Tres poemas sobre la muerte de dios | Thomas Hardy

Thomas Hardy (Higher Bockhampton, Stinsford, 1840 – Max Gate, 1928) es uno de los grandes precursores de la actual poesía en lengua inglesa. 
Autores como Auden, Graves, Wilbur o Larkin, han reconocido su talento y lo han reivindicado como poeta central en el canon poético moderno. Larkin ha dicho de su obra que uno podía leerla años y años sin que jamás dejara de sorprenderle. Añadiría que uno puede leerla una y otra vez sin que deje jamás de emocionarle, tal vez por la profunda verdad que expresa en cada verso. 
Toda la poesía de Hardy está tocada de una profunda melancolía. La idea de la muerte y el sentido de lo efímero planean sobre todos sus poemas. 

La educación de dios

Lo vi robar la luz
que cazaba sus ojos:
se fue tan sutilmente que nadie notó
que incluso un día anduvo
deambulando por aquí.

Miré un poco más, y robó también
sus tinturas de lirios y rosas;
toda la vivacidad de su joven alma
desapareció, cuando
cayó bajo su frío control.

Entonces pregunté: «¿por qué la devoras de ese modo?
¿Esperas alguna vez atesorar sus dulzuras?».
«Oh, no», me dijo, «no me satisfacen; lo que ofrezco es
sacrificar su tiempo con indiferencia».

Le dije que «a eso le llamamos crueldad,
nosotros, tu pobre especie mortal».
Meditó. «El pensamiento es nuevo para mí.
Pensaba que dominaba a los hombres,
¡pero es vuestra la enseñanza!».

El dios enfermo

I.
Cuando los hombres disfrutaban la guerra,
un dios esparció cada cuerpo mortal;
Los pueblos le ofrecieron sus manos y corazones,
Desde la tierra de Israel a islas lejanas.

II.
Su presencia carmesí, con estruendos y repiques,
iluminó toda oscuridad y todo enfrentamiento mortal,
los reyes invocaron su temible ayuda,
con runas y rimas, para violar y saquear.

III.
Sobre moretones y yagas, cicatrices y suturas,
sobre espadas y pernos, lanzó su fulgurante destello;
sus halos marcaron la sangre,
y los cadáveres vistieron su glorioso brillo.

IV.
Alguna reina o rey primitivo vio su esplendor,
y también algún héroe narrativo después;
fue visto por Wolfe y por Ney,
y también por Nelson en sus dominios azules.

V.
Pero luego se propagó una nueva luz.
El oro divino palidece, el blasón agrava y decae;
incluso su esplendorosa forma se disipa, y
nada más que una sombra queda de él.

VI.
La meditación moderna rompió el hechizo,
algunos dicen que las súplicas de los escritores asestaron el golpe,
otros, que sus terribles crímenes
fueron suficientes para enlodar su manto carmesí.

VII.
¡Sí! Hombres más excelentes que él
sembraron semillas de creciente simpatía,
todos saben, aunque por mucho tiempo se desatienda, que
los dioses de los hombres están en paz.

VIII.
De las almas ahora brotan presagios y el pensamiento descubre
la triste multiplicidad de las cosas,
amigos por enemigos, iras aminoradas
y predicciones por exabruptos.

IX.
Apenas le apasionan hoy los vencedores;
vencen y desafían, tensos y pálidos;
y si quisieran levantar el brazo caído
del dios derrotado, no sabrían hacerlo.

X.
Pero las guerras prosiguen, aunque se enfríe el entusiasmo;
a momentos, como un antiguo germen,
dios se levanta socorrido por adornos y listones;
¡pero nunca se parece al de antes!

XI.
Dejen al hombre gozar, déjenlo lamentar.
La primitiva y estridente deidad
se derrumba ante una de mejor salud.
El dios de la guerra ya no es dios.

El funeral de dios

I.
Vi un tren sigiloso
de cejas firmes y ojos abiertos, canoso y encorvado.
Siguiendo en línea recta las llanuras del ocaso,
una excéntrica y aburridísima figura mística.

II.
Por los contagiosos latidos del pensamiento,
o agitado por el conocimiento latente que yacía en mí,
fui arrojado a la conciencia del dolor.

III.
A mis ojos borrosos la figura
le pareció antropomorfa; dispuesta a mutar
en una nube amorfa de maravilloso tamaño,
a momentos dotada de enormes alas gloriosas

IV.
Estas variaciones fantasmales
alguna vez lo poseyeron mientras se dibujaban;
sin embargo, y a pesar de todo, simbolizaban
una gran potencia y una fuerza entrañable.

V.
Casi sin de darme cuenta me arrodillé,
sin palabras, ante las columnas en movimiento;
creciendo en número y masa mientras avanzaban,
expulsaban los enfermizos pensamientos que podían escucharse:

VI.
Oh, figura antropomorfa, de proyección tardía,
como la nuestra, ¿qué moribundos sobrevivirán?
¿De dónde viniste, que estuvimos tentados a crear
algo que ya no podemos mantener con vida?

VII.
Encerrándolo con celo, feroz al principio,
se le hizo justicia por los tiempos,
dispuestos a bendecirlo por circunstancias malditas,
por todas las calamidades y misericordias.

VIII.
Engañados por nuestros propios sueños primitivos,
por necesidad de consuelo, crecimos en el engaño propio,
adoramos nuestra creación, ahora nuestro creador,
y creímos en lo que habíamos imaginado.

IX.
Hasta que en el silencioso sigilo del tiempo,
una intransigente y cruda realidad
mutiló al Monarca de nuestra moldura,
que tembló y se hundió, y ha dejado de existir.

X.
Camino al abandono de nuestro mito,
enlutados, con los labios caídos, a tientas nos arrastramos,
más tristes que los llantos en Babilonia,
que aún albergaban esperanza en Sion.

XI.
Qué dulces fueron los años remotos,
mover las ruedas del día con una plegaria honesta,
recostarse tranquilamente en el recuerdo,
¡y gozar la bendita seguridad de su presencia!

XII.
¿Quién o qué podría ocupar su lugar?
¿Dónde se fijarán, erráticos, los ojos distraídos;
en alguna constelación para estimular la paz;
dónde está la finalidad de lo que se busca?

XIII.
Pude reconocer algunos en el fondo,
dulces mujeres, jóvenes, hombres, incrédulos,
repicando todos juntos: «Esta figura es de paja,
¡una burla de réquiem! ¡Él aún vive para nosotros!».

XIV.
No podría sostener su fe: sin embargo,
conozco a muchos: simpatizo con todos;
y aún sin palabras, nunca olvidé que
se lamentaban por algo que alguna vez también aprecié.

XV.
Incluso me pregunté cómo llevar la pérdida,
pregunta insistente para cada mente pensante,
y mirando el espectro que se ampliaba apareció
un pálido pero auténtico brillo de la tierra.

XVI.
Para levantar la noche general,
algunos que se habían mantenido al margen confesaron:
«Te veo en el horizonte, pequeña luz –
¿Creces?», todo doliente sacudió su cabeza.

XVII.
Formaron una multitud,
algunos tenían la razón, algunos se acercaron,
aturdido y desconcertado, en una mezcla de brillo y oscuridad,
mecánicamente los seguí junto a los demás.

“God’s Education”.

Publicado en Time’s Laughingstocks and Other Verses, de 1909.

I saw him steal the light away
         That haunted in her eye:
It went so gently none could say
More than that it was there one day
         And missing by-and-by.

I watched her longer, and he stole
         Her lily tincts and rose;
All her young sprightliness of soul
Next fell beneath his cold control,
         And disappeared like those.

I asked: “Why do you serve her so?
         Do you, for some glad day,
Hoard these her sweets—?” He said, “O no,
They charm not me; I bid Time throw
         Them carelessly away.”

Said I: “We call that cruelty –
         We, your poor mortal kind.”
He mused. “The thought is new to me.
Forsooth, though I men’s master be,
         Theirs is the teaching mind!”

“The Sick Battle-God”.

Publicado en Poems of the Past and Present, de 1901.

I
In days when men found joy in war,
A God of Battles sped each mortal jar;
The peoples pledged him heart and hand,
From Israel’s land to isles afar.

II
His crimson form, with clang and chime,
Flashed on each murk and murderous meeting-time,
And kings invoked, for rape and raid,
His fearsome aid in rune and rhyme.

III
On bruise and blood-hole, scar and seam,
On blade and bolt, he flung his fulgid beam:
His haloes rayed the very gore,
And corpses wore his glory-gleam.

IV
Often an early King or Queen,
And storied hero onward, caught his sheen;
’Twas glimpsed by Wolfe, by Ney anon,
 And Nelson on his blue demesne.

V
But new light spread. That god’s gold nimb
And blazon have waned dimmer and more dim;
Even his flushed form begins to fade,
Till but a shade is left of him.

VI
That modern meditation broke
His spell, that penmen’s pleadings dealt a stroke,
Say some; and some that crimes too dire
Did much to mire his crimson cloak.

VII
Yea, seeds of crescent sympathy
Were sown by those more excellent than he,
Long known, though long contemned till then –
The gods of men in amity.

VIII
Souls have grown seers, and thought outbrings
The mournful many-sidedness of things
With foes as friends, enfeebling ires
And fury-fires by gaingivings!

IX
He rarely gladdens champions now;
They do and dare, but tensely – pale of brow;
And would they fain uplift the arm
Of that weak form they know not how.

X
Yet wars arise, though zest grows cold;
Wherefore, at times, as if in ancient mould
He looms, bepatched with paint and lath;
But never hath he seemed the old!

XI
Let men rejoice, let men deplore,
The lurid Deity of heretofore
Succumbs to one of saner nod;
The Battle-god is god no more.

“God’s Funeral”.

Publicado originalmente en el “Fortnightly Review” de marzo de 1922

I
I saw a slowly-stepping train —
Lined on the brows, scoop-eyed and bent and hoar —
Following in files across a twilit plain
A strange and mystic form the foremost bore.

II
And by contagious throbs of thought
Or latent knowledge that within me lay
And had already stirred me, I was wrought
To consciousness of sorrow even as they.

III
The fore-borne shape, to my blurred eyes,
At first seemed man-like, and anon to change
To an amorphous cloud of marvellous size,
At times endowed with wings of glorious range.

IV
And this phantasmal variousness
Ever possessed it as they drew along:
Yet throughout all it symboled none the less
Potency vast and loving-kindness strong.

V
Almost before I knew I bent
Towards the moving columns without a word;
They, growing in bulk and numbers as they went,
Struck out sick thoughts that could be overheard: —

VI
‘O man-projected Figure, of late
Imaged as we, thy knell who shall survive?
Whence came it we were tempted to create
One whom we can no longer keep alive?

VII
‘Framing him jealous, fierce, at first,
We gave him justice as the ages rolled,
Will to bless those by circumstance accurst,
And longsuffering, and mercies manifold.

VIII
‘And, tricked by our own early dream
And need of solace, we grew self-deceived,
Our making soon our maker did we deem,
And what we had imagined we believed,

IX
‘Till, in Time’s stayless stealthy swing,
Uncompromising rude reality
Mangled the Monarch of our fashioning,
Who quavered, sank; and now has ceased to be.

X
‘So, toward our myth’s oblivion,
Darkling, and languid-lipped, we creep and grope
Sadlier than those who wept in Babylon,
Whose Zion was a still abiding hope.

XI
‘How sweet it was in years far hied
To start the wheels of day with trustful prayer,
To lie down liegely at the eventide
And feel a blest assurance he was there!

XII
‘And who or what shall fill his place?
Whither will wanderers turn distracted eyes
For some fixed star to stimulate their pace
Towards the goal of their enterprise?’…

XIII
Some in the background then I saw,
Sweet women, youths, men, all incredulous,
Who chimed as one: ‘This is figure is of straw,
This requiem mockery! Still he lives to us!’

XIV
I could not prop their faith: and yet
Many I had known: with all I sympathized;
And though struck speechless, I did not forget
That what was mourned for, I, too, once had prized.

XV
Still, how to bear such loss I deemed
The insistent question for each animate mind,
And gazing, to my growing sight there seemed
A pale yet positive gleam low down behind,

XVI
Whereof, to lift the general night,
A certain few who stood aloof had said,
‘See you upon the horizon that small light —
Swelling somewhat?’ Each mourner shook his head.

XVII
And they composed a crowd of whom
Some were right good, and many nigh the best….
Thus dazed and puzzled ‘twixt the gleam and gloom
Mechanically I followed with the rest. 


Traducción de Ángelo Narváez, Buenos Aires Poetry – 2019.