Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires | Roberto Arlt


El texto que se publica es solo un fragmento de esta extraña narración de Roberto Arlt. Se publicó íntegra en el número 63 de Tribuna Libre (publicación bimensual de temas sociológicos y literarios), el miércoles 28 de enero de 1920.
Es presumible que este trabajo fuera concebido en el mismo período en que Arlt escribió el primer capítulo de su libro “El juguete rabioso” aparecido en 1926.

¿Cómo he conocido un centro de estudios de ocultismo? Lo recuerdo. Entre los múltiples momentos críticos que he pasado, el más amargo fue encontrarme a los 16 años sin hogar.
Había motivado tal aventura, la influencia literaria de Baudelaire y Verlaine, Carrére y Murger.
Principalmente Baudelaire, las poesías y bibliografía de aquel gran doloroso poeta que me había alucinado al punto, que puedo decir, era mi padre espiritual, mi socrático demonio, que recitaba continuamente a mis oídos, las desoladoras estrofas de sus “Flores del Mal”.
Y receptivo a la áspera tristeza del aquel período que llamaría leopardiano, me dije: vámonos. Encontremos como De Quincey la piadosa y joven vagabunda, que estreche su seno impuro, nuestra extraviada cabeza, seamos los místicos caballeros de la gran Flor Azul de Novalis.
Abreviemos. Describir los pasajes de un intervalo harto penoso y desilusionador no pertenece a la índole de este tema, más sí puedo decir, que descorazonado, hambriento y desencantado, sin saber a quién recurrir porque mi joven orgullo me lo impedía, llené la plaza de vendedor, en casa de un comerciante en libros viejos.
Pues bien, una mañana que reflexionaba tristemente en el dudoso avenir penetró en aquel antro, en busca de una Historia de las Matemáticas, un joven, de extraña presencia. Palidísimo, casi mate, los ojos hundidos en las órbitas, todo de una contextura delicada y profunda, rodeado por decirlo así, de un aura tan vasta y espiritual que inmediatamente me inspiró simpatía de criolla belleza.
Tratamos de encontrar tal obra, y en el curso de nuestras investigaciones por los polvorientos estantes, trabamos conversación.
Le observaba. Al hablar lo hacía con especial cuidado, modulando las palabras con sugestiva euritmia, que prestaba a sus pensamientos precisas tonalidades, que me subyugaban con su timbre sonoro y convincente.
Volvimos a encontrarnos otras veces en aquel lugar, y no sé si inconscientemente o de un modo premeditado por él, nuestros diálogos versaron acerca del ocultismo y teosofía.
De estas ciencias poesía vastos conocimientos, a los cuales su fe les dotaba de tan severa apariencia, que no se podía menos que creerle y respetarle.
Cuando desenvolvía esas tesis extrañas y oscuras, descubría en el fulgor de sus negras pupilas, no sé qué misterios arcanos seductores.
Me ofreció su casa y lo visité. Me hizo conocer su biblioteca compuesta de libros de magia, alquimia, teosofía, etc., relatándome en el curso de esas entrevistas, maravillas alucinantes, que me conducían hacia el ayer, desdoblando sucesivamente la atracción de los misterios ocultos a los ojos profanos en los hipogeos brahamánicos, explicándome la función del espíritu y de los cuerpos astrales que rodean al igual de un imán su fluido, nuestro cuerpo.
Era sabio y yo le escuchaba tembloroso de admiración.
Su terminología a veces me era incomprensible por un gran empleo de expresiones sánscritas, mas luego me explicaba la función de ese tecnicismo, que a su ver, encerraba sonidos de psíquicos efectos.
A veces, en la soledad de los parques, este Villiers de l´Isle Adam, relatábame el poder infinito de que disponen los faquires y yoguis, la milenaria existencia de algunos “sauyasi” que habitan en las selvas que limitan el Bramaputra, y las vastas Logias Blancias y lamerías que moran en las cumbres del Tibet, y que están en perpetua lucha con los Magos Negros, “los Señores de la faz tenebrosa” vampiros voluntarios del principio del Mal.
Luego me descubría que por el poder de los Sutras de Patanjali, de los Hatha y Raja Yoga, se favorecen los desarrollos, de nuestras más inefables cualidades, sensibilizándose los órganos, etéreos, cuyas formas de flores de loto, destruyen nuestro egoísmo o sensualidad. Por medio de esos poderes era clarividente al igual que Swendemborg, se escuchaban las misteriosas voces de los planos, de los caos más distantes, como Hermes Trimegistus, o Isaías, se descorría el velo de Isis, se desenmascaraba la Esfinge y se penetraba en la Suprema Razón, en el espacio de las N dimensiones.
Se era casi un teurgo, a semejanza de Simón el Mago, Jamblico o Apolonio de Tyana.
A voluntad se podía trasladarse por los espacios en el Kamarupa y visitar las lejanas regiones astrales.
Y lo que me relató, después lo encontró duplicado en las obras de Blavatski, Bessant, Leadbater, Sinnet, Olcott, etc.
Sin embargo, en el curso de nuestras relaciones, era triste, circunspecto y pensativo.
No creo que influyera en él su situación presente de marqués arruinado, mas su estado humilde exageraba el aspecto de hiperestésico extenuado que ofrecía, como si sobre él pesaran agobiadores atavismos que se me contagiaron insensiblemente.
Un misántropo que me hubiera meditado un siglo al margen de eKmpis, o de I Sepolcri, de Pascoli, no se espiritualizará como ese idealista de la Shodana.
Sufría momentos de dolorosa perplejidad, de indecisiones que interrogaban en las desencajadas flores de sus pupilas, que repercutían desesperadamente en todo lo que nos rodeaba, para después de unos prolongados silencios tácticos, apartarnos sintiendo que nos alejaba el espíritu de Abaris.
Yo creía, pero él debió intuir que el discípulo sería infiel al maestro.