MIGUEL VEYRAT | EL HACHA DE PLATA

Poeta, periodista, traductor y ensayista español de origen francés y catalán, nacido en Valencia en 1938. Periodista profesional desde su temprana juventud y gran viajero, destaca como analista político internacional. Contribuye activamente, desde sus variados puestos en todo el mundo, a la transición de la dictadura franquista a la democracia en España sin dejar por ello de escribir poesía.
Publicó su primer libro, “Antítesis primaria”, en 1975, al que siguieron numerosas entregas editoriales. Tras diez años de silencio inicia una nueva indagación poética en la década de los 90 con la publicación de “El corazón del glaciar”, “Elogio del Incendiario”, “Conocimiento de la Llama”, “La Voz de los Poetas”, “Babel bajo la Luna”, “Instrucciones para Amanecer” y “Razón del Mirlo”, en 2010. Reside y trabaja actualmente en Andalucía con dedicación exclusiva a la escritura de poesía, traducción y ensayo.  

POEMAS DE DE EL HACHA DE PLATA DE MIGUEL VEYRAT PUBLICADO POR EDICIONES DE LA ISLA DE SILTOLÁ EN SEVILLA, AÑO DE 2016.

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Ahora en el ahí

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Nunc Fluens no es el deseo de Agustín
sino el sueño de Brahma tejido por Maya
_ Zenón de Montferrat
Consolación de la Filosofía

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Tras el pasaje de un cometa en la noche

Si al despojarnos de nuestras personas
los rostros se estrellaran en silencio
sin dejar rastro sin dejar huella…
Y si nuestra última máscara,
antes de alcanzar la absoluta inanidad
de todo, resultara ser la de otro…
Si el último disfraz retomara
lo verdadero… Al final, ¿habríamos
fracasado como vivos o como muertos?

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Kénosis del ausente

La falsa luz crepita
en tempo fugaz
al simular
que canta
y rasga las notas
del lugar
en que febril espira.

Así se bebe el alba
las últimas
gotas de la noche.

Arde un instante
como eco
en clave celestial
que late
en llama muda —

Flameamos al aire
pero un ala
azul nos derriba
de nuevo
a tierra, dolor
que regresa
desde el lugar vacío.

Abismo impuro
—espejo sin tiempo
ni forma alguna.

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Ocasión única

Ser la claridad y la libertad del día. No un absoluto cerrado sobre sí mismo. Poesía que no quisiera ser sino poesía que hiciese real aquello que intangible. Como el deber de preservar al hombre tal como fuera fundido. Oportunidad única para lo verdadero. Sin metafísica alguna. Sólo belleza, aunque la oculte el vocabulario religioso y la incurable afición del poeta por los dioses. El poema detiene la podredumbre del tiempo como un ahora fluido que en la obra permanece al margen de la Naturaleza. Todo lo escrito a partir de tal instante será máscara o fraude.

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Lilulí o la ilusión

¡Salud, gemela del sueño! Hija
de la noche, llevaremos
tu mariposa prendida del pecho
y alumbrada de nuevo la
antorcha que inflame las alas al
poema. Ellas elevaron
al aire la flecha de oro oxidada
hasta perderse en el mar.
Ellas llevarán a Psijé hasta mi
nuevo corazón renacido
de la arena que guarda el tono
sagrado del poeta. Aquel
que vibrando desatará el tiempo.

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¿Dónde el hacha de oro?

El hacha que rompe el mar helado en los adentros
nuestros —siempre incompletos,
como aquellos objetos de deseo que querríamos
arrastrar por fuerza desde la naturaleza
hasta el propio Ser. ¿Quién posee el hacha de oro,
quién la afila? ¿Mas acaso la vida verdadera
reside en la caligrafía de las sombras,
del lenguaje y del sonido?, ¿en la geometría
infinita de las formas que desde el aire
llegan como ansiando el aroma de la hierba?
¿Es por ello que dejamos los textos
abandonados, inconclusos… parpadeando?
¿Quién establece los límites?, ¿quién interpreta?
¿Será fingidor el poeta, como Pessoa
un prisionero del mundo o la propia ficción
del tiempo? Es el tiempo real del hacha que talaba
la última página del castillo kafkiano.
Índice de números y letras que en cada vida faltan.

Cegado de golpe

Y caminé sobre el mar. Allá entre olas
quedé cegado de golpe por la arena.
Pensé entonces en el Rey Edipo,
que sólo pudo consumar
su deseo de sentido al culminarlo
sexualmente —cegarse, asesinar. Oh
fiesta sangrienta de la naturaleza
cuando nos recuerda quiénes
somos. Sobre mi rostro
sólo queda el temblor de tu boca
sobre la mía, aquél recuerdo
de nuestra piel fundida en una sola…
en algo que ya nunca podría ser humano.

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El canto de la alondra

Nada puede domar la violencia de la razón.
Nada la detiene, como anunciara
un divino marqués, padrino del libertinaje.
Es cierto, y yo no sé cómo
ni de qué modo nos sucederá algún día,
amor mío. Pero el tabú sólo existe
para ser violado. ¿Y si pudiste compartir
mi vida, podrías ahora hacerlo
con mi muerte? Yo siento que me pierdo
en ti, y siento que me inunda
un gran océano de sangre. Mas tú mi dulce
amada, me ayudaste a salir de aquella
marea; limpiaste mis ojos y tomándome
la mano con ternura así entonabas:
Tras el canto de la alondra murió Julieta
Y tu grito se desvaneció entre mis brazos.

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© MIGUEL VEYRATPoesía Española contemporánea. Colaboración enviada por Víctor Toledo (BUAP) para Buenos Aires Poetry 2019.