Una cruz para occidente | Enrique Lihn

Para Enrique Lihn, en vínculo entre poesía y política fue siempre problemático, pero no por ello dejó de explorarlo durante prácticamente toda su vida. “La poesía latinoamericana ha sido, las más de las veces, retórica y exitista y también irrealista, en tanto los porfiados hechos siempre le quitan la razón. Ha sido panfletaria y demasiado circunstancial. Ha empleado un lenguaje transparente, previsible, de fácil codificación”, escribió en un artículo de 1984.

Una cruz para occidente

¿A qué viene esta farsa? Detestable
César, por más que pongas
en blanco los ojillos carniceros.
Por más que dejes, águila, te roben
un huevo las palomas foribundas.
Por más que el Pobre Diablo te ceda su negocio
y tú fabriques cruces por millares
y las vendas al precio al que te ofrezcan
en las encrucijadas de tu Imperio.
Ni aunque Dios en persona
te acogiera en su Santo Monopolio
para explotar: tu nombre con el suyo
-cara o sello- la mano
de obra de los ángeles, no hay caso.
Ni el menor caso. No. Rotundamente.
Cristo el hijo del hombre negaríase,
aunque para tentarlo le ofrecieras
este mundo y el otro,
resucitarlo y rejuvenecerlo,
a secundarte en tu negocio sucio.

Cristo, el equivocado,
Cristo el que dio a los pobres su humildad
para que como cerdos se revuelquen
en su pobreza, lengüeteando un cielo
de aguas servidas en sus horas libres.
Alentador de falsas esperanzas
de esas que -paños fríos- se evaporan
en la frente de ardientes moribundos.
Corrupción de los últimos alientos
que trascienden el aire de la tumba.
Olor a Santidad de los sepulcros.
Cristo (no se le pudo untar la mano
de oro que tiene, Rey de los Mendigos
pero lo encarcelaron en su Iglesia
le ciñeron corona diamantina
y, a todo lujo, lo crucificaron)
Cristo de cuyo nombre verdadero
no hubo memoria en boca de los suyos.
Esa campana que cualquiera toca:
el sacristán borracho por mandato
del pastor de leones y rotarios.
Para el incendio de su alma el cura
párroco de expoliados campesinos.
El capellán de ejércitos gorilas
El demagogo envuelto en mentolátum
El diputado de las muletillas
El senador con cara de trasero
que se ríe de toda diferencia
El ministro del Índice en la Boca
-nada mejor que el fuego y la mordaza-
Los espantosos invasores árabes
El rey de aquí o allá: cobre y salitre
El comerciante en ajos y cebollas
Los caballeros de la Gran Cuchara
y sus correspondientes escuderos
Cuello y corbata el aspirante a buitre;
Santo de la Corte para la carroña
El joven promisor subsecretario
del brazo de la hija de su jefe.
(Santo remedio para el medio pelo).
Misa de doce todos
los que se sacarían la chaqueta
para descamisar -camisas blancas-
al muerto de hambre “castro-comunista”
Azotar al desnudo revoltoso,
emborrachar al elector sediento.
Las señoritas hijas de familia.
Esa campana que cualquiera toca.
Y el Honorable Padre de Familia
El campanudo padre de familia
el intocable padre de familia.
Esa campana que cualquiera toca.
Ese pobre fantasma ensangrentado.

Cristo del que tú fuiste
César, su igual en la batalla
desigual
de lo visible contra lo invisible.
Creyó que no debía disputarte:
Sí: “Dad al César lo que es del César”
el campo que sembrara con su muerte
de lágrimas de sangre y de las otras,
valle bien abonado en el que estallan
-en su pobreza nada tu abundancia-
espigas y mazorcas: carcajadas
de tu boca, ladrón de su cosecha.
Ese pobre fantasma ensangrentado
te escupiría, César, si te viera
reducido a tu mínima expresión.
Tú, el águila real
convertida en el cuervo de la Alianza
para el Progreso de sus huevecillos:
todo plumas atentas, brillantes y discretas.
Padrino, inversionista, experto, técnico.
Antes yelmo y loriga, ahora
togas de juez de paz de fantasía,
paz que si hablara gritaría: sangre,
vampiro disfrazado de paloma.

Si te viera, birrete de académico
colonizando al niño en las escuelas,
todo libro de premios, caramelos,
televisión, discursos, banderolas.
Antimarxista de palabra suave
ahogada de dólares cantantes.
El viejo papel del Buen Vecino
adaptado a las nuevas circunstancias:
vestiduras que pueden desgarrarse.
Séquito de disfraces alegóricos.
Soldados de la paz: guitarra eléctrica.
Voces de ángeles coléricos,
viejos actores que botó la ola.
El puro de la Paz entre los dientes.
Un oasis de whisky en el desierto
Camellos en el ojo de una aguja
Papel picado, dólares picados.
Si no estuvieras ciego para siempre.
En el viejo papel del Buen Vecino, rígida
la sonrisa -mochados los colmillos- la máscara
que te sueles sacar en el Caribe, humana.
Es el calor. O en el Vietnam. Humana
dura pero flexible y recién puesta,
que se cae de humana, duramente flexible.
(Y hoy es el Estratega de la Paz,
el joven pobre: espada suspendida
sobre los monopolios guerreristas
Es la mano derecha
de una Papa, un poco zurdo, pero irreconciliable
enemigo del Kremlin) A qué viene esta farsa.

Y aunque tú lo supieras
te importaría un bledo: murió Cristo
porque no supo estar en contra tuya. A ti
César nadie en verdad te ha sobrevivido
en este mundo Occidental Cristiano.
Sabes que anuncias sólo un nombre
Juan Bautista al revés, de lo que ha muerto.
Y que lo anuncias contra aquellos mismos
a quienes Él abrió sus pobres brazos
de ensangrentado. Sabes
-practicista de tantas religiones-
explotador del cielo y de la tierra
que eres un barco a la deriva. Nadie.
Solo te quedarás
cantando una canción aguardentosa,
la Biblia en una mano y el garrote en la otra
rey de una selva de la que emigramos
como hombres al mundo de los hombres.
Saludemos al Sol. Muerte tu Imperio.

Extraído de Enrique LIHN, La Aparición de la Virgen y otros poemas políticos (1963-1987), Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2012, pp. 32-36.