La noche del suicida | Alí Chumacero

Alí Chumacero fue un poeta y editor independiente mexicano nacido en Nayarit el 9 de julio de 1918. Participó de la Academia Mexicana de la Lengua y colaboró a lo largo de varias décadas con la editorial pública Fondo de Cultura Económica, también conocida como FCE. En 1940, fundó la revista Tierra Nueva, publicación generalmente asociada con su nombre. También fue redactor del periódico El hijo pródigo y estuvo vinculado con el Centro Mexicano de Escritores, frecuentado por grandes personalidades de la Literatura. Falleció el 22 de octubre de 2010 a causa de una fuerte neumonía.
Su obra, aunque breve, fue objeto de admiración de críticos y escritores, y le mereció numerosos premios.

LA NOCHE DEL SUICIDA

I

Alza la noche el salmo del olvido,
en oquedades su oración desata ásperas melodías
y al sonoro desfile el corazón suspende
el fragoroso duelo.
Con fría certidumbre desploma los linajes
y levanta la tempestad soberbia de la muerte.
Árbol de ráfaga sedienta,
fluye de su aridez un turbio canto
ardiendo entre las sombras, y a su vuelo
las aguas del bautismo se arrepienten,
lloran el largo tiempo, la familiar visita
en deslumbrada tarde,
la lenta juventud en ira absorta
sobre el fúnebre espacio que me espera.
No juegan ya los niños en la calle.
Señora de crueldad, apaciguada
ante el vencido párpado, a olas de traición
cubre de arena el rostro, hacia el temor despeña
el hálito mortal, la urna que contiene
sinsabores, delicias, melancólicos
mármoles yertos en museos,
arcas de honra antigua y soledad,
como abrasado huerto donde cae la frente del laurel.
En vano al pronunciar de la palabra
alienta el corazón espuma de áspides y música
y en efímero reino aloja a veces
lo que la vida arrastra en la marea:
el orbe del sollozo, el añorar insomne
y la caricia que corona en vano
la tierra que nos da perpetuidad.
Un eco solamente anima de fervores nuestro paso,
eco de la pantera que en reposo es cólera dormida:
a su inútil emblema inútilmente el labio invocará
las formas doblegadas, el milagro
de un cuerpo que incendiaba la penumbra,
la furia de los dientes, a cierta hora hermosos,
los cabellos perdidos, el sudor.
Todo en silencio a la quietud navega.

II

Rumores de la casa, niños que ahora sueñan
con la calle, ademanes aún supervivientes
y espigas que en promesa sucumbían
hacia las ígneas rocas arrastran el sudario
de quien sufre el pausado cerrar de las ventanas
mientras del alba de su espectro brotan
órbitas de fatiga,
ladridos sobre espejos asombrados
frente a su propia infamia.
El alcohol engendra lejanías
como el desnudo níquel de la estrella,
desborda en el mantel corduras inocentes
de blasfemias por siglos conducidas
y el fulgurar de su guirnalda vuelca
sal y vinagre, estruendos que custodian
la humillación de aquel que llora los pecados.
Solar de maldición, el valle nos consuela
con amargas costumbres y derrama
hedores de huracán
ante la euforia de saber a solas
cómo el espíritu entre sombras cruza
hacinado en deseos muertos:
labio de frases apagadas
por la desilusión, breve catástrofe
y envidia del cansancio que al amante despeña
en un pavor de iluminadas olas.
Si ávidamente bebo hasta mirar el fondo,
ondas solemnes de inquietud delatan
la máscara piadosa del que hace tiempo duerme
al lado de sus padres, junto a fósforo y cal
jugando a indiferencias,
crédulo en horizontes que ordenan camposantos
llenos de razas extinguidas
y bocas despojadas por el remordimiento.
Sobre el piso, en los muros, a la mesa
perdura la ansiedad del asesino:
relámpagos que vuelven, armonías
ajenas al retorno, formas
en yeso consumidas, narcóticos sedientos
y nauseabundo olor de ardientes madrugadas.
Río abajo descubro la cerveza, el denuesto,
el humo del tabaco cegando los perfiles,
la música estancada en húmedos salones, la ceniza
cumpliendo lentamente
entre sorbos y gráciles cumplidos.
Luego al amanecer, después de ácida
espera, cuando ardían los puentes del cansancio,
la eternidad hollaban inánimes mujeres
que pudren la palabra amor en las habitaciones.
Látigo o escombro, peces
que irrumpen, ciénegas de ocio
o piedra o manantial
daríanme lo mismo porque hoy nada espero,
nadie llama a la puerta y nadie asiste
al indemne crecer de noches sucias
plagadas de baldías tentaciones.
Escancio hasta el final, y adviene
apenas el redoble de lo que nunca fue:
confuso trascender de estíos sólo imaginados,
huella de la mirada sobre el viento
y mano, convertida en .árido esplendor.
Como el día y la noche y la fatiga
y el descanso a la hora de la siesta,
como el hombre que lame la efigie de su duelo
y arroja su albedrío a misteriosa identidad,
aquí estamos clamando
—imagen tras imagen— los hijos de los hijos
desterrados, cubriendo la vergüenza
de nuestras desventuras: polvo al polvo
caído y otra vez espiga y sueño.

III

Isla de estrofas, sobre el alma crece
el engañoso bronce del recuerdo;
frente a la noche yergue su despojo
la estéril vanidad;
en las tinieblas yace —arpa caída
sobre el polvo—, dilata las riberas
y en túmulo callado las convierte,
como lecho encendido por la imagen
de una mujer que sueña.
Larga espuma vagando en alta mar
o águila azorada, ante el solaz de la apariencia
ondea la memoria, baña de horror los últimos instantes
y el cansado cristal de su mentir evoca
la desierta jornada, escalera sin fin
que no conduce, inmóvil en la orilla
de un tiempo desolado.
Todo en su llamarada es fértil consunción,
ciego que se deslumbra en su vacío
cuando al cerrar los ojos nace un mundo
de aromas que corroen superficies,
ardiente en avidez mas serenado
por el secreto impulso de su cieno.
Satélites turbados, los sentidos
ceden al resplandor
y las solemnes rosas funerales
descienden sobre alguien que no existe
sobre alguien que abandona la ciudad
rumbo al río del nunca más volver
y a la espalda el estrépito consume,
en destruida patria, el óleo de la gloria,
antiguo barro donde la conciencia
vivía soledades y esperanzas.
Ante el postrero engaño —lejos de la amistad—,
lamentaciones, ayes corrompidos,
arcángeles y luz descansarán bajo la frente.
Columnas como serafines, ruinas
abiertas al asombro, amaneceres
día a día colmados de tristeza
de súbito caerán y su salobre musgo,
perdido en la aflicción de la derrota,
anegará los sordos rumores corporales.
Leve humedad será nuestra elegía
y ejércitos de sombra sitiarán para siempre
el nombre que llevamos.
Porque sólo un imperio, el del olvido,
esplende su olear como la fiel paloma
sobre el agua tranquila de la noche.