y su margen de condescendencia siempre fue correlativo a su índice de seguridad. Pero cuando esa literatura se radicaliza para convertirse en una “literatura de límites”, y se conjuga con una praxis real, procede sin ceremonias: su policía asalta La Protesta y el primer Martín Fierro, impide por la censura el estreno de Los invertidos de González Castillo o le aplica a Rafael Barret la Ley de Residencia.
Otro es el caso de Sánchez: aun cuando en numerosos gestos y declaraciones se manifieste adhiriendo a la rebelión, como gran parte de su literatura, conjuga dramática y asistemáticamente los postulados de la ideología oficial y como en su trabajo en El País, La Tribuna o en su correspondencia para La Nación nunca tuvo mayores problemas, se lo considerará un inofensivo escritor, o, a lo sumo, un “loco lindo” de la bohemia. Y para que nada falte, después de su muerte se lo anexa y purifica hasta el mito.
(…).
En fin, que sobre una de las coordenadas capitales de esta situación histórica concreta prácticamente se verifica que la mayoría de los intelectuales y escritores del 900 dependía de la élite señorial y de su ideología cada vez más limitada y rígida por autodefensa y repliegue. Y, por lo tanto, más exigente. Si bien esa cerrazón en aumento permitía la pauta individual, la elección el y el proyecto de libertad de cada uno, la mayoría consintió. Con matices, pero abdicó. Es decir, que la crisis de la ciudad señorial, subrayada en el plano de la cultura por el pasaje de los gentleman-escritores a la profesionalización de la literatura, fue condicionando el debilitamiento y la agonía de la literatura liberal. Y los intelectuales que no abdicaron o que habiéndolo hecho presintieron su incoherencia, optaron por dos salidas: el exilio o el suicidio.

Extraído de David VIÑAS, “Almafuerte y censura, Barret y la versión anarquista” y “Bohemia libertaria, mujeres y compañeras”, en Literatura Argentina y Política, Santiago Arcos, Buenos Aires, 2017, pp. 278-281.