Una entrevista con Ramón Cote Baraibar | Por Jorge Fondebrider

Según la noticia que hay de él en Wikipedia, Ramón Cote Baraibar es un poeta, narrador y ensayista colombiano, nacido en Cúcuta, en 1963. “Su poesía y su prosa –continúa el artículo– se ubican dentro de la denominada transición siglo XXI, caracterizada por el tono postmoderno, la amplitud temática y la depuración de las técnicas y el lenguaje lírico tradicional. Es cultor del poema en prosa y parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés e italiano. Es también graduado en historia del arte por la Universidad Complotense de Madrid”. Su obra incluye Poemas para una fosa común (Arnao Editores, España 1984. Fundación Simón y Lola Guberek, Bogotá, 1985 y Ediciones San Librario, Bogotá, 2006), Género de medallas – Colaboración con Esperanza López Parada (Editorial El Crotalón, Madrid, 1985), Informe sobre el estado de los trenes en la antigua estación de Delicias (Fondo Editorial Pequeña Venecia, Caracas,1998), El confuso trazado de las fundaciones (El Áncora Editores, Bogotá, 1992), Botella de papel (Editorial Norma, Bogotá, 1999, y Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 2006), Colección privada ( III Premio de Poesía Casa de América. Visor Libros, Madrid, 2003) y Los fuegos obligados (Premio Unicaja de Poesía, Visor Libros, Madrid, 2009). Asimismo, ha publicado los cuentos de Páginas de enmedio (Alfaguara, Bogotá, 2002) y los libros para niños Feliza y el elefante (Editorial Panamericana, Bogotá, 2009) y Magola contra la ley de la gravedad (Editorial Panamericana, Bogotá, 2010). Por último, ha escrito una biografía crítica titulada Goya, el pincel de la sombra (2005) y dos antologías de poesía ajena: Diez de ultramar Antología de la joven poesía latinoamericana (Visor Libros, Madrid,1992) y La poesia del Siglo XX en Colombia (Visor Libros, Madrid, 2006).

Los poemas que se ofrecen a continuación de la entrevista, son inéditos.

“Equilibrio, contraste, una cierta proporción”

—Aunque sé que es muy difícil, ¿podrías sintetizar cuáles son las principales líneas de fuerza que presenta la poesía colombiana contemporánea? ¿Cuáles son las características que asumió? ¿Posee escuelas?

—Quizás una de las características más marcadas de la poesía colombiana sea el formalismo. La vanguardia tocó sus puertas hasta mediados del siglo XX y movimientos como la poesía concreta apenas pasaron de largo. De allí que un cierto neorromanticismo ha teñido la mayoría de la obra de los poetas. Por otra parte, el Nadaísmo, el movimiento que surgió en los setentas, con claras referencias a los beatniks, aireó el convento poético del país y le abrió la puerta hacia un coloquialismo que permitió unir lo cursi y lo académico en una magnífica amalgama. Hoy en día existen corrientes expresionistas, encabezadas por Juan Manuel Roca, otras que van en dirección a la poesía del silencio, como la de Álvaro Rodríguez, otras que de alguna manera han elaborado los excesos del coloquialismo que devino en vacía retórica.

—¿Cómo te ubicás vos en ese contexto? ¿Quienes, si cabe ponerlo así, serían tus “padres”?

—Mi poesía creo que se ubica dentro de una poesía de la experiencia pasados sus filtros y efusiones. Me siento muy a gusto con la poesía narrativa. Es difícil hablar de los padres literarios, pero, hablando de la poesía colombiana, tendría que hablar de la obra vital y transformadora como es la de Álvaro Mutis, quien tiene más de un contacto con la del argentino Enrique Molina.  También con la obra de Aurelio Arturo (1906-1974), y la de Jorge Gaitán Durán (1924-1962). Ya saliendo de las fronteras, las obras de la generación del 50 de España han sido una de mis grandes influencias, empezando por Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Ángel González. También, y ya en nuestro continente, no puedo olvidar al gran Oliverio Girondo, Borges, el mencionado Enrique Molina, a la revuelta iconoclasta del lenguaje de Huidobro y a la revelación constante de Neruda, los venezolanos Eugenio Montejo y Juan Sánchez Peláez… Resulta infructuoso hacer un recorrido milimétrico por cada uno de los países de América, pero me gustaría dejar en alto la importancia que tuvo en mi formación la obra de tres nicaragüenses: Joaquín Pasos, Carlos Martínez Rivas y Pablo Antonio Cuadra. ¡Mejor paro porque si no no acabo nunca! Y en otras lenguas, Brodsky, Auden, Lowell, Rilke, Zagajewski, Milosz, Ponge, Ungaretti… Te voy a hacer una confesión que parece colegial, pero te la hago: todos los años me hago el propósito de descubrir al menos un poeta. Eso me mantiene alerta, permanecer despierto, leer, buscar en librerías y en internet. De esa forma un tanto didáctica y de manual de superación, si me perdonas, he encontrado poetas magníficos. Así fue el caso con Gianuzzi, una verdadera revelación, Nuno Júdice, el poeta portugués, Tadeusz Rozewicz, el polaco, el chileno Díaz Casanueva, la también portuguesa Ana Luisa Amaral, el mexicano Jose Carlos Becerra, Billy Collins, el magnífico Manuel Vilas, con su personaje, Manuel Vilas… Quizás le sirva a alguien ese consejo. A mi me ha dado siempre excelentes resultados.

—¿Cómo empezás a escribir un poema? ¿Cuándo sabés que el poema está terminado?

—La verdad es un misterio el origen de un poema. A veces surge por una imagen, otra por una sucesión de palabras, otras por una lectura de otro poeta. Creo, sin embargo, que independientemente del origen se trata de un problema de “acumulación”. Hay efectivamente algo que se desborda, o mejor, se escribe por un desbordamiento. Ahí va surgiendo el poema. ¿Cuándo se acaba? En mi caso soy de esos escritores que escriben varias versiones y en ellas, a veces se aumenta o a veces se corta, o a veces se cambia el orden de los versos o estrofas; por ejemplo, ¡el clásico poema que empieza por un verso que originalmente era el último! Como en el proceso de escritura y reescritura se me van tres meses, en ese tiempo ya sé dónde se acaba el poema.

—Tus libros tienen una cierta organicidad que hace que uno los contemple como una obra unitaria. ¿Es algo premeditado? ¿Se te presenta el libro como proyecto o se trata de poemas que recorren un determinado derrotero común?

—Creo que todo libro de poemas debe aspirar a un equilibrio, a un contraste, a una cierta proporción. Sólo en dos libros he trabajado el asunto “temático” como prioritario. Me explico: en Botella papel (1998), libro sobre objetos y oficios de Bogotá escribí ceñido a esa búsqueda, con lo cual el resultado fue del todo redondo. El medio elegido fue poemas en prosa, pero en vista de la alegría que me producía escribirlos decidí inventar un nuevo género literario: Poemas en Prozac. En el segundo ejemplo, Colección privada (2003) el asunto fue similar, pues se trata de un libro de poemas sobre pintores o pinturas, desde el siglo XV hasta el XXI. Son cuarenta poemas escritos en año y medio. Creo que nunca fui tan feliz escribiendo: por el proceso de acumulación que te comenté, fueron saliendo poemas y poemas con una facilidad y una felicidad pasmosa!!!

—¿Cuándo sentís que un libro está listo y que los poemas que seguís escribiendo ya no corresponden a ese volumen?

—Una de las maneras de saber que ciertos poemas pertenecen a un libro o pertenecen a otro, se debe al tema que tratan. En mi último libro, Como quien dice adiós a lo perdido, traté el tema de la muerte, de la ausencia y del recuerdo, y, como una enredadera, los poemas fueron creciendo en esas direcciones. Cuando veía que no iban por ahí, sabía que pertenecían a otro libro

—Realizaste varias antologías de poesía de tu país y de poesía latinoamericana. ¿Con qué criterio las llevaste a cabo?

—La antología es otro género literario. Los criterios que primaron fueron: calidad, representatividad, claridad. Lo mejor de sus autores –no de cada etapa de sus autores, que es distinto- en una muestra amplia, mínima de ocho poemas para su ilustración.

—¿Reflexionás sobre lo que escribís o, una vez escrito el poema, te olvidás de él?

—El poeta portugués Nuno Júdice dice en un verso que me encanta: “el poema me dice lo que no sé”. Creo que ahí está la clave del asunto: el poema nos hace ver e ir más lejos y a medida que lo leemos y se vuelve vida, el poema sigue vigente y se hace memoria.


 

Poemas inéditos de Cómo quien dice adiós a lo perdido

AZOTEA DEL CÍRCULO DE BELLAS ARTES

A Carlos Gonçalves

Las once letras de neón de un enorme anuncio
de Ballantines, lejos de su legendario resplandor
que alguna vez tuvieron en esa esquina estratégica
de Madrid, permanecían apoyadas y en desorden
contra el muro de la azotea del Círculo de Bellas Artes,
como si la estatua de Minerva que allí habitaba
jugara en solitario y desde las alturas
una prolongada partida de scrabble
con esas lápidas melancólicas de la publicidad.

Eso fue lo primero que vimos al llegar
a escondidas hasta allí, cuando por fin empujamos
la última puerta prohibida que nos permitió ver de cerca
a la diosa vigilante. La ciudad, en ese triste otoño
de principios de los años ochenta, con sus techos oscuros
y sus repetidos campanarios, parecía “un pueblón”
como dijiste con tu acento portugués, ahondando la última
sílaba, mientras un viento frío nos cortaba con sus cuchillos las palabras.

Al aproximarnos con sumo sigilo a Minerva,
y después de recorrer los pliegues monocordes de su túnica
que caían paralelos a sus pies a la manera clásica,
oímos extrañados el rumor de miles de abejas
que habían hecho su panal en las cuencas de sus ojos
vacíos, ignorando que esa imagen misteriosa nos perseguiría
por años y hasta en sueños, como un oráculo
que algún día tendríamos que descifrar.

No sé por qué hasta ahora lo recuerdo
ni por qué razón lo había olvidado. Quizás
porque de repente me pregunté qué habrá sido de ti,
mi amigo el pintor portugués que vivía en la calle Bustamante,
con quien también una tarde descubrí, detrás de un muro,
un desolado cementerio de trenes donde las locomotoras,
con sus costras adheridas de carbón, no se resignaban
a su reclusión obligatoria, a su detención definitiva,
a su cadena perpetua.

El tiempo tiene su manera particular
de hacer que las cosas sean visibles nuevamente,
para que esta noche de alcohol, en la que se agitan
las abejas videntes del olvido, todo ocupe
su lugar y pueda escribirte estas palabras
que, como las letras de un anuncio de neón
de un remoto hotel de carretera,
tardan torpemente en encenderse,
una a una, igual que la memoria.

TEMPLO PORTÁTIL

A Fabio Morábito

Si quieres hacer tuya cualquier esquina
acerca a la ventana más próxima un asiento
para detener el desorden de las horas.

Si ya escogiste ese preciso lugar de la casa
donde habitas, entonces enciende una vieja lámpara
que ilumine el perímetro de tu nuevo territorio.

De esa manera no será necesario que disimules
tu condición errante cambiando los muebles de sitio
o llenando las mesas con fotos familiares.

Pronto descubrirás la necesidad de estar allí,
inmóvil, rodeado de fugacidad y permanencia
en tu península con su faro solitario.

Sea cual sea el lugar donde te encuentres
sabrás que cada noche tienes una cita
en ese reducido espacio que amplía sus fronteras.

No habrá palacio que lo iguale
ni monumento de mármol que lo imite:
este será tu palacio y tu monumento.

Pasarás las semanas sucesivas sabiendo
que ya cuentas para el resto de tu vida
con un lugar que solo a tí te pertenece.

Basta elegir una esquina cualquiera, una mínima
ventana, un asiento y una vieja lámpara
para que viajes por el mundo y puedas repetir

tu ritual nocturno en tu templo portátil
acompañado por tus dioses domésticos. Así nunca
te sentirás extraño en ninguna parte de la tierra.

LAS MUERTES

A los dieciséis años
uno de mis mejores amigos del colegio
se pegó un tiro en la cabeza
por una decepción amorosa.

A los treinta y nueve
mi más admirado profesor de literatura
murió de hipotermia en un río,
por salvar a su perro que se ahogaba
bajo una engañosa capa de hielo.

A los cuarenta y cuatro
un poeta norteamericano que acababa
de conocer desapareció para siempre
en una remota isla al sur del Japón
por ver de cerca la boca de un volcán.

Muchos dirán con sangre fría
que la impaciencia del primero,
la extrema confianza del segundo
o el imprudente proceder
del tercero, fueron la causa determinante,
como si su explicación pudiera alterar
los resultados.

A lo largo de la vida
uno va acumulando muertes
y se empieza a pensar sin quererlo
en cuál de esas será la suya,
si será por amor, Sergio, por lealtad,
Eduardo, o por valentía,
Craig.

LOS OJOS SUICIDAS

Un salto y sería la muerte
Carlos Drummond de Andrade

Un balcón con vistas a cualquier
parte, un inocente cuchillo
guardado en el cajón de la cocina,
una plácida almohada de plumas,
una avenida por donde pasan
carros a gran velocidad
y buses de vez en cuando.

………………………O también
el fuego de la estufa,
el amplio ventanal de un cuarto piso,
esa corbata verde que cuelga al fondo
del armario, una vacía botella de cerveza,
una medicina con fecha de vencimiento
caducada.

Es suficiente un mínimo desajuste,
un mal día, la noticia de una enfermedad
terminal, un adiós definitivo, unas cuentas
imposibles de pagar,
para que todo lo que nos rodea
cambie de signo y nos señale
su parte oscura, nos muestre su porción peligrosa,
para que veamos el revés del ángel,
en su caída, para que a nuestro alrededor
todo se convierta en una invitación al exterminio.

Unas tijeras, un par de cordones,
un interruptor, un cilindro de gas,
una bolsa plástica del supermercado,
un martillo.
Y así sucesivamente.

La lista es interminable
para los ojos suicidas.