El credo político de Ezra Pound | Jorge Fondebrider

Ezra Pound había pasado doce años en un hospital psiquiátrico que dependía del gobierno de los Estados Unidos. Más precisamente, el St. Elizabeths Hospital, que, de acuerdo con la descripción de Humphrey Carpenter –otro de los biógrafos– queda al sudeste de Washington D.C., sobre una meseta que da sobre el río Anacostia, el cual se une al Potomac justo debajo de donde se levanta el hospicio. Su internación en ese lugar había sido una manera de evitarle un juicio por alta traición que, seguramente, habría desembocado en la pena de muerte.

 

Hay tres fotos. Dos son conocidas. La tercera, menos. Las sacaron el 30 de junio de 1958, cuando Ezra Pound, antes de embarcarse con rumbo a Nápoles, luego de su liberación del manicomio donde permaneció internado por doce años, se dirigió a Rutheford, New Jersey, para visitar a su viejo amigo William Carlos Williams. La foto menos conocida lo muestra a Pound, de pie, con la camisa abierta, con las manos sobre los hombros de Williams, que está sentado y, por lo que dicen sus biógrafos, muy enfermo. No logré descubrir quién fue el fotógrafo. El crédito no consta en los libros. Sólo se señala la propiedad de la foto: University of Pennsylvania. Las otras dos fotos, en cambio, son retratos de Pound, que en ese momento tenía 72 años. Fueron tomadas por Richard Avedon quien, de acuerdo con los datos que aporta el sitio web de la Avedon Foundation, para ese entonces, con sólo 35 años, era “uno de los diez fotógrafos más importantes del mundo”.
Según cuenta Michael Reck, discípulo de Pound y uno de sus tantos biógrafos, ese mes de junio resultó ser muy caluroso. Quizás eso explique por qué en las fotos la camisa del poeta está abierta. Pero eso nada tiene que ver con la expresión y mucho menos con las arrugas que, hay que decirlo, se quedan muy atrás de las de W. H. Auden, a quien también iba a fotografiar Avedon, sólo que dos años después, bajo la nieve, en Nueva York.
Ezra Pound había pasado doce años en un hospital psiquiátrico que dependía del gobierno de los Estados Unidos. Más precisamente, el St. Elizabeths Hospital, que, de acuerdo con la descripción de Humphrey Carpenter –otro de los biógrafos– queda al sudeste de Washington D.C., sobre una meseta que da sobre el río Anacostia, el cual se une al Potomac justo debajo de donde se levanta el hospicio. Su internación en ese lugar había sido una manera de evitarle un juicio por alta traición que, seguramente, habría desembocado en la pena de muerte. Así lo señala el periodista Richard Rovere, en un famoso artículo, publicado casi un año antes de la liberación del poeta, en la revista Esquire de septiembre de 1957: “Si Pound está o no loco de acuerdo con una definición legal o psiquiátricamente válida, constituye una cuestión enojosa. Las autoridades en la materia discrepan a este respecto. Cuatro psiquiatras, uno de ellos nombrado por el defensor de Pound, elevaron un dictamen unánime que llevó a su internación en St. Elizabeth, ahorrándole así al acusado y al país el dolor de procesarlo por un crimen que se castiga con la muerte. Pero algunos médicos han sostenido que Pound está lejos de padecer de lo que se entiende por locura, según los cánones judiciales, y que se abusó de la justicia al enviarlo al hospital en vez de mandarlo a la horca. Desde el punto de vista del lego, el asunto es mucho más sencillo. Al margen del resultado que en el caso Pound hubiesen arrojado las pruebas legales e institucionales previstas para calificarlo como psicótico criminalmente inocente y confinable –y parece altamente dudoso que lo sea–, la suya es una personalidad patológica que, según el criterio razonable de la mayoría de los hombres razonables, ha perdido contacto con la realidad en muchos aspectos cruciales. Como se diría vulgarmente, está chiflado, o si no lo está él, lo estamos nosotros. Su delirio paranoico, sus sospechas morbosas, su visión de la vida como una gran conspiración, todo ello salta a la vista aún en su poesía más grandiosa, en la que en los últimos veinticinco años se refiere con asiduidad cada vez mayor a sus obsesiones políticas y económicas. En Pound, esas sospechas y delirios son testimonio de extravío. Si el excéntrico del pueblo afirmarse que Franklin Roosevelt fue una herramienta del judaísmo internacional, que entramos en la Segunda Guerra mundial a raíz del deshonesto trato financiero celebrado por Roosevelt y Henry Morgenthau, que toda la historia mundial hubiese sido otra de haberse publicado unos años antes la autobiografía de Martin Van Buren, todo ello no constituiría prueba concluyente de insana. Tales convicciones podrían indica tan sólo un error de juicio”. Sin embargo, Rovere concluye: “Pero es muy distinto que adhiera a ella un hombre con la vasta cultura de Pound y que por añadidura los convierta en tema de su poesía”.
Rovere, antes de hacerse liberal, había roto con el stalinismo en 1939 a resultas del pacto Molotov-Ribbentrop. Sin embargo, durante la Depresión había sido un activo partidario del comunismo. Su propia historia, entonces, desmiente que su afirmación sea cierta. ¿Acaso las guerras no son el resultado de motivos espurios, de componendas entre banqueros y financistas, de odios fomentados por circunstancias económicas que se expían apelando al nacionalismo, la xenofobia y, para ser totalmente claros, también la estupidez? Considerar así las cosas es un privilegio que la mayoría de los estadounidenses –incluidos los cultos– no pueden permitirse. Y por más que haya sido un columnista del New Yorker –que además de publicar allí desde 1948 una célebre “Carta desde Washington”, también colaboraba con Esquire, Harper’s y otras publicaciones igualmente elegantes–, no escapaba a las generales de la ley; esto es, escribir lo que el público quiere leer. Pound, probablemente un fanático, no podía permitirse el lujo de la elegancia o, al menos, de la elegancia entendida en los términos de un liberal estadounidense. Era apenas uno de los mayores poetas del siglo XX, un erudito en las más diversas disciplinas, que nunca había medrado con sus conocimientos. En palabras de Ernest Hemingway, consagraba “un quinto de su tiempo a la poesía, y el resto a ayudar a sus amigos, desde el punto de vista material y artístico. Los defiende cuando son atacados, los hace publicar en revistas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Les vende los cuadros. Les organiza conciertos. Les dedica artículos. Les presenta a mujeres ricas. Hace que los editores les publiquen sus libros. Se queda con ellos toda la noche cuando creen estar en agonía y es testigo de sus testamentos. Les paga las cuentas del hospital y los disuade del suicidio. A fin de cuentas, hay algunos que se abstienen de darle una puñalada a la primera ocasión”.
Varios de esos amigos se aliaron para conspirar en favor de la liberación de Pound. Los más conspicuos fueron Archibald MacLeish (profesor de Retórica y Oratoria en Harvard y hasta entonces dos veces ganador del Premio Pulitzer por su labor poética, quien, aunque conservador, fue un antifascista declarado), T.S. Eliot (Premio Nobel de Literatura 1948, partidario de la monarquía y acaso uno de los pocos pares de Pound, además de su amigo) y Robert Frost (Poeta Laureado de los Estados Unidos, cuatro veces ganador del Premio Pulitzer y deudor de Pound, quien lo había ayudado a publicar su primer libro en 1913). “Uno de los mayores obstáculos –escribe el biógrafo Noel Stock– consistía en que Pound era incapaz de entender su verdadera situación y, ciego a las más simples realidades, le había escrito incluso a Christian Herrer, el Secretario de Estado. Era muy difícil, le había escrito Eliot a MacLeish, persuadir a la gente de que Pound no estaba ‘ni cuerdo ni loco’ como para poder ser liberado de manera segura sin tener que presentarse ante un tribunal”. Para colmo, en enero de 1957 John Kasper, un militante de la ultraderecha, antisemita, segregacionista y contrario al movimiento de los derechos civiles, luego de haber alcanzado celebridad nacional se había declarado discípulo de Pound. O sea, muy mala prensa. Sin embargo, el esfuerzo común rindió sus frutos. Thurman Arnold, quien había sido ayudante del Fiscal General de los Estados Unidos en la época de Franklin Roosvelt y ahora integraba un importante estudio de abogados de Washington asumió la defensa de Pound sin cobrar honorarios. Según Michael Reck, el 14 de abril de 1958, representando a Pound y a petición casi unánime de los más importantes escritores de los Estados Unidos e Inglaterra, el abogado Arnold presentó una moción ante el Tribunal Distrital para la anulación del cargo de traición. Cuatro días más tarde, la acusación fue retirada por el mismo juez que doce años antes había juzgado a Pound. La liberación se produjo el 7 de mayo de 1958. Las fotos de Avedon fueron sacados casi dos meses más tarde, en vísperas de que Pound y su esposa Dorothy Shakespear –a quien se había dejado a cargo de la custodia de su marido– embarcaran en Nueva York hacia Génova en el Cristoforo Colombo.

***

Las dos fotos tomadas por Avedon lo presentan a Pound con la camisa desabrochada y los ojos cerrados. Sin embargo, ahí terminan las semejanzas. En una está de pie, las manos en los bolsillos de los pantalones, el torso expuesto, la boca abierta y cierta tensión en el cuello. La otra es un retrato. Los ojos, si bien cerrados como en la primera foto, parecen apretarse con un empeño deliberado. Tiene el ceño fruncido y la boca está entreabierta, como a punto de decir algo. La primera impresión nos permite suponer que es claramente un viejo al que no sólo la edad, sino también el sufrimiento parecen haberle hecho mella. Pound solía decir en sus años de St. Elizabeth que a veces veía desfilar una película ante sí, la que en un momento dado empezaba a dar saltos y luego, finalmente, había una luz blanca que lo cegaba y nada más. ¿Por eso cierra los ojos?
La pregunta, en todo caso, es cómo se llega a esa cara. Está claro que los doce años de encierro cuentan. También haber sido confinado, luego de su captura en Rapallo, a una jaula de seguridad en un campo de prisioneros que el ejército de los Estados Unidos levantó en Pisa. “Apenas podía protegerse del sol y de la lluvia –comenta Michael Reck–; la jaula sólo tenía un papel de alquitrán como techo. Los reflectores iluminaban la jaula toda la noche. Había dos centinelas durante las veinticuatro horas. Pound dormía en el suelo de cemento con seis mantas. El polvo de una carretera cercana le inflamaba los ojos. No podía hablar con nadie y se le dijo que nadie sabía su paradero. Después de tres semanas de tan monstruoso tratamiento, sufrió una crisis.” Lo trasladaron al sector médico y allí pasó los próximos cinco meses. Al cabo de ese tiempo, le dieron autorización a su mujer para que lo visitara. Y pasó un mes más hasta que el 18 de noviembre de 1945 vinieron a buscarlo intempestivamente para llevarlo a Washington donde sería juzgado por traición.
La traición de Pound consistía, fundamentalmente, en haber realizado una serie de alocuciones radiales que comenzaron entre abril y mayo de 1941 prolongándose hasta diciembre de ese año, cuando se produce el ataque japonés a Pearl Harbour y los Estados Unidos entran en guerra contra las potencias del Eje. Luego, al cabo de unos meses, fueron retomadas y duraron hasta julio de 1943. Dos veces por semana Pound anunciaba: “Esta es la voz de Europa. Habla Ezra Pound desde Radio Roma”. Y a continuación disertaba contra la usura, contra el Talmud, contra el Antiguo Testamento, contra Franklin Roosevelt, contra Winston Churchill y contra los judíos, frecuentemente personificados por una serie de políticos y banqueros a quienes odiaba como a la peste. Lo hacía en un contexto que presuponía por parte del oyente una serie de conocimientos –la filosofía de Confucio, Paolo Uccello y la pintura moderna, las novelas de “Gus” Flaubert, Henry James, James Joyce y Ferdinand Celine, la poesía del trovador medieval alemán Walter von der Vogelweide, de T.S. Eliot y E.E. Cummings, etc.– de los cuales éste carecía casi por completo. Y, de una manera bastante curiosa, defendía al fascismo.
Claudio Quarantotto comenta que “el ‘fascismo’ de Pound tiene orígenes y objetivos diversos, sino del todo extraños, al fascismo de Mussolini o Gentile. Pound cree ver en el fascismo la realización, o mejor, el principio de la realización de sus ideas político-económicas inspiradas por economistas heterodoxos: el inglés Clifford Hugh Douglas y el alemán Silvio Gesel que, en los regímenes fascista y nazi, no habían conseguido ningún público, ideas que están, sobre todo, ligadas a un filón de la experiencia moral-religiosa estadounidense, que va desde Henry Adams hasta los hippies, sin desmentir a todos los movimientos mesiánicos y utópicos del Nuevo Mundo. La condena de la ‘usurocracia’, los anatemas lanzados contra bancos y banqueros, la oposición ‘oro-trabajo’ derivan, no de la cultura oficial estadounidense, la que ha conducido a la sociedad de consumo y a la conversión del arte en una mercancía, sino de una cultura menor, paralela a la oficial, ya sea subterránea o presente en la superficie. Esta cultura que, por otra parte, el mismo Pound intenta individualizar y definir a través de grupos de políticos, escritores, moralistas y economistas es de signo protestante, aunque herética con respecto al protestantismo dominante. No conduce al capitalismo, según la célebre fórmula de Weber, sino que se opone a él, o, por lo menos, a ciertas ‘degeneraciones’ suyas, movimiento de nostalgia de un nuevo Edén, de edificar o reedificar el futuro”. Sin embargo, lo central es que, como bien señala Quarantotto, “en esta visión, la economía es expresión de la política, pero la política es, o mejor debe ser, expresión de la moral. La usura, para esta línea cultural y para Pound, que adhiere a ella, no solamente arruina a los estados, sino que corrompe a los hombres”.
Este punto de vista ya había sido claramente expresado por el mismo Pound en el Canto XLV, uno de sus poemas más conocidos, que aquí se ofrece en la versión del mexicano José Vázquez Amaral:

Con usura

Con usura el hombre no puede tener casa de buena piedra
con cada canto de liso corte y acomodo
para que el dibujo les cubra la cara,
con usura
no hay para el hombre paraísos pintados
en los muros de su iglesia
harpes et luz
o donde las vírgenes reciban anuncios
y resplandores broten de los tajos,
con usura
no puede ver el hombre Gonzaga a sus herederos y sus concubinas
no se pinta cuadro para que dure y para la vida
sino para venderse y pronto
con usura, pecado contra natura,
es tu pan siempre de harapos viejos
es tu pan seco como el papel,
sin trigo de montaña, harina fuerte
con usura los límites se hinchan
con usura no hay demarcación clara
y nadie puede hallar sitio para su morada.
El picapedrero se aparta de la
piedra, el tejedor de su telar
CON USURA
no llega lana al mercado
la oveja nada vale con usura
Usura es un ántrax, usura
          mella la aguja en las manos de la muchacha
y detiene la pericia del que hila. Pietro Lombardo
no vino por usura
Duccio no vino por usura
ni Pier della Francesca; Zuan Bellin’ no por usura
ni pintóse “La Calunnia”.
Angelico no vino por usura; no vino Ambrogio Praedis,
No vino iglesia de piedra cincelada firmada:
Adamo me fecit.
No por usura St. Trophime
No por usura Saint Hilaire,
Usura oxida el cincel
Oxida el oficio y al artesano
Roe los hilos del telar
Nadie aprende a tejer oro en su dibujo;
El azur tiene una llaga por usura;
el carmesí sin bordar se queda
El esmeralda a ningún Memling tiene.
Usura asesina al niño en las entrañas
Detiene la corte del mancebo
Ha llevado la perlesía a la cama,
yace entre la joven desposada y su marido
CONTRA NATURAM
Han traído putas para Eleusis
Se sientan cadáveres al banquete
a petición de usura.

Pound se había instalado en Rapallo en octubre de 1924, luego de haber vivido en París desde 1921. Antes su ciudad de residencia había sido Londres, adonde llegó en agosto de 1908. Unos meses más tarde, ganó notoriedad con Personae, su segundo libro de poemas, publicado por Elkin Matthews, en 1909. Y una cosa trajo a la otra. Conoció a Olivia Shakespear y a su hija Dorothy, con la que luego se casó; a través de su suegra conoció a William Butler Yeats, por entonces el poeta más importante en lengua inglesa, y al novelista inglés Ford Madox Ford, de quienes se hizo amigo. Más tarde vinieron Richard Aldington, H.D. (Hilda Doolittle) y F.S. Flint, con quienes fundó el movimiento Imaginista, y algo después, el sonoro Wyndham Lewis, con quien fundó el movimiento Vorticista. Hubo, claro, muchos otros nombres: Robert Frost, T. E. Hulme, Henri Gaudier-Brzeska. Fundamentalmente, su compatriota T.S. Eliot.
Eliot dijo de Pound: “Al escribir ahora sobre Pound es bueno que reconozca inmediatamente la mayor deuda personal mía para con él. En mi mesa de trabajo había tenido guardados desde 1911 a 1915 mis primeros poemas (incluyendo “Prufrock” y otros que finalmente han sido publicados), excepto durante el período cuando Conrad Aiken trató sin éxito de colocármelos en Londres. En 1915 (y por intermedio de Aiken) conocí a Pound. El resultado fue que “Prufrock” apareció en la revista Poetry en el verano de ese año, y que mediante los esfuerzos de Pound, la Egoist Press publicó en 1917 mi primer libro”. El recuerdo de Eliot sigue en estos términos: “Pound vivía entonces en un pequeño y oscuro departamento en Kensigton. Cocinaba en el cuarto más grande con luz artificial. En el cuarto más claro, pero más pequeño, que era inconvenientemente triangular, trabajaba y recibía a sus visitantes. Allí vivió hasta que se fue, creo que en 1922 (sic) a París. Pero siempre parecía estar de paso. Y esto se debía no sólo a su inquieta energía –en la que era tan difícil distinguir entre la energía y la inquietud y la agitación, que cualquier habitación, aun una grande, parecía pequeña para él–, sino también a una especie de resistencia para hacerse a un ambiente determinado. En Estados Unidos, sin duda, habría parecido estar siempre a punto de embarcarse. En Londres, siempre pareció estar a punto de cruzar el Canal. Nunca he conocido a un hombre, de cualquier nacionalidad, que viviera tanto tiempo fuera de su país natal, sin que pareciese instalarse en ningún otro sitio. Durante un tiempo consideró a Londres, y después a París, como el mejor centro para sus intentos de revitalizar la poesía. Pero aunque los jóvenes escritores de Inglaterra o de cualquier otra parte podían contar siempre con su apoyo si despertaba su interés, el porvenir de las letras norteamericanas era lo que más le preocupaba. Nadie podría haber sido más bondadoso con hombres más jóvenes que él o con escritores que, fueran o no jóvenes, le parecían valiosos y no reconocidos. Más aun, ningún poeta ha sido, sin menospreciar su propio valor, más modesto en lo que respecta a sus propios logros en poesía. La arrogancia que cierta gente le ha notado era una cosa muy distinta y, fuera lo que fuese, jamás la expresó poniendo un énfasis indebido en el valor de sus propios problemas. En cualquier medio donde se encontraba, le gustaba ser el empresario de la gente más joven, así como el animador de la actividad artística. En este papel no titubeaba en llegar a cualquier extremo de generosidad y bondad: desde invitar constantemente a comer a un autor que trataba de abrirse paso, y de quien sospechaba que estaba mal alimentado, o regalar ropa a pesar de que sus zapatos y su ropa interior eran casi las únicas prendas que se parecían bastante a las de los demás hombres, como para que estos las usaran, hasta tratar de obtenerles colocaciones, hacer colectas, conseguir que sus trabajos fueran publicados y después lograr que se los criticara y elogiara”.
El tema de la generosidad de Pound es proverbial. Pero también el de su aspecto: un tipo alto, ancho de hombros, atlético, de pelo colorado y barbita en punta, que se pasea vestido con una capa verde de terciopelo, polainas, bastón y sombrero, y anticipándose muchos años a la moda, con un aro que le cuelga de la oreja.
Londres dejó de ser interesante para Pound terminada la Primera Guerra Mundial. En ésta, junto con casi toda una generación de jóvenes, habían muerto Hulme y Gaudier-Brzeska, dos de sus más queridos amigos. Según hace notar Michael Reck, “en un apunte autobiográfico para los Selected Poems of Ezra Pound, éste escribe: ‘1918: comienzo la investigación de las causas de la guerra para oponerme a ella’ ”. Los primeros indicios los obtiene en la lectura del mayor Clifford Hugh Douglas, un escocés, oficial del ejército británico, que propugnaba el crédito social y la democracia económica. Según Douglas, la guerra y la escasez de dinero son causadas por las manipulaciones de los financieros –la usura– y el remedio contra éstas es el crédito nacionalizado. “Pound –dice Reck– se convirtió a la idea.”
Ya en París, mantuvo una estrecha amistad con el joven Ernest Hemingway, quien, además de escribir que Ezra Pound siempre se había portado como un buen amigo, haciéndole favores a todo el mundo, le enseñó a boxear.
También conoció a Gertrude Stein, la cual escribió en su Autobiografía de Alice Toklas que, Pound le había caído bien, pero que no le había parecido divertido: “Sabe explicar cómo es la aldea, lo cual es excelente si uno es un aldeano, pero si no, no”. Según comenta Humphrey Carpenter, Pound tampoco sentía demasiado aprecio por la Stein a quien le achacaba “hescrivir en yidish con palabras inglesas”.
De quien sí pensó bien fue del joven E.E. Cummings, a la sazón de veintisiete años, quien más tarde escribió: “Ezra era maravillosamente divertido: era de una amabilidad mágica, como la que sólo un gran hombre puede tener para con un muchacho tímido”.
Con James Joyce –a quien, desde Londres, había ayudado a publicar varios de sus textos–, aparentemente por las actitudes egoístas del autor de Ulises, la amistad no prosperó. Con todo, cuando Pound ya no vivía en París, Joyce recordó por escrito que lo el poeta lo había ayudado de todas las maneras posibles en momentos de graves problemas, siete años antes de que se conocieran. “Siempre me ofreció su opinión y sus puntos de vista –anotó Joyce–, los cuales tengo en la mayor estima, viniendo de una mente tan brillante y con tal discernimiento”.
Más allá de toda esa gárrula vida literaria –que incluyó a demás la corrección de La tierra baldía, de Eliot–, Pound, un mujeriego inveterado, también se hizo tiempo para comenzar una relación con la violinista estadounidense Olga Rudge, ante la cual Dorothy, como en otros casos, hizo la vista gorda. Ese vínculo sin embargo iba a durar cincuenta años. Fue Olga Rudge además quien le presentó a George Antheil, compositor y pianista estadounidense ligado a la vanguardia, llegado a París en 1923, quien ayudó a Pound en la composición de dos óperas y una serie de piezas para violín, más tarde interpretadas por su amante. Pero Pound también se cansó de París y fue entonces cuando se mudó a Rapallo.

In April 1939 he sailed for New York, believing he could stop America from involvement in the Second World War, happy to answer reporters’ questions about Mussolini while he lounged on the deck of the ship in a tweed jacket. He traveled to Washington, D.C. where he met senators and congressmen. Mary said he did it out of a sense of responsibility, rather than megalomania; he was offered no encouragement, and left depressed and frustrated. He received an honorary doctorate from Hamilton College on 12 June, and a week later returned to Italy.[67] He began writing antisemitic material for Italian newspapers, including one entitled “The Jews, Disease Incarnate.” He wrote to James Laughlin that Roosevelt represented Jewry, and signed the letter “Heil Hitler.” He started writing for Action, a newspaper owned by the British fascist, Sir Oswald Mosley, arguing that the Third Reich was the “natural civilizer of Russia.” After war broke out in September 1939, he began a furious letter-writing campaign to the politicians he had petitioned six months earlier, arguing that the war was the result of an international banking conspiracy, and that the United States should keep out of it

Leídas desde el presente, los años de las vanguardias, que tanta tinta y cóctel siguen produciendo, merecerían por su complejidad un análisis menos trivial y maniqueo que el que suele hacerse llegada la hora de las efemérides. Hoy, cuando prácticamente no ofrecen el menor riesgo, cuando han sido neutralizadas por un discurso que pone en primer plano al mediador y tiende a ocultar las razones del artista son apenas una idea, que en los años sesenta llevó a un frecuente error de naturaleza eminentemente romántica, que consistía en identificar a la izquierda política con el progresismo y a la derecha con el orden conservador. Ya en esos años habría bastado con enumerar los gustos estéticos de Lenin y, sobre todo, de Stalin, confrontándolos con los de Rockefeller, para refutar ese equívoco. Ligada a ésa, había otra falacia –por arrastre vigente hasta hoy– que consistía en ubicar las expresiones de la vanguardia artística en el bando progresista, creyendo que quienes no se identifican con la novedad, era meros conservadores, si no abiertamente retrógrados. Nuevamente, valdría la pena verificar cuál fue el credo político de Ezra Pound –acaso el non plus ultra del vanguardismo– o, en la vereda de enfrente, de los stalinistas Louis Aragon y Pablo Neruda, para comprobar el error.