El crepúsculo de la libertad | Osip Mandelshtam

La obra poética de Osip Mandelshtam se despliega en tres libros principales: Piedra (1908-1915), Tristia (1916-1920), y Poemas de los años 1921-1925. Además de los Cuadernos de Moscú (1930-1935), los Cuadernos de Voronezh (1935-1937), los poemas para niños y poemas en broma. Fue además un gran traductor (del alemán y de las lenguas del Cáucaso: armenio, grusino, entre otras) ensayista y crítico de poesía.

Tal como señala el traductor y prologuista del volumen presentado por Leviatán (La Piedra en la Historia), Víctor Toledo: “Mandelshtam rara vez vuelve la vista atrás de un poema; él está totalmente en el presente, en ese mismo momento, que hace continuo y que dilata más allá de su límite natural. El pasado, ya sea personal o histórico, está en la misma etimología de las palabras”.

Mandelshtam murió en 1938 en Kolimá, campo de trabajos forzados en Siberia. 

 

No escuché los cuentos de Ossian

No escuché los cuentos de Ossian
Ni probé el antiguo vino:
¿Por qué se me aparece el claro del bosque
Y la sangrante luna de Escocia?

Y el contrapunto del arpa y el cuervo
Me suena en el silencio maldito.
Con el viento agitando las bufandas
¡Pendones de guerreros fulguran con la luna!

He recibido una bendita herencia:
Los sueños errantes de extraños cantores.
El parentesco y la aburrida vecindad
Nosotros despreciamos libremente.

Y puede suceder: más de un tesoro
Saltando a los nietos, pase a los bisnietos
Y de nuevo el escaldo componga esa canción extraña
Y la interprete como si fuera propia.

El crepúsculo de la libertad

Glorifiquemos, hermanos, al crepúsculo de la libertad,
El gran año sombrío.
En las hirvientes aguas nocturnas
Está inclinado el triste bosque de las redes.
En sordos años te alzas
Oh sol, juez, pueblo.

Alabemos, el tiempo fatal
Que en lágrimas el guía del pueblo toma
Glorifiquemos el lóbrego tiempo del poder
Su insoportable yugo.
Quien tiene corazón, debe oír, entonces, tiempo
Como tu barco al fondo se dirige.

Nosotros en las legiones guerreras
Atamos a las golondrinas, y he ahí,
No se ve el sol, todo elemento natural
Gorjea, se mueve, vive.
A través de la red -el espeso crepúsculo-
No se ve el sol, y la tierra nada.

Pues bien, probemos: una enorme, torpe,
Rechinante vuelta de timón.
La tierra flota. Ánimo hombres.
Como arado, se partirá el océano
Y en el leteoso helor recordaremos
Que diez cielos nos costó la tierra.

Concierto en la estación ferroviaria

No se puede respirar, la tierra hierve de gusanos.
Y el coro de los astros permanece mudo.
Mas, Dios lo ve, sobre nosotros hay música:
Al canto de los Aónides se agita la estación
Y de vuelta el aire de violines, desgarrado
Por los silbidos de la locomotora, se reintegra.

Enorme parque. La cristalina esfera de la estación.
El mundo férreo otra vez se quedó encantado.
A un banquete sonoro, hacia los brumosos Elíseos
Parte un vagón solemnemente:
Grito de un pavo real. Fragor de un piano.
Llegué tarde. Tengo miedo. Estoy soñando.

Y entro en el bosque vítreo de la estación.
El tropel de violines angustiado llora.
Inicio salvaje de un nocturno coro.
Y el olor a rosas en los invernaderos putrefactos,
Donde pernoctaba bajo un cielo de cristal,
Entre la itinerante multitud una querida sombra.

Y se me figura: sumergido en música y espuma,
El mundo férreo como pordiosero tiembla.
Me detengo en un atrio de cristal.
Un vapor caliente ciega los ojos a los arcos de violines.
¿Adónde vas? En las exequias de la querida sombra
Por última vez la música nos canta.

1921

El montañes del Kremlin

Insensibles vivimos al país que fluye a nuestro pies
No se oyen a diez pasos nuestras voces.
Y cuando a murmurar nos atrevemos
Invocamos al siniestro montañés:
Gusanos sus sebosos dedos
Pesas pesadas palabras.
Bigotes de cucaracha meada
Relumbran sus botas
Fijando la mirada. Los rodea
Grupote de jefes lameculos
Enanos que juega noche y día.
Uno silva, otro maúlla y otro gime:
El se los coge y los patea.
Decreto tras decreto el forjador insigne
Clava en la entrepierna, el ojo, la entreceja.
Y cada ejecución es la gran dicha
Con la cual el acerado pecho
Del osete se relame.

Extraído de Osip Mandelshtam, La Piedra en la Historia. Traducción, prólogo y notas de Víctor Toledo, Leviatán, Buenos Aires.