Poemas sobre mi normalidad | Begoña Ugalde

Begoña Ugalde (Santiago, 1984) es licenciada en literatura Hispánica en la Universidad de Chile y Máster en Creación Literaria en la Universitat Pompeu Fabra. Ha publicado los poemarios El cielo de los animales (2009, Calle Passy), Thriller (PLUP) y La virgen de las Antenas (Cuneta 2012), Lunares (Pez Espiral 2016), Poemas sobre mi normalidad (Ril ediciones 2018)  y el relato Clases de Lenguaje (TEGE). Además es autora de numerosas obras teatrales que han sido llevadas a escena, entre las que destacan Fuegos artificialesTemporada bajaYo nunca nunca, Lengua materna, Cadena de frío y Toma (publicada por Ediciones del Consejo Nacional de la Cultura y Las Artes, CNCA, Chile).


 

BATALLA SILENCIOSA

Primero en el sexo la experiencia alucinada
los días siguientes ese brillo de obsidiana
que recorre el cuerpo y hace que todo vibre
hasta que el calendario rectangular proyecta
una sombra inmensa sobre mi casa
la cordillera es una madre enojada
la humedad avanza en las paredes
se desata esa batalla silenciosa
que oscurece aún más la perspectiva
de un futuro ya incierto
porque no llega la sangre
cuando yo espero esa sangre
como el recado más urgente
para que mi corazón deje de repetir
su monótona advertencia:
la destreza física no basta
el amor necesita tiempo para florecer.

PEQUEÑOS MILAGROS

Cuando dormían esos extraños en mi casa
nunca descansaba realmente ¿sabes?
lo pasaba bien pero después era raro
estar tan desnuda, tan cerca de alguien
que aún no me había hablado de su rutina
o de su forma pasar sin nadie un domingo.

A veces me imaginaba que podía ser un sonámbulo
que rompía mi cuello o se llevaba mis libros
entonces me mantenía alerta
no me entregaba ni al sueño ni al amor.

Ahora es diferente, tú y yo
hablamos por horas después de comer
de temas que no importan a nadie más
y eso me parece un pequeño milagro.

Como también es un milagro despertar
en medio de la noche, sentir el peso de la oscuridad
donde hemos permanecido quietos
entrelazando nuestras piernas como para estar muy seguros
de que el cuerpo del otro seguirá a nuestro lado
tibio y completo hasta la mañana siguiente.

PECES DE AGUAS DESCONOCIDAS

La mujer que atiende la pescadería de mi barrio
tiene el pelo rojo
como la sangre de los peces frescos
facciones delicadas, una voz fuerte
¿Qué vas a querer guapa?
exclama apenas entro.

Le digo que no sé nada
acerca de los peces de estas aguas
ella me los presenta, los enumera
al tiempo que señala sus cadáveres.

Yo miro con atención sus formas
no los reconozco, pero identifico
en sus rictus de muerte
una tristeza nueva y poderosa.

El brillo apagado de sus escamas
me regala nuevos prismas
reveladores de un orden antiguo
escrito en los corales.
Ella afila sus cuchillos
rompe el silencio, recomienda
uno de nombre extraño

que asegura es delicioso por ser de roca
y no moverse en aguas profundas
donde son turbias las mareas
el fondo marino insondable.

Acepto su sugerencia
porque el pez en cuestión
no es ni muy grande ni muy chico
ni feo ni bello
sino simplemente un cuerpo blando
que ha perdido su pulsión vital.

El olor de sus vísceras
me asquea y me recuerda
cuando mi papá volvía de la pesca triunfante
a darme un beso mostrándome una cesta
llena de peces muertos
y luego me pedía compañía
mientras limpiaba los parásitos
que vivían ocultos entre sus tripas
como tesoros escondidos o sentimientos
que yo aprendí a controlar.

¿Quieres la cabeza para hacer una sopa?
pregunta la mujer tras arrancar el espinazo
y pesar los trozos en una balanza de metal
que podría determinar, estoy segura
la justa medida de todas las cosas.

Yo asiento y casi casi recuerdo
el momento exacto
en que me resigné a aceptar el beso de mi padre
disimulando la arcada
cuando la mujer de pelo rojo
me entregó la carne blanca y limpia
envuelta en un diario donde podían leerse
las últimas noticias internacionales.


Colaboración enviada por Rodrigo Arriagada Zubieta (Chile) | Buenos Aires Poetry, 2019.