La herida de Ulises | Diego José

Diego José nació en la Ciudad de México en 1973. Radica en Pachuca, Hidalgo desde hace veinte años. Autor de los libros de poesía: Cantos para esparcir la semilla (2000), Volverás al odio (2003), Los oficios de la transparencia (2007), Cicatriz del canto (2014) y La herida de Ulises (2017); en Las cosas están en su sitio (2010) reunió su tres primeros libros. También ha publicado las novelas: El camino del té (Random House Mondadori, 2005) y Un cuerpo (451 editores, 2008); así como el volumen de ensayos: Nuevos salvajismos: la perversión civilizada (2005; 2014). Su obra ha recibido el Premio de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2000, el XIV Premio Nacional de poesía Efraín Huerta 2002, el XIII Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2006 y el Premio Literario Abigael Bohórquez en el género de ensayo 2004. Ha colaborado en distinas revistas y suplementos culturales, entre los que destacan La Jornada Semanal, Laberinto de Milenio, Confabulario de El Universal, El cultural de La Razón, Revista de la Universidad de México, Crítica de la BUAP y Tierra Adentro. Sus poemas aparecen en la Antología general de la poesía mexicana y en la Antología esencial de la poesía mexicana, ambas seleccionadas por Juan Domingo Argüelles. En 2016 la Compañía española de teatro Ruido interno estrenó una adaptación escénica de su novela Un cuerpo. Fundó la revista de literatura y arte La palanca.

Ha vuelto la lluvia

Is woman giving as she loves
Robert Graves

Ha vuelto la lluvia
la terca lluvia que tiende sobre la tarde su sopor

Ha vuelto a improvisar su música de charcos
……………..y de golpeteo en las ventanas
a inventar un mar en los balcones donde la ropa
……………..inútil pliega su velamen

Ha vuelto a evocar sobre la piel de los vidrios
……………..la humedad que tú conoces

En casa estamos ebrios
comimos dátiles……..uvas……..nueces
leímos en voz alta y nos amamos
celebrando nuestra costumbre de arrancarle al tiempo sus ropajes

Ha vuelto la lluvia con su mansedumbre
……………..……………..a contagiarnos del ocio vespertino

Ha vuelto a cantarnos al oído su letanía de agua
a inaugurar con nuestros cuerpos
el delta de sus ríos

Ha vuelto a evocar con las gotas de sus dedos
el transparente cardumen que agita el viento

Sucede que a veces nos es concedida la eternidad
y lo hacemos con calma

Nuestras manos crispan la rosa convexa de su estremecimiento
o se hunden piel adentro
……………..……………………..como indagando de dónde surgió el paraíso

De eso se trata
……………..de mojarse un poco mutuamente
para acallar la lluvia que nos llueve
……………..sofocándonos
mientras el rebaño del tiempo pace a nuestros pies con dicha

Cardenche

Yo ya me voy
con esta espina
atravesándome los genitales;
entró tan suave,
tan cálida
……..,.—……….y humedecida
que no pensé,
no pude sospecharlo,
que sacarla me haría
más daño que sufrirla.

El otro sueño de Eurídice

Estoy llamándole
a tu mitad en sombra,
y estás dormida en un lecho de cardos;
los cuervos clavan sus siniestros picos en tu vientre,
tus labios se deshojan,
huyen las golondrinas de tus cejas,
pero aún te quedan ojos para volver.

Estoy llamándole
a tu mitad en sombra,
pero mis palabras no rompen
el cristal endurecido del sueño
donde otro hombre se aferra a tu cintura,
cubriendo con el plomo de su aliento
tu piel resquebrajada.

Estoy parado
en el umbral de tu ruptura,
los espinos rasgan los ropajes de la memoria;
no alcanzo a ver la llamarada
ni los rescoldos;

el grito de un niño asustado
se confunde con un dolor adulto
y se rompe.

Concesiones

Todos tenemos derecho a la memoria
de un amor callado entre sus pliegues,
a entibiar con su luz las habitaciones
más distantes de nuestros abismos;
una grieta, un recoveco en el desván
más íntimo, donde se consume
la intacta flor de lo que no fue posible.

La herida de Ulises

El oro de los ríos
moja la orilla de las cosas
que están sobre la mesa:
el corcho abandonado
a la melancolía de su aroma,
trozos de pan,
restos de vino
en la comisura del tiempo.

¡Qué joven se mantuvo la mañana
contra el acecho de los años!

El oro de los ríos
me devuelve la conjetura
de tus párpados que se cierran,
entre las tempranas arrugas
que te ofrendó
la vuelta de la Luna
con su incierto cincel
y su espejo de mármol.

Ahora que te observo
y que tu sonrisa convoca
los racimos agraces de otra edad,
agradezco a los hombres
—tiernos o adultos—
que dieron a tu cuerpo
la urgencia del verano,
para que al reunirte conmigo,
ambos tuviéramos
la pericia, la lentitud
y la ocasión de entregarnos.

No volverá la tarde en que ofreciste
a mi aliento el asombro de tu piel;
mira mi cuerpo, ya no es joven,
pero quiere ser bello para ti,
sumergirse en el oro de los años,
donde aguarda la muchacha que fuiste
al hombre fragmentado que te amó.


Colaboración enviada por Jorge Contreras Herrera para Buenos Aires Poetry, 2019.