Mi país | Marcelo Rioseco

Marcelo Rioseco (Concepción, Chile, 1967) ha publicado Ludovicos o la aristocracia del universo (Editorial Universitaria, 1995), libro con el cual ganó en 1994 el Primer Premio de Poesía “Revista de Libros”, organizado por el diario El Mercurio en Santiago de Chile. Sus dos siguientes libros de poesía, Espejo de Enemigos (2010) y 2323 Stratford Ave. (2012), fueron publicados por Uqbar Editores. La vida doméstica (Cuarto Propio, 2016) es su cuarto libro de poesía.

LA POESÍA ES UNA FORMA DE VALENTÍA

“La poesía es una forma de valentía”, afirma Bolaño
pero yo he conocido tantos cobardes
que escribían buena poesía.
La poesía no es nada, Roberto
en el mejor de los casos es un salto al vacío,
una danza de leopardos drogados
en la imaginación febril de algún loco,
como los poemas de Mario Santiago,
como tú mismo Roberto y tus amigos
los puñetas mexicanos,
los jóvenes poetas de Chile,
los infamados que entienden la ternura
como una forma magnífica de la bondad
y son habituales de los hospitales
siquiátricos y las casas de huéspedes,
como Leopoldo María Panero
quien creía que al Paraíso
también van los que dan asco.
La poesía tampoco es la música
porque la mejor música nadie la conoce.
La poesía no es asunto de valientes,
a las ratas también les gustan
los poemas bien escritos.
Pero tal vez sí tengas razón, Roberto
y la poesía sea una forma de valentía
porque la poesía también es
para los que no pueden más,
los que abandonan, los inconformistas,
los que ven cosas luminosas
detrás de los cristales sucios de la conciencia
y aun así perduran contra todo pronóstico.

LA FAMILIA

Regreso a mi ciudad natal
la derrota no es nada comparado con esto.
“Has visto lo mismo tantas veces”, me dice.
“No hemos ido a ningún lado, lo sabes.
Yo y mis hijas lo hemos soportado todo,
como si el esfuerzo valiera la pena,
pero siempre supe que estaba equivocada.
Habría que haberse ido a otra ciudad
e intentado elevarnos por sobre esto;
al menos para que mis hijas
pudieran atestiguar con sus propios ojos
la verdadera amplitud del mundo.
Pero nos quedamos y esto somos ahora.
Hay tantas familias como la nuestra,
tantos locos con garrotes,
tantos árboles torcidos rodeados de perros”.
Y me mira para reconocer su sangre
en mis ojos adormecidos por el olor de la sal
y la proximidad del océano. Y yo la esquivo.
Damos vueltas y nos encaminamos hacia el auto.
Antes de abrir la puerta dice:
“Tú no estabas aquí para verlo.
Y fue mejor así. Viajar debió haber sido
como una salvación para ti”. Pero no lo fue.
O quizás sí. Regreso a mi ciudad,
pero ahora la ciudad es de ella y su familia—
y el sol está de frente (como hace años)
cuando este era el único lugar adonde se podía ir.

 

MI PAÍS

Si Fitzgerald hubiese nacido en mi país
lo habrían acusado de frívolo.
Si Truman Capote hubiese nacido en mi país
lo habrían acusado de aprovechador y arribista.
Si Hemingway hubiese nacido en mi país
lo habrían acusado de arrogante,
atropellador o cerdo chovinista.
Si T.S. Eliot hubiese nacido en mi país
lo hubiesen acusado de desclasado y académico.
Pero ellos no nacieron en mi país
(afortunadamente)
porque en mi país el gran Gatsby, old sport,
se hubiese muerto del aburrimiento.
Truman Capote se habría ido a vivir a New York
donde al menos alguien hubiese leído sus libros.
Hemingway se hubiese suicidado a los 25 años
y Eliot sería indudablemente argentino.
Mi país, como una gran tierra baldía,
está librado a su suerte y a la locura de sus dioses.
Mi país, como un páramo desolado
sacudido por una oscura tormenta roja,
también significa muerte, tiempo y olvido.