Lectura de invierno | Rodrigo Olavarría

Rodrigo Olavarría (Puerto Montt, 1979) es autor del libro de poemas “La noche migratoria” (2005) y las novelas “Alameda tras las rejas” (2010) y “Cuaderno esclavo” (2017). Como traductor ha publicado libros de Allen Ginsberg, Edgar Lee Masters, Emily Dickinson, Eileen Myles y William Burroughs. También ha adaptado para el teatro obras de Tennessee Williams, Henry Miller, John Patrick Shanley y Paula Vogel, entre otros.

TANGLED UP IN BLUE

Se apaga el motor del tocadiscos y suenan los relojes,
cuánto hay que esperar para que gire un engranaje
cualquiera del destino en el cual reconocerse.
Yo era un ojo abierto, pasivo en el registro de la luz,
de mi propio vacío, de los surcos abiertos en mí,
de los salones españoles, Murillo y las guitarras.
La charla ante los platos criollos, las confesiones
del actor en claustro y la bailarina en la pantalla,
el pájaro que cavó un ojo en la cúpula de la iglesia,
cantando y pensando en ser mejor, vaciándose.
Pensando qué es posible si el amor es posible.
Y no soy noble, si pudiera detenerme lo haría por ti,
que eres el bosque, el refugio, el claro y el druida.

NUBES & DISLEXIA

Hoy encendí la radio y me metí a la ducha,
es lo que hago todos los días, en realidad.
Es un momento de propiedades oraculares
donde se perfila el ánimo y el objeto del día,
prendo la radio en lugar de leer entrañas.
Al terminar What about love? de Heart
Karen Carpenter empezó a cantar Solitaire
y yo, que soy una máquina de asociaciones,
que tal vez sólo poseo esa simple cualidad,
recordé un viaje en taxi desde Montesierpe
a Barranco en que sonó la misma canción.

Al salir de la ducha vi que el cielo de Santiago
se veía como el cielo limeño ese mismo día,
una melancólica barriga de borrico gris.
Media hora después buscaba un poema,
uno de los Blanco Spirituals de Félix Grande
para mandárselo a un amigo en Paraguay
y al abrirlo al azar encontré el verso:
Uniendo su torpeza a la mía, que cité mal
un día en tu cama y atribuí a otro autor,
a Enrique Lihn, para colmo de los colmos.
Aún así, siento que es mejor mi versión,
pues es como si aún estuviera a tu lado,
recuperando el aliento y el pulso normal
tras unir tu impaciencia a la mía y renacer.

LECTURAS DE INVIERNO

I

Leer es irse para siempre.
Romper el molde original,
abandonar al padre y a la madre.
renunciar a la caricia de lo conocido.
Abrir la puerta e irse para siempre.

Y es que se puede leer de muchas formas,
como el ladrón en los horarios del banco,
o como la abeja, por ejemplo, que lee
todo el día en las flores dulces datos
escritos por el sol y los digiere
por sus hermanas y el socialismo.

Pero todos leemos y todos nos vamos,
como los perros, que en los postes de luz
y las esquinas, leen la historia de su gente,
de dónde vienen y qué han perdido.
Leen todo lo escrito o, mejor dicho, lo orinado
en estas calles. La literatura de los perros.
La historia universal de los perros.

Todos estamos leyendo, buscando pistas,
para luego renunciar a la inmovilidad
y alejarnos, a veces, de nosotros mismos.

II

Hace dos meses leí en el cuerpo de mi padre.
Unos treinta minutos después de su muerte
sentí la tibieza todavía desprenderse de él,
mientras su gesto evidenciaba su ausencia,
era el final del sujeto y el comienzo del objeto.
Lo toqué, buscando en sus músculos y huesos,
pistas que dijeran paz y calmaran la angustia.
Consideré los colores de su piel según palidecía
y se enfriaba un poco más con cada minuto,
rosado acá, blanco aquí, amoratado por allá.
Lo acaricié mucho, lo besé e inhalé su aroma
queriendo leer como los perros o las abejas
y entender un poco más, tener una imagen,
la posibilidad de un último mensaje o señal,
la certeza de que en el final no sintió miedo.
Mi padre identificaba su vida con su cuerpo,
por eso temía a la muerte. Él era su cuerpo.
Al final, mi lectura inexperta, habló de paz.

Diez días después, ya enterrado mi padre,
desperté en la cama de la mujer que quiero.
Sonó el despertador, ella dormía con tapones.
Abrí los ojos, la miré y pensé despertarla,
pero dormía tan profundo que me detuve.
Estaba inmóvil, parecía no estar respirando,
pero sentía su calor, no podía estar muerta.
Puse mi mano bajo su nariz y no sentí nada,
entonces, leyendo en su cuerpo dormido,
mientras sonaba una polka alegre sentí terror.
Pero luego toqué sus piernas y ella se acercó,
toqué su cara y se enroscó apegándose aún más.
Saqué un tapón de su oído y dejé que despierte.
Se estiró como un gato y tronó sus rodillas.
Abrió los ojos, me miró y sonrió soñolienta.
Para mí, leer es irse para siempre, cambiar,
abandonar lo dado y abrazar lo desconocido,
lo único que importa, el amor y la muerte.