Pulsiones de azotea | Freddy Ayala Plazarte

El andinismo del libro de Sandra de la Torre Guarderas no son los Andes, o las prodigiosas montañas; el andinismo es la pulsión angustiosa, el reconocimiento de la falta, por el hecho de presenciar que la vida es breve y que a veces no se la escribe. El andinismo es la carencia de lo que no se nombra a pesar de que pueda suceder.  

 

Freddy Ayala Plazarte¹

La vida es breve, le decía Floria Emilia a San Agustín, advirtiendo que no solo el conocimiento o el dogma involucran lo divino: este monje había olvidado que fue padre, puesto que su único camino pasó a ser el divino, desconociendo así sus carnales vivencias. Si aceptamos que la vida es breve, entonces, deberemos replantear la percepción de nuestro entorno, y más aún si nos encontramos en una azotea. ¿Podría ser breve la vida desde una azotea? No se podría cantar la poesía sin espacio, y tampoco se podría asistir al encuentro del lenguaje sin espacio.

El espacio puede contener incontables percepciones poéticas y metafóricas, y nos puede llevar a mirar la brevedad del tiempo, y de los pasos perdidos. En sintonía con estas apreciaciones, el poemario Andinismo en la azotea de Sandra de la Torre, plantea una poética del espacio, donde se yuxtapone un universo externo y otro interno; en el afuera tenemos el andinismo, más allá de que Sandra haya utilizado el ismo de las vanguardias. En el adentro, en cambio, nos encontramos en la azotea, que es el espacio aislado y poco atrayente del hábitat; por el hecho de ser oscuro y, no obstante, el más idóneo para manifestar otras dimensiones de nuestra naturaleza intimista, es decir, las pulsiones.

Así, Andinismo en la azotea, se inscribe en una dimensión urbana, teísta, vivencial, y configura una residencia lírica para albergar el desasosiego corporal; sus poemas encarnan la esperanza y las ilusiones de los momentos cotidianos. A lo largo de la lectura, se puede notar que Sandra, por ejemplo, se reconoce en la imposibilidad de no saber qué sucede después del hueso, algo que fragiliza nuestro raciocinio sobre el mundo material.

¿Se pueden cuestionar las ilusiones del futuro, desde un espacio tan reducido como la azotea? ¿Qué nos queda después de haber sido y estado ahí?, como decía Heidegger. Sucede que muchas veces volveremos sin fidelidad a lo que sucedió, y nuestro desafío memorioso precisamente es mantener la fidelidad con lo que vimos o escuchamos, pero no tanto con lo que sentimos. Ante lo poco que sabemos del pasado, sería más interesante la vida si pudiésemos volver a lo que algún momento sentimos, como un método de reconstrucción y no de queja; ardua tarea cuando las mismas palabras traicionan la forma que quisimos decir.

De ahí que el ejercicio lírico de Sandra es transfigurar el espacio cotidiano mediante una poética del letargo, de la duda, de la incerteza, de la ventana, y de lo que ofrece la fauna urbana. No obstante, la fijación en los objetos y las emociones, es uno de los privilegios que guarda su escritura; añoranza incomprendida, cuando la vida es breve. El abrigo que encuentra en los zapatos, el Eclesiastés, el edificio, erigen un inventario sensitivo, por cada espacio que recorre, hasta el punto de llegar a decirse: “se duerme mi noción de estar despierta”.

No hay lugar fijo o establecido en el poemario, es fractal en su constitución, puesto que va mutando de situación en situación, conversa consigo misma, decide alejarse de sí, y mimetizarse con lo que le rodea, hasta que se asombra de lo que encuentra en la calle, cuando dice “El malabarista acaricia la redondez de la dicha/la sortea por los aires/no decide cuándo atraparla/ sueña que tiene la perla de gran precio (…)”. El fugaz instante cotidiano del malabarista estaba lejano a la azotea, pero Sandra, curiosamente, tuvo que irse a este pequeño espacio para acariciar la redondez de la dicha.

Andinismo en la Azotea no articula una temática definida, aquí se poetiza sobre el tránsito de la vida, como una posibilidad de ir en contra de todo estatismo. Si uno se queda en la misma esquina posiblemente distorsione la sensibilidad hacia un solo lugar; irse de la esquina y volver a ella, plantea algunos desafíos en la dimensión poética. Por este motivo, Sandra garabatea en una escena del teatro, del cine, del jardín, del Eros, del regazo, de lo sublime, del sudario, del andar, del génesis, de la música, del sueño, del mar, del piano.

En algunos poemas, además, es inexorable la evocación bíblica, puesto que aparecen personajes del éxodo como Moisés, o del océano como Jonás, posiblemente, un recurso defectible, que le permite reconocer su religiosidad; esa carencia del espíritu: “Señor del huerto de los huertos/de ramas dadivosas/y raíces milenarias/una vez más/ vengo a ti canasto en hombros/inclinado en escandalosa reverencia/ a clamar debajo de tus hojas/ ¡dame dame por piedad!/¡dame peras!”.

Y aquí me pregunto si ¿la ausencia del cuerpo terrenal se convierte en la presencia divina? La figura teísta juega un rol elemental en el libro, porque habla de una entidad que suple las carencias del espíritu. En ocasiones, sucede la falta nos obliga a nombrar el mundo y crear formas y sonidos que complementan nuestra incomprensión. Sin duda, mirando más allá del dogma, la falta es una cuestión inmanente, y representa el quiebre de toda complementariedad. Por ello, retraigo a las confesiones de San Agustín, cuando hizo un pacto de abstinencia para estar cerca de Dios, mientras Floria Emilia le escribía la carta: Vita Brevis Aurelio. Los poemas de Sandra me han traído a la memoria el corazón de las confesiones agustiniano, porque entiendo que su fijación en los instantes le lleva a repensarse y a figurar que la vida es breve: una fórmula para escribir sobre lo permanente y lo imperecedero.

Las azoteas, por lo general, tienen poca luminosidad, son lúgubres, oscuras, trémulas, guardan el polvo de varios decenios; son lugares en los que resulta inquietante dormir. En el poemario la azotea parece no solo hablar de un lugar aislado, la azotea lírica parece decirnos que la mirada también es una azotea, a menudo nos fijamos opacamente en el mundo. No es suficiente la mirada para estar en el mundo, y a saber, si el lenguaje alcanza para profundizar en la introspección del misterio.

El andinismo del libro de Sandra no son los Andes, o las prodigiosas montañas; el andinismo es la pulsión angustiosa, el reconocimiento de la falta, por el hecho de presenciar que la vida es breve y que a veces no se la escribe. El andinismo es la carencia de lo que no se nombra a pesar de que suceda. Finalizo diciendo que, cuando un páramo se mece en nuestro espíritu, ahí se aísla el frío de la imaginación, y en ese momento Sandra dice: “La última orilla del cielo no es mi frontera/Ya no estoy”.


¹ Freddy Ayala Plazarte (Aláquez, Ecuador, 1983) . Ha publicado siete libros de poesía, dos ensayos sobre literatura y cultura latinoamericana, y una recopilación sobre poesía joven ecuatoriana. Ha obtenido el Segundo Premio en la Bienal Nacional de Poesía (Ambato, 2011), el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade (2015) y fue finalista del XVI Concurso de Poesía de la Universidad Autónoma de Madrid en 2016. Ha presentado su poesía en La Habana, Madrid, Zaragoza y Buenos Aires. Es musicólogo y profesor en la Universidad Central del Ecuador. Doctor (c) en Historia y Ciencias de la Música por la Universidad Autónoma de Madrid, España; Magíster en Artes y Estudios Visuales por la Universidad Andina Simón Bolívar y Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador. Actualmente, investiga la fenomenología del cuerpo en el metal extremo nórdico y latinoamericano.